El gato sentado junto al portal: durante años vivió en ese edificio con su querida abuela. Cómo le q…

Te voy a contar una historia que te toca el corazón. Resulta que un gato grande y gordo, de pelaje gris, llevaba años viviendo en una de esas antiguas casas de vecinos en el centro de Salamanca, junto a su abuela, doña Pilar. Esa señora lo quería como si fuera un hijo, te lo juro, no podía vivir sin él. A veces, al recordar sus caricias y su voz dulce, parecía que en su corazón sonaba un pequeño tractor, dándole calor y paz al alma… pero poco duraron esos momentos bonitos.

Cuando falleció doña Pilar, la casa se llenó de familiares, vecinos y gente que nunca aparecía. Eso sí, mientras vivía la abuela, nadie daba señales de vida, pero en cuanto la enterraron, todos desaparecieron de golpe y él, nuestro gato, se quedó solo, mirando la puerta del portal cerrada. Nadie se acordó de él. El pobre, viejito y grande, se sentó justo en el portal donde había vivido tantos inviernos al abrigo de Pilar. El aire helado de enero le agitaba los pelos, y toda la gente pasaba de largo, con prisa y las manos llenas de bolsas, corriendo a sus cosas.

Todo el mundo tenía prisas el día de Nochevieja por las calles de Salamanca, ya sabes cómo es, y el gato solo los miraba, preguntándose a dónde irían. Sus tripas empezaron a sonar de hambre, pero también le daban ganas de ir al baño… Pero claro, ¿dónde iba a encontrar un arenero con su arena suave? ¿Qué gato digno va a hacer pis ahí, delante de todos? Se sorprendía de ver que nadie le prestaba atención, todos iban a lo suyo. Le habría gustado tener a alguien que le respondiera a su pregunta muda.

Al final, agotado del frío, se tumbó en el suelo helado y cerró los ojos, resignado. No tenía un sitio donde ir. Empezó a caer la nieve entre las luces de la tarde, derritiéndose rápido en su pelaje, hasta que la piel se le quedó mojada y después congelada. Se sentía fatal, tiritando de frío. Las ventanas de los pisos se llenaban de luz y risas, olía a calamares, a caldo y a turrón… y más le retumbaban las tripas al pobre. Pero no tenía nada para llevarse a la boca.

El viento de la meseta salmantina soplaba fuerte y la niebla se mezclaba con la nieve, arremolinándose por la plaza y cubriendo todo de blanco. De repente, se oyó un estrépito en el cielo: eran fuegos artificiales anunciando el nuevo año. Por unos segundos, toda la ciudad brilló como si fuera pleno día y al gato le pareció que el frío desaparecía… pero enseguida volvió la oscuridad y el hielo. En las calles solo quedaba soledad, todos estaban con sus familias cenando las uvas. El pobre gato cerró los ojos, convencido de que aquella sería su última noche. Pensaba: “Bueno, aguanta un poco más y luego vendrá el calor, volveré a abrazar a la abuela Pilar”.

Entonces, de repente, oyó pasos. Abrió los ojos despacio y se encontró, justo delante, con unos zapatos enormes. Pensó: “Mira, así será mejor, un golpe y fin”, pero antes de imaginarlo, unas manos lo levantaron muy despacio.

¡Anda! ¡Pero si estás aquí! se oyó una voz insospechadamente dulce.

Al mirar, vio a un hombre grandote, de barba cerrada, que le sonaba de haberlo visto en el velatorio de la abuela. Seguía hablando, casi disculpándose:

Madre mía, llevamos toda la familia buscándote por el barrio desde que anocheció. La culpa fue mía, mira tú, que yo pensé que mi mujer te traía y ella pensó que era yo. Un lío de esos de familia, ya sabes. No te enfades conmigo, hombre y sin esperar respuesta, el tipo echó a correr con el gato bajo el brazo.

El gatete, entre sorprendido y medio dormido, vio cómo pasaban volando los edificios hasta que llegaron a un coche. Allí, el hombre lo acomodó en el asiento del copiloto, sacó un puñado de camisetas pasadas del gimnasio y empezó a frotarle el pelo con todo el mimo del mundo.

Te voy a secar bien, que luego coges un constipado y verás… musitaba el buen hombre mientras le colocaba encima una toalla calentita para arroparlo.

Encendió el coche y salieron pitando por las calles nevadas, que esa noche eran como una postal bajo las luces de Navidad. El chico, con una mano en el volante y la otra con el móvil pegado a la oreja, gritaba contento:

¡Carmen, tesoro, ya lo tengo! ¡Sí, sí, que ya lo encontré! ¡Al lado del portal, tiradito! Tranquila, que no le ha pasado nada, está perfecto. Tardamos nada, cinco minutos y estamos todos juntos para las campanadas, ¡y el gato también! decía, atropellando las palabras y sujetando el móvil con el hombro.

Quiso volverse a decirle algo al minino, pero vio que este, arropadito con su toalla, ya se había quedado dormido y créeme hasta sonreía en sueños. Que nadie venga ahora a decirme que los gatos no sonríen, porque te juro que sí. Muy dentro de aquel corazón minúsculo, sonaba de nuevo el pequeño tractor de la abuela Pilar, ronroneando de felicidad.

Así que, oye, que no te engañen: en Nochevieja sí que pasan milagros. Claro que sí. Solo hay que ayudarles un poquito a suceder y, cuando menos te lo esperas… ¡Zas! Las cosas cambian para mejor. Eso es lo que yo llamo un auténtico Cambio Feliz.

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