Mi marido reservó billetes en primera clase para él y su madre, dejándome a mí en turista con los ni…

Querido diario,

Hoy tengo que escribir sobre una de las anécdotas más surrealistas y, todo hay que decirlo, satisfactorias que he vivido en estos años de matrimonio con Íñigo. Madre mía, si alguien me hubiera contado que acabaría dándole yo una lección madrileña, me hubiera reído pero a veces la vida da sorpresas dignas de la Gran Vía.

Resulta que Íñigo, mi marido de toda la vidatrabajador incansable, siempre con cara de estar resolviendo la última crisis de la bolsase puso las pilas este año planeando nuestro viaje navideño a Sevilla, para visitar a su familia. ¡Y menos mal!, pensé yo, así me quito de encima la tortura de buscar vuelos y comparar precios entre Iberia, Vueling y toda la pesca.

Qué ingenua fui.

Voy con los niños cargando mochilas, juguetes, la bolsa de meriendas y la mantita de mi pequeña Lucía, cuando en la T4 de Barajas, le digo a Íñigo con la mejor de mis sonrisas: Cariño, ¿dónde nos sentamos? Él, más atento al WhatsApp que a mí, musitó sin mirarme: Eh sobre eso Y ya vi la jugada.

Me da su sonrisa esa forzada que pone cuando sabe que la está liando y suelta: Conseguí subir de clase a mi madre y a mí. Tú ya sabes como se pone la abuela Carmen con los vuelos largos. Y bueno, yo también necesito descansar un poco. Y me lo suelta tan pancho, como quien pide un café descafeinado.

¿O sea que tú y tu madre os vais a primera, y yo me quedo en turista con los dos críos una Nochebuena de locos? pensé, pero me aguanté. Íñigo encogió los hombros y añadió: Venga, que son solo un par de horas, hombre. No dramatices, Sofía.”

Como invocada por el diablo, apareció Carmen con su maleta de pielpor supuesto, de marca, que lo de la apariencia no se negocia en esta santa casa. Íñigo, cariño, ¿ya estamos listos para nuestra experiencia premium?, preguntó con voz triunfal.

Mientras los veía marcharse con andares de grandes de España hacia el lounge VIP, yo me quedaba rodeada por dos bandoleros de cinco y siete años pegando saltos y con ganas de guerra. En ese momento, no pude evitar que se me encendiera la chispa de la venganza, muy a lo Almodóvar: Hoy a Íñigo le doy yo una movida castiza que no olvida.

Ya en el avión, desde la fila 24, me asomé para ver cómo brindaban con cava, repantingados en sillones que más bien parecían butacas del Liceo. Maite, la pequeña, preguntó: Mami, ¿por qué papá y la abuela están ahí delante? Y pensé: “Por listo, hija.”

Porque papá necesitaba dormir y abuela está mayor, expliqué con el tono más neutro que saqué. Secretamente, me alegré de recordarme que, en un descuido en el control de seguridad, metí el monedero de Íñigo en mi bolso. Así, casualidad de la vida, el hombre se quedó toda la travesía sin un euro.

Pasó el tiempo y mientras los niños dormían y yo rezaba para que no se despertaran, vi desfilar a la tripulación con bandejas de solomillo y copas de vino de Rioja para los de delante. A mí solo me llegó agua del grifo, pero la venganza ya bullía.

En esto que, a la media hora, veo a Íñigo revolviendo cojines y bolsillos, con la cara más blanca que una pared del Prado. Llega el azafato empuñando la nota y él, desesperado: Que no tengo el monedero, le prometo que lo tenía ¿no se puede apuntar a la habitación? ¡Pagamos a la llegada!

Yo, con mis palomitas de maíz, observaba el espectáculo mejor que cualquier función del Teatro Real. Íñigo vino, doblado en dos a mi asiento Sofía, por Dios, ¿tienes dinero? No encuentro la cartera.

Me hice la preocupada: Ay, Íñigo, qué faena ¿Cuánto necesitas?

Unos mil cuatrocientos euros. Es que hemos pedido el menú degustación con maridaje”, masculló.

Por poco no me atraganto. ¿Mil cuatrocientos euros? ¿Qué has hecho, un pedido de cochinillo entero traído de Segovia o qué?

Rebusqué con mucha performance y le saqué cincuenta euros en billetes arrugados. Toma, te apañas con esto, ¿no?

Él puso cara de funeral, lo cogió y se volvió. Y yo, muy risueña, le grité: ¡Pregunta a tu madre, seguro que en la Visa tiene para cubrir eso y más!

Vi cómo se le helaba la sangre al comprender que tendría que recurrir a Carmen. Fue glorioso.

El resto del vuelo, la suite de primera se les hizo más larga que la reconquista. Íñigo y Carmen, en completo silencio, y yo en turista, disfrutando de la fiesta.

Cuando aterrizamos, Íñigo no era persona y la abuela Carmen, lista como es, se fue directa al baño para dejarle solo en el desastre. Él repasó mil veces cada cremallera. Yo, con cara angelical: Igual lo has dejado en casa, Íñigo, que a veces se te va el santo al cielo

La puntilla final: Bueno, al menos has probado lo bueno, ¿no? – Sí, maravilloso, gruñó. Casi temí que me pidiera el divorcio, pero me limité a apretar mi bolso, donde aún guardaba el monedero.

Aún no he decidido si dárselo hoy o darme primero un caprichito en Gran Vía con su tarjeta.

En fin, que esto de la justicia poética, a veces, sienta mejor que un vermut de domingo en La Latina. Si algún día vuestro consorte os deja en turista mientras él se va de lujo, no dudéis: la creatividad española da para todo.

Hasta el próximo vuelo, querido diario.

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