Mi relación con mi ex terminó en los juzgados, como si fuésemos protagonistas de una telenovela de sobremesa. No voy a señalar a nadie porque en una pareja, la culpa siempre es de los dos, aunque algunos sean más expertos en dramas que otros.
El caso es que mi segunda esposa decidió iniciar una aventura con un fulano que se las da de gran empresario. El tipo llegó a nuestra ciudad hace años y montó una cafetería que presume de tener el mejor café de toda Castilla. Al principio intentó disimular el romance, pero, claro, terminó paseándose con él hasta por la Plaza Mayor. Total, ni se molestaban en disimular.
Un buen día, Lucía apareció muy digna y me informó, como si fuese la presentadora del Telediario, que pensaba pedir el divorcio y exigirme la mitad de nuestra casa. Yo creo que esperaba que me pusiera a llorar agarrado al felpudo. Lo que pasa es que el piso lo pagué yo, con mi sueldo y mis ahorros, sudando tinta como buen castellano. Mi ex solo había puesto sus maletas para vivir allí un par de años, y ahora, mira tú, pretendía llevarse medio salón y hasta la lámpara de techo.
Yo me lo tomé con la tranquilidad de quien ya ha bailado este tango antes. Ni intenté convencerla de no ir a juicio. Solo esperaba ver cómo perdía el proceso y se veía obligada a pagar las tasas judiciales. Mira, que después de la primera experiencia, ya tengo callo: con mi primera esposa el juicio duró más que las obras de la Sagrada Familia. No éramos capaces de ponernos de acuerdo ni en la marca del pan. Cada vista acababa en pequeño escándalo digno de tertulias vecinales.
Al final, mi primera mujer se salió con la suya; se buscó un abogado de los buenos, y acabé perdiendo el piso que me dejó mi padre, menuda gracia. Aprendí por las malas lo que no se aprende en los libros.
Así que, con mi segunda esposa, me lucí de listo. Antes de casarme, ya tenía mi pisito, que me curré yo solo, aunque oficialmente figuraba a nombre de mi hermano Fernando, que es el único en quien confío como en el buen pan candeal. Llegado el divorcio, resultó que, legalmente, no tenía ni cortinas ni nada a mi nombre. Tras aquel primer matrimonio fallido, aprendí que ninguna mujer iba a dejarme otra vez con lo puesto. Vamos, que ya no me engaña nadie.






