La amiga del cementerio
Hace ya muchos años, ocurrió una historia que aún guardo en mi memoria como una cicatriz invisible. Una tarde, mi marido salió a comprar pan y nunca volvió. Llevábamos cinco años viviendo con él y nuestros hijos en casa de su madre, en las afueras de Madrid, en uno de aquellos barrios donde los patios compartidos servían tanto para el cotilleo como para secar la colada.
A la mañana siguiente, temblando, fui a la comisaría para denunciar la desaparición. Me dijeron que debía esperar tres días más para poder presentar la denuncia. Lo hice, con un presentimiento opresivo en el pecho
Y así pasaron tres años
Cada día rogaba que la puerta se abriera y mi marido apareciera con una explicación absurda, un lo siento entre los labios. Antes de su desaparición, ya vivíamos con su madre, Teresa, una mujer que siempre parecía mirarme con desprecio apenas oculto. Creo que, más que antipatía, me tenía una aversión callada, casi enfermiza. Después de quedarnos solas, perdió del todo el juicio. Empezó a contar a los vecinos que mi amante inexistente había asesinado a su hijo y lo había arrojado a las aguas oscuras de la cantera detrás de las colinas.
Aguanté todo lo que pude, aferrada a una esperanza ingenua de que Teresa recobraría la razón y dejaría de sembrar rumores. Pero no, sus delirios iban a más. Es cierto que, al norte de la ciudad, había una cantera profunda donde a veces, los chicos saltaban para impresionar a las chicas del barrio, pero yo jamás me había implicado con nadie; la familia era sagrada para mí.
Cada día la relación con Teresa empeoraba. Comenzamos a discutir por cualquier nimiedad que si la cuchara estaba en el lugar incorrecto, que si mi taza no era de su agrado. Al final, mi paciencia estalló y empecé a buscar opciones para repartir el piso.
Su respuesta, amarga como ajenjo:
No te consiento mudarte a un buen piso, ni lo sueñes, asesina.
Ella rechazaba todos los cambios. Si la opción era un tercero, se quejaba de sus piernas. Un primero, mucho ruido de jóvenes. Un segundo, que estaba lejos del mercado. Nada le valía.
Por fin surgió la posibilidad de mudarnos justo en el edificio de enfrente, segundo piso, barrio familiar, el mercado a un paso. Entonces soltó:
No quiero ver desde mi ventana el piso de donde se perdió mi hijo.
Me llevó al borde de la desesperación. Cualquier casa, aunque estuviera en el fin del mundo, me serviría con tal de acabar con las peleas y que mis hijos no tuvieran que presenciar más aquel infierno. Así acabé con mis niños en un piso bajo, en el edificio más antiguo a las orillas del cementerio de La Almudena.
Nos separamos como enemigas. Todo indicaba que a Teresa tampoco le importaban sus nietos, pues no le preocupaba que cada día escucharan marchas fúnebres o los lamentos de familiares en las tumbas. En vez de parque, lo primero que veían eran cruces y lápidas.
Sin remedio, tuvimos que adaptarnos. Nada más instalarme, compré tela gruesa y cosí cortinas oscuras, para evitar contemplar carrozas mortuorias. Aquella noche, colgamos las cortinas y vivimos casi como topos, sin apenas sol.
Pasado un mes, una mañana mientras hacía el desayuno, escuché un golpe en la escalera. Salí y encontré a mi vecina, Mercedes, retorciéndose de dolor: se había torcido el tobillo y la compra yacía esparcida por el rellano. La ayudé a entrar, recogí su compra y cuando la vi llorar, le ofrecí llamar a un médico. Ella, entre lágrimas, negó con la cabeza.
Empezó a sollozar:
Este sitio está maldito. Ningún día transcurre sin desgracia. Quien vive junto al cementerio, acaba desdichado.
La tranquilicé, insistiéndole que quizá exageraba. Puse de ejemplo mi experiencia: llevaba un mes y, aunque resultaba incómodo escuchar funerales, uno se acostumbra. Mercedes me miró y contestó:
No me creas. Pronto lo verás por ti misma.
Y, en efecto, desde aquella misma semana, la mala fortuna pareció cebarse con mi familia.
Primero, mi hijo Mateo se fracturó el pie lanzándose una mancuerna acabó escayolado. Después, a mi hija Inés le diagnosticaron gastritis. Pero lo peor estaba por llegar.
Una noche, me despertó un ruido extraño, como si alguien arañara el cristal de la ventana. Miré el reloj, marcaban las dos en punto. Algo me impulsó a acercarme y, al correr la cortina, una figura de mujer, azulada y con sonrisa siniestra, me miraba desde la calle a menos de un metro. Su cara, iluminada por la luna, parecía una máscara mortuoria.
La parálisis de puro terror me dejó pegada a la cortina. Ella giró en silencio y se alejó hacia el cementerio. No pude dormir más aquella noche.
Al día siguiente, el recuerdo de la cara espectral me obsesionó. Incluso temía contarlo; pensaba que cualquier oyente me tacharía de loca. Una parte de mí llegó a sospechar que Teresa me gastaba una broma macabra, pero luego rechacé aquella idea y me pregunté si alguna empresa funeraria podría estar interesada en comprar mi piso.
Siguieron las desgracias: a los dos días me despidieron del trabajo. Ni mis hijos pequeños ni mis súplicas importaron. Me forzaron a firmar la baja voluntaria. Dos días después, de regreso en bus, me robaron el monedero con los últimos euros.
Tomé entonces las alianzas que compartí con mi marido, las miré por última vez y fui a una casa de empeños. Me ofrecieron una miseria, así que salí a buscar mejor suerte. Me crucé con un hombre que sostenía un cartón: “Compro oro”. Me acercó, vio ambos anillos y me ofreció 1.500 euros más que en el empeño. Acepté enseguida, guardando el dinero como si fuera un tesoro.
Entonces, al pasar por una esquina, un joven dejó caer un fajo de billetes. Traté de avisarle, pero se perdió entre la multitud. Lo recogí, y justo en ese momento, una mujer de etnia gitana apareció, exclamando:
¡Venimos a encontrar dinero juntas! y me arrebató la mitad del fajo. A la policía no, que se lo quedan ellos. ¡Nos lo repartimos!
Me metió la mitad en la mano y desapareció sin darme tiempo a reaccionar. No tardé en cruzarme de nuevo con el chico, ahora acompañado por un tipo corpulento y calvo armado con un bate. Se encararon conmigo:
¡Dicen que tienes mi dinero!
Tuve que devolvérselo todo, incluso lo de los anillos. No quisieron escuchar mis excusas. Volví a casa destrozada y solo entonces recordé lo que Mercedes me dijo sobre las desgracias en este lugar.
Esa noche, la mujer del cementerio volvió. Otra vez el arañazo en la ventana, otra vez su sonrisa imposible en el resplandor nocturno. Esta vez logré no gritar, por miedo a despertar a mis hijos. Permanecimos mirándonos hasta que se dio la vuelta. Me deslicé al suelo, incapaz siquiera de llorar.
Al día siguiente, Mercedes llamó a mi puerta. Al ver mi estado, me abrazó y la contención se rompió: le conté todo la presencia de la mujer, mi ruina, mi marido perdido, la hostilidad de Teresa, la enfermedad y tristeza de los niños.
Mercedes, tras escuchar mi relato, me dijo:
Ven, vamos a dar un paseo.
Me llevó al cementerio y me paró ante una tumba. El retrato sobre el mármol mostraba sin duda el rostro de mi visitante nocturna.
¿Ella? preguntó Mercedes.
Asentí, sin poder articular palabra.
Ya en su casa, la vecina confesó que ella también había visto a esa mujer, y que tras aquel encuentro, su hijo murió, su marido la abandonó, enfermó… la desgracia también la había perseguido.
Dejaron de aparecer fantasmas en mi ventana. Pero sentía un impulso irresistible de ir a la tumba de la mujer. Con cada día que pasaba, el deseo crecía.
A pleno sol, un viernes, me acerqué. Se notaba que nadie la visitaba: todo cubierto de hierba, hojas secas. Limpie la lápida evitando mirar el retrato pero al final la examiné. De día, lejos de la luna y el miedo, era incluso guapa: cejas arqueadas como alas de gaviota, nariz fina y elegante, vestido escotado que marcaba el busto.
Deseé preguntarle: ¿Qué hago mal? ¿Por qué me visitas y me asustas? ¿Crees que soy feliz? ¿Qué quieres, Verónica? (leí su nombre grabado en la lápida). Allí, al pie de la tumba, sentí que podía contarle mis pesares. No recuerdo lo que dije exactamente, pero hablé mucho tiempo, y con cada palabra sudada la carga era más leve.
Cuando me despedí, lo hice como quien deja a una amiga compartíamos el infortunio, aunque el mío era de los vivos y el suyo estaba sellado por la muerte.
Aquella noche soñé con ella. No se apareció como espectro, sino como la mujer hermosa de la foto. Se sentó a mi lado y me habló:
Escucha, no tienes culpa. Haz lo que te digo y todo irá mejor. Tu marido fue vendido por deudas de juego. Lo llevaron lejos, al sur, lo esclavizan, drogado para evitar que escape. Vive, pero no lo volverás a ver. Vende tu piso al negocio funerario y compra uno lejos de aquí. Te ayudaré, y pronto encontrarás a un hombre bueno que cuidará de tus hijos.
El sueño era tan vívido que al despertar todavía olía la tierra y hojas mojadas.
A los tres días, recibí la visita de empleados de la funeraria que me ofrecieron comprar el piso para abrir una oficina. No dudé, y en menos de una semana, con la ayuda de una agencia, encontré un piso luminoso, cómodo y seguro en un barrio mucho mejor.
A los pocos meses, apareció en mi vida un hombre noble, que amó a mis hijos como propios. Todo sucedió justo como me predijo mi amiga del cementerio, Verónica.
Y todavía, en las noches de memoria y silencio, agradezco su compasión, recordando que a veces la desgracia es solo la antesala de la esperanza.







