Más familiar, imposible
Bárbara y su hija salieron del autobús en las afueras del pueblo. Entre las nubes grises y frías asomaban algunos rayos de sol; el aire cortaba las mejillas, y la blancura de la nieve cegaba tanto que Inés, mi pequeña, tuvo que entrecerrar los ojos.
Mamá, ¿por qué en esa casa no vive nadie? preguntó Inés señalando la que era casi la única casa abandonada en el extremo del pueblo.
Antes allí vivía una anciana. Nunca vi que la visitase ningún familiar. Cuando falleció tenía ciento dos años.
Ella misma encendía la lumbre, pero al mercado y al pozo iba algún vecino. Le dejábamos la compra o el cubo de agua en el portal, y al día siguiente recogía el dinero o el cubo vacío. También mis amigas y yo ayudábamos cuando éramos crías.
Pero mamá, podrían haberle robado el dinero o la comida se sorprendió Inés.
Nadie se atrevía. A la abuela la tenían por bruja; la gente le tenía respeto. Un día nadie recogió la comida del portal y supieron que había muerto. Aun así, les daba reparo entrar en la casa. Finalmente entraron y le dieron sepultura. Desde entonces, la casa quedó vacía.
¿De verdad era bruja?
Eso son cuentos de viejos, hija. Era solo una mujer mayor. Nadie sabía bien cuántos años tenía. Unos decían que doscientos, otros trescientos. Luego en el ayuntamiento buscaron su partida de nacimiento: ciento dos años.
Inés quedó pensativa mientras seguimos nuestro camino. Habíamos dejado atrás la casa abandonada. Las demás viviendas lucían bien cuidadas, con la nieve retirada de las entradas.
¿Quizás por eso nadie quiere vivir allí? Por miedo Inés no lograba quitarse a la anciana de la cabeza.
Vi una silueta conocida en la puerta de una de las casas.
¡Mira, la abuela ya ha salido a recibirnos! Corre, vamos le dije a mi hija, y aceleré el paso.
¡Yaya! gritó Inés antes de lanzarse a los brazos abiertos de mi madre, que se agachó para recoger a su nieta entre risas y abrazos.
Crecí en este pueblo y siempre he querido volver cada vez que podía. Aquí se respiraba libertad; nada que ver con Madrid.
¡Mamá! me refugié en sus brazos, mientras con una mano abrazaba a Inés y con la otra me rodeaba a mí.
Ya lo imaginaba, por eso he hecho empanadas. Todos los sábados salía a la puerta por si veníais pero venga, no nos quedemos congeladas aquí fuera. Vamos dentro.
La casa olía a leña, a masa horneada y a ese algo inconfundible que solo desprenden los hogares habitados durante generaciones. Seguramente ese aroma impregna las vigas y las cortinas, las paredes y todos los recuerdos. Todo estaba igual que siempre. Miré a mi alrededor y no pude evitar sonreír de felicidad. ¡Qué bien se está en casa!
Habéis hecho bien en venir. ¿Para cuánto tiempo os quedáis? preguntó mi madre con un deje de preocupación en la mirada.
Él trabaja, y nosotras no aguantábamos más, así que cogimos el primer autobús. Quisimos venir en Reyes, pero Inés cayó enferma, luego fue marido. El domingo por la noche regresamos a Madrid.
Mi madre parecía más mayor desde la última vez; no resistí el impulso de abrazarla. Mi padre falleció hace dos años, aun siendo más joven que mi madre. Desde entonces, la vida se le vino cuesta arriba.
La vida en el pueblo, desde luego, nunca ha sido fácil.
Voy a poneros algo de comer, que debéis de llegar muertas de hambre Tere, mi madre, se fue a la cocina separada del salón por la chimenea, haciendo ruido con los platos. Inés la siguió pegada a su falda.
La abuela puso la mesa con toda la calma del mundo. Tanto Inés como yo nos lo habríamos comido todo a la vez, pero después de probar un poco de cada cosa nos quedamos medio atontadas de puro llenas; Inés empezó a cabecear, acurrucada al lado de su abuela.
Cansada del viaje, mi niña bonita. ¡Mira cómo ha crecido! Ya mismo me alcanza. Ven, que te pongo a dormir.
Se la llevó al rincón; antiguamente ese era mi espacio. En casa no había más que una gran habitación, y si hacía falta, la dividíamos con un armario o una cortina.
Deja que duerma me dijo al regresar. Cuéntame, ¿cómo van las cosas por ahí?
Bien, mamá. Hoy nos hemos encontrado con Raquel, la de la aldea de al lado, en la estación. Me llamó Olga, como si nada. Le dije que era Bárbara, la hija de Tere, pero seguía llamándome Olga. ¿De verdad me parezco tanto a tu hermana? ¿Tienes una foto de ella?
Te la habré enseñado ya mil veces respondió mi madre, desviando la mirada.
Sí, pero quiero verla otra vez.
Vale ahora recojo y te la enseño.
Al poco, sacó una caja de zapatos llena de fotografías, la mayoría en blanco y negro, amarillentas y de puntas dobladas, aunque algunas nuevas eran en color.
Mira, aquí eres tú pequeñita. Esta cuando ibas en quinto. Inés se parece muchísimo. Y esta frunció el ceño. ¿Adivinas quién?
¡Soy yo! Pero esa yo no la tengo sonreí.
Es tu tía, mi hermana pequeña, Olga me corrigió Tere.
Pues es igualita, como si fuese yo.
Y esta es la última que le hicimos, en la fiesta de fin de curso me alargó una foto en color de una chica rubia y guapa. Era tan bonita que no te cansabas de mirarla
Me quedé contemplando la imagen un buen rato.
Qué raro, en el fondo no me parezco tanto a ti le dije.
Mi madre aspiró fuerte y rompió al fin el silencio:
Bueno creo que ya es momento de que lo sepas. No puedo llevármelo a la tumba. Olga era tu madre de verdad. Perdóname por ocultártelo. Solo quería protegerte.
Hizo una pausa y, de pronto, empezó a contar:
Mamá se quedó embarazada de ti tarde, y no quería tenerla. Cargaba con cubos de agua, sacos de patatas, se metía en la sauna de la casa A ver si así lo perdía, pero Olga nació igual, preciosa desde el principio. Yo ya tenía quince, y la cuidaba mientras mamá trabajaba.
La mayoría de jóvenes iban a la capital, nadie quería quedarse en el campo. Yo no quise dejar a mamá sola con Olga. Tampoco había hombres buenos para casarse. Así que aquí me quedé.
A Olga tampoco le gustaba el pueblo. Cuando acabó el instituto, se fue a Madrid. Volvió dos años después, contigo en brazos. Eras tan pequeña que daba miedo cogerla. Olga era como si toda su belleza la hubiera traspasado a ti.
Empezó a ponerse muy flaca, estaba rara, a veces no hablaba en todo el día y otras parecía reír sin parangón.
A los dos días se marchó, te dejó aquí y se fue de nuevo a la ciudad, por una dosis. Era adicta. Lo supimos después. Murió de sobredosis no mucho más tarde. Yo fui a su entierro. Mamá ya estaba muy enferma, no pudo acompañarme.
Propuso llevarte a un orfanato, pero no lo consentí. Preferí quedarme contigo. Al fin y al cabo, no eras ajena. Nadie en el pueblo se enteró, y los que lo sospecharon, callaron. Olga solo estuvo ese par de días y desapareció. En el hospital de Ávila arreglé los papeles y te inscribieron a mi nombre, como si fueras hija mía.
No fue gratis, claro. Así empezaste a ser mi hija. Te cambié el nombre. Olga te llamó Bárbara, Barbie. ¿Qué nombre es ese? Te inscribí como Bárbara.
Al año vino tu padre. Era militar. Cuando se marchó destinado, Olga nunca le contó que estaba embarazada. Al volver y enterarse, los amigos le dijeron que Olga había tenido una niña y fallecido. Le licenciaron por una herida y se quedó con nosotras. Mamá lo aceptó, aunque no fuese el marido legal de Olga. Sin hombre aquí se sobrevive peor. Con el tiempo, nos casamos y vivimos felices. Él nunca supo que Olga consumía. Por todo eso, me callé. Mejor enterarse por mí que por gente ajena. La verdad siempre sale a la luz. Te he criado como a mi propia hija. Bien dice aquí: Madre no es la que da a luz, sino la que cría.
Me quedé aturdido, la verdad. ¡Tantos años sin contarme nada!
¿Dónde vas? preguntó alarmada Tere al verme levantarme.
Necesito estar solo.
Me puse el abrigo y salí afuera.
Una madre drogadicta Murió de sobredosis Ni en la peor pesadilla. Al menos el padre sí es mi padre biológico. ¿Y si ni eso? ¿A saber quién era? ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Es mi madre!… ¿Madre? Me dejó por ir a por una dosis. ¿Qué clase de madre hace eso?
¿Y por qué me altero? ¿Acaso he tenido una mala vida? He tenido una madre y un padre de verdad. Me han querido ¿Y la otra? No está, ni estuvo.
No fue ella quien me acunó de pequeño, ni me cuidó en las noches de fiebre Mi madre me pudo dejar en un centro, pero me crió No sabría ni cómo llamarla de otra manera.
Ahora no sé qué hacer. Antes esto me habría destrozado, pero ¿qué sentido tiene? Allí dentro está sola, también sufriendo Me cansé del torbellino de pensamientos, y volví adentro, medio congelado. Allí seguía mi madre, sentada.
Perdóname. Tú eres mi madre. Te quiero le susurré, abrazándola.
Y tú a mí. Perdona que haya callado tanto tiempo.
¿Por qué estáis a oscuras? salió Inés adormilada del rincón. Uy, una foto de mamá. ¡Qué guapa eras!
Tere le quitó la foto de las manos y guardó todas las fotos en la caja.
Abuela, no me dio tiempo a ver todas protestó Inés.
Nada de mirar fotos. Míranos a nosotras mientras podamos.
Esa noche no pegué ojo. Tere también suspiraba en la cama, la vieja estructura crujía cada vez que se movía.
Me levanté y me acerqué a su cama.
¿No duermes?
Tere levantó la manta.
El suelo está frío. Métete conmigo.
Me acurruqué a su lado, pegándome al calorcito del cuerpo de mi madre.
¿Por qué no duermes? ¿Sigues dándole vueltas a lo de antes? preguntó.
Ya no le doy vueltas. Para mí siempre serás mi madre. No quiero otra. Olga era tu hermana.
Seguimos susurrando mucho rato, hasta que me fui a mi cama.
Descansa. Eres la mejor madre del mundo. Y así seguirá siempre le arropé, como hacía ella conmigo de chico y caí dormido enseguida.
Al día siguiente mamá nos acompañó a mí y a Inés a la parada del autobús.
Abuela, no te pongas triste, que volveremos se despidió Inés.
Abracé de nuevo a mi madre, absorbí el olor de casa que desprendía.
Venga, entra ya, que te vas a quedar tiesa de frío
El autobús arrancó, y ella seguía mirando la carretera, los ojos brillando entre el frío y la nostalgia
Así, a los treinta y tres años, descubrí que mi madre había muerto cuando yo apenas era un bebé, y que quien me crió fue la hermana mayor de mi verdadera madre.
Primero sentí rabia, me lo habían ocultado toda la vida. Pero luego comprendí: mi madre y mi tía eran de la misma sangre. Y Tere siempre será mi verdadera madre.
Más familiar, imposible.







