Gentes distintas Almudena creció siendo una niña difícil. Tanto Simón como Marina sabían que ellos…

Gentes diferentes

Alicia era una niña especial. Tanto Simón como Marina lo sabían, y reconocían que la culpa era suya. Habían consentido demasiado a su hija, ¿pero cómo no hacerlo? Era tan bonita, tan dulce, y había llegado a sus vidas tras muchas dificultades. Marina no lograba quedarse embarazada, sin importar cuánto lo intentaran. Visitaron a todos los médicos, incluso fueron a Madrid. Pero todos, sin excepción, les decían que, médicamente, no había nada que impidiera tener hijos.

Pero si todo estaba bien, ¿por qué entonces no tenían un bebé? Un médico mayor les aconsejó acudir a remedios tradicionales. Así lo hicieron: hallaron a una curandera en un pueblo cercano que le preparó a Marina un brebaje con un olor espantoso. Le mandó que tomara unas gotas cada día. Marina se reía y se quejaba, pero lo tomaba obediente, y finalmente quedó embarazada. Su alegría no tuvo límites. Simón estaba tan contento que hasta los vecinos lo oyeron cantando.

El embarazo fue tan duro que Simón temió varias veces que Marina no pudiera llevarlo a término. Marina no sólo no podía comer, sino que incluso los olores más nimios la hacían enfermar, le hinchaban las manos y los pies y apenas podía dormir. Salía poco de casa. Cuando llegaron las contracciones, Simón suspiró aliviado, pero los problemas solo habían empezado. El parto fue tan complicado que tras más de diez horas de sufrimiento, los médicos en la capital decidieron hacerle una cesárea. La niña, Alicia, nació débil y cansada, y Marina perdió mucha sangre y pasó dos días en el umbral de la vida. Pero superó todo. Tras casi un mes en el hospital con la niña, pudieron regresar por fin a casa. Simón la echaba tanto de menos, tenía tantas ganas de cuidar a su hija, que sentía que tocaba el cielo.

Pensaba que comenzarían por fin una vida feliz; ahora tendrían una familia de verdad, la que él siempre había soñado.

Cuando Alicia cumplió cinco años, Simón llegó a casa y se sentó frente a Marina.

-Marina, tenemos que construir una casa. ¿No ves que una habitación no nos basta? Ahora Alicia es pequeña, pero crecerá. Necesita su propio cuarto, como toda niña.

Marina siempre apoyaba a su marido, pero esta vez vaciló. ¿De dónde sacarían dinero?

-Lo he pensado bien. Si vamos despacio, sin querer terminarla de golpe, podemos levantarla poco a poco. Solo hay que no tener prisa.

Marina entendía que su esposo tenía razón. Una casa propia, espaciosa, era el mejor sueño de una familia.

Pero el destino les desbarató los planes. Medio año después, Alicia cayó gravemente enferma. Primero fue un resfriado, luego algo en los oídos, y después se complicó aún más… Marina y su hija no salían de hospitales, de una clínica a otra. Acumularon deudas impresionantes, pero finalmente la niña se recuperó. No fue fácil ni rápido. El tratamiento duró casi tres años.

Simón nunca más mencionó la casa; su prioridad era saldar las deudas. Marina sabía que su marido aún soñaba con la casa, aunque ya no lo decía en voz alta.

Cuando Alicia empezó a valerse por sí misma, Marina decidió trabajar en la fábrica. Allí pagaban más, y si ambos trabajaban mucho, Simón quizás podría cumplir su sueño algún día.

Solo pudieron pagar todas las deudas cuando Alicia tenía ya catorce años. El problema era que la niña crecía y con ella crecían también sus necesidades: un vestido nuevo, un abrigo como el de su amiga Carmen. Estaba por llegar el fin de curso. Marina y Simón apartaban un poco de dinero cuando podían. Pensaban: “Cuando Alicia termine el colegio y se vaya a estudiar, por fin podremos empezar…”

Pero tampoco fue como pensaban. Alicia ingresó en la Universidad en Salamanca y se marchó. Sus padres estaban muy orgullosos. En dos años Simón logró levantar las paredes de la futura casa. Aún faltaban ventanas y puertas, solo había tablones, pero ya era algo. Y dos años más tarde…

Fue un domingo. Marina y Simón regresaron cansados pero felices de trabajar en la obra. Ese mismo día pusieron dos ventanas. De repente, sonó el timbre. Marina abrió la puerta y soltó un grito. Al otro lado estaba Alicia, con un vientre enorme, y detrás de ella un chaval alto de melena larga.

-Alicia, ¿eso qué es?

Marina miraba fijamente la barriga.

-Mamá, parece que eres una cría. Dentro hay un bebé. Este es Rubén. Va a vivir aquí y nos casaremos.

Rubén asintió y siguió mascando chicle.

Simón apareció detrás, y todos se sentaron en la cocina. Simón fue el primero en hablar.

-Alicia, ¿por qué no nos dijiste nada?

-¿Para qué? ¿Para aguantar vuestras lecciones?

-¿Y la universidad?

-Me da igual. Rubén también dejó la carrera el primer año y aquí está, tan contento.

Simón miró al chico, que asintió de nuevo y masticó aún más despacio.

-¿Y en qué trabaja Rubén, si no tiene estudios?

-Papá, no empieces. De momento en nada. No ha encontrado nada que le motive.

Rubén asintió, convencido.

Simón no aguantó más.

-¿Y entonces de qué van a vivir, si los dos están parados y viene un niño en camino?

Alicia le miró sorprendida.

-Pues para eso están los padres, ¿no?

Simón se marchó a la cocina para no decir nada que no debía. Marina fue tras él. Ambos miraron en silencio por la ventana y luego se acostaron. Los jóvenes durmieron en el sofá y los mayores en el suelo.

A la mañana siguiente Simón llamó a Marina.

-Marina, creo que lo mejor es mudarnos a la casa. Preparamos una habitación y el piso lo dejamos entero para los chicos. Como regalo de boda.

Marina aceptó rápidamente. Cuando se lo dijeron a los hijos, estos se pusieron muy contentos. Simón y Marina solo se llevaron los muebles imprescindibles; los chicos se quedaban con la mayor parte. Cuando llegó la mudanza, Simón abrazó a su hija.

-Ahora el piso es tuyo. Sé una buena dueña.

Se abrazaron y los padres se marcharon.

La casa estaba pelada, pero Marina no se desanimó. Llegaba de la fábrica, daba de comer a Simón, lavaba la ropa en un barreño, traía agua de la fuente a trescientos metros, hacía faena y ayudaba a su marido en la obra. Cargaban piedras, mezclaban cemento. Simón intentaba que Marina no hiciera trabajos pesados, pero ella no quería dejarle solo. De vez en cuando, aparecía Alicia a pedir dinero. Por supuesto, ayudaban, pero la obra tragaba todo lo que tenían.

En una de esas visitas, Simón no aguantó más. Les llamó la atención.

-¿Rubén sigue sin trabajar?

-Papá, no ha encontrado nada digno. No va a matarse en una obra por dos duros.

-¿Y eso? ¿No considera que tiene que mantener a su familia?

Alicia iba a responder, pero Simón se dirigió a Rubén.

-¿Y tú qué opinas?

Rubén dejó de mascar y miró a Alicia; como ella no decía nada, miró a los padres y contestó:

-No pensaba tener que cargar cemento y ladrillos.

-¿Y qué pensabas? ¿Casarte, tener un hijo y que todo te cayera del cielo? Así no va la vida. Tienes una familia. Mírala, cuídala. Nosotros no vamos a estar aquí siempre.

Al marcharse, Simón propuso que Rubén ayudara en la obra a cambio de la futura herencia, pero Alicia saltó.

-¡Eso sí que no! Bastante con que nos habéis liado con la casa… Nunca hemos tenido paz.

Simón no dijo nada más y se fue. Marina, a escondidas, dejó a su hija unos cuantos euros. Simón fingió no verlo.

A la semana, Rubén encontró por fin trabajo, no en la obra, sino en una oficina -de ayudante para todo-. Pagaban menos, pero él se conformaba. Los padres suspiraron tranquilos, mejor eso que nada.

Cuando Simón y Marina trabajaban en el patio, les observaba desde el otro lado un niño de unos diez o once años. Vivía con su abuela en una humilde casita casi tapada por los manzanos. Simón y Marina solían tomar el té en el patio al fresco, donde el cuerpo descansaba y el alma se contentaba; su casa, poco a poco, iba pareciendo un verdadero hogar.

Un día Simón invitó al niño a sentarse con ellos. Marina preparó otra taza y le llenó una fuente con galletas. El niño aceptó tímido.

-Hola, ¿cómo te llamas?

-Buenas, soy Antonio.

Antonio sonrió, cogió la taza y dio las gracias.

-Así que somos vecinos.

-Sí, parece que sí.

Conversaron de muchas cosas. Antonio no tenía padres; murieron cuando era pequeño y vivía con su abuela, ya muy mayor y delicada, pero la quería mucho y la ayudaba en todo.

Cuando se iba a marchar, miró a Simón.

-¿Podría ayudarles por aquí a veces? Estoy de vacaciones y me aburro mucho.

Simón miró a Marina.

-Por supuesto, cualquier ayuda es bienvenida. ¿Tu abuela no dirá nada?

-No, qué va, es muy buena.

Al día siguiente, Antonio esperaba a Simón al regresar del trabajo. Ayudaba con tanto entusiasmo y aprendía tan rápido que pronto Simón le prefirió incluso a Marina en la obra.

-Mujer, vete ya; así da gusto trabajar con un chico tan espabilado y no con la que no distingue un ladrillo de una piedra. Con un ayudante así acabaremos la casa en nada.

Marina se rió e hizo ademán de entrar cuando vio a la abuela, llamada Petra, sentada en su banco. Se acercó a saludarla.

Petra resultó ser una mujer estupenda: amable, sensata y muy culta. Marina le preguntó si le parecía bien que su nieto ayudara con la obra. La abuela se sorprendió.

-¿Cómo no me va a parecer bien que uno ayude a otro? Mejor que esté ocupado y aprenda algo útil con su marido.

Marina asintió; siempre había amado a Simón, siempre se sintió protegida a su lado, y deseaba para Alicia un hombre igual, pero la vida no quiso que fuera así.

-¿Por qué no viene usted a merendar con nosotros? Siempre tomamos el té al fresco.

-Lo he visto, lo he visto. Vendré, claro que sí. Hay que ser buen vecino.

Aquella tarde, tras acabar las tareas, se reunieron juntos en el patio. Simón y Antonio discutían la mejor forma de montar la fontanería, y las mujeres charlaban de sus cosas.

Al día siguiente, Alicia dio a luz. Simón y Marina corrieron al hospital con regalos, ropita y comida. Incluso Rubén apareció con flores. De vuelta en casa, celebraron con una pequeña barbacoa, invitando también a Petra. Era lo justo.

Llevaron a Alicia y el bebé a casa, y Rubén pareció por fin cambiar, se animó algo, y hasta tenía preparada una cunita. Quizá la responsabilidad le venía bien, ya no bebía y no causaba problemas. Marina al principio iba mucho a ayudar a su hija, pero pronto oyó a Rubén decirle a Alicia que qué hacía su madre allí tan a menudo: “Tenemos nuestra familia, no necesitamos que nos digan cómo vivir”. Aquello dolió a Marina. Se lo contó a Simón y él decidió que sólo irían si les llamaban. Marina sufría, pero iba menos, tan solo le dejaba a su hija bolsas de comida en el rellano si Rubén estaba en casa.

Simón y Antonio se hicieron inseparables, y lo mismo las mujeres. Al llegar septiembre, Simón llevó a Antonio a la ciudad para comprarle un traje nuevo de colegio y una mochila, todo pagado de su bolsillo. Petra lloraba de gratitud, pero Simón abrazó al chico y le dijo que ya era como un hijo para él.

Pasaron los años y, en un invierno frío, Antonio llegó pálido una noche a avisarles: Petra había muerto. Marina se hizo cargo del funeral y acogieron a Antonio, que tenía catorce años y no sabían qué futuro le aguardaba. Probablemente acabaría en un orfanato, pero Simón consiguió convencer a los servicios sociales para hacerse cargo de él como tutor legal. Hasta les prometieron una modesta ayuda. Mientras tanto, la familia de Alicia volvió a aumentar: fue la hermana de Rubén a vivir con ellos, tras ser abandonada por su marido. La antigua casa llena de niños y adultos era un caos.

Alicia no se quejaba, y Simón y Marina no se metían. Por el contrario, Antonio cada vez era más querido; ayudaba en todo, nunca dejaba a Marina cargar bolsas. Al jubilarse, los dos, decidieron que Antonio debía estudiar y prometieron ayudarle. Pero Antonio sorprendió a todos: cuando empezó la carrera, también buscó trabajo por las tardes y los fines de semana. Sobrevivía con beca y salario, y seguía viniendo cada semana a ver a “sus padres”, trayendo dulces y afecto.

Y entonces enfermó Marina. Adelgazó, se cansaba. Simón, desesperado, consiguió convencerla de ir al hospital. El médico llamó a Simón:

-Tu mujer tiene cáncer, está muy avanzado. Le quedan, quizás, seis meses.

Para Simón, fue como si el mundo se hundiera. ¿Su Marina? Toda la vida esforzándose, primero por la hija, luego por la casa Llamó a Alicia.

-Alicia, tu madre está enferma.

-Qué mal. ¿Qué puedo hacer yo?

-Alicia, tiene cáncer, le queda poco.

Se le quebraba la voz.

-De acuerdo, papá. Mañana iré a verla.

Alicia fue sólo una vez al hospital. Cuando dieron el alta a Marina, el médico avisó que pronto necesitaría cuidados totales. Simón, dispuesto a todo, esperaba que su hija le ayudara. Pero cuando llegó el momento de lavar a Marina, ya no pudo solo.

-Alicia, ¿puedes venir?

-¿Otra vez, papá? ¿Qué ocurre ahora?

-Tengo que lavar a mamá, y necesito ayuda.

-¡Madre mía! ¿Tengo que estar yendo todos los días? Haré lo que pueda, pero no lo prometo.

Simón esperó todo el día; no llamó más. Se lamentaba: la habían criado consentida, ésa era la consecuencia.

Al anochecer, entendió que nadie vendría, y se las arregló solo, trabajando toda la noche. Marina lloraba:

-¿Por qué este castigo? Ni te dejo vivir ni yo descanso Desearía partirme ya.

-No digas eso, Marina. Sin ti tampoco sé qué hacer aquí.

-Y Antonio, ¿quién le buscará esposa?

Ella sonreía entre lágrimas.

Un mes después, Marina falleció. Antonio lloró sin pudor; tenía veintidós años y acababa de terminar su carrera. Simón no le contó que Marina estaba tan grave, pero Antonio, que visitaba a menudo, pronto lo comprendió.

Antonio se fue a la ciudad, alquiló un piso y trabajó de lo que había estudiado. Simón sabía que en su trabajo lo apreciaban, y esperaba que el chico tuviera un gran futuro. Él, en cambio, sentía una inmensa soledad en la casa hermosa y bien plantada que habían levantado entre todos. Seguía cuidando el jardín de Marina con esmero.

Antonio venía a menudo, aunque sólo fuera a tomar el té. Simón siempre le pedía que se mudara y ahorrara el alquiler, pero Antonio era firme: “Tengo que aprender solo”. Alicia sólo venía de vez en cuando, a pedir algo o recoger alguna cosa. Miraba la casa soñando con vivir allí, pero nunca había ayudado a construirla; Rubén, su marido, tampoco.

Simón envejecía rápidamente. La muerte de Marina le afectó el corazón; sentía ahogos e iba tragando pastillas según recomendaban las vecinas, algo que Antonio reprobaba.

-No puedes hacer eso; tienes que ir al médico.

-Es la edad, Antonio, la edad.

Un día el dolor fue tan fuerte que apenas podía respirar. Llamó a Alicia.

-Hija, el corazón ya no aguanta

-Papá, tómate una pastilla o llama a una ambulancia. No voy a cruzar toda la ciudad después de trabajar.

Alicia colgó, y Simón, resignado, llamó a Antonio.

-Antonio, perdona, pero me encuentro fatal

-No digas más, ahora mismo voy.

Antonio llegó enseguida con su novia, Helena, que era enfermera. Le hicieron llamar a una ambulancia y no se separaron de él en el hospital. Simón les animó a casarse, pero Antonio explicó que antes querían ahorrar para su propia casa.

Cuando dieron el alta a Simón, fueron a recogerlo Helena y Antonio. Alicia ni apareció; sugirió que pidiera un taxi. Ya en casa, Helena cocinó para Simón.

-Le dejo comida preparada para dos días; descanse, que lo necesita.

-No hacía falta, hija, puedo arreglarme.

-Para mí no es molestia; usted descanse y recupérese.

Simón, agradecido, sonreía. Esa noche vinieron Antonio y Helena; Simón se alegró mucho. Al día siguiente Alicia se pasó por la casa. Hizo el recorrido habitual y preguntó cómo estaba. Entonces Simón no pudo más.

-Hija, ni una vez has ido al hospital a verme

-Papá, allí te cuidan los médicos. ¿De verdad te haría sentir mejor con mi visita?

-Claro, eres mi hija, la sangre de mi sangre.

-No empieces otra vez con lamentos.

-No grites. Cuando tu madre estuvo mal, tampoco viniste. A veces dudo si eres nuestra hija.

Aquello enfadó a Alicia de verdad.

-¡Cansa ya tu queja! ¡Cuándo piensas morirte, viejo, para que podamos entrar de una vez en esta casa? Vives solo en esta mansión y nosotros hacinados en el piso. No tienes vergüenza. Si ya ni vives, pareces un mueble, y no dejas vivir a tu hija

-Ah, así que sólo te interesa la casa, no tu padre. ¿Por qué no ayudaste a construirla, tú o tu marido? Ya entonces os daba igual

Alicia salió dando un portazo y Simón ni se sorprendió: lo esperaba, aunque jamás creyó que su hija llegara a desearle la muerte tan abiertamente. Sabía que debía tomar una decisión. Casi la tenía clara, pero quería consultarla con Marina. Desde que ella faltó, soñaba mucho con ella y esperaba que esa noche también la soñara.

Fue a dormir. Al día siguiente, Antonio llamó.

-Antonio, qué bien he descansado, parece que me han quitado años de encima. Tu novia es una gran persona.

-Gracias, Simón. Lo sé.

-Te quería pedir algo. ¿Puedes buscarme un notario que venga a casa?

-Claro, ¿pasa algo?

-No, sólo quiero solucionar unos papeles.

-Ok, te llamo en cuanto sepa.

A la hora, Antonio le confirmó que a las tres iría el notario. Cuando terminó de firmar todo, Simón sintió gran alivio. Se sentó a escribir una carta.

Antonio, si lees esto, es que ya no estoy. No te aflijas, pronto me reuniré con mi Marina. Antonio, quiero verte casado, y os deseo toda la felicidad del mundo. Este es mi regalo de boda: mi casa. Te la dejo, para que puedas traer aquí a tu esposa y criar a vuestros futuros hijos. No protestes, os lo debéis. En esta casa hay tu trabajo y tu cariño, tú cuidaste de mí hasta el final, y así lo hemos decidido Marina y yo.

Ya sentía el pecho cada vez más ligero y, al repasar la foto junto a Marina, repasaba toda su vida juntos

Antonio ayudó a Helena a bajar del coche; llevaba una bolsa con fruta y otros víveres. Al ver el caserón tan silencioso, notó un escalofrío: Simón, puntal hasta el último día, siempre les abría la puerta o miraba por la ventana. Antonio entró, y vio a Simón en el sofá abrazado a la foto de Marina. Frutas y naranjas rodaron por el suelo cuando soltó la bolsa.

-Papá

Helena, que ya estaba junto al difunto, miró a Antonio y negó suavemente con la cabeza.

Antonio se arrodilló y lloró largo rato. Helena no interfirió; sabía que Simón era un verdadero padre para él.

Tiempo después, cuando Simón ya no estaba y Alicia apareció con Rubén, Antonio encontró la carta. La leyó mientras Alicia y Rubén medían las habitaciones. Luego Helena sugirió enseñársela a su hermana.

-Alicia, tu padre dejó esta carta; es para mí, pero puede que te interese.

Alicia la ojeó, se puso roja y gritó:

-¡Viejo loco! ¡Ya en su vejez perdió la cabeza! ¡Tendría que haberse muerto antes! Pero esto no va a quedar así

Salió disparada de la casa, odiando a todos los que allí estaban.

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Gentes distintas Almudena creció siendo una niña difícil. Tanto Simón como Marina sabían que ellos…
Harto de la suegra y de la mujer Aquella noche vino a verme el hombre más callado y paciente de nuestro pueblo, Esteban Ibáñez. ¿Sabéis? Hay personas así: de las que se forjan clavos. Espalda recta, manos como palas, llenas de callos y heridas, y en la mirada una calma milenaria, como la de un lago en el bosque. Nunca dice una palabra de más, jamás se queja. Pase lo que pase—sea arreglar una casa, partir leña para una abuela sola—Esteban está ahí. Lo hace en silencio, asiente y se marcha. Pero aquella vez vino… Aún le veo. La puerta de mi consultorio se abrió tan despacio, parecía que entraba una ráfaga otoñal y no una persona. Se quedó en el umbral, jugueteando con su gorra de lana, los ojos fijos en el suelo. El abrigo empapado por la llovizna, botas cubiertas de barro. Y en ese instante estaba tan encorvado, tan… roto, que se me encogió el corazón. —Pasa, Esteban, ¿qué haces ahí de pie?—le dije con dulzura, mientras ponía la tetera en la placa. Sé que hay males que no se curan con pastillas, sino con té de tomillo. Él entró, se sentó en el borde de la camilla, sin alzar la vista. No decía nada. Solo se oía el tic-tac del reloj—uno, dos, uno, dos—marcando los segundos de su silencio. Y ese silencio, creedme, pesaba más que cualquier grito. Oprimía, zumbaba en los oídos, llenaba la habitación. Le puse delante un vaso de té bien caliente, metí sus manos frías entre las mías. Abrazó el vaso, lo acercó a los labios y le temblaban tanto las manos que el té se derramaba. Y entonces vi cómo por su mejilla, sin afeitar y castigada por el viento, rodaba una sola lágrima. Austera, de hombre, pesada como plomo fundido. Y tras ella, otra. No sollozaba, no aullaba. Solo se sentaba y las lágrimas le surcaban la cara, perdiéndose entre la barba. —Me voy, Simona—susurró, tan bajo que apenas lo oí—. Ya está. No puedo más. No me quedan fuerzas. Me senté a su lado y cubrí su mano áspera con la mía. Le tembló, pero no la retiró. —¿De quién te vas, Esteban? —De mis mujeres—contestó igual de apagado—. De mi esposa, de Olalla… de la suegra. Me han asfixiado, Simona. No me dejan vivir. Como dos aguilillas. Todo lo que hago está mal. Hago la sopa cuando Olalla está en el campo—“demasiada sal, la patata mal cortada”. Cuelgo la estantería—“torcida, todos los maridos son hombres de verdad menos éste”. Cavo el huerto—“no profundo, hay malas hierbas”. Así cada día, año tras año. Ni una palabra buena, ni una mirada amable. Solo reproches, como picaduras de ortiga. Guardó silencio, dio un sorbo al té. —No soy ningún señorito, Simona. Sé que la vida es dura. Olalla trabaja de sol a sol y llega agotada y enfadada. La suegra, doña Rosario, tiene las piernas fatal y se pasa el día sentada, mirando al mundo con rencor. Lo entiendo todo. Lo soporto. Madrugo antes que nadie, enciendo la lumbre, voy por agua, doy de comer a los animales. Luego a trabajar. Al volver, todo mal. Si digo algo, bronca de tres días. Si callo, peor: “¿Por qué te callas, mudo? Algo tramas”. El alma, Simona, no es de hierro. Se cansa también. Miraba el fuego de la chimenea y hablaba… como si se hubiera roto la presa. Contaba cómo pasaba semanas sin que le dirigieran la palabra, como si no existiera. Cómo cuchicheaban a sus espaldas. Cómo escondían para sí la mejor mermelada. Que para el cumpleaños de Olalla le compró una mantita buena con la paga extra, y ella la tiró al arcón: “Mejor te hubieras comprado botas, que vas hecho un desastre y das pena a la gente”. Y yo veía a ese hombre fuerte, capaz de domar osos con sus manos, ahí acurrucado como un cachorro vencido, llorando en silencio… y me invadía una pena honda, amarga. —Esta casa la levanté yo, con mis manos—susurró—. Recuerdo cada viga. Pensé que sería un nido. Una familia. Y ha resultado… una jaula. Y los pájaros, fieros. Esta mañana… la suegra otra vez: “La puerta chirría y no deja dormir. No eres un hombre, eres un desastre”. Cogí el hacha… Quería arreglar la bisagra. Pero me quedé mirando la rama de un manzano… y una idea negra se metió en la cabeza… Me costó sacudírmela. Hice la mochila, agarré un pedazo de pan y vine contigo. Dormiré donde sea y mañana me planto en la estación, y a donde me lleve el viento. Que vivan ellas solas. A lo mejor así, aunque sea tarde, se acuerdan de mí con una palabra buena. Fue cuando supe que aquello era grave. No era cansancio, era un grito del alma en el borde. No podía dejarle marchar. —A ver, Ibáñez—le dije firme, como sé hacerlo—. Sécate esas lágrimas. Eso no es de hombres. ¿Irte, dices? ¿Y has pensado qué será de ellas? ¿Olalla podrá sola con todo? ¿Rosario, con esas piernas? Tú eres el responsable. —¿Y quién se responsabiliza de mí, Simona?—suspiró él—. ¿Quién me cuida a mí? —Yo—le respondí tajante—. Y te voy a curar. Tienes “desgaste del alma”. Y solo hay un remedio. Hazme caso: ahora te vuelves a casa. En silencio. No respondas a nada. No mires a los ojos. Te tiras en la cama, de espaldas. Mañana iré yo. Pero no te vas de aquí. ¿Entendido? Me miró con duda, pero en sus ojos brilló una chispa de esperanza. Acabó el té, asintió y se marchó sin mirar atrás. A la mañana siguiente, al alborear, fui a su casa. Abrió Olalla. Cara de mal dormir, hostil. —¿Qué se le ofrece tan pronto, Simona? —A ver a tu Esteban—le respondo y entro. En la casa, frío y desazón. Rosario, en el banco, envuelta en el chal, me mira con desgana. Esteban tumbado, de cara a la pared, como le mandé. —¿Para qué verle? Está fuerte como un toro, ahí tirado—bufó la suegra—. Lo que tiene que hacer es trabajar. Me acerqué, le toqué la frente, le ausculté, aunque no hacía falta. Miré a las mujeres con seriedad. —Mal asunto, chicas. Muy mal. El corazón de Esteban es como una cuerda tensa. Al límite. Un poco más, y se rompe. Y os quedaréis solas. Se miraron. En la cara de Olalla, sorpresa; en los ojos de Rosario, incredulidad. —No diga tonterías, Simona—añadió la suegra—. Ayer aún partía leña como un poseso. —Eso fue ayer—ataqué—. Hoy está al límite. Le habéis agotado con vuestros reproches. ¿Pensabais que era de piedra? Está vivo. Tiene alma, y ahora le duele tanto que solo le queda callar. Le receto reposo absoluto. Nada de trabajo, solo cama. Y, sobre todo, silencio. Ni un reproche, ni una palabra torcida. Solo cuidados y ternura. Y si no, me lo llevo al hospital. Y de allí no todos vuelven. Vi el miedo pegajoso en sus ojos. Sabían, pese a todo, que él era el pilar, la fuerza muda y firme de la casa. Pensar que podía faltarles las dejó heladas. Olalla se acercó en silencio, tocó el hombro de su marido. Rosario apretó los labios, pero no dijo nada, solo buscaba consuelo por la estancia. Me fui, dejándoles con ese temor y su conciencia. Los primeros días, me contó Esteban después, la casa era un santuario silencioso. Andaban de puntillas, cuchicheaban. Olalla le traía caldo y lo dejaba en la mesilla y se iba. La suegra le hacía la señal de la cruz. Raro, pero no había gritos. Poco a poco el hielo empezó a romperse. Una mañana, Esteban olió manzanas asadas—sus favoritas, con canela, como las hacía su madre. Giró la cabeza. Olalla, sentada junto a la cama, pelaba una manzana. —Come, Esteban—le dijo en voz baja—. Está calentita. Y por primera vez en años vio en sus ojos otra cosa que hastío: cuidado. Torpe, tímido, pero real. A los dos días, Rosario le trajo unos calcetines de lana. Tejidos por ella. —Los pies calientes—murmuró—. Que entra corriente por la ventana. Esteban, tumbado, miraba el techo y sentía, por vez primera en mucho tiempo, que no era invisible. Que era importante. Como persona, no solo como un par de brazos robustos. Que temían perderle. Al cabo de una semana volví. El ambiente era otro. Calidez, olor a pan casero. Esteban, pálido pero sereno, a la mesa. Olalla le llenaba la taza, la suegra le acercaba los pastelitos. No eran palomos acaramelados, no. Pero ya no había esa tensión gélida. Había desaparecido. Esteban me miró con gratitud silenciosa. Sonrió, y aquella rara sonrisa suya pareció iluminar la estancia. Olalla también sonrió. Rosario giró la cara, pero la vi secarse una lágrima. No hizo falta curarles más. Aprendieron a ser remedio los unos para los otros. No son la familia perfecta, claro; a veces la suegra refunfuña, Olalla salta por cansancio. Pero ahora después de refunfuñar, Rosario prepara té de frambuesa, y Olalla, tras refunfuñar un poco, se acerca y acaricia a Esteban. Han aprendido a ver a la persona, no el fallo. A querer, a cuidar. A veces, al pasar por su casa, les veo juntos en el poyete: Esteban atareado, ellas pelando pipas y charlando. Y siento una paz aldeana, cálida. El mayor tesoro no está en grandes palabras ni regalos, sino en un atardecer, el aroma de tarta de manzana, unos calcetines de lana hechos a mano y la certeza de ser necesario. De estar en casa. Pensadlo bien, queridos, ¿qué cura más—aquella pastilla amarga o una palabra amable en el momento justo? Y vosotros, ¿creéis que hace falta un buen susto para empezar a valorar lo que tenemos?