El otro día, mi madre salió de casa como cualquier otro. Por la mañana me había escrito preguntando si ya había desayunado. Le respondí sí, hablamos luego y seguí trabajando, con la mente sumergida en los papeles. No estaba enferma, no estaba en un hospital, no hubo inquietud, ni una despedida. Simplemente era uno de esos días que crees que no cambiarán nada.
A las cuatro de la tarde me llamó un número desconocido, bajo un cielo que parecía desenrollarse sobre la ciudad de Madrid como una sábana blanquecina. Era la vecina, su voz flotaba como una brisa extraña: Tu madre ha tenido un accidente. Pregunté dónde estaba, y me dijo en qué clínica. Fui de inmediato.
Me dijeron que se había caído en la acera, golpeado la cabeza, y no habían podido hacer nada. Así, sin melodramas, sin palabras finales. El hospital era un laberinto surrealista de corredores y luces, donde nadie decía nada que pudiera consolar.
No hubo frases al final. No hubo abrazos. No hubo momento para decir nada. Me quedé mirando una pared blanca, mientras me explicaban documentos, firmas, trámites, como si todo fuera un sueño denso y lento. Llamé a mis hermanos con la voz temblando y pronuncié la frase más difícil de mi vida: Mamá se ha ido.
El verdadero golpe no fue en la clínica. Fue cuando entré sola en su casa, en un barrio de Madrid de calles silenciosas, para recoger sus cosas. Abrí el armario y adentro quedaban aún prendas apartadas para lavar. Sus sandalias seguían junto a la puerta, el monedero colgaba detrás de la silla, las compras estaban a medio guardar. Todo se había congelado en el instante en que la vida se detuvo.
Tomé una de sus blusas para meterla en la bolsa, y percibí su olor a jabón, esa fragancia familiar que flotaba como un recuerdo líquido. Me quedé así, con la prenda en las manos, incapaz de moverme. Me senté en la cama y contemplé el suelo durante mucho tiempo, sintiendo el enfado apretar el pecho.
Después vinieron esos detalles pequeños que duelen aún más: marcar su número por costumbre y recordar que ya no responde, volver a casa del trabajo y que nadie pregunte si he llegado bien, pasar por su portal y no entrar. Nadie te prepara para esta ausencia tan sonora.
Todos dicen: Era su hora, Dios sabe por qué hace las cosas, Ahora descansa. Pero yo no siento paz. Siento vacío. Siento que se marchó en un día cualquiera, sin pedir permiso, sin aviso, sin tiempo para calmar mi corazón.
Y eso es lo que más duele: que no fue una despedida. Fue un corte abrupto, seco, como si el sueño se hubiera traspasado por la mitad sin dar tiempo a despertar.






