Una señora conocida está pasando un disgusto: su hijo ha decidido casarse con una chica que no es de…

Ayer estuve hablando con una conocida, doña Rosario, que anda muy apenada: su hijo le ha salido con que quiere casarse con una muchacha que no es precisamente de nuestro ambiente. La entiendo de sobra; también yo tengo hijos y sé que sufriría en su lugar

Me viene a la memoria el caso de Mercedes González. A la pobre Mercedes, su hijo la dejó boquiabierta presentándole de repente a la novia: Mamá, te presento a Carmen. Nos hemos casado en el juzgado. En el linaje de los González: catedráticos, dos doctores, una coreógrafa del Ballet Nacional, un ingeniero jefe en la empresa eléctrica, una crítica literaria del ABC, una cardióloga del Hospital Gregorio Marañón Y ahora aparece esta chica, de origen más que discutible y modales aún peores, padre en la cárcel, madre pastora de vacas ¡pastora! y ella, pintora de brocha gorda recién graduada como yesaire, sin una gota de gracia ni belleza.

Uno llega a pensar que el destino apuntó, escupió y acertó de lleno.

Eso sí, la pintora se comportaba discretamente, nunca hacía ruido, apenas se oía un susurro suyo pasando por el pasillo. Espera que se sienta en casa y ya verás tú, le decía su amiga Teresa a Mercedes, aún te vas a hartar de llorar.

Al llegar el otoño, el hijo se marchó de trabajo temporal a Barcelona.

Sólo de pensar que esa muchacha extraña revoloteaba sola por casa, Mercedes le confesaba a Teresa que ni ganas le daban de volver a su propio hogar.

Llegaron las navidades y el chico regresó. En marzo, anuncia: primero, que en Barcelona le han ofrecido un contrato; segundo, que allí ha conocido a Isabel; tercero, que este jueves firmarán el divorcio con la pintora y el viernes él ya vuelve a volar, nada de dramas, mamá, yo te llamo. Mercedes lloró lo suyo, lo despidió y le dijo adiós con la mano.

La pintora recogió sus cuatro cosas: una bolsa de viaje y una de El Corte Inglés todas sus pertenencias. Tenía la cara de un perro apaleado. Mercedes se armó de valor y le preguntó:

¿Tienes dónde quedarte?

La chica murmuró:

En el albergue dentro de un mes libero cama, pero de momento las chicas me dejan sitio en la suya, sacaré una litera.

Mercedes la miró un buen rato, suspiró y dijo:

Quédate aquí este mes y luego ya verás. Deshaz la maleta.

Y a sí misma se llamó idiota, y su amiga Teresa confirmó.

Por las mañanas, la muchacha salía temprano a pintar y enyesar, regresaba de noche, agotada, casi gris de fatiga. Intentó darle dinero a Mercedes, decía que ganaba suficientemente como para pagar su estancia.

Así pasaron tres semanas, hasta que, de pronto, a Mercedes le dio un dolor grave: mes y medio de hospital, salió de milagro. El hijo llamaba de vez en cuando: Cuídate, mamá, te mando una foto con Isabel junto a la Sagrada Familia. Vaya, Isabel, pensaba Mercedes, tampoco hay para tanto.

Teresa fue a visitarla, no muchas veces, que la vida no da para más, con familia y líos. La otra, la pintora, le hacía caldos, zumos, croquetas de pollo al vapor, le rogaba que se tomara unas cucharaditas más.

Tan samaritana, me resulta sospechoso, decía Teresa, ¿no se habrá empadronado ahí? ¿No te estará robando media casa? ¿No quieres aún una croquetita? Yo sí, vengo hambrienta del trabajo

Mercedes volvió a casa gracias a la pintora, que la llevó en taxi, la ayudó hasta subir al piso y luego se marchó rápidamente, que le esperaban en la obra. Todo estaba limpio, reluciente. En la mesa de la cocina, una notita:

Sra. Mercedes, gracias. Tiene la comida en la nevera. Que se recupere. C.

Miró sus ahorros, todo en su sitio. Echó un vistazo al cuarto de su hijo, como si nunca hubiera pasado por allí la pintora.

Una semana después, Mercedes fue al albergue, tocó la puerta. Tres camas, una mesa, la litera asomando bajo la mesa.

Cuando tengas tu propio piso, te mudas dijo. Recoge tus cosas, vamos, que el taxi está esperando y el taxímetro corre.

En septiembre, salieron juntas a buscarle un abrigo de entretiempo; daba apuro verla con lo puesto, además necesitaba unas botas decentes. En el centro comercial se cruzaron con Teresa.

Encima tienes una asistenta gratis, Mercedes, qué bien te las apañas.

Asistenta tendrás tú, esta es mi nuera, Teresa, vámonos, Carmen, tenemos que buscar un bolso, mirar pantalones y yo quiero elegir una bufanda para mí.

Mercedes dice:

Para la entrada del piso, ella ahorró sola, no me pidió ni un euro. Entrega del piso ya mismo, estoy ayudando a elegir papel pintado aunque casi no tiene tiempo, trabaja de sol a sol, el otro día casi no puede con su alma, me giré para hacer un té y la veo dormida sentada.

Y añade Mercedes, suspirando:

Me quita el sueño pensar: joven, guapa, trabajadora, ahora hasta con piso propio. Carmen es una buena chica, pero cualquiera se equivoca; no duermo pensando que algún canalla, de esos de otro ambiente, pueda hacerle dañoA veces Mercedes se sorprende a sí misma en la cocina, mirando cómo Carmen pela patatas o dobla las servilletas, y se acuerda de aquel primer día en que los tacones de la madre pastora resonaron en su memoria como una condena. Ahora, sin embargo, escucha el silencio apacible de la casa, el aroma del guiso en la olla, y piensa: qué suerte que el destino, con su puntería ciega, también haya sabido traer algo bueno.

Teresa, cuando la llama, pregunta en broma a qué hora abren la fonda de las dos viudas, y Mercedes se ríe, pero una risa distinta, más honda. A veces le entra hasta ganas de presumir. Y otras, en los atardeceres tranquilos, cuando Carmen por fin regresa de la obra y se sientan a cenar despacio, Mercedes le cuenta anécdotas del ballet, de la crítica literaria, del abuelo ingeniero. Carmen escucha y sonríe, echando más caldo en el plato de Mercedes sin apenas mirarla.

Una noche, Mercedes la sorprende dibujando sobre un papel, manos manchadas de lápiz y yeso. Esboza casas pequeñas en la colina, ovejas y una mujer de rostro firme bajo un pañuelo floreado. Le pregunta si es su madre. Carmen asiente, seriay ambos guardan un silencio suave, de respeto.

Mercedes nunca le dice que Carmen llena la casa de una paz y una lealtad que no había conocido antes, ni que, si pudiera, escribiría su nombre en letras grandes junto al de los doctorados y las bailarinas del linaje. Tampoco le dice que, entre todas las cosas que la vida le ha dado y quitado, lo mejor y más inexplicable ha sido encontrar familia donde no buscaba.

La última mañana del año, antes de que el sol ilumine del todo la ciudad, Mercedes prepara chocolate y churros. Despierta a Carmen: Ven, que hoy brindamos por lo que tenemos. Y mientras afuera el mundo se agita, dentro de la cocina alguien sonríe y enciende la radio, y por primera vez en mucho tiempo, Mercedes siente que todo está en su sitio.

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