Tras una Noche de Guardia Extenuante, Tania Vuelve a Casa en Pleno Deshielo Madrileño y Rescata a un…

Después de la guardia nocturna, Lucía estaba tan agotada que apenas podía mover los pies. El frío había dado paso a una llovizna incesante, y en Madrid la nieve caía cada día, dejando charcos y una mezcla de nieve medio derretida sobre el asfalto. Lucía resbaló varias veces al pisar el hielo oculto bajo el manto húmedo y sucio de la acera.

Esa noche ni siquiera pudo sentarse cinco minutos. Trajeron un niño con apendicitis y una señora mayor con fractura de cadera. Parecía como si todos esperaran a que cayera la noche para llamar al 112 y que los llevaran al hospital. Lucía caminaba soñando con llegar a casa y meterse directamente en la cama. Miraba el suelo, concentrada en no caerse, cuando, de repente, se dio cuenta demasiado tarde de que una figura se separaba de la fachada de un portal y se plantaba en su camino. Se detuvo y levantó la mirada.

Frente a ella tenía a un hombre de unos cuarenta años, con aspecto de indigente o quizá alguien peligroso. Tenía la cara llena de arañazos, la ropa mojada y desaliñada, como prestada y dos tallas más grandes. Lucía intentó moverse hacia un lado para esquivarlo, pues no tenía fuerzas para correr siquiera.

Perdona, ¿puedes ayudarme? le dijo de pronto el hombre.

A Lucía, que era enfermera, las palabras ayuda le saltaban automáticas, como un resorte. Se detuvo en seco.

Verás el hombre se sujetó la cabeza con las manos y cerró los ojos un momento. Me han tirado del tren. Con la suerte de que había muchísima nieve. Caí bien, no me he roto nada, solo tengo moratones.

Tendrías que beber menos intentó Lucía esquivarlo una vez más.

No, no, si yo no he bebido nada solo un té. Creo que me echaron algo en la taza, porque me dormí al instante. Me han robado, hasta la ropa. Por lo menos me dejaron algo puesto, y me tiraron cerca de tu estación.

Pues has tenido suerte Deberías ir a la policía y al hospital. ¿Te duele la cabeza, tienes náuseas? Seguramente tienes una conmoción respondió Lucía, haciendo además el intento de rodearlo porque el hombre no se movía.

Ya he estado en la comisaría. Hasta que pase el próximo tren faltan horas. No quería quedarme allí esperando. No encontrarán a mis asaltantes. En mi compartimento viajaba un señor mayor, parecía un catedrático, gafas, barba pero me han dicho que sería de pega, y que seguro que tendría cómplices. Total, que he salido bien parado. Solo necesito ducharme y cambiarme de ropa, estoy calado. Te juro que te devuelvo la ropa.

¡Vaya cara! ¿Y si quieres las llaves de mi casa y el número de cuenta, también te los doy? protestó Lucía ante su petición.

Ya, ya soy consciente de cómo suena. Nadie me cree. ¿Por qué nadie me cree? el hombre levantó la mirada al cielo, con una expresión tan desesperada que a Lucía le dio hasta pena. Le echó otro vistazo, con ojo clínico. Mal vestido, pero no parecía indigente: hablaba correctamente y con educación.

Bueno, venga, sube a casa. Si no, te vas a resfriar de verdad. Algo encontraré para que te pongas.

Gracias. Eres muy generosa. Todos los demás me huían ni me escuchaban el hombre la siguió.

En casa, Lucía se sentó en el taburete del recibidor. Sentía las piernas pesadas y los ojos se le cerraban solos.

Vete al baño, por ahí, le indicó señalando una puerta estrecha, yo mientras busco ropa. ¿Cómo te llamas?

Diego el hombre encontró el interruptor y se encerró en el baño, dejando pronto oír el agua de la ducha.

Lucía suspiró. Adiós a la idea de tumbarse nada más llegar. Su hermano hacía años que vivía en Barcelona, pero parte de su ropa seguía por casa. No pasa nada, no se va a arruinar, pensó. Juntó algunas cosas y golpeó suavemente la puerta del baño. Cuando el agua paró, le avisó de que había dejado la ropa en la cómoda.

Puso un plato de sopa en el microondas y se sentó a pensar. Si su madre llegaba ahora, se lo iba a tomar fatal. Piensa lo que quieras, pero la realidad es que Lucía estaba calentando la cena mientras un hombre desconocido se ducha en su casa. Por favor, que mi madre se entretenga en el supermercado o charlando con las vecinas, pensó. Pero Dios debía de estar ocupado porque justo en ese momento giró la llave en la puerta.

¿Lu, ya has llegado? gritó su madre, y Lucía asomó desde la cocina. ¡Anda! Pensaba que te estabas duchando tú ¿entonces quién se está duchando?

Mamá, tranquila. Es un hombre que se ha quedado tirado, lo han robado. Se va ahora mismo cuando se asee.

¿Que le has dado la ropa de Alejandro? ¿Pero qué ha pasado?

Que lo han atracado, mamá, y lo han dejado tirado después de robarle todo.

¡Virgen santa! ¿Y lo traes a casa? Igual es un ladrón, o peor. ¿Tú en qué piensas? Menos mal que he llegado yo. Mejor llamamos a la policía.

Mamá, por favor. Ya ha estado en la comisaría. Durante el día no hay trenes, hay obras en la vía. Se va en cuanto termine. Esta vez Lucía bajó la voz.

No se oía ya el agua del baño; la puerta se abrió y luego se volvió a cerrar. Ha cogido la ropa, pensó Lucía.

Su madre se sentó frente a la puerta, fulminando con la mirada al baño, esperando. Al poco entró Diego en la cocina, saludando algo incómodo. Lucía notó enseguida que había escuchado la conversación.

A ver, enséñate. ¿Y cómo le roban así a un hombre fuerte y sano en pleno día? le interrogó su madre, desconfiada.

Siento mucho el atrevimiento. Venía en tren nocturno, camino de la boda de mi hija. Me echaron algo en la bebida y me robaron todo, hasta la ropa. Por suerte me dejaron algo puesto y me tiraron cerca Sin móvil ni cartera, ni un euro encima.

Y ¿cómo terminaste en nuestra casa? Que esto no es la estación

Mamá, déjale comer, por Dios, ¿qué más quieres saber? intervino Lucía. Siéntate, Diego, que la sopa ya está caliente.

Lucía, de pequeña recogía gatos y perros de la calle. Ahora recoge hombres tirados de los trenes protestó su madre, pero le hizo hueco en la mesa.

Come, Diego, pero ten cuidado. Como le caigas bien a mi madre, no sales vivo de aquí bromeó Lucía, sin disimular el sarcasmo.

Que estamos todo el día aquí y allí en el hospital, solo con ancianos y niños. Nada de vida propia, y tú ya te vas acercando a los treinta, hija Lo que daría por encontrarte asentada. ¿Cómo me voy a morir yo si no estás bien colocada?

Mamá, por favor que va a pensar que le quieres casar conmigo. Ya le he dicho que es broma. Tranquilo, Diego le guiñó el ojo.

Anda que refunfuñó su madre, retirándose al salón.

Tu madre es tremenda Diego apartó el plato.

Nos crió sola a mi hermano y a mí. Solo quiere que no me quede sola, como le pasó a ella.

Te entiendo. ¿Eres médica?

No, enfermera. Anda, pero ¿cómo vas a sacar un billete sin DNI ni dinero? se dio cuenta Lucía, preocupada.

Me dijeron en comisaría que me ayudarían. ¿Me prestarías el móvil? Quiero avisar a mi hija de que no llegaré a la boda. Y llamar a un amigo.

Claro, espera.

En ese momento Lucía fue al cuarto y vio a su madre echando en una bolsa todas sus joyitas y bisutería.

Mamá, ¿pero qué haces?

Calla, no hables tan alto. Por si acaso. Mejor lo llevo a casa de la tía Carmen.

Lucía no quiso discutir. Era tontería, su madre haría lo que le diera la gana.

Dejó el móvil delante de Diego y se puso, pensativa, frente a la ventana. Diego llamó a su hija y Lucía comprendió por su cara que la muchacha no parecía muy afectada porque su padre faltara a la boda. Luego hizo otra llamada y le preguntó por la dirección de la casa.

Ya está, ahora viene un amigo en coche a buscarme. En realidad ni hacía falta que viniera, pero mi hija insistió en que tenía que estar. Mi ex no quería saber nada de que coincidiera con su actual marido. No valía la pena Diego estaba claramente afectado.

¿Y tú quién eres, para que en media hora venga un chófer a por ti? preguntó Lucía, curiosa.

Cada vez le caía mejor Diego. Con la ropa de su hermano quedaba hasta bien, aunque le venía algo estrecha.

Tengo con un amigo una pequeña empresa de reparación de electrodomésticos. Nada del otro mundo. Me convenció para no llevarme el coche, que si luego bebo, si no conozco la carretera y mírame, mejor tenía que haber volado. De verdad, perdona las molestias. En cuanto me recojan, me voy y no te molesto más le decía tanto a Lucía como a sí mismo.

Lucía le escuchaba y pensaba que, para variar, su madre tenía razón. Qué bonito sería llegar a casa y que alguien la esperara, tener hijos Pero ahí estaba, con casi treinta años, viviendo con su madre y sin futuro claro. Bueno, sí, estuvo con Javier, se enamoró, boda a la vista hasta que un día fue a sorprenderlo y lo encontró en la cama con su mejor amiga. Adiós a ambos.

Eres buena. Seguro que todo te irá bien, de verdad le dijo Diego, interrumpiendo sus pensamientos.

¿Y tú? ¿Por qué solo? No te falta de nada, hasta tienes empresa pequeña propia…

¿Yo? Pues eso viajaba solo a una boda, y bueno, la vida tampoco me ha sonreído. Me divorcié, no tuve la suerte de encontrar a alguien tan honesta como tú. Las mujeres hoy en día lo ven todo con calculadora, aunque los hombres también, la verdad. Y aquí estoy, quitándote la siesta.

Se pusieron a hablar largo rato. Jura que se les hizo de noche sin enterarse, hasta que sonó el móvil.

Deben de estar ya abajo. Voy bajando, Lucía Diego cogió el teléfono.

“Ahora se va, y me quedaré con la misma rutina y el mismo vacío de siempre. No volveré a verle.” pensó Lucía.

Mira Diego dejó el móvil sobre la mesa. He apuntado mi número, como Diego el del tren, para que no tenses mucho la cabeza pensando quién. Imagino que no me llamarás. Pero, si alguna vez necesitas algo, cuenta conmigo. Te devolveré la ropa, lo prometo. Y dale las gracias a tu madre por el susto, creo que me ha tomado por ladrón dijo, mirándola con ojos grandes, y Lucía casi rompe a llorar.

Un desconocido, pero no quería que se fuera. Pero, ¿quién era él y quién ella? Lucía esbozó una sonrisa: Procura no meterte en más líos.

No, ahora solo coche o avión, me da igual. ¡Nada de trenes! sonrió Diego.

Por la ventana, vio cómo Diego se despedía en la acera, buscaba su ventana y le hacía un gesto con la mano, entre las sombras cada vez más densas de esa tarde de invierno.

“Mañana ni siquiera se acordará de esto”, pensó.

¿Ya le has dejado marchar? preguntó su madre al volver.

Antes te quejabas de que le trajera, ahora de que se va intentó ocultar lo mal que se sentía.

Es buen hombre, se nota.

¿Y para qué fuiste corriendo a esconder la bisutería, entonces?

Ains, por vieja desconfiada. Y suspiró su madre.

Pasaron tres semanas. Era la víspera de Nochevieja. A Lucía ya casi le parecía haber soñado a Diego. Cada vez todo aquello le parecía más irreal. La guardia de fin de año iba a ser tranquila y en la sala de descanso habían puesto un arbolito de Navidad. Quedaban pocos pacientes en planta. Difícil que llegara uno nuevo. Si pasaba algo, la gente solía esperar al día siguiente, cuando se acababan las fiestas. Por fin iba a poder dormir algo.

Bueno, Lucía, parece que volvemos a hacer guardia juntos el doctor Vargas le sonrió, sospechosamente con intención.

Lucía sabía que lo hacía aposta, que se apuntaba para coincidir con ella en las guardias nocturnas. El tipo siempre tenía debilidad por las enfermeras jóvenes, y ella fingía no darse cuenta de sus miradas.

¿Estáis? ¡Ay, chicas! entró de sopetón Carmen de admisión.

¿Tenemos ingreso ya? se preparó rápidamente Vargas.

Que va, ¡que hay un Papá Noel en la entrada con regalos! Que dice que quiere visitar a los pacientes. ¿Le dejamos pasar? contó rápidamente Carmen.

¿Papá Noel? Bueno, ¿por qué no? Vamos a ver, Lucía, qué trae hoy la Navidad Vargas se la llevó del brazo hacia la puerta.

Ya desde el pasillo oyeron la voz grave de un hombre disfrazado de Papá Noel, insistiendo en poder entrar al hospital. Llevaba un abrigo rojo bordado, gorro navideño, barba blanca, y un saco enorme al hombro. Su voz le pareció a Lucía curiosamente familiar.

He venido deprisa desde la lejana Laponia y no me dejan entrar alardeaba ruidosamente.

¿Seguro que no eres de Vigo? bromeó Vargas. Vale, pasa, pero sin mucho jaleo: están los pacientes descansando.

Papá Noel fue por las habitaciones dejando mandarinas y dulces. Las abuelas y abuelos sonreían como críos. De pronto, Carmen le pidió pasar también a pediatría y Papá Noel miró dudando a Lucía.

La enfermera de pediatría es mía, lo siento, abuelo. Hay que venir con la propia ayudante Vargas bromeó, cogiendo a Lucía del brazo.

Quince minutos después, Papá Noel volvió ya sin disfraz, el abrigo desabrochado, la barba y el gorro en la mano, y el saco colgando de cualquier manera. Lucía no pudo evitar reírse.

Sabía que estabas de guardia, quería darte una sorpresa y que te animaras. ¿He logrado hacerte sonreír? le preguntó Diego, ilusionado.

Y tanto. Vas a tener revolucionadas a las abuelitas hasta el año que viene añadió Lucía, divertida.

Nada, me dejas solo de guardia resopló Vargas en tono teatral. Anda, Lucía, vete con Papá Noel. Carmen me ayuda si pasa algo. Disfruta.

No hubo que insistirle mucho a Lucía. Al mes siguiente presentó la renuncia y se marchó con Diego. Su madre no cabía en sí de alegría: ¡Por fin veo a mi hija colocada! Ahora sí que puedo descansar tranquila. ¿Qué digo? ¡Ahora vendrán los nietos! Nadie ayuda como una abuela, así que me quedo.

¿Por qué será que lo malo siempre parece fruto del destino y lo bueno, simple casualidad? Y sin embargo, la vida siempre mezcla ambas cosas.

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