Señora Carmen, perdone por molestarla, ¿podría quedarse un rato con mi hijo? En la puerta se hallaba una joven, con la cara llena de pena.
¿Cómo dice? La dueña del piso fingió no comprenderle.
Me comentaron los vecinos que, a veces, usted cuida a los hijos de otros mientras los padres hacen unos mandados… Intentó sonreír tímidamente la joven.
Escúchame, hija mía, niños ajenos no existen. Todos los niños son nuestros proclamó solemnemente la señora Carmen.
Sí, claro respondió la joven madre, ahora sonriente. Entonces, ¿puede quedarse con él?
¿Por cuánto tiempo me lo encarga?
Unas dos horitas.
¿Exactamente dos?
Bueno… quizás sean tres… dijo ya con inseguridad la madre.
Eso no puede ser, niña replicó, seria, la señora Carmen. Le recibiré al niño solo por el tiempo exacto, y todo esto bien anotado en el papel.
¿En papel? ¿Por qué?
Porque por cada minuto de retraso tendrá que abonarme cien euros.
¿Cuánto? ¡Pero señora…!
Eso mismo, cien euros el minuto. Así que si se retrasa una hora, serán seis mil euros.
¡Madre mía! Entonces, ¿cuánto cobra por tres horas?
¿Su hijo es chico o chica?
¿Eso importa?
Por supuesto. Cuidar a una niña durante tres horas cuesta mil euros, a un niño dos mil.
¿Y esa diferencia?
¿No lo ve? ¿No distingue lo que hay entre un niño y una niña?
La verdad, aparte de algunos matices, me parecen iguales.
¡Justamente! En esos matices está el asunto. Porque si es niño…
Sí, es niño.
Pues entonces, antes de que llegue tengo que arreglarme: planchar la bata, hacerme la manicura, pintarme bien los ojos, las sombras, los labios, todo eso. El maquillaje cuesta su dinero hoy en día.
¡Pero si sólo tiene cinco años! exclamó la madre. ¿Para qué va a fijarse él en su maquillaje?
¿Cómo que para qué? Los niños desde pequeños han de aprender a tener gusto.
¿Y las niñas?
Las niñas lo desarrollan solas. Pero los chicos deben aprender a distinguir entre una mujer guapa y una desarreglada. ¿O quiere usted que algún día su hijo traiga a casa a una desaliñada? ¿Usted se pasea por casa con medias rotas y bata sin lavar?
¿Yo…? la joven dudó y se sonrojó. ¿No debería?
¡Ay, hija mía! exclamó la señora Carmen. Recuerde esto siempre: el niño escoge esposa parecida a su madre. Así que si quiere una nuera descuidada…
¡Eso no! Entonces… ¿puedo traer al niño ya?
¿Cuándo?
Ahora. Le he dicho que sólo serán dos… bueno, tres horas.
¿Seguro que no se retrasará?
De acuerdo… vendré en tres horas exactas.
Entonces, tráigalo. Pero en quince minutos. Por cierto, ¿con qué le gusta entretenerse?
¿Cómo dice?
¿De qué le gusta hablar? ¿De coches, de ciencia, del arte? ¿O no para de charlar sobre cualquier cosa?
¡Pero señora! Sólo tiene cinco años…
Por eso le pregunto. Los intereses se forman a esa edad. Mi Pepito a los cinco desmontaba una bicicleta, y después motores de coche.
¿A los cinco?
Claro. Su padre era el mejor mecánico de Sevilla, ¿no lo sabía?
No, no lo sabía…
Y mi segundo hijo, a los cinco, tocaba el violín. Siempre le decíamos que cambiara, porque su padre no es Andrés sino Francisco, y música no hay en los genes. Pero nos ganó la pelea, y ahora da clases en el conservatorio. Eso demuestra que todo se puede. Lo importante es querer. Y el tercero…
Supe que es deportista interrumpió la joven.
Exacto. Por eso aún conservo las espalderas en casa. Si su hijo quiere colgarse, le enseño ejercicios buenísimos.
¿Usted? se asombró la madre. ¿Todavía puede?
Por supuesto. Además, tengo piano, violín, y libros de técnica, música y pesca. Dígame con qué se apasiona su niño y yo le entretendré tres horas, hasta que se olvide de todo.
Es que no le apasiona nada… se lamentó la madre.
¿Y con qué sueña?
Creo que… con nada.
¿Cómo? se extrañó la señora Carmen. Un niño a los cinco sueña con tener una varita mágica, ser un pájaro, piloto espacial, meterse en la lavadora encendida. Quiere abrir la tele por dentro, tocar un tigre en el zoo. ¿Nada de eso?
Solo una cosa: quiere tener móvil como los mayores musitó triste la joven.
Todo claro asintió Carmen. Entonces, tráigame al niño cuanto antes. Bueno, en quince minutos. Y sólo le cobro mil euros, como por una niña.
¿Por qué? se ofendió la madre. ¡Es niño!
¿Y qué? Tener “eso” en los pantalones no lo es todo. Pero le aseguro, yo le haré un muchacho de verdad.
¿Ah, sí? ¿Cómo?
No se preocupe, no es asunto suyo. Pero la próxima vez y su hijo querrá venir, se lo aseguro, cobraré la tarifa de niño. ¿Está conforme?
Sí asintió la joven, resignada. No tengo otra opción.
Perfecto. Vaya a buscarlo. Yo me arreglo la cara mientras tanto.
A la mañana siguiente, en cuanto despertó, el pequeño preguntó:
Mamá, ¿hoy puedo ir con la abuela Carmen?
¿Para qué? preguntó la madre, celosa.
¡Allí es muy divertido! exclamó el niño.






