10 de junio
A veces pienso en la suerte que tengo, aunque hubo un tiempo en el que no lo veía así. Cuando mi suegra vino a vivir con nosotros, sentí que todo en casa iba a cambiar para siempre. ¡Tuve que cederle una habitación solo para ella! No podía entenderlo, otras abuelas comparten habitación con sus nietos, pero ella pidió su propio espacio. Al principio me parecía caprichosa, y cada vez que lo contaba, no podía evitar sentirme un poco molesta.
Durante los primeros días, notaba cómo mi suegra no ayudaba en la cocina ni limpiaba la casa. Se pasaba las horas tejiendo bufandas y viendo culebrones interminables en la televisión. Ni siquiera solía consentir a mi hija, como hacen otras abuelas. A lo sumo, le pasaba el peine por el pelo con cariño, pero poco más.
Un día, coincidió en el parque con una vecina que tenía una nieta de cinco años. Al final, empezaron a pasear juntas por la Casa de Campo y los jardines del barrio. Llevaban una mochila, bocadillos y disfrutaban del aire fresco de Madrid. Las niñas corrían entre la hierba, recogían flores silvestres y levantaban pequeñas cabañas con ramas. Nunca les pesaba cuidar de las niñas; ellas solas se entretenían sin dar problemas. Eso sí, nunca se ofrecían a llevar a los hijos de otras madres, decían:
Si quieres venir, trae a tu abuela y vente con nosotras.
Las demás abuelas siempre rechazaban la invitación. Ellas preferían quedarse en casa, preparando cocidos o dando brillo al pasillo. No tenían tiempo para merendar al aire libre.
Con el tiempo, empecé a verle el lado bueno a la presencia de mi suegra. Aunque no colaborase mucho en las tareas, se encargaba con delicadeza de mi hija. La niña se iba calmando y parecía necesitar menos mi atención a cada rato. Además, su vocabulario creció de forma sorprendente, y escuchaba cuentos que ni yo conocía. Se notaba que entre ellas había una complicidad profunda. La habitación de mi suegra era impecable y siempre animaba a mi hija a mantener el orden: le enseñaba la importancia de lavar los vestidos, de peinarse cada mañana y de lavarse la cara antes de salir.
A tu abuela le gusta el orden en la casa le decía. Cada cajón es como un pequeño bolso, todo tiene su sitio y el suelo debe estar reluciente. Si se cae una caja, el suelo se enfada porque no puede rascarse decía la abuela entre risas.
¿Y la alfombra? ¿También tiene sentimientos? ¿Y el sofá, abuela? bromeaba mi hija.
El sofá y la cama tienen su labor: cuidar de nuestro sueño. Aquí todos cumplimos una función, tus padres, tú y hasta yo. Y cada cosa tiene su lugar respondía mi suegra, dándole un beso en la frente.
Yo siempre me preguntaba cómo podía ser que una persona tan tranquila hiciera que todo funcionara mejor en casa. Los vecinos la respetaban mucho, y las señoras del barrio acudían a ella para pedirle consejo. Un día volví antes del trabajo y escuché una conversación en el portal entre varias vecinas.
Tengo una nuera maravillosa. Lleva la casa ella sola, no me echa en cara nada y nunca grita. Además, aporta dinero para el hogar. Mi hijo es afortunado, gracias a Dios encontró a una esposa tan buena decía mi suegra, con voz pausada.
Sentí cómo me subía el color a la cara, no sabía si de orgullo o de vergüenza. Antes de que mi suegra se mudara con nosotros, mi marido y yo discutíamos bastante. Pero desde su llegada, todo parecía fluir con paz y alegría. Ella nunca buscaba enfrentamientos, siempre tenía buenas palabras para todos. Gracias a su ejemplo, nuestra hija creció desarrollando sabiduría y respeto hacia los mayores, adquiriendo hábitos que a nosotros nos hubiera costado transmitírselos.
Hoy en día sé que tengo la mejor suegra que podría desear. No es una suegra convencional, es una auténtica hacedora de milagros castellana. ¡No quiero ni imaginarme cómo habríamos sido sin ella viviendo bajo nuestro techo!






