¿A dónde vais? ¡Venimos a visitaros!
No soporto a tu hermana, solté con una mueca mientras cerraba la puerta de la cocina. ¡No la aguanto más!
No eres el único, me apoyó Carmen, mi mujer.
Se mete en todo y siempre cree que lo sabe todo. Deberías ver su cara de satisfacción cuando consigue dejarme en ridículo, murmuraba Carmen apretando los labios. Un día es mi manera de criar a la niña, al siguiente mi ropa o mi forma de vestir
Siempre ha sido así, suspiré yo encogiéndome de hombros. Y, sinceramente, es cosa de mi madre, que le ha dado siempre todos los caprichos y la ha mimado sin freno.
Menos mal que vivimos a cien kilómetros de tu familia, dijo Carmen, elevando la mirada al techo como pidiendo paciencia.
Mi madre, Mercedes, y mi hermana, Paloma, vivían en pleno centro de Valladolid, mientras que nosotros nos habíamos instalado en un pequeño pueblo de la provincia.
Las dos viudas y siempre juntas compartían un piso acogedor y cada vez que Carmen y yo visitábamos a mi madre, terminábamos en casa de Paloma.
Paloma nunca pudo ni ver a su cuñada, y por eso las discusiones entre ellas se habían hecho inevitables.
Al principio, Carmen se mordía la lengua, pero con el tiempo no pudo más y empezó a contestar a Paloma. Sobre todo cuando Mercedes, tan influenciable, comenzaba también a criticar a Carmen.
Cada encuentro familiar acababa en discusión, así que Carmen y yo optamos por dejar de ir a Valladolid.
Mercedes tardó poco en notarlo y empezó a llamarme, pidiéndome explicaciones.
¿Por qué no venís más? Dos semanas sin saber de vosotros. ¿No se te ocurre pensar que tu madre y tu hermana están solas y se aburren?, regañaba ella al teléfono.
Tenemos mucho trabajo, mamá, no nos da la vida, contesté cortante, sin ganas de entrar en detalles.
¿Y qué hacéis tan interesante? ¿Es que tu mujer no te deja venir? La última vez Carmen se marchó con cara de haber chupado un limón, añadió con sorna.
Que no, mamá, de verdad que estamos hasta arriba. Te tengo que dejar, insistí para zanjar el asunto.
Pero apenas pasó una hora y Mercedes volvió a llamar: esta vez para decir que, junto con Paloma, venían ellas al pueblo.
¿Cómo? balbuceé sorprendido.
Vamos a ver a una vieja amiga y ya que estamos, os visitamos. Como no venís vosotros, argumentó mi madre convencida.
Se me cambió la cara. Había evitado ir para que ahora aparecieran ellas aquí.
Igual ni estamos en casa, respondí, deseando que se desanimaran.
¿A dónde vais? preguntó Mercedes, molesta. Lo que pasa es que no queréis vernos, si es así, dímelo claro.
Tenemos un cumpleaños, improvisé rápidamente.
Pues id, ya veo que no os hace ilusión ver a vuestra madre ni a vuestra hermana, respondió dolida y colgó.
Sentí una punzada de culpa, pero al recordar el ambiente que se creaba cuando venían, se me pasó.
Decidí no decirle nada a Carmen sobre el plan de visitas de mi madre y mi hermana, para no preocuparla.
Tres horas después entendí mi error. Sonó el timbre y Carmen fue a abrir.
Al ver ante la puerta las caras inquisitivas de Mercedes y Paloma, se quedó a medias, sorprendida. No esperaba esa visita.
Nada más recordar el motivo de su llegada, me apresuré al recibidor.
Carmen, ¿ya estás lista? ¿No te has cambiado aún? pregunté, fingiendo no notar a las visitas indeseadas.
¿Lista para qué?, preguntó mi mujer, perpleja.
Para el cumpleaños. ¿No te acuerdas?, sonreí a medias. ¡Anda, mamá, Paloma! ¿Qué hacéis aquí?
Ya te lo dije por teléfono, contestó Mercedes tranquila. ¿Nos dejáis pasar o vamos a quedarnos en el rellano?
No podemos, nos vamos ya. Carmen, cámbiate, ordené, agarrándole la mano.
Carmen me miró con duda, pero al guiñarle un ojo entendió que era para zafarnos de la situación.
¿Adónde vais? ¡Os venimos a ver! protestó Paloma, cruzando los brazos. ¿No es muy tarde para ir a un cumpleaños?
Tenemos que estar a las ocho, contesté cortando de raíz. En media hora tenemos que presentarnos.
¿Vas a ir así vestido? bromeó Mercedes al fijarse en mis vaqueros.
¡Ay, es verdad! Se me ha olvidado cambiarme, fingí rubor y me escapé a la habitación.
Ellas compartieron una mirada escéptica.
Estaban convencidas de que el cumpleaños era una excusa para quitarse el marrón de encima.
¿Tan difícil es anular vuestros planes por nosotras?, preguntó Mercedes cuando salí ya arreglado.
Imposible, respondí tajante mientras me abrochaba la camisa. Ya está todo pagado, habrá cena para cada invitado. No podemos faltar. Venid la próxima semana, les propuse, sabiendo de sobra que mi madre se ofendería.
Podemos esperaros aquí hasta que volváis, insinuó Paloma, recorriendo el salón con la mirada.
No hace falta, repliqué firme. Tendréis otros planes, ¿no?
Aquí se está mejor que en casa de la vieja esa, bufó Mercedes entre dientes. Y, por cierto, ni se alegró de vernos.
Os puedo llevar a la estación de autobuses, propuse.
Ya no quedan autobuses y no vais a poder acercarnos, contestó Paloma, con cierta malicia.
Si queréis os reservo una habitación para esta noche, ofrecí como último recurso. No puedo hacer más.
Mercedes frunció el ceño, decepcionada. Esperaba que las invitara a quedarse.
¿Nos mandas a un hotel? ¿Es que te da miedo que nos quedemos aquí? ¿Pensáis que os vamos a robar?, me atacó Paloma.
No, simplemente preferimos que nadie esté en casa si no estamos, contestó Carmen, metiéndose en la conversación. No nos hace gracia.
Si queréis, os acerco yo mismo al hotel, insistí.
¡Ni hablar! replicó Mercedes saliendo indignada, y Paloma detrás de ella, quejándose sin parar.
Desde la ventana, vimos marchar a las dos, y por fin respiramos tranquilos.
Ya no teníamos que mantener la mentira del cumpleaños.
Mercedes y Paloma cogieron un taxi de vuelta a Valladolid, y decidieron no volver a molestar a sus desagradecidos familiares.
Yo no pensé mucho en el asunto hasta que tuve que ir a la ciudad a una cita médica y busqué dónde comer.
Fue Paloma la que me abrió la puerta aquella vez. Al verme, me soltó de forma seca que ellas iban a salir, y que no pensaban dejar al extraño solo en casa.
Comprendí, con una mezcla de pena y resignación, que mi hermana y mi madre estaban realmente ofendidas.
Después de ese encuentro, la relación nunca volvió a ser la misma.
La lección que saqué de aquello es que cuando las distancias no solo son físicas, hay cosas imposibles de arreglar solo con excusas o visitas forzadas. Mejor poner límites antes de que se pierda el verdadero afecto.





