Antonina Petrovna caminaba bajo la lluvia llorando amargamente, con las lágrimas mezclándose con las…

Diario de Manuel, 14 de mayo

Hoy he recordado una historia muy especial. Clara Fernández caminaba bajo la lluvia por una calle de Madrid, llorando amargamente. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, fundiéndose con las gotas de agua.
Al menos llueve pensaba la mujer, así nadie se da cuenta de que lloro.
Y además, reflexionaba:
La culpa ha sido mía. Tenía que haber llamado antes de pasar. Nadie quiere visitas inesperadas.
Continuaba caminando, mojándose más y más, hasta que de repente se le escapó una sonrisa recordando aquel chiste donde el yerno le dice a la suegra: ¿De verdad que no vas a tomar ni un cafecito, mamá?
Ahí estaba ella, igual que la suegra del chiste.
Lloraba y reía, reía y lloraba, sin saber bien por qué.

Al llegar a casa, se quitó la ropa empapada, se envolvió en una manta y entonces sí, ya sin fuerzas para contenerse, rompió a llorar con desahogo. Nadie la oía solo la miraba su pececita de colores, dorada, que nadaba con lentitud en su redondo acuario. Nadie más.

Clara siempre fue una mujer interesante, con su atractivo y ese encanto natural que nunca pasó inadvertido. Sin embargo, con el padre de Sergio, su único hijo, la vida no la trató bien. Era un buen tipo al empezar, sí, aunque le gustaba mucho el vino. Al principio, qué más daba: tomaba una copa y se dormía. Pero un día, de la nada, empezaron los celos absurdos. Celos de todo el mundo: del desconocido que pedía una dirección, del carnicero del mercado, ¡hasta del anciano del tercero!

Bastó un saludo sonriente al vecino para que él perdiera la cabeza.
La situación fue insostenible: la golpeó. No una vez, sino varias, con rabia acumulada y aquella saña cruel. Sergio, apenas un niño, fue a contarlo, con todo detalle, a sus abuelos.
La madre de Clara lloró:
¿Para esto he criado a mi hija, para que cualquier desgraciado borracho la maltrate?
Su padre, sin decir palabra, se puso la chaqueta y bajó al yerno por las escaleras desde el cuarto piso, literalmente. El muy imbécil se rompió el brazo al caer.
El abuelo le lanzó una amenaza con el puño:
Si te vuelvo a ver cerca de Clara, te juro que me da igual acabar en la cárcel. Pero tú no le vas a amargar la vida a mi niña.

Ese hombre desapareció para siempre. Clara jamás volvió a casarse. Prefería centrarse en criar a su hijo sola; nunca se sabe la clase de marido que puede tocarte.

Muchos hombres intentaron acercarse a ella después, pero Clara no pudo abrirse a nadie. Le bastó con lo vivido con Sergio padre.

Afortunadamente, en lo material, no tenía grandes problemas. Clara era técnica de restauración colectiva y trabajaba en un pequeño restaurante del centro. Le iba bien, no se quejaba.
Poco a poco fue ahorrando euros para comprarse un piso. Pero cuando por fin juntó lo necesario, su Sergio decidió casarse. La novia, Lucía, era una chica estupenda, con un nombre tan sonoro como el de una canción.

Clara no dudó: quedó en su modesto piso de Vallecas y destinó todo el dinero ahorrado a una nueva vivienda de dos habitaciones para su hijo y Lucía. Celebró la boda, como no podía ser menos.
Ahora ahorraba para que los chicos pudiesen cambiar de coche. ¡Ya estaba bien de ir en aquel viejo SEAT de segunda mano!

Esa tarde, de hecho, ni siquiera tenía plan de visitar a su hijo. Ella nunca fue de insinuarse en la vida de Sergio y Lucía. Sucedió simplemente que la lluvia le sorprendió cerca de su portal y, sin paraguas, decidió subir, a ver si Lucía la recibía con una taza de té y una charla amable, como entre mujeres.

Pero Lucía abrió la puerta con el ceño fruncido y, desde el umbral, preguntó fría:
¿Clara, usted necesitaba algo?
Clara, confundida, se atragantó:
Bueno, es que está lloviendo
La lluvia ya ha pasado, le pilla cerca, ¿verdad? espetó Lucía, brazos cruzados mirando por la ventana.

Sí, sí aceptó Clara, bajando la mirada, y salió de nuevo al aguacero, ahogada en lágrimas.

Lloró, lloró mucho, y terminó quedándose dormida acurrucada en el sofá.
Esa noche soñó con la pececita dorada de su acuario. El pez creció y movía la boca, silenciosamente, pero Clara lo entendía.
¿Llorando? Anda, boba le decía la dorada. Ni un té te han ofrecido en la lluvia. Y tú, ¿para quién ahorras dinero? ¿Vas a pasarte la vida viviendo para ellos? Mírate: eres guapa, eres lista, tienes dinero, y tus obsequios no los valoran. ¡Ve al mar! Que te dé el sol, vive para ti, aunque sea una vez.

Clara despertó cuando ya era de noche. La pececita seguía haciendo burbujas, pero ella ya no sabía si le hablaba en sueños o la entendía o no. Sin embargo, algo sí le quedó claro: no se puede sacrificar eternamente por quien no sabe apreciar tus gestos. Ni por gente que, ni siquiera en un día de tormenta, te invita a pasar para tomar un café.

Y así, Clara Fernández cogió los euros que ahorraba para el coche de sus hijos y se compró un viaje al mar. Se fue a la Costa del Sol, disfrutó de la playa y volvió guapa y bronceada.

Sergio y Lucía ni lo notaron. Solo le llamaban o se acercaban cuando necesitaban dinero, o para que cuidara de su nieta.

Por si fuera poco, Clara dejó de mirar a los hombres con distancia, y pronto alguien se interesó de verdad por ella: Ramón, el director del restaurante. Siempre le había gustado Clara, pero ella tenía demasiadas preocupaciones. Ahora, podía por fin dejarse querer. Salieron juntos, iban y venían al trabajo acompañados, la vida se volvió otra cosa.

No hace mucho, apareció Lucía:
¿Cómo es que no pasa usted por casa, Clara? Ni llama Sergio ha visto un coche que le gusta insinuó.

¿Lucía, necesitabas algo? preguntó Clara, cruzando los brazos, con una firmeza nueva.

Lucía abrió la boca, quizás para replicar, cuando apareció Ramón desde el salón:

Clara, ¿vamos a tomar ese té?
Sí, claro sonrió ella.
Invita también a la visita, mujer propuso él.
No, Lucía ya se marcha. Además, no le apetece tomar té. ¿Verdad, Lucía?

Clara cerró la puerta tras su nuera y, guiñándole el ojo al pez dorado, soltó una carcajada.

Hoy he entendido que, a veces, el mayor acto de amor es recordar quién eres y no dejar que nadie decida cuánto vales.

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