Diario de Lilia Martín, Madrid, enero
Esta será tu habitación, ponte cómoda, no tengas reparo alguno. Empujé la puerta con suavidad y me hice a un lado para dejar pasar a mi hermana.
Jimena se quedó en el umbral abrazando su vieja bolsa desgastada. La habitación era pequeña, con una cama estrecha junto a la ventana y aquel escritorio antiguo que Santiago había bajado de la buhardilla exprés para su llegada. El papel pintado de florecillas venía de los anteriores dueños; nunca había encontrado tiempo de cambiarlo, pero en este momento me alegréla estancia tenía un aire acogedor, casi campestre, que recordaba a casa.
Lili, de verdad, no sé cómo podré agradecerte esto. Por fin atravesó el umbral y pasó una mano por la colcha. Mamá me contó que dijiste que sí de inmediato, sin pensártelo dos veces.
Tampoco había mucho que pensar. Eres mi hermana.
Me apoyé en el marco de la puerta, observando cómo Jimena, con veintitrés años recién cumplidos, dejaba la bolsa en el suelo con tanto cuidado como si pudiera romperse el contenido. Siempre tan menuda, con esas muñecas finas y la trenza castaña sobre el hombro, y esa mirada, como de niña perdida en la gran ciudad por primera vez.
La hipoteca nos asfixia un pococonfesé encogiéndome de hombros. Este piso de tres habitaciones en Madrid es una ruina, pero sitio tenemos de sobra. Y Santi no tiene ningún problema, ya lo consulté. Fue él quien insitió en que vinieras.
Buscaré trabajo, pagaré por la habitaciónsoltó Jimena casi sin respirar, como si temiera que yo cambiara de opinión. Ya tengo el currículum preparado, mañana mismo empiezo con las entrevistas. No seré una carga para vosotlo prometo.
Tranquila, mujer, ya lo iremos viendo.
Me acerqué y la rodeé con los brazos. Qué delgada está. Mamá hizo bien en llamarme. En el pueblo no queda futuro: ni curros, ni ilusión, solo ese aire rancio y la sensación de que la vida se va apagando poco a poco. Yo me escapé de allí hace diez años y aún recuerdo esa mezcla de miedo y libertad de empezar por fin a vivir.
Mamá siempre dice que tienes cabezame aparté para mirarla a los ojos. Que solo te hace falta una oportunidad.
No os defraudaré. Ni a ella ni a ti.
La primera semana voló sin apenas notarlo. Jimena madrugaba mucho, trasteaba en la cocina y, para cuando yo aparecía desperezándome, ya había café, pan con tomate o un bol de gachas con fruta sobre la mesa. Luego se largaba a recorrer Madridentrevistas, entrevistas, más entrevistasy volvía tarde, rendida pero siempre con esa chispa, contándome sobre las empresas, los jefes, las preguntas extrañas que le hacían en los procesos.
Tienes una hermana con futurodijo Santi una noche, ya en la cama, a oscuras.
Me abrazaba por la cintura, tal y como hacía siempre. Lo que pasa es que no podía brillar en el pueblo. Aquí sí podrá.
¿De verdad lo crees?le busqué la cara en la penumbra, aunque no podía distinguir sus facciones.
Estoy seguro. Tiene luz y no se doblega fácilmente. Solo necesitaba que la vida le abriera una puerta.
Sonreí en la oscuridad. Cuánta suerte la mía, tener un marido así: sensato, generoso, siempre tan capaz de entender a los demás. Por eso le amo desde el principio.
El sábado comenzó como de costumbre: el olor a café inundando el pasillo. Me calcé la bata y fui arrastrando los pies hasta la cocina y me quedé quieta nada más abrir la puerta.
Jimena estaba de espaldas, meneando una sartén en shorts diminutos y un top que apenas cubría lo imprescindible. Se inclinaba sobre el fogón de tal modo que preferí no terminar la frase en mi cabeza. Cuando giró para dejar el plato de tortilla delante de Santi, lo hizo con ese aire confidencial típico de desayuno en la cama tras una noche de pasión.
Toma, Santi, prueba. Con cebollino, que sé que te gusta. Esa sonrisa. Esas miradas. Ese andar de caderas, un vaivén casi teatral.
Miré a Santi: él comía concentrado, sin apartar la vista de su plato. Ignoraba deliberadamente el espectáculo de piernas y escote. Parecía un niño ajeno a un mundo que quisiera tentarle. Un alivio inmenso me invadió. Ay, si supieras lo agradecida que estoy de tener a alguien tan recto.
Buenos díasme senté frente a mi marido.
¡Lili!Jimena me sonrió radiante¿Te hago una?
No hace falta, gracias.
Esperé un instante antes de añadir, mirándole fijamente:
Jimena, ¿no tienes frío? Recuerda que estamos en enero.
¿Frío?parpadeó, inocente.Qué va, si aquí la calefacción va a tope, parece agosto.
Santi levantó la vista y me miró. En sus ojos creí ver alivio: por fin estaba despierta, ya no tenía que estar solo ante aquella escena. O quizá era solo mi imaginación. En cualquier caso, le sonreí de vuelta y me serví café, fingiendo ignorar a mi hermana, que seguía revoloteando con su modelito por la cocina.
¿Sería solo mi impresión? ¿O simplemente en el pueblo nadie se preocupa tanto por las apariencias? Allí todos se han visto crecer, no hay malicia ¿o sí?
Las siguientes dos semanas fueron agotadoras: una especie de juego invisible, con reglas que yo no elegí. Jimena tanteaba los límites, cada vez un poco más lejos. Que si roza a Santi con el pecho al pasar por el corredor, que si se sienta a su lado en el sofá tan cerca que sus rodillas se juntan, que si le pregunta por su trabajo con el tono de quien escucha a un poeta enamorado.
Jimela pillé un día inclinada sobre el portátil de mi marido, fingiendo interesarse por el PowerPoint¿por qué no mandas más currículos o te organizas con las entrevistas?
Solo quiero aprender el programa, Lilisoltó, retirando el brazo de malas maneras, ojos entrecerrados. ¿Qué tiene de malo?
Nada. Pero hazlo por tu cuenta.
Bufó y fue a refugiarse en su habitación, cerrando la puerta de un portazo que hizo temblar los cachivaches de la entrada. Santi y yo cruzamos una mirada: él se encogió de hombros, y vi de nuevo el alivio en sus ojos.
La cara falsa de mi hermana se deshacía cada día un poco más. Ya no madrugaba ni preparaba desayunos, ni ayudaba en casa, ni agradecía nada. Ahora en el piso residía el caos: tazas sucias en la mesa del salón, las toallas olvidadas en el suelo del baño, migas sin barrer en la cocina. Su dormitorio era un campo de batalla de ropa y la puerta abierta a posta, para exhibir la desidia a todos.
Tenemos que hablarentré una tarde en su cuarto, esquivando zapatos y camisetas. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a una entrevista?
Eso no te incumbe.
Por supuesto que sí. Vives en mi casa, por si lo habías olvidado.
Jimena ni siquiera me miró, tirada de espaldas en la cama.
Déjame en paz. Yo sabré lo que hago.
Mamá quería que levantaras cabeza, que tuvieras tu oportunidad, ¿lo recuerdas?
Quizá tengo otra ideame lanzó una mirada cargada de ira que me hizo estremecer. Igual me las apaño bien sin trabajo.
Quise preguntar qué significaba, pero desistí. Salí con un agujero en el estómago y una inquietud nueva.
Aquella tarde me quedé más tiempo en la oficina, sumergida en facturas y gestiones. Volví cerca de las nueve, sin hacer ruido al abrir la puerta. El piso estaba silencioso: solo en la habitación principal brillaba una luz.
Me quité las botas y avancé por el pasillo. Iba a empujar la puerta del dormitorio cuando escuché la voz de mi hermana.
Santi, mírame. Yo sí soy mejor que ella. Muchísimo. Y más joven.
Me quedé petrificada con la mano en el pomo. Por la rendija la vi acorralando a mi marido contra el armario, las manos sobre su pecho. Mi Santi parecía encogerse, con cara de espanto, como si le acechara una víbora venenosa.
Te lo compensaré, de verdadsusurró Jimena, acercando la boca a la suya. Ni te imaginas lo agradecida que puedo ser. Divórciate de ella y cásate conmigo. Te haré el hombre más feliz de España.
Me costaba respirar.
¡Basta!Santi la apartó con fuerza, haciéndola retroceder varios pasos. ¡Lárgate! ¿¡No me oyes!?
Santi, no digas eso…
He aguantado demasiadoalzó la voz, en un tono que nunca le había oído. Pensé que se te pasaría, que te darías cuenta de que aquí no tienes nada que hacer, pero solo te vuelves cada vez más descarada.
Empujé la puerta y entré de golpe. Ambos se giraron hacia mí; el miedo cruzó por el rostro de Jimena.
Lili, te juro que no es lo que parecealzaba las manos. Él
Esta noche vuelves al pueblome escuché decir, trocando el pánico en un frío control. Nada de lloros, ni gritos. Solo la sentencia.
¿Qué? ¡Lili, no puedes!la voz le temblaba¡¿Dónde voy a ir ahora, si es de noche?!
Los trenes funcionan todo el día.
Lilia, por favortrató de agarrar mis manos, empapadas ya en lágrimas. Perdóname, no sé qué me ha pasado. Nunca, nunca más, te lo suplico.
Solté sus manos y retrocedí un paso.
Empieza a hacer la maleta.
Santi llegó y se colocó a mi lado, hombro con hombro. Ella nos miró a los dos, secándose de golpe el rastro de llanto.
Ya os arrepentiréismasculló. Pero se le cortó la voz al ver nuestras caras.
En menos de una hora la casa quedó en silencio.
Me senté en la cocina, rodeando con las manos una taza de té frío, cuando sonó el móvil.
Lilia, hijamamá sonaba derrotada. Me ha llamado Jimena. Ya sé lo que ha pasado, lo sé perfectamente Perdónala, por favor. No imaginaba que pudiese hacer algo así. Perdónala.
Miré durante un rato mi reflejo en la negrura del cristal.
Dígaselo usted, mamá. Para mí, ya no tengo hermana.
Colgué despacio. Mi deseo de ayudarla casi me cuesta lo más importante que tengo. Pero la tormenta, al fin, había pasado.






