Carmen, deberíamos pillar otra entrada para el teatro.
Carmen levantó la vista del plato. La cena seguía humeando en la mesa, pero Jaime ya estaba absorto en la pantalla del móvil, como si de él dependiera la estabilidad del gobierno.
¿Otra entrada? ¿Va a venir alguien más con nosotros?
Jaime ni se inmutó.
Mi madre tiene muchas ganas. Le conté ayer que íbamos y, bueno, casi salta de la emoción.
Carmen dejó el tenedor con cuidado al borde del plato, se levantó y se giró hacia la encimera fingiendo buscar un vaso de agua. La cara se le torció sola, sin poder evitarlo y, la verdad, ni lo intentó. Lo importante era que Jaime no la viera; no tenía fuerzas ni ganas de explicarle nada ya se sabe: si no va su madre, no va nadie. Así era siempre.
Claro. Su madre quiere. Faltaría más. Doña Mercedes siempre quiere.
Mientras llenaba el vaso en la pila, le volvieron a la mente las fotos de su boda. Las doscientas cuarenta que el fotógrafo les pasó con una monísima cinta de raso. Carmen las repasó durante tres noches, buscando alguna en la que salieran solo ella y Jaime. Solo ellos, sin parientes, sin amigotes, sin la corte. No hubo suerte.
En todas asomaba Mercedes: que si arreglándole la corbata a su hijo, que si abrazándolo como si fuera su peluche, que si clavándose entre los novios para salir en primer plano, con una sonrisa de esto es mi fiesta y aquí mando yo. Carmen, por entonces, había querido creer que era casualidad. Un mes después, ya no se lo creía ni ella.
Desde el minuto cero su suegra se había comportado como si Carmen no fuese más que una inquilina provisional. Y mira que el piso era de Carmen, comprado con su sueldo. Pero Mercedes entraba cuando le daba la gana, sin avisar, opinando sobre absolutamente todo. Que si las cortinas son feas. Que si esa cazuela no vale. Que si se te ha pasado la sal. Jaime está muy delgado. Jaime tiene mala cara. Jaime apenas come.
Carmen se bebió el agua de un trago y dejó el vaso donde lo había encontrado.
Cualquier plan, siempre era igual. Cine el mes pasado: a tres bandas. Patinaje en navidades: otra vez los tres. Incluso aquella cafetería diminuta en Malasaña, a la que Carmen quería ir en pareja, a hablar bajito y contarse confidencias, Jaime se las ingenió para invitar a su madre. Y claro, Mercedes allí, instalada en medio del banquito, pidiendo té con limón y largando durante cuarenta minutos sobre su tensión arterial y la vecina que le había inundado el techo otra vez.
El teatro… Habían elegido ese espectáculo a posta. Carmen llevaba mes y medio esperando. Había conseguido unas butacas estupendas, tercera fila del patio de butacas. Debería haber sido SU noche. Solo de ellos dos.
¿Carmen, por qué no dices nada?
Jaime levantó la vista del móvil por fin.
Entiéndelo, es que mi madre se siente sola añadió, tan convencido y repetitivo, que Carmen pensó si él sería consciente de lo mucho que repetía esa excusa.
Carmen le miró y asintió.
Vale, píllala.
¿Y qué iba a decir? Ya lo había intentado otras veces y el final era el mismo: Jaime se enfadaba, se encerraba en el cuarto y al día siguiente Mercedes llamaba con voz ofendida para preguntar si iba todo bien en la parejita. Un bucle en el que Carmen hacía tiempo que había dejado de buscar la salida.
Jaime sonrió satisfecho y volvió a enfrascarse en el móvil.
La tercera fila estaba genial, para qué negarlo. Carmen había peleado bien esas entradas. Se veía todo perfecto: el escenario, los detalles del decorado, hasta la sombra de los actores. El problema era que solo ella pudo disfrutarlos, porque Jaime, desde el minuto uno, se giró hacia su madre y allí se quedó toda la función.
Mercedes, pegadita a su hijo, se puso a comentar el libreto, el vestíbulo, y hasta juró haber visto a un conocido suyo cerca del guardarropa. Carmen estaba en el otro extremo, mirando la escena, aunque el telón aún no había subido. En el intermedio, Jaime acompañó a su madre al ambigú, mientras Carmen se quedó en la sala nadie le sugería ir y tampoco quería mendigar invitación. Volvieron con Mercedes resumiendo el primer acto como si Jaime no hubiera estado presente. Carmen pasaba las páginas del programa, lamentando que la tercera fila costara esos euros para eso.
La vuelta fue también cosa de tres. Primero pararon para dejar a Mercedes en su piso, y Carmen se quedó diez minutos en el coche mientras Jaime la escoltaba, ayudaba con la llave y escuchaba instrucciones en el felpudo. Volvió al coche con la cara relajada de quien ha hecho los deberes.
Ha salido todo genial, ¿a que sí?
Carmen asintió y miró por la ventanilla, fingiendo cansancio, aunque más que dormir solo quería evitar hablar. Una palabra y seguro que flotaba en el aire, para caer en el olvido como todas.
Los meses siguientes pasaron como Carmen ya intuía. Mercedes venía a menudo, Jaime pasaba más tiempo con ella, y Carmen se encontraba cada vez más sola en su propia casa, oyéndoles de fondo charlotear y reír en la cocina. Las cenas en pareja eran ya un recuerdo, los fines de semana se convirtieron en peregrinación a casa de Mercedes o en otra salida como trío. Carmen se iba siempre a la cama la primera, con esa losa debajo del pecho que en dos meses ya pesaba menos, solo de costumbre.
En marzo le dieron una paga extra en el trabajo, bastante decente, y Carmen se pasó tres días pensándolo antes de decidirse. Quince días en Turquía. Todo incluido. Mar, sol, un hotel bueno con reseñas estupendas. Se pasó una semana eligiendo el viaje, comparando habitaciones, mirando foros y calculando la distancia a la playa. Era la oportunidad de resetear, de estar a solas y recordar cómo era ser pareja.
Jaime, nos he reservado unas vacaciones anunció mientras cenaban, dejando la reserva impresa a su lado. Turquía, quince días en junio. Playa, todo incluido. He gastado la paga extra, pero vale la pena.
Jaime echó un ojo al papel y la miró, esbozando algo que podría parecerse a una sonrisa.
Qué bien, Carmen. Qué pasada.
Carmen se relajó. Quizás todo tenía solución. Quizás solo hacía falta alejarse y el solo estar juntos bastaría. Durmió esa noche como no recordaba.
Al día siguiente, Jaime llegó del trabajo, se sentó en la mesa y, entre bocado y bocado de tortilla, lo soltó tan normal:
Carmen, le he contado a mi madre lo de Turquía. También quiere ir, ¿puedes sacar otra plaza?
El tenedor de Carmen se quedó suspendido en el aire. Lo apoyó con lentitud y le miró, dudando si la estaba vacilando o si lo decía en serio.
Esta vez Carmen no se calló.
No, Jaime. No me voy de vacaciones con tu madre.
Jaime dejó de masticar y la miró como si Carmen hubiese soltado un taco en misa.
Carmen, ¿pero qué más te da? Ella está sola, hace tres años que no ve el mar. ¿A ti te cuesta tanto?
Carmen se alejó a la ventana, apoyando las palmas en la encimera y apretando tanto los nudillos que casi se vuelven blancos. Por fin, la rabia, acumulada durante meses, empezó a hervirle en la garganta.
¡Que se vaya con sus amigas! ¡Tiene cinco cinco, Jaime! que cada semana le montan la tertulia del té. Que se vaya al mar con ellas y nos deje tranquilos un rato.
Carmen, es mi madre, cómo puedes
¡Lo sé muy bien! Carmen se dio la vuelta, la voz vibrando de tanto contenerse. ¡Lo sé porque vive colgada de nosotros las veinticuatro horas! Cine contigo, teatro contigo, cenas contigo, hasta el pan de cada día contigo y con ella. Estoy harta de ser la otra en mi propio matrimonio. ¿Tú eres consciente?
Jaime apartó el plato y se levantó, cruzando los brazos.
Eres fría, Carmen. No comprendes lo que es estar sola.
¡Pues no, no lo entiendo! Carmen le encaró, los ojos chisporroteando. ¡Y no tengo por qué entenderlo! ¡Eres mi marido, Jaime, MI marido! Quiero irme de vacaciones a un sitio romántico y estar por fin solos. No quiero pasarme los días en un chiringuito oyendo a tu madre hablando de pastillas para la tensión mientras tú asientes como si nada.
Jaime entrecerró los ojos y retrocedió medio paso.
Eres cruel. Pues ya está: o viene mi madre o no vengo yo.
Carmen se quedó inmóvil. Le miró despacio, muy seria, y algo hizo click dentro, silencioso pero definitivo.
Muy bien. Pues me voy sin vosotros.
Fue a la habitación, sacó la maleta de debajo de la cama y la lanzó al edredón. Jaime apareció en el umbral al instante.
Carmen, ¿qué haces? Para un poco, vamos a hablarlo.
Siempre estamos hablándolo, Jaime, y siempre termina en lo mismo: tu madre. Carmen cogió un vestido del armario y lo dobló con calma. Voy a pedir el divorcio. No puedo seguir en una relación donde somos tres y yo soy la invitada.
Jaime guardó silencio, apoyado en la puerta. La expresión en su cara lo decía todo: por fin empezaba a entender que Carmen no gritaba, simplemente había tomado una decisión.
Dos meses después, Carmen estaba tumbada en una hamaca junto a la piscina del hotel turco, ese mismo que eligió mirando opiniones y fotos de Instagram. El sol le calentaba los hombros, el aire del mar era tibio y el mojito, recién hecho, sudaba derritiéndose en su mano. Nadie cerca hablaba del colesterol ni suspiraba por los corrientes de aire o repetía lo último del grupo de WhatsApp de vecinas. No había nadie. Y era lo mejor del mundo. Carmen bebió un sorbo, cerró los ojos y pensó que tenía que haber hecho esto mucho antes. Total, intentar educar a dos niños a la vez nunca fue su vocación.






