Un destino sellado por el azar: La increíble vida de Catalina, la joven que desafió a su pueblo, fue…

SOÑADO EN PAMPA Y CASTILLA

A los dieciocho, Eugenia creyó haberse casado aunque, en verdad, aquello nunca llegó a ser un matrimonio. Todo ocurrió en un pueblo pequeño de la meseta, donde aquel muchacho de ojos pardos era el más codiciado. Era famoso, sí; todas las chicas murmuraban su nombre en las tardes de plaza, con abanicos y miradas como flechas de San Sebastián. Y Eugenia lo decidió, con esa testarudez que a veces le flotaba en los sueños: demostraría a todas que era ella quien besaría su sombra al anochecer.

Y lo logró, pero de una forma torpe y antigua: quedó embarazada.

La noticia retumbó como campanas de catedral antigua. Eugenia estaba convencida de que aquel joven, al enterarse, caería de rodillas, pediría su mano y bendecirían su vientre con vino de Jumilla. Pero él, como perdido entre olivos centenarios, sólo balbuceó excusas. Que no estaba seguro de nada. Que primero habría que demostrar la paternidad.

Eugenia lloró largo, su llanto empapando de madrugada la almohada bordada. Al fin, confesó a su madre. Su madre, mujer recia de Castilla, se limitó a abrazarla y susurrar entre dientes: No te preocupes, hija mía. Chismes hay en cada esquina como hojas al viento, pero a boca cerrada no entran moscas. Tú haz la maleta y busca en la ciudad tu propio milagro.

La niña nació cuando los almendros florecían, y la llamaron Pilar. Cuando Pilar cumplió el año, Eugenia se aprestó para irse a Madrid. Su madre prometió cuidar de la nieta mientras Eugenia recobraba alas.

Nada más bajar del tren en Atocha, una gitana de faldones de mil colores se le plantó delante:

¡Dame una moneda, reina mora! ¡Te diré tu fortuna!

Eugenia, con la cabeza flotando en vapores del sueño, extendió la mano.

Habla, y te pagaré.

La gitana desnudó su palma bajo el sol, calló un instante y murmuró:

Veo cuatro hijos, corazón; veo grietas y una iglesia blanca. Tu destino te espera después de los cuarenta.

Eugenia extrajo unas monedas de euro y las dejó caer en las manos de la adivina.

¡Menuda imaginación! rió ella, pensando en su única Pilar. Pero la gitana se esfumó como el humo de la verbena.

Eugenia caminó por Gran Vía, rumiando. ¿Una iglesia? ¿Cuatro hijos? Si apenas logro sacar a Pilar adelante y evitar que la desdicha me trague como el Tajo. Se encogió de hombros y, entre cláxones y palomas, la gitana y sus palabras se disolvieron como un espejismo.

Los primeros años en la capital fueron amargos. Eugenia se multiplicaba en turnos y faenas. Terminaba rendida, soñando con el lecho, sin espacio para amores ni versos.

Pero una tarde de mayo, mientras el sol derretía el asfalto, Eugenia se miró en el espejo del baño y se vio diferente. Me estoy descuidando pensó y aún queda en mí algún relámpago. No todo va a ser trabajo.

Al día siguiente, decidió hacerse notar ante el encargado de la fábrica, don Alberto, soltero y apuesto aunque algo bebedor empedernido. Eso es porque le falta una esposa que lo salve, se dijo Eugenia, y se juró que juntos escribirían un nuevo capítulo.

Don Alberto no ignoraba que Eugenia tenía una hija. Cuando el romance acabó en boda, fue él quien insistió en que Pilar viniera a vivir con ellos. Pilar, con cinco años, pronto encontró en don Alberto a un segundo padre y, casi sin notarlo, la familia creció con la llegada de un niño, al que llamaron Mateo.

Hipotecaron un piso en Vallecas, compraron un coche de segunda mano y pusieron cortinas de encaje en las ventanas. Eugenia reía a borbotones. ¿Qué más podía pedir?

Pero un día entró en la fábrica Aurelia, una nueva obrera, joven y arrolladora. Don Alberto sucumbió a sus encantos. Irremediablemente. Comenzó a faltar más y más, a inventar viajes y turnos. Ni las lágrimas ni los ruegos sirvieron de nada.

Tres años de celos y discusiones desembocaron en divorcio. Eugenia se quedó, con treinta y cuatro años, dos hijos y una hipoteca, en aquel piso demasiado grande. No pudo seguir trabajando donde todo le recordaba a don Alberto y su traición.

No fue culpa mía, se repetía, mientras intentaba comprender los misterios del corazón humano. Sin embargo, su mejor amiga, Luisa, hablaba con sabiduría de vieja manchega:

Mira, Eugenia, la pasión es como el fuego fatuo, arde y arrasa. Lo de tu marido fue pasión, no amor verdadero. El amor construye, la pasión destruye. Si os ha dejado tristes y vacíos, no era amor, sino estiércol de las pasiones. Podrá arrepentirse, pero quizá se pase la vida sin entenderlo. ¡Aguanta, amiga!

Eugenia asintió. Se prometió a sí misma: Si regresa, lo perdono. Mi amor aún respira.

Pasaron siete años de soledad femenina. Los hijos ya no eran críos. La brasa en su pecho seguía encendida. Luisa quiso presentarle a su hermano, Jorge. Cincuenta años, recién divorciado, un hombre bueno como pan recién horneado. Eugenia accedió.

Era diciembre, el mundo relucía de frío y promesas. Eugenia, siempre puntual pero hoy no, corrió escaleras abajo, tacones altos y bufanda de lana, temblando de nervios. En la acera, patinó sobre el hielo azulado y de pronto estaba sentada en un enorme montón de nieve, con el tacón roto, la pierna dolorida y, a su lado, una verja tallada.

Miró al frente: detrás de la verja, una iglesia milenaria se erguía bajo la luna.

¿Le ayudo, señorita? preguntó una voz de barítono. Era un hombre alto, con abrigo oscuro.

Eugenia intentó levantarse pero gimió de dolor; de pronto, lloraba a moco tendido. El hombre la tomó en brazos, la subió a su Seat León, y sólo acertó a decir: “Le llevo a mi clínica”.

Eugenia pensaba en su ex marido mientras la escayolaban. Qué final triste: desempleado, bebido, su nueva esposa se desvaneció como un conde de leyenda. Su salvador se llamaba Diego, era cirujano. Durante todo el invierno, Diego la cuidó con manos de profesional y corazón templado.

Un día, Eugenia le preguntó:

¿Qué hacía usted en la iglesia, aquel día?

Rezaba respondió Diego, con la naturalidad de quien ve pasar cigüeñas. Los médicos a veces necesitamos ayuda divina. Nos jugamos demasiado con cada vida. Pedimos sabiduría a quien la da.

Nunca he pisado una iglesia tengo cuarenta y dos y he ido por mi cuenta toda la vida.

No pasa nada, Eugenia. Todo llega. Ahora sólo tienes que curarte le sonrió él.

¿Ahora juntos? preguntó ella, atónita.

¿Por qué no? respondió Diego, guiñando un ojo.

Eugenia y Mateo se mudaron a su casa. Diego criaba dos hijos, Pablo y Lucas. Su ex esposa los había abandonado sin mirar atrás. Eugenia y los chicos pronto se convirtieron en una pequeña tropa. Mateo y Pablo jugaban a fútbol en la calle hasta dejarse las rodillas.

No pasó mucho antes de que, en la iglesia donde empezó todo, hubiera dos bodas en un mismo día: Diego y Eugenia, y Pablo y Pilar, ya adulta.

Al salir, bajo una lluvia de arroz y campanadas, Eugenia recordó a la gitana: cuatro hijos, la iglesia, el giro del destino. Y sonrió, preguntándose si estaba aún soñando o si, por fin, había despertado en Castilla.

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