La carpa dorada Antonia Pérez caminaba bajo la lluvia y lloraba. Las lágrimas le recorrían la cara,…

La Carpa Dorada

María Eugenia Navarro caminaba bajo la lluvia, sollozando, mientras las lágrimas surcaban su rostro y se confundían con las gotas.
¡Menos mal que llueve! pensaba la mujer: Así nadie ve mis lágrimas.
Y de inmediato, su cabeza daba vueltas:
¡Por mi culpa! ¡Siempre llego en el peor momento! Invitada que nadie ha invitado…

Iba andando y llorando. Y, de pronto, se puso a reír, recordando aquel viejo chiste donde el yerno le dice a la suegra:
Pero, madre, ¿ni una taza de café va a tomarse?

Y ahora, casualmente, se encontraba en la piel de esa “madre”.
Reía y lloraba, lloraba y volvía a reír.
Al llegar a casa, se despojó de la ropa empapada, se envolvió en la manta del sofá y ahí, por fin, lloró a gritos, sin pudor. Nadie podía oírla. Nadie. Nadie salvo la carpa dorada de su acuario redondo. Nadie.

María Eugenia siempre había sido una mujer interesante, con cierto magnetismo, muy admirada por los hombres. Pero con el padre de su hijo, Gonzalo, las cosas salieron mal. Era un hombre de bohemia, demasiado dado al vino. Al principio, era soportable: se bebía dos copas y dormía. Pero luego empezó con los celos absurdos: al desconocido que preguntaba por la calle, al charcutero, al abuelo del quinto… a todos les tenía manía.

Una vez, sólo por ver cómo sonreía María Eugenia al saludar a un vecino, se volvió loco y la golpeó. Fue una paliza brutal, conocía el modo de dejar señales donde no se vieran. Delante del niño.
Gonzalito, que era pequeño, lo contó con todo detalle a los abuelos.
La madre de María Eugenia rompió a llorar:
¿Para esto he criado a mi hija? ¿Para que un borracho la apalee?

Su padre, serio y en silencio, se puso la chaqueta y se fue. Subió hasta el piso del yerno, que en ese momento dejó de ser yerno, y lo empujó escaleras abajo desde el cuarto piso. En la caída, aquel desalmado hasta se rompió un brazo.
El suegro le gritó desde arriba, amenazante:
Que vuelvas a acercarte a mi hija y te mato. No me importa ir a la cárcel, pero a mi Rosario nadie más le amarga la vida.

Y, en efecto, el hombre desapareció para siempre. María Eugenia no volvió a casarse. Decía:
Primero criar al niño. ¿Quién sabe qué marido me tocaría ahora?

No le faltaban pretendientes, pero su experiencia con el padre de Gonzalo la dejó marcada.

María Eugenia nunca pasó apuros económicos. Era técnico en hostelería, trabajaba en un restaurante pequeño, y vivía discretamente bien. Ahorraba cada mes para comprarse un piso.
Cuando por fin reunió el dinero, Gonzalito anunció su boda. La chica se llamaba Beatriz, toda dulzura y alegría castellana.
Así que María Eugenia se quedó en su piso viejo, mientras arregló la boda y regaló a los muchachos el piso nuevo de dos habitaciones. Una familia empezaba, lo necesitaban más.

Ahora, ahorraba para comprarles un coche.
Ya está bien de ir en ese Seat 124 de cuando la transición se decía.

Aquel día, en realidad, no pensaba ir a casa de su hijo. Nunca le gustó molestar ni imponerse. Sucedió que andaba cerca de su casa cuando el cielo se abrió y cayó un aguacero de los que no salvan ni los paraguas. Ni tenía paraguas.
Pensó:
Me refugio un rato, charlo con Bea de mujer a mujer, y me tomo un café.

Beatriz abrió la puerta y se quedó mirándola, sorprendida.
Ni le invitó a pasar. Desde la entrada, fría y muy seca, preguntó:
¿María Eugenia, venía por algo?

María Eugenia se turbó:
Pues… es que llovía…

La lluvia ya ha parado. Puede llegar a su casa, no está lejos respondió la nuera, mirando por la ventana y cruzada de brazos.

Sí, sí… asintió sumisa María Eugenia y, toda mojada y entre lágrimas, salió de nuevo bajo la lluvia.

Lloró, y lloró. Luego, repentinamente, se durmió. Y en ese duermevela soñó que la carpa dorada del acuario crecía hasta llenar la habitación. Sus labios se agitaban sin voz, pero María Eugenia entendía todo perfectamente.
La carpa hablaba:

¡Otra vez llorando! ¡Menuda tonta estás hecha! Ni café te han dado con la que está cayendo. ¿Y para quién ahorras el dinero del coche? ¿Vas a estar toda la vida ahorrando para ellos? ¡Viviendo sólo para los demás! Mírate, mujer lista y aún guapa, con dinero en el banco ¿y para quién? Para unos ingratos. Ellos no valoran nada. ¡Vente conmigo al mar! Haz algo por ti misma, al menos una vez.

Despertó. Era ya de noche cerrada.
La carpa dorada nadaba en círculos, abriendo y cerrando la boca sin sonido alguno. María Eugenia no entendía ya el idioma de los peces.
Sin embargo, comprendió lo esencial:
Hay que dejar de sacrificarse para quienes sólo esperan, nunca dan. Para quienes ni un café te ofrecen, ni te dejan esperar la lluvia bajo su techo.

Así, María Eugenia tomó el dinero que había guardado para el coche de los chicos y se compró un viaje al Mediterráneo.
Viajó, descansó, volvió otra. Bronceada y sonriente.

Gonzalo y Beatriz ni se enteraron. Sólo la buscaban cuando necesitaban algo: dinero, o que cuidara de la niña.

Pero ahora María Eugenia dejó de huir de los hombres: hasta se atrevió a empezar con un pretendiente, el elegante Don Gabriel, el director del restaurante. Siempre le había gustado, pero ella se dedicaba a los hijos, a la nuera, a los nietos. Ahora, todo cambió.
Juntos iban al trabajo, juntos volvían. La vida tenía otro sabor.

Y un día, Beatriz vino de visita.

María Eugenia, ¿por qué no viene ya por casa? Gonzalo ha visto un coche fantástico insinuó.

¿Beatriz, querías algo? replicó María Eugenia, cruzada de brazos.

Beatriz abrió la boca para responder, pero desde la sala apareció don Gabriel:
Eugenia, ¿tomamos café?

Por supuesto sonrió María Eugenia, risueña.

Invita a la invitada sugirió don Gabriel, siempre tan cortés.

No, Beatriz ya se va. ¡Y el café ya no lo toma! ¿Verdad, Beatriz?

Y, tras cerrar la puerta, María Eugenia le guiñó un ojo a la carpa.
¡Así se hace!

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

12 − 5 =

La carpa dorada Antonia Pérez caminaba bajo la lluvia y lloraba. Las lágrimas le recorrían la cara,…
Esposo por testamento