De su pensión, Catalina Morales, después de pagar los recibos de la luz, el agua y el gas, y comprar alimentos en el mercado de abastos, siempre se permite un pequeño lujo: una bolsa de café en grano. Los granos ya venían tostados y, al abrir cuidadosamente una esquina del paquete, el aroma que se escapaba era tan embriagador que sentía la necesidad de cerrar los ojos y concentrarse solo en ese olor. Entonces ocurría el milagro: junto con el perfume llegaba una oleada de energía y en su mente resurgían sueños de juventud, imágenes de tierras lejanas, el rumor del Atlántico contra los acantilados, el chaparrón torrencial de alguna selva lejana, el susurro de hojas bajo el sol y los gritos salvajes de monos moviéndose por las ramas.
Nada de eso había visto nunca, pero nunca olvidó las historias de su padre, investigador que pasaba temporadas en Sudamérica. Cuando él regresaba a Madrid, le contaba a Cataliñita los relatos de sus expediciones por el Amazonas, saboreando un café bien cargado cuyo aroma, desde entonces, la transportaba a otra época, recordándole al hombre enjuto, de piel tostada, con manos de viajero incansable.
Siempre supo que no era hija biológica de sus padres. Todavía recuerda cómo, al inicio de la Guerra Civil, una mujer la recogiópor entonces ella tenía solo tres años y había perdido a su familia. Aquella mujer se convertiría en su madre de por vida. Después, la vida siguió el camino común: escuela, estudios, trabajo, matrimonio, luego el nacimiento de su hijo, y finalmente, la soledad. Hacía ya más de veinte años, su hijo, convencido por su mujer, decidió irse a vivir a Valencia, donde prosperaba con su familia. Solo había vuelto a Madrid una vez desde entonces. Se llamaban por teléfono, él le enviaba dinero todos los meses, pero ella no lo gastaba; lo tenía en una cuenta especial. En veinte años, la suma se hizo considerable; ese dinero sería para su hijo, algún día… Después…
Últimamente, Catalina no dejaba de pensar que su vida, aunque llena de cariño y dedicación, había sido ajena. Si no hubiera estallado la guerra, quizá habría tenido otro hogar, otros padres, otro destino. Recordaba vagamente a sus verdaderos padres y siempre evocaba la figura de una niña, de su misma edad, que le acompañaba durante aquellos años primeros. Se llamaba Lucía. A veces, podía escuchar su nombre en el aire: ¡Luciíta, Cataliñita! ¿Sería amiga? ¿O tal vez su hermana?
Sus pensamientos se interrumpieron por la vibración del móvil: ¡la pensión había llegado a la cuenta! Sonrió para sí; era el momento perfecto para salir, pasear un poco por el barrio, comprar el caféel último lo había terminado la mañana anterior. Apoyándose en su bastón para evitar los charcos, se encaminó a su tienda de toda la vida.
Junto a la puerta, una pequeña gata atigrada miraba a los transeúntes y a la entrada acristalada con aire desconfiado. Sintió ternura: Pobrecita, con el frío que hace seguro que está hambrienta… Te llevaría a casa, pero, ¿quién te cuidará cuando yo ya no esté? Ya me queda poco, tal vez hoy, tal vez mañana Aun así, no pudo resistirse y compró un paquetito de pienso barato para la gata.
Con dedos cuidadosos fue depositando la comida en un pequeño recipiente de plástico, mientras la gata esperaba paciente, mirándola con unos ojos llenos de agradecimiento. Entonces se abrieron de golpe las puertas de la tienda y salió una señora robusta, con el gesto severo. Sin decir palabra, empujó el cuenco de una patada, dispersando la comida en el suelo:
¡Cuántas veces hay que decir que no alimenten a los animales por aquí! gruñó antes de marcharse enfadada.
La gata, asustada, comenzó a buscar los trozos del pienso esparcidos por la acera, y Catalina, llena de indignación, notó de golpe el inicio del habitual episodio de migraña: opresión en la cabeza, visión borrosa, el pecho apretado. Se apresuró hacia la parada de autobús, buscando un banco donde sentarse. Tras dejarse caer, hurgó ansiosa en sus bolsos, buscando las pastillas sin éxito.
El dolor arreciaba, denso como las olas del Cantábrico, la cabeza le palpitaba y casi no podía contener el suspiro. Alguien tocó su hombro. Abrió los ojos trabajosamente y vio a una joven mirándola con preocupación.
¿Se encuentra bien, abuela? ¿Le ayudo en algo?
En la bolsa susurró Catalina con voz débil. Dentro está el café, sácalo y ábrelo.
La muchacha abrió el paquete; Catalina acercó la nariz y aspiró profundamente el aroma del café tostado. No se fue el dolor, pero al menos cedió un poco.
Gracias, hijita murmuró Catalina.
Me llamo Alba, pero déselas a la gata respondió la joven con una sonrisa. Ella no se separó de usted y maulló tan fuerte que me fijé.
Gracias también a ti, mi vida Catalina acarició a la gata, que se había subido al banco junto a ella.
¿Qué le ha sucedido, señora? preguntó Alba.
Migraña, hija. Me afecta cuando me sobresalto. Pasa a veces…
Mejor la acompaño a casa, usted sola no puede volver fácilmente.
Mi bisabuela también sufre de migrañas contaba Alba mientras, ya en la casa de Catalina, tomaban juntas un café suave con galletas. Vivo aquí, estudio para técnico en el centro de salud. En el pueblo, mi bisabuela también me llama “mi niña”. Cuando la vi pensé que era usted ¡se parecen tanto! ¿Nunca ha intentado buscar a sus verdaderos familiares?
Alba, hija, ¿cómo los voy a encontrar si casi no los recuerdo? Ni apellidos, ni pueblos. Solo me acuerdo de las bombas, de huir con otros niños, de correr hasta perderme a mí misma Luego la madre que me recogió. Siempre la llamé mamá. Al acabar la guerra llegó su marido, y fue como un padre para mí. Mi familia, seguramente, murió bajo los bombardeos. Y mi madre y Lucíita…
No se percató de cómo Alba se estremeció y la miró muy seria.
Señora Catalina, ¿tiene una mancha en el hombro derecho, con forma de hoja?
El café se le atragantó. Hasta la gata la miraba fijamente.
¿Cómo lo sabes, hija?
Mi bisabuela tiene una igual dijo Alba en voz baja. Se llama Lucía. Jamás consiguió olvidar a su hermana gemela Cataliñita, desaparecida durante la evacuación. Cuando cortaron la carretera, tuvieron que regresar al pueblo. Jamás la localizaron, aunque buscaron
Al día siguiente, Catalina no encuentra la calma. Va de la ventana a la puerta, esperando visitantes. La gata atigrada no se separa de ella, ronroneando con inquietud.
No te preocupes, Margarita, estoy bien la tranquiliza Catalina. Solo que el corazón late muy rápido
Finalmente, suena el timbre. Catalina, con el pulso agitado, abre la puerta.
Dos mujeres mayores se quedan frente a frente, en silencio, con los ojos llenos de esperanza. Espejo una de la otra en la azul intensidad de la mirada, los rizos plateados y las pequeñas arrugas de tristeza.
La visitante por fin sonríe, se acerca, y abrazando a Catalina, dice:
¡Cataliñita, hermana!
Y en el umbral, mientras la gata se enreda en sus piernas, la familia se reencuentra entre lágrimas de alegría.






