En el cortijo de doña Shura se murió el gato. Un gato de renombre, todo un campeón con un sinfín de …

En un pequeño pueblo de la sierra de Segovia, a la señora Ascensión se le murió el gato. Un gato condecorado, de pura raza callejera, famoso en aquellos rincones por sus victorias sobre damas felinas y rivales de bigote, y por las legiones de ratones que cazó con destreza. Pero el tiempo no perdona ni siquiera a los héroes: el minino, entrado en años, ya era un don Gato achacoso y oxidado, y tras casi veinte años de faena, se le agotaron las pilas sin recambio posible.

Ascensión envolvió a su fiel amigo en una sábana blanca de lino garduña, agarró la azada y se fue más allá del huerto, entre tomillos y cardos, a darle sepultura en tierra generosa. Su marido, don Mateo Fernández, gruñía desde la bodega, liado entre orujo y herramientas: hacía de todo menos estar de buen humor.

Tras decirle las últimas palabras al minino, Ascensión cubrió la pequeña tumba y salió del claro. La azada todavía chorreaba barro entre sus dedos, como si llorase. Y justo entonces, se cruzó con la vecina, la señora Faya que venía de la capital y nunca se enteraba bien de cómo andaba el mundo rural.

¡Dios le bendiga, Ascensión Santacruz! saludó Faya, rodeando el tema para no parecer demasiado entrometida. ¿Y a qué andas, alma mía?

Ay, hija respondió Ascensión, con carita de luna vieja. Mi Matías ha descansado al fin. El pobre era un santo, Dios se lo llevó; lloré, le recé, y tras el huerto lo enterré, como es costumbre.

Al oír esto, Faya casi se olvidó de a dónde iba. Solo ayer había visto a don Mateo Fernández en la tienda, comprando azúcar, Ducados y una botella de orujo.

¡No puede ser! bociferó Faya. ¿Tu Mateo, el de las bromas, ha muerto de repente? Si ayer mismo me lo crucé

Claro, si ayer andaba como un chaval asintió Ascensión, con mirada borrosa. Echó el día traqueteando por la casa, se metió una sardina entera entre pecho y espalda, y hasta anoche estuvimos de bromas en la cama

Los ojos de Faya se abrieron como huevos al plato.

Y hoy, al alba, le vino la pena y le tumbó concluyó la señora Ascensión. Se recostó en el banco, resopló unas palabras y exhaló el alma. Así es la vida.

Faya hizo el gesto de persignarse, mirando de reojo la azada manchada.

¡Madre mía, lo que os pasa aquí! murmuró. Fue y ya no es ¿Pero, y la azada, para qué?

Para enterrarlo tras el huerto, hija repitió Ascensión muy campante. Lo envolví en buena sábana y le puse de cruz una ramita, para acordarme bien.

A Faya, con su mentalidad de ciudad, aquello le sonaba entre grotesco y pintoresco. Le parecía extraño que Ascensión hubiese enterrado a su marido tras el huerto, con solo una ramita como señal. Pero con la lógica de los sueños, esto tenía pleno sentido, y la tierra del huerto parecía un mar de terciopelo marrón.

¡Qué atenta, Ascensión! chasqueó Faya con asombro y miedo al mismo tiempo. ¿Y no deberías, no sé, avisar al alguacil al menos, para que registre el fallecimiento?

¡Lo que hay que oír! se rió Ascensión, mirándola como si Faya hablara en latín. Mateo era buen hombre, sí pero no molesto yo al guardia rural por asuntos tan sencillos. ¡No van a venir jueces ni fiscales por cada Matías que estire la pata! ¿Qué quieres, que le mande carta al ministro?

Faya quedó patidifusa, y Ascensión cambió la azada de hombro en gesto de antiguo pastor.

Allí en la capital, será distinto contempló Ascensión, casi con cariño. Sois todos letrados y ponéis denuncias y papeles para cualquier cosa. Aquí, hija, es más sencillo: se muere uno, y a cavar. Tierra hay de sobra tras el huerto.

Vaya, vaya murmuró Faya, mirando ya la hierba. Creo que no conozco ni la mitad de vuestros secretos rurales. Pero, ¿por qué en el huerto, y no en un camposanto, con los demás cristianos?

A Ascensión se le encendió el ceño y la luna menguante de la cara.

¿Y a dónde iba a ir yo con el difunto, eh? resopló. No voy a llevarlo al cementerio, con los que han pagado sepultura. Toda la vida, los de casa se entierran donde hay tierra y paz: tras el huerto.

La señora Faya se dejó caer con disimulo en un tronco seco, evitando mirar la azada. Le temblaban las canillas y el mundo parecía de gelatina.

Tienes arte, vecina dijo al fin. ¿Y cuántos tienes ya detrás del huerto, aparte de Mateo?

Unos cuantos, claro recordó Ascensión, perdiéndose en nubes de memoria. Antes de Matías hubo un Miguelete, tranquilo por fuera y traidor por dentro: se metía en la cama a mi lado, y por la mañana la sábana, empapada. ¡Bien le sacudí! Y antes aún, Simón; ese era manso y tierno pero también le llegó la hora. Cambié de compañía muchas veces.

Y con énfasis plantó la azada en el suelo, como si firmara su sentencia.

Ahora los tengo a todos en fila tras el huerto: Matías, Miguelete, Simón mis galanes. Pero tranqui, que Antonia me va a buscar otro joven para estos días. ¡Será por hombres!

Quién sabe lo que pensó la pobre Faya en ese instante, porque justo detrás de Ascensión apareció Mateo Fernández, cubierto de barro, con la cara de pocos amigos y mucho mundo.

¿Quieres matarme antes de tiempo, bruja? bramó el viejo. Te has liado a echar tierra encima y yo gritando ahí abajo ¡Por poco me dejas tieso! Me ha costado Dios y ayuda salir, y tú aquí de cháchara

Le quitó la azada de las manos y remató:

Dame eso, anda. Que tengo que desenterrar mis botas y la botellita de orujo también se ha quedado.

Entonces Faya, vencida por el surrealismo y la poca costumbre, se desmayó entre cardos y tomillos. La botellita del sótano vino de maravilla para reanimarla en ese mundo donde los gatos son héroes que se entierran tras el huerto y nadie parece distinguir el sueño de la vigilia.

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Peor ya no puede ser