El último vestido: La historia de una costurera madrileña, el destino truncado de una novia y el mil…

Querido diario,

Hoy vuelvo a sentarme a escribir, buscando un poco de calma entre tanto ajetreo cosiendo. Mamá vino a casa con una petición de su compañera de trabajo, Olalla Fernández: su hija, Marisol, iba a casarse y necesitaba que yo le hiciera el vestido de novia. Mamá siempre insiste en traerme nuevos encargos, pero esta vez le dije que no podía, que el trabajo se me acumulaba y no tenía ni un día para respirar. Ella suspiró y me insistió, diciendo que Olalla solo confiaba en mí, que todas mis clientas me recomendaban por lo bien que cosía. Pero de verdad, no me daba la vida; tuve que negarme.

Estos días, coso sin parar. Hay tanta gente que prefiere un traje hecho a medida antes que esas cosas de tienda que parecen todas iguales… Siempre supe que acabaría dedicándome a esto, desde que vestía a mis muñecas de pequeña y soñaba con telas y patrones. Lo reconozco: disfruto con mi oficio, y además me da para vivir sin apuros (aunque algunos trabajos haya que medirlos al euro, con la vida como está en Madrid). Pero no todo en la vida es coser.

Hace una semana, mamá irrumpió en mi taller, llorando desconsolada. Me soltó entre sollozos que Marisol, la hija de su compañera la que quería el vestido, había muerto en un accidente de tráfico junto a su novio, Diego. Habían viajado a Salamanca a ver a unos familiares, y Diego debió dormirse al volante. El coche acabó estampado contra un árbol. Qué cruel puede ser el destino En vez de boda, ahora tocaba prepararles un entierro.

Me quedé muy afectada. Me faltaban palabras. Pensé en los padres de Marisol y en el dolor tan atroz de perder una hija, una hija que estaba a punto de comenzar una nueva vida. Mi cabeza no daba tregua esa noche. Mamá comentó con amargura que ahora debían comprarle un vestido de novia para enterrarla con él Qué horror.

Cosiendo hasta bien entrada la noche, no podía quitarme de la cabeza toda la tragedia. Yo nunca tuve hijos; los médicos me diagnosticaron infertilidad hace ya años. Al principio me costó mucho aceptarlo, pero con el tiempo lo asumí. Además, hace poco cumplí los 43, y aunque a veces el reloj biológico hace de las suyas, ya me lo tomo con otra filosofía. Saber del dolor de esos padres me removió por dentro.

De repente, la ventana de la habitación se abrió de golpe, haciendo vibrar los cristales de la casa. Nunca me pasó algo así. Me levanté a cerrarla, sorprendida, pensando si serían los aires de la noche madrileña, o un simple despiste. Al volver a mi mesa de costura, vi a una joven plantada en mitad de la habitación. Era traslúcida, una silueta casi etérea. Por un momento pensé que estaba delirando de tanto cansancio.

Por favor, hazme el vestido me pidió con voz suave. No tuve la suerte de casarme, pero al menos quiero partir llevando lo que deseo. Será mi último vestido, para que Diego y yo estemos juntos para siempre.

¿Quién eres? dije, intentando aferrarme a la razón. Esto debe de ser una broma de mal gusto.

Soy Marisol, la hija de Olalla. Solo tú puedes coser el vestido como lo he imaginado.

Me contó que donde iba no había nada que temer, que estaría con Diego y que le habían dado la oportunidad de despedirse como quería. Solo quería verse guapa, por última vez. Me sentí rara, como si estuviera viviendo una de esas historias que solo salen en las películas. Me fui a la cama convencida de que el cansancio y el dolor me jugaban malas pasadas.

La noche siguiente volvió, ya no tan sorprendida de verme a solas con un fantasma. Me contó cuánto le dolía ver a su madre, rota de dolor, y que por alguna razón, yo era la única capaz de percibirla. Pregunté qué pasaría después de su funeral. Me respondió que un guía la llevaría más allá y que allí seguiría su existencia, distinta pero real. Que algún día volvería al mundo, quizá no como mujer, pero que ese trayecto terrestre quería acabarlo como una novia bella.

Me enseñó el vestido, girando por la habitación. Era de encaje blanco, con detalles de una delicadeza que cortaba la respiración. Dibujé un boceto, fijándome en cada costura, en cada encaje. En cuanto terminé el dibujo, ella se desvaneció en el aire.

Al día siguiente, comprobé que el boceto era real, no un sueño. Fui a comprar la mejor tela y el encaje más bonito de la tienda. Calcule su talla a ojo: Marisol era menuda. Me senté y me puse a coser, la aguja pareciendo moverse sola. Perdí la noción del tiempo; mi marido, Luis, vino a buscarme preocupado.

Carmen, ¿te pasa algo? Estos días no eres la misma.

Me callé. ¿Cómo explicarle todo esto? Preferí guardarme el secreto.

En dos días el vestido estuvo listo, cosido como nunca, sin fallo ninguno, casi como si unas manos invisibles me guiaban. Quedaba perfecto sobre el maniquí, aunque ojalá Marisol hubiese podido estrenarlo como novia.

Por la tarde, mamá llegó contando novedades: No han podido todavía enterrar a Marisol, todo se retrasa: el cuerpo, los papeles… Olalla está fuera de sí. Encima, no encuentran vestido, ni en las tiendas quieren vendérselo. Todo muy extraño.

Le enseñé el vestido y le dije, sin explicar nada, que era el de Marisol. Mamá aceptó, aunque no entendía nada. Al día siguiente, los padres de Marisol vinieron a recogerlo. No cobré un solo euro. La familia se llevó el vestido y los enterraron a Marisol y Diego juntos. El vestido encajaba a la perfección y, según contaron, el cuerpo de Marisol se volvió blando y maleable para poder vestirla.

Carmen, estaba guapísima y parecía sonreír, como una reina. Que el Señor los tenga en su gloria.

Unos días después, Marisol se me apareció en sueños. Bailaba con Diego en un jardín lleno de flores imposibles, mientras los pájaros trinaban sin parar. Al terminar, se giró y me sonrió.

Es magnífico. Gracias. Soy feliz. Y, por cierto… Muy pronto llegará a tu vida Alicia. Yo le mostré el camino hacia ti.

Me desperté de golpe, con una extraña mezcla de alegría y desconcierto. ¿Quién era Alicia?

El tiempo pasó y, aunque seguía volcada en el trabajo, salía de vez en cuando a casa de mi amiga Verónica para tomar café y reírnos recordando los viejos tiempos.

Ay, Vero, últimamente no me encuentro bien… Entre la costura y los antojos, tengo el estómago raro. Y llevo meses sin la regla, será la menopausia. Mañana voy a pedir cita en el privado, a ver qué me dicen.

¡Ya era hora, Carmen! Te tienes que cuidar un poco más.

Días después, en la consulta de la ginecóloga, llegó el milagro.

Carmen, estás embarazada. Sé que es poco común a tu edad, pero aquí tienes: mira la pantalla, su corazoncito, las piernecitas… Es una niña. ¡Enhorabuena!

Salí del hospital llorando de alegría, incrédula. Era un milagro. Pensé en Marisol: así que era ella quien hablaba de Alicia, la hija que estaba en camino.

Fui al cementerio con un ramo de flores, buscando la tumba de Marisol. Sin saber cómo, la encontré sin dudar. Era como si mis pies supieran el camino.

Gracias, Marisol. Me has dado lo más grande de la vida. Espero que tú y Diego seáis felices donde estéis.

Dejé el ramo y regresé a casa acariciando mi vientre. Si no hubiera cosido aquel vestido, quizá mi vida habría sido distinta. Hacer el bien trae el bien de vuelta, escuché alguna vez en la plaza de mi pueblo. Ahora sé que es verdad.

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El último vestido: La historia de una costurera madrileña, el destino truncado de una novia y el mil…
Siempre creí que, si algún día tenía mi propio piso, todo encajaría en su sitio. Así me educaron: que una mujer debe tener seguridad, un techo propio, algo que sea solo suyo.