Poco antes de Nochevieja, Carmen sorprendió a Alejandro con un golpe tan duro que le daban ganas de echarse a llorar. Veinte años de vida juntos, que él creía feliz. Una hija guapísima, casada hace poco, que ya les había hecho abuelos. ¿Qué más podría pedir? Vivir y disfrutar.
Pero no todo era tan idílico. Alejandro había trabajado toda la vida por su familia, pasaba meses fuera como conductor de camiones, asegurándose de que a las suyas nunca les faltase de nada.
Y resulta que, a sus espaldas, su querida esposa hacía tiempo que había comenzado una aventura, mientras le cantaba al teléfono: Te extraño, te espero, la almohada empapada de lágrimas Todo sucedió como en esos chistes de bares: Y va el marido y vuelve antes de tiempo de un viaje de trabajo
No montó escándalo. Solo, en silencio, hizo la maleta, cogió papeles, se subió al coche y se largó. Entre el frío de la noche, saliendo de Madrid, se detuvo en la carretera, con las manos temblando, incapaz de asimilar lo que estaba viviendo.
Había hecho todo por ese hogar, hasta regaló las mejores vacaciones a Carmen y a su hija, compró coche nuevo, arregló la casa; y la boda de su hija fue un fiestón. De cada viaje traía regalos, llamaba varias veces al día y ella, detrás, enredada en un romance. Para eso tanto sacrificio
Claro que, a veces, los hombres tampoco son santos. Lo sabía: en ruta muchos se buscaban alguna aventura, pero él había sido fiel, queriendo proteger lo que tenía, cuidando los sentimientos de su mujer. Ahora, de nada sirvió.
Arrancó, pero no sabía a dónde ir. El corazón le explotaba de ira y desolación. Sin pensarlo mucho, decidió poner rumbo al pueblo donde nació, a más de trescientos kilómetros de allí, lejos de la casa su ex casa y de su ex mujer.
El móvil no paraba de vibrar. Entre las llamadas perdidas, Carmen y su hija. Alejandro apagó el teléfono; no quería oír a nadie. La traición le atravesó como agua helada.
La vida se le pasaba por delante de los ojos. Salían del registro civil recién casados, Elena recién nacida en sus brazos, el primer día de cole, los ramos de flores que traía de vuelta de cada viaje Todo bonito, luminoso. No podía creer lo que había pasado: no se había enterado de que Carmen ya no le quería.
Su suegra, que en paz descanse, lo avisó muchas veces: No es todo cuestión de dinero. Perderás a tu marido. Así se rompen las familias, cuando pasan meses lejos Como si viera el futuro.
A veces alguna vecina del pueblo le soltó alguna indirecta pero él nunca sospechó nada. Y ahora, conducía donde los recuerdos le llevaban.
No estaba seguro ni si la casa familiar seguía en pie. Llevaba diez años sin pisar el pueblo, quizá solo ruinas quedaban. Y él allí, en pleno invierno, justo en Nochevieja, con el mejor -y más triste- regalo de su vida.
En el primer colmado de carretera que vio, Alejandro llenó la cesta con todo tipo de alimentos, como si el pueblo estuviese perdido en las montañas de León. Y, en efecto, no andaba lejos de la realidad. Se desvió campo a través, y tras recorrer una meseta solitaria de Castilla, notó que antes las aldeas se sucedían una detrás de otra; ahora, apenas alguna luz lejana rompía la oscuridad. El viento traía una nevada fina y constante, pero él recordaba cada giro del camino, porque aquel rincón lo llevaba en el alma.
Su madre nunca se quiso ir al Madrid con él, prefirió quedarse sola. Decía: Aquí todo es mío, lo siento. No puedo vivir entre los bloques de vuestras ciudades. Déjame tranquila. Y así murió allí. Alejandro la acompañó en sus últimos momentos, tapiaron la casa y él no volvió jamás.
La nieve arreciaba y, a diez kilómetros ya del pueblo, las casas eran cada vez más escasas. Dobló una curva y apareció su calle. Muchas ventanas ya oscuras, casas abandonadas. Solo una casa junto al camino mostraba vida.
Allí estaba la suya. La verja caída, las tablas de las ventanas seguían en su sitio. Entre los montones de nieve, llegó al portón, que seguía medio abierto. Buscó la llave secreta. En los pueblos ni se cerraba con candado, solo cuando uno se iba de verdad. El enorme candado parecía ridículo en aquella puerta.
Con esfuerzo, Alejandro entró encendiendo el móvil a modo de linterna. Localizó el interruptor. La luz iluminó la sala tal y como estaba el día que marchó, solo que ahora la casa era un lugar húmedo, polvoriento y desangelado sin su madre.
Lo primero fue buscar leña en el cobertizo. Allí siempre había un buen montón. Encendió la vieja chimenea castellana y las llamas prendieron como si hubieran esperado años ese instante. El fuego bailaba por la estancia y el corazón de Alejandro se llenó de un poco de esa calidez olvidada. Llenó los cubos de agua en la antigua fuente -que, milagrosamente, funcionaba aún- y puso el puchero y el agua para el té en la lumbre.
Cuando el agua hirvió y el calor despejó el ambiente, se puso a limpiar, repasando el polvo igual que hacía de niño con su madre; nunca le dio pereza ninguna tarea del hogar.
En menos de una hora la casa olía ya a limpio y estaba caldeada. Sacó los embutidos y quesos, el pan, algo de conserva, cocinó unos huevos y se sentó a la mesa. Un antiguo reloj dio las once.
Bueno, pues pronto será Nochevieja. Empieza mi nueva vida. No sé cómo pero la noche da consejos, que decía la madre. Mañana será otro día. Esta noche, a despedir el año viejo.
Tomó la botella, pero antes de probarla, unos golpes le sobresaltaron. Llamaban fuerte a la ventana. Se levantó de un salto.
Así que todavía queda vida en el pueblo pensó, abriendo la puerta.
Entró una mujer joven, sacudiendo con nerviosismo la nieve de la toquilla. Su rostro, los ojos enrojecidos y llenos de miedo.
No sé cómo te llamas, llevo solo tres meses en el pueblo. Me ha pasado una desgracia, mi hijo está muy mal, sin médico y aquí quedamos unos pocos. Creo que tiene apendicitis, me duele recordarlo, a mí me pasó igual. Vi la luz y vine directa, está empeorando rápido.
Alejandro se puso la cazadora y el gorro sin pensarlo.
¿A qué esperamos? Vamos. Cogemos una pala, seguro que la carretera estará tapada. He tenido problemas para llegar.
La tempestad amainó algo. Alejandro cargó en brazos al niño, que delira en fiebre, y partieron hacia la ruta. Por suerte, llegaron a la carretera; hubo que abrirse paso con la pala hasta llegar al centro de salud del pueblo grande.
Hora y media después, encontraron a un cirujano. La intuición de la mujer era correcta; al niño lo llevaron directo a quirófano. Las agujas marcaban las dos de la madrugada.
Bueno, ya es Año Nuevo
Perdón por estropearte la noche.
Qué va Lo importante es que salga bien.
Esperaron en tensión, la mujer Inés lloraba en silencio mirando la puerta del quirófano. Los minutos se detuvieron. Por fin salió el médico.
Menos mal que llegaron a tiempo. Un poco más Ya pueden quedarse aquí toda la noche si quieren.
Mejor sí. Es lejos para volver ahora.
Como quieran. Feliz año. Enseguida lo pasarán a planta, podrán verlo.
Así estuvieron hasta que al alba dejaron entrar a Inés con su hijo Daniel.
Alejandro volvió al pueblo, encendió la lumbre, comió algo y cayó rendido. Después de comer decidió visitarlos, y encontró a Daniel sonriendo, triste solo por no haber visto al Rey Mago.
Siempre me deja el regalo bajo el árbol. Pero este año creo que no pudo venir. Ya sé que entra por la puerta, no por la chimenea, eso son cuentos. Ya soy mayor
No estés tan seguro. Pasé de noche y vi unas huellas grandes en la nieve, y como nevó después, las nuestras no eran, así que puede que sí viniera.
¿Pero la casa estaba cerrada? Igual se fue ¡Y yo me quedé sin el camión de bomberos que le pedí!
No te preocupes antes de tiempo. A mí los Reyes también me dejaban regalos a veces en la puerta, otras en el granero No querían ser vistos. Busca bien cuando salgas.
¡Ojalá! Yo este año me porté muy bien ¿verdad, mamá?
Inés asintió en silencio.
Daniel, el médico dice que mamá no puede quedarse. ¿Te quedarás aquí solo, valiente? Hay más niños contigo.
No me da miedo. Pero mamá, ve a buscar el regalo antes de que la nieve lo tape.
Volvieron juntos, Inés y Alejandro.
Gracias por inventar esa historia. No tenía nada para regalarle, andamos muy justos. Nos vinimos del Madrid casi con lo puesto. Mi marido bebía sin cesar, me pegaba, hasta con Daniel se atrevió. Una noche escapé. En este pueblo hay una casa que era de mi tía, que me dejó cuando falleció. Mi marido no lo sabe, por suerte, porque habría intentado venderla y gastarlo todo. Así que aquí empezamos de cero.
Alejandro, antes de que llegaran al pueblo, se detuvo en una tienda y compró un camión de bomberos de juguete y una bolsa de dulces.
Hay que mantener viva la ilusión, si no dejan de creer en los Reyes Magos.
No puedo aceptarlo, es demasiado decía Inés. De verdad, no podemos, ¿por qué gasta tanto en un niño ajeno?
Me hace ilusión a mí también, es Año Nuevo.
Alejandro se quedó en la casa de su madre toda la semana. Había trabajo de sobra: quitar nieve, cortar leña, ayudar a Inés, visitar a Daniel en el hospital. El niño era valiente, soportó muy bien la operación y pronto le dieron el alta.
De camino a casa, Daniel solo preguntaba por el regalo. Se disgustó al ver que la nieve cubría las huellas. Pero encontró el camión escondido en el granero.
¡No se olvidó de mí! ¡De verdad existe! Y Vítor, el niño del hospital, decía que todo era mentira. Mamá no tiene dinero para esto, ¿a que fue el Rey?
Alejandro sonreía, aquel momento valía oro.
Inés invitó a Alejandro a cenar aquella noche para celebrar el regreso de Daniel.
Gracias, Inés. Ahora mismo lo que más me falta es calor de hogar.
¿Y tu familia?
Hubo, pero ya no Prefiero dejarlo para otro día.
La velada fue corta, Daniel cayó rendido. Alejandro se despidió.
No me apetece irme, pero tengo que hacerlo. Mañana vuelvo a trabajar.
¿Podemos esperarte? Daniel te buscará mañana
Dale recuerdos. No sé si volveré, la vida está muy revuelta. Pero me habéis caído bien. Hasta pronto.
Pasaron tres semanas en rutas. Alejandro pensaba una y otra vez en Inés y Daniel. Pasó por Valladolid para ver a su hija y nieto, y le comunicó a Carmen que pedía el divorcio.
No sabía qué hacer, estaba perdido. Después de dormir una noche con su hija, volvió al pueblo. Algo le atraía.
Daniel lo esperaba. Al verle, se acercó muy serio, le estrechó la mano como un adulto.
Ha tardado, pero mamá le ha echado mucho de menos. No lo dice, pero yo entiendo todo.
Alejandro entró. Inés removía algo en la cocina dándole la espalda.
Pensé que no volverías. Aquí, en este rincón olvidado
Tenía que pensarlo todo bien. Veinte años no se olvidan de golpe Pero pensaba en ti, en vosotros. ¿Me aceptas?
Inés lo miró con lágrimas y se apoyó en su hombro.
Comenzaron a vivir juntos. En verano Alejandro restauró la casa de su madre, puso agua corriente, arregló el corral y la huerta. Con los ahorros compraron gallinas, una cabra y alquilaron la casa de Inés como segunda residencia: la zona era preciosa, muchos querían venir a descansar. La vida se iba recomponiendo: Daniel se aferraba a Alejandro como a un padre, y pronto empezó a llamarle papá.
La vida es un misterio, nunca sabes qué viene. Los viejos siempre dicen: La vida no es un camino de rosas. Alejandro lo comprobó en carne propia, pero, por fin, volvía a sonreír.







