Decisión desafortunada
He tomado una decisión debes ponerte a trabajar fuera de casa.
No resulta sencillo imaginar a qué aspiraba Esteban cuando ideó esta propuesta, pero su esposa en absoluto reaccionó con entusiasmo.
¿Trabajar? Esteban, ¿se te olvida que tenemos a Pelayo? Tiene tres años, no treinta y tres. Ni siquiera va al colegio infantil como toca, y tú me sales con esto
Escúchame bien la interrumpió con un gesto serio. Sé que quedarse en casa con un niño agota. De manera extenuante, sobre todo después de mi jornada. Si estás cansada, lo entiendo. No pasa nada: podemos contratar a una niñera. Claro, es un gasto. Pero no te permito que no trabajes.
Nieves apartó el cuenco de sémola que había preparado para Pelayo.
Espera. ¿Te he entendido bien? ¿Quieres que salga a trabajar y, para no quedarme con Pelayo, contratamos a una niñera?
¡Exactamente!
¿Se puede saber la lógica de esto? Si estás dispuesto a pagar a una niñera para que se quede con nuestro hijo ¿por qué no quedarme yo? ¿O consideras que educar a Pelayo vale menos que el salario de una extraña?
Esteban aguardaba esa objeción.
Nieves, no se trata del dinero ni de que tu labor de madre no tenga valor explicó. Es una cuestión de principios. Entiéndeme. Si te encierras en casa, te quedarás fuera de la vida real. Desconectada. Lo único que hablarás será con madres del parque sobre papillas y babis. No, no, no. Todos deben contribuir.
Se aseguró de que su consejo penetrara en la mente de Nieves.
Y además añadió, la niñera solo la necesitamos un par de horas, para recoger a Pelayo de la guardería. No es tan caro. He echado cuentas. Nos llega.
Pero recoger al niño es el principio, no el final del día. Alguien debe quedarse con él por la tarde, llevarlo a la guardería, coger bajas cuando enferme
Muy bien, Esteban. ¡Has hecho cuentas como un verdadero economista! no pudo evitar el sarcasmo. Mandar a la esposa a trabajar para que le toque echar horas fuera y seguir ocupándose de todo en casa.
No exageres se enfurruñó Esteban. Te aburrirías quedándote siempre en casa. Así te desarrollas. Ni que te estuviera mandando a limpiar la calle.
Tras dos semanas de negociaciones tensas sin escándalos, pero con muchas palabras, Nieves cedió. Encontró trabajo enseguida: gestora de clientes en una pequeña empresa de mensajería y material de oficina. Mil doscientos euros al mes. No mucho, pero trabajo al fin y al cabo.
Y así, comenzó un nuevo capítulo en su búsqueda de la optimización familiar.
La jornada de Nieves era de 8:30 a 19:00, de lunes a viernes.
Por la mañana, caos. Esteban se levantaba a las 7:30 para marchar a sus asuntos más importantes, desayunaba, pero su aporte al ajetreo era dar instrucciones:
Nieves, ¿le metiste ropa de recambio a Pelayo? ¿Lo llevas tú hoy? Tengo una reunión a las nueve, no puedo llegar tarde.
Nieves, abrochándose la blusa a toda prisa, intentaba meter la comida en el bolso, comprobar que no olvidaba nada y sortear a Pelayo, que insistía en dormitar en el suelo.
¡Ya está todo, Esteban!
La búsqueda de niñera recayó también sobre ella. Encontró a Asunción, una dulce estudiante de Filología de veinte años, con mucho ímpetu pero poca idea de entretener a un crío de tres años durante horas.
Asunción recogía a Pelayo en la guardería puntualmente a las cinco de la tarde y se quedaba con él hasta las siete y media, más o menos cuando Nieves lograba cruzar Madrid de punta a punta. Dos horas y media.
Al principio, Esteban estaba encantado.
Dos horas, perfecto. Y te da tiempo a llegar. ¡Es brillante!
Pero aquel ingenio costaba su precio.
Catorce euros por dos horas, Nieves gruñía Esteban al ver las cuentas. Son cinco días: setenta euros por semana.
Nieves, extenuada tras la oficina, apenas podía contener un Ya te lo advertí.
Venga, Esteban. Es poco para nosotros. Dijiste que no salía caro.
Bueno calculé menos Nieves, ¿no puedes pedir salir antes un par de horas de la oficina? Nos ahorraríamos la niñera.
¡Qué astuto!
Bien, entonces hazlo tú, pide irte antes y recoge a tu hijo replicó Nieves. A mí si me pongo exigente con los horarios, me despiden. ¿Quieres que me busque otro trabajo?
Esteban apretó la mandíbula.
¡No puedo faltar! contestó seco. Mi sueldo nos mantiene. Gano el triple que tú, Nieves. Hay que tener prioridades.
Pero su argumento no lograba conmoverla. Ni una ceja alzada.
¿Y de qué me sirve, Esteban? ¿De qué sirve que ganes más, que tampoco es tanto, si ni veo la luz del día? Me levanto, llevo a nuestro hijo, corro al trabajo, salgo disparada para no pagar de más a la niñera, llego justo para limpiar los restos de comida y recoger la tierra de los rincones… No tengo tiempo ni para respirar. Así que, dime, ¿de qué me aprovecha tu gran sueldo?
Esteban refunfuñó sobre la ingratitud de su esposa, mientras Nieves preparaba la mochila para el día siguiente.
No era perfecto, pero sobrevivían.
Hasta que, medio año después, Pelayo empezó a ponerse malo.
Primero, mocos. Luego, una tos tremenda. Anginas, bronquitis. Su sistema inmunológico parecía haberse declarado en huelga en cuanto a la guardería.
Cuando enfermaba, claro, se quedaba en casa. Eso implicaba que Nieves tenía que actuar de madre y enfermera. Por ley, la baja maternal se pagaba muchísimo menos que el salario habitual.
Nieves cogía su baja. Mil doscientos euros se convertían en seiscientos, con suerte.
Mira Nieves enseñó a Esteban la nómina. Dos semanas con Pelayo: me pagan… aquí tienes. Quinientos euros.
Esteban se rascó la cabeza, dándose cuenta de que la niñera costaba casi la mitad de eso en el resto del mes.
Bueno… es temporal intentó animar. Cuando deje de pillar tanto, volverás a trabajar en condiciones.
¿Y mientras tanto?
Y, cuando Pelayo mejoraba y Nieves volvía a la oficina, Esteban empezó a notar el desorden en casa.
Nieves, sé que vas liada, pero… la cena de ayer sigue en la mesa. Los platos no se han tocado. Llego reventado, pero tú llegas antes, podrías… al menos pasar la fregona.
¡Que yo también vuelvo del trabajo!
Pero hay niñera, ¿no? Si la hay, hay tiempo para atender la casa.
La niñera es para recogerlo cuando yo no puedo. ¿En qué me ayuda eso al llegar agotada a las ocho de la tarde? ¿Te das cuenta de lo que dices?
Esteban explotó.
¿Y quién se encarga, entonces? ¿Yo? ¿Quieres que limpie? ¡Estoy trabajando! Gano dinero para que tú…
…Para que llegue a las siete de la tarde y me ponga a fregar. Ajá, sí, claro.
Pelayo, escuchando los gritos, lloró desde su cuarto.
¡Pero antes podías con todo!
Eso era antes… Ya está bien. Dijiste que todos debíamos trabajar. Muy bien. Si todos trabajan, todos limpian.
Se fue al salón, se sentó con el portátil, y empezó a escribir sin mirarlo siquiera.
Aquí tienes la lista: limpieza semanal, platos diarios, comida tres veces por semana, lavadora, plancha… Mitad, para ti. Es tu aportación doméstica.
Esteban se acercó incrédulo al papel.
¿Hablas en serio? ¿Yo? Pero si…
Eres familia. Querías igualdad. Así que tú también compartes tareas y cuentas. Si yo tengo dos trabajos el remunerado y el que no, tú aportas en ambos lados.
Esteban refunfuñó, alegó dolores y simuló que la espalda le fallaba.
No puedo, Nieves, la lumbalgia… No sé hacer nada de eso, son cosas de mujeres…
¿Y yo me he acostumbrado a volver del trabajo y trabajar hasta medianoche mientras tú te quejas porque no paso la aspiradora? ¿No querías principios? Aquí los tienes: todos trabajan, todos limpian.
Tocó adaptarse.
Esteban descubrió, por ejemplo, que fregar bien los platos lleva veinte minutos, no cinco, como creía cuando Nieves lo hacía en silencio cada noche.
Lo más pintoresco llegó con la primera colada.
¡Nieves! vociferaba desde el baño. ¿Por qué hay tanta ropa sucia? ¿Vivimos en una lavandería?
Porque somos tres, y hay que separar la ropa por colores, además.
¿¡También por colores!?
Cuando Pelayo al fin dejó de caer enfermo, Nieves mantuvo su empleo. Mil doscientos euros no sobraban, y estaba claro a dónde iban: la guardería, la niñera (a la que ahora llamaban menos), unas vacaciones que soñaban costear
Un día, Esteban volvió tarde y halló a Nieves en la cocina, picando verduras despacio para una ensalada.
¿Qué tal, currante? preguntó Nieves.
Bien tomó una botella de agua. Entregué el informe. Mañana me toca almacén, llegaré tarde.
Muy bien. Acuesto yo a Pelayo. Tú, cuando vengas, friegas tú el plato, ¿vale?
Ni protestó ya.
Sabes, lo he pensado dijo, sentándose y mirando cómo ella cortaba el perejil en tiras irreales y flotantes. Al final… puede que no te falte razón. Hay que ayudarse, sí. Entre dos, pesa menos. No solo el trabajoNieves sonrió, afilada y cansada, pero satisfecha. Dejó el cuchillo, se acercó y le besó la frente: un gesto entre tregua y complicidad. Se sentaron juntos en la pequeña mesa de la cocina, la luz amarilla reverberando en los restos de harina y las hojas de lechuga.
Pelayo, en pijama, apareció con su osito azul.
Papá, ¿me cuentas un cuento?
Esteban lo miró, torpe, y Nieves lo observó en silencio, evaluando. Por fin, su marido se agachó y, con Pelayo en brazos, tiró de ella hacia el sofá.
Hoy nos toca el cuento a los tres dijo. Juntos.
Nieves se acomodó, con los pies en alto, la mano de Pelayo enlazada en la suya. Esteban inventó una historia disparatada sobre un dragón que aprendía a fregar platos porque quería ser el mejor cocinero del reino.
Pelayo se rió a carcajadas y Nieves también, con un nudo de ternura en la garganta.
Afuera, Madrid se llenaba de luces y voces. Allí dentro, todo era mucho menos perfecto pero empezaba a ser suyo.
Y mientras el niño dormía, los dos adultos se miraron: cansados, sí, pero, por primera vez en mucho tiempo, en la misma página.
No había leído eso en ningún manual de economía familiar. Pero Nieves supo, esa noche, que habían tomado la mejor decisión posible. Al menos, juntos.







