La Casa de Campo del Vecino Olvidado: Una Historia de los Dubois, la Tierra Abandonada y el Jardín q…

La Casa de Campo Extraña
Hace justo un año, los Ortega compraron una casa de campo en las afueras de Segovia. Tras cumplir cincuenta, Fernando sentía un impulso creciente por tener una segunda residencia. La memoria de su niñez en Castilla le traía el recuerdo de la huerta de su abuelo, el olor a tierra mojada y el sonido de los grillos al atardecer.
La casita, pequeña pero coqueta, mostraba signos de buen cuidado. Fernando pintó de blanco la fachada, reparó la verja vieja y cambió la puerta del jardín por una nueva.
El terreno era suficiente para plantar patatas y unos cuantos tomates, pero el huerto no era gran cosa: apenas unos manzanos y ningún arbusto, salvo un rincón de zarzamoras desordenadas.
No te preocupes, Carmen, con tiempo iremos poniendo todo en orden dijo Fernando, blandiendo la azada como si fuese el cetro de un rey.
Carmen andaba y desandaba por los bancales, aprobando los planes de su marido con un gesto soñoliento, como si todo flotara en el aire.
Unos vecinos simpatizaban, pero apenas venían por allí. Sin embargo, del otro lado de la valla, el abandono era una selva: cercas torcidas, hierbas hasta la cintura, un horizonte de maleza que parecía moverse con vida propia, como en los sueños donde el campo avanza y se traga la casa.
La invasión de aquellas hierbas fue la pesadilla de los Ortega durante todo el verano.
Fernando, esto es insufrible musitaba Carmen cuando miraba el mar verde que amenazaba con tragarse su geranio favorito. Parece que esa vegetación viniese a robarnos el huerto.
Fernando, medio dormido, salía con la azada y atacaba las malas hierbas con ánimos renovados, aunque sabiendo que volverían a aparecer, como las olas que no se cansan de romper en la orilla de los sueños.
Carmen, mira los perales del vecino dijo Fernando, en un susurro que parecía venido de otra época; este año estarán jugosos.
Y ese albaricoquero nunca vi uno así de cargado respondía Carmen, señalando ramas que se aventuraban tímidamente sobre su jardín.
Qué ganas tengo de cruzarme alguna vez con el propietario prosiguió Fernando, encogido de hombros, pero parece que ni para recoger la cosecha vienen.
En primavera, Fernando no pudo contenerse y regó los árboles ajenos con su manguera, apenado de que muriesen de sed.
Pero la hierba volvía a atacar, más fuerte, más verde, como riéndose de sus esfuerzos.
Tendrían que segar al menos una vez en todo el verano protestaba Carmen, con un tono tan irreal como el viento de los sueños.
Un día, al volver, los Ortega se toparon con un festín de albaricoques sobre las ramas del huerto vecino. En aquellos lares no asombraban las frutas, pero en una parcela abandonada…
No lo soporto más, voy a cortar esa maleza decidió Fernando. No puedo ver cómo se asfixia este rincón bajo la jungla.
Fíjate, Fernando intervino Carmen, alzando la vista a las ramas que se inclinaban cargadas de frutos sobre su jardín.
Fernando trajo una escalerita, como quien prepara una ceremonia secreta.
Al menos recojamos los que cuelgan de nuestro lado, antes de que se pudran musitó, sin mirar a su esposa.
Son ajenos advirtió Carmen, en voz baja.
Acabarían perdiéndose igual replicó Fernando, estirando la mano hacia el brillo dorado de los albaricoques.
Vamos a por zarzamoras para los nietos propuso Carmen, más animosa. Tú ya has segado la mala hierba; es un trueque. Trabajo por fruta.
Parece que nadie cuida este lugar, como si se pegara a nuestra parcela como un animal huérfano.
Inspirado por los cuadros de Antonio López, la escena flotaba como suspendida.
En el descanso del trabajo, Fernando se sumó a la charla de sus compañeros. Los conductores de reparto formaban un corro, lanzando historias de vida al aire como monedas al pozo.
No veas la cantidad de sinvergüenzas que entran en mi parcela en cuanto me despisto se quejaba Nicolás Hernández, ya cerca de la jubilación. Me han vaciado el peral dos veces; hasta me pienso poner una trampa.
Fernando sintió un temblor frío recorrerle la frente, recordando sus andanzas con los albaricoques y la próxima promesa de peras.
¿Dónde tienes la casa? se atrevió a preguntar, temiendo el sueño de una respuesta funesta.
En la urbanización de huertos de La Granja.
Ah respiró Fernando, la nuestra está en lo alto, cerca de la ermita.
Allí madura antes siempre admitió Nicolás. En La Granja va más tarde, pero igual llegan los asaltos. Hasta me han levantado unas matas de patatas. Como siga así, pongo alambres y candado.
Eso te puede costar un disgusto le advirtió otro. Acaba uno en la cárcel casi, por protegerse.
¿Y robar sí está permitido, o qué? saltó Nicolás.
De vuelta a casa, Fernando fue asaltado por remordimientosaquellas tardes recolectando fruta ajena ya no parecían un simple juego de infancia.
Ciertamente, de pequeño se coló un par de veces en los jardines de los otros para pillar unas manzanas, como todos los chiquillos del pueblo.
Pero aquí era distinto; se trataba de los vecinos, de la casa al lado, de los albaricoques. Y aún le rondaba por la cabeza llenar la cesta de peras.
Fernando había plantado ya árboles jóvenes que algún día darían sombra y frutos, pero ese albaricoquero del vecino qué lástima desperdiciarlo.
No vendrá nadie trataba de consolarlo Carmen. Si no han venido en todo el año, dudo que aparezcan ahora.
Me siento un ladrón confesó Fernando, con culpa.
¿Quieres que tire los albaricoques? le propuso ella. En realidad, ya le he dado la mitad a los niños, así no se echan a perder añadió, defendiendo su acto.
Déjalo ya, total, es tarde para arrepentimientos.
Así pasaron el verano los Ortega, desbrozando el terreno ajeno, aguardando que alguien se presentara a reclamar los perales. Pero al final, solo Carmen recogió del suelo algunas peras en su delantal cuando el otoño empezaba a teñir las hojas.
Al terminar de arreglar su huerto, miraron una última vez la parcela de al lado. Incluso la valla parecía gemir, pidiendo que enderezaran sus tablas torcidas.
Cerca del portón se amontonaban los restos de antiguas chapuzas tablones podridos, cristales sucios, trapos viejos; aun así, entre la basura, unas flores tardías trataban de abrirse paso.
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Aquel invierno, Fernando sentía una extraña añoranza cada vez que recordaba los sueños cálidos en la casa de campo.
La primavera trajo la promesa de nuevos días y los Ortega volvieron con los primeros brotes verdes.
¿Crees que los dueños aparecerán este año? Cuestionó Carmen, mientras miraba la parcela como extraviada en el tiempo.
Fernando soltó un suspiro largo Qué pena de huerto, y los árboles, dejados a su suerte…
Llegado el momento de labrar, Fernando contactó a un hombre de un anuncio para arar la tierra.
Volvía una y otra vez la mirada al terreno vecino, pensando que, tras eliminar la hierba alta, sería justo labrarlo todo.
Oye, amigo, ¿y si también aramos el terreno de al lado? Yo te lo pago en euros propuso Fernando, como en un sueño donde nada tiene sentido.
Pero, Fernando, ¿qué haces? preguntó Carmen, desconcertada. Eso no es nuestro.
No soporto tanto abandono.
¿Y ahora tenemos que cuidar las tierras de los ausentes? razonó su esposa, en un susurro entre el humo y la realidad.
Vamos a la comunidad de huertos y averigüemos de quién es esa parcela; no me deja en paz.
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En la asociación, una señora de gafas medio caídas consultaba un libro enorme, con notas amontonadas en los márgenes.
¿La dirección exacta? Camino de los Cerezos, número 45, ¿verdad?
Sí, correcto contestó Carmen. Al menos podrían segar el campo y recoger la fruta. Con lo hermoso que es ese huerto desierto
Pues esto ya terminó afirmó la mujer. Sus propietarios lo han abandonado; ahora es propiedad municipal.
¿Ya no tiene dueño? preguntó Fernando, con los ojos incrédulos.
Eso parece. Los dueños eran mayores; fallecieron. El único familiar cercano, un sobrino, ha rechazado la herencia por falta de tiempo la mujer los escrutó, ¿quieren ustedes quedárselo?
¿Quedárnoslo? ¿El huerto entero?
Sí, podrían comprarlo, apenas costará unos euros. Los papeles están listos.
¿Qué te parece, Carmen?, podríamos adquirirlo, todo sería por la ley.
¿Y podremos con tanto?
La arreglamos y la dejamos a nuestros nietos, para que vengan a jugar con nosotros.
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Ya lo dicen, quien siembra preocupaciones cosecha alegrías bromeaba Carmen mientras pisaban la nueva parcela.
Parece que este huerto nos ha adoptado; como si se hubiese colado en nuestro sueño decía Fernando.
Mañana quito yo mismo toda la basura aseguró Fernando. Gracias a mi remolque, limpiare la maleza, daré libertad al huerto y luego enderezaré esa valla torpe.
En verano, el jardín floreció como nunca: las copas de los árboles se alzaban orgullosas y las flores plantadas por Carmen coloreaban los márgenes como pinceladas de una acuarela.
La tierra del antiguo huerto vecino parecía beber ansiosa la lluvia, tragando la vida entera en su empeño de renacer.
Mira, nuestro pequeño edén ha recuperado la alegría celebraba Fernando.
Un fin de semana llegaron los hijos: su hija Inés, el yerno Álvaro y los nietos. Los dos mayores, Manuel y Rodrigo, corrieron a explorar. La pequeña Dolores quedó embelesada ante una mata de flores, permitiendo que su abuelo Fernando la fotografiase en su ensueño.
A mí me encanta dijo Álvaro mientras desenrollaba la manguera para regar las patatas. Podríamos plantar groselleros el año que viene.
Eso os lo dejo a vosotros señaló Fernando. Aquí habrá sitio de sobra para una pradera y que los niños jueguen.
Yo les pondré una piscina prometió Álvaro. Luego miró la cerca. ¿Vamos con la valla nueva?
Adelante dijo Fernando, con voz de quien narra un cuento. Ya es todo nuestro. Como si la casa y la parcela hubieran entrado en nuestra vida sin pedir permiso… y ahora, mira cómo florecen. Este año, la zarzamora dará más fruto que nunca.

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