Diario de Pablo, 18 de mayo
Llevaba ya media hora parado frente a la cafetería, con el motor apagado y la vista fija en la pantalla del GPS. No cabía duda, había llegado al sitio correcto. Me quedé sentado unos minutos más, intentando reunir el valor necesario para llevar a cabo aquello que llevaba días planeando. Respiré hondo y salí del coche con determinación. Caminé unos cincuenta metros y me paré frente a la puerta de una pequeña cafetería llamada Dulce Tentación. El nombre me pareció irónico; no pude evitar pensar: Vaya, tentación no podrían haber escogido un título mejor.
Mi propósito era sencillo: entrar y encontrarme cara a cara con la amante de mi mujer. Por dentro me temblaban las piernas, pero no era hombre de huir. No después de todo lo que había descubierto.
Empujé la puerta y entré. El sonido de la campanilla me pareció más fuerte que nunca. Sabía que en unos instantes vería a ESA mujer, la causante de mis desvelos y dudas. ¿Qué sabía yo de ella? No mucho, solo que se llamaba Lucía aunque mi esposa cariñosamente la llamaba Gatita y que trabajaba allí como camarera.
Me senté junto a la ventana. No tardó mucho en salir de la barra y caminar hacia mi mesa. La reconocí de inmediato por una foto que accidentalmente había visto en el móvil de mi mujer. Se acercó con una sonrisa, tan tranquila, tan ignorante de la tormenta que llevaba yo dentro.
¡Buenos días! saludó alegremente, y yo aparté la mirada hacia su chapa: Lucía. Así que así se llamaba, nada de otro mundo… Mi mujer tampoco era muy original al elegir apodos.
Mientras Lucía me ofrecía la carta y me pedía que la llamara cuando estuviese listo, yo le sonreí con la mejor de mis sonrisas, tratando de examinar cada uno de sus gestos, como si pudiera encontrar allí una pista, una razón, una explicación. Me preguntaba cómo había llegado yo, Pablo Fernández, a sentarme frente a la amante de mi mujer.
Nuestra historia llevaba casi diez años; o al menos eso pensaba yo. Teníamos una hija, Inés, de ocho años, y mi mujer, Carmen, era psicóloga. Siempre habíamos hablado abiertamente de todo y nunca habíamos tenido peleas importantes. Éramos, en definitiva, una familia cualquiera: un piso en el Ensanche de Madrid, un coche modesto, y una casita en Segovia para los veranos.
Pero entonces, como un jarro de agua fría, llegó la noticia de la infidelidad. Lo supe por casualidad. Unos días antes, Carmen estaba en la ducha y su móvil empezó a sonar. Me llamó desde el baño:
¿Puedes cogerlo? Seguro que es mi padre, que iba a llamarme esta tarde.
Era la primera vez que contestaba una llamada por ella, pero lo hice sin pensar. Cuando vi la pantalla, no era su padre, sino alguien guardada como Gatita. La foto que acompañaba al contacto era lo suficientemente reveladora: una joven abrazada a Carmen. El teléfono dejó de sonar, pero antes de dejarlo sobre la mesa, entró un mensaje: Cariño, la semana que viene trabajo en Dulce Tentación dos días seguidos. Pásate cuando termine, quiero prepararte mi café especial. Te echo de menos…. Mi corazón se hundió.
Dejé el teléfono como si me hubiese quemado y salí a sentarme en el banco del portal. El mundo parecía irreal. ¿Desde cuándo le pasaba eso a Carmen? ¿Desde cuándo me quedé fuera de su vida? ¿Debía enfrentarla? ¿O simplemente hacer como si nada y seguir con la mascarada?
Durante días no dormí ni comí. Cuando Carmen me preguntaba, le decía que estaba liadísimo en el despacho. Inés, siempre sensible, notaba mi distancia. Me abrazaba fuerte, como queriendo avisarme, pero no sabía qué decirle ni qué hacer.
En ese estado de ansiedad, tomé la decisión de acudir a la cafetería. Si no veía a Lucía, no conseguiría calmarme. Tenía que verla, escucharla, aunque solo fuera por un momento, para saber si aquello era real.
***
Pedí un café con leche y una tarta de Santiago. Ella me lo recomendó y accedí. Lucía trajo la bandeja con amabilidad. Había solo un par de clientes; la hora, claro, era poco concurrida. Pasados unos minutos, se acercó:
¿No le ha gustado la tarta? Apenas la ha tocado. ¿Quiere que le traiga otra cosa?
No, no es la tarta. Solo que no tengo apetito. Demasiadas cosas en la cabeza.
Me di cuenta de que había sido demasiado frío. Daba igual. Continué:
Perdone la confianza… Si estuviera en mi lugar, ¿qué haría si descubriera que su pareja tiene a otra persona?
Ella se quedó unos segundos callada, extrañada. Se notaba que no sabía qué responder.
Creo que nunca me he visto en esa situación… dijo finalmente.
¿Y si le pasara? ¿Qué haría?
No lo sé murmuró incómoda.
Preferí no insistir y cambiar de tema. Hablamos de banalidades. Le pregunté si estudiaba en la universidad y me contestó que estaba en la Complutense, en Bellas Artes. Sentí que la situación se volvía absurda. ¿Para qué había ido? ¿Para arrancarle los pelos? ¿Para derramar mi café sobre su elegante delantal? De repente entendí que nada de eso me haría sentir mejor. Pedí la cuenta y dejé un par de billetes, algo más de lo habitual, en la mesa.
Lucía me miró salir por la ventana, con una expresión que no supe interpretar.
***
Aquel encuentro me hizo decidir. Celebraríamos el décimo aniversario de mi matrimonio con Carmen, como planeamos, por nuestra hija sobre todo. Inés llevaba semanas preparando una sorpresa para nosotros, había pintado un gran mural con corazones.
Así llegó el sábado. El restaurante estaba precioso. Carmen y yo intentamos actuar con normalidad por Inés. Todo iba según lo previsto. Al acabar la cena, Carmen me lanzó una de sus miradas cómplices. De repente, llamé a Inés y le pedí que me ayudara a pedir el postre. Y allí apareció Lucía, portando una gran tarta de aniversario. Carmen se quedó sin palabras al verla.
Lucía dejó la tarta en la mesa con una sonrisa enigmática. Entonces le guiñé el ojo a mi mujer y le dije:
Felicidades, amor. Esta sorpresa es para ti.
En ese momento, un animador se llevó a Inés de la mesa para un juego. Carmen seguía muda, mientras Lucía se mantenía junto a nosotros.
Veo que ya os conocéis dije bajando la voz.
Lucía asintió con educación.
Lo nuestro ha resistido de todo, Carmen. Estoy feliz de seguir a tu lado intenté besarla, pero ella se apartó.
¿Qué significa todo esto, Pablo? preguntó por fin.
Carmen, todo era una broma. Una tontería, vale, pero no hay nadie más. Todo esto es parte de la sorpresa. Contraté a una agencia que prepara experiencias únicas. Lucía es actriz. Toda la historia, los mensajes… un montaje. No conocía otra forma de encender la chispa.
Lucía asintió:
Estoy en tercero de interpretación, señora explicó. Trabajo aquí por las mañanas y participo en la agencia por las tardes. Ha habido otras esposas que han reaccionado peor. Usted, en cambio, fue educada y hasta dejó propina.
Carmen parecía estupefacta. Me miraba a mí, a Lucía, al resto del restaurante, y volvió a mirarme.
¿De verdad crees que esto es gracioso, Pablo? ¿Que es apropiado? ¿Es esto lo que necesitabas para tu aniversario? me gritó, perdiendo el control por primera vez en los años de matrimonio.
Lucía aprovechó para retirarse, pero Carmen la detuvo con la mano.
¿Sabes por qué he reaccionado así? Porque si querías chispa, aquí la tienes.
Y, sin más, tomó la tarta y la estampó contra mi cara. Todo el restaurante se quedó en silencio.
Así tienes tu sorpresa, tu chispa y tu rellenoconcluyó mordazmente, y se fue hacia la salida sin mirar atrás.
Traté de limpiarme la cara mientras el eco de su risa y la mirada de mi hija me perseguían.
Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué te ríes así? preguntó Inés cuando Carmen la tomó de la mano fuera del restaurante.
No es nada, cariño. Solo me acordé de un chiste. Pero tenemos que hablar, Inés. Quizás tengamos que estar una temporada tú y yo solos.
¿Sin papá? ¿Para siempre? preguntó la niña asustada.
No lo sé, hija. Ya veremos. ¿Vas a estar a mi lado?
Inés asintió y las vi marcharse calle abajo, perdiéndose entre las luces de la ciudad.
Hoy, repasando todo lo sucedido, me queda una lección clara: hay cosas con las que no se bromea, y jugar con los sentimientos de quienes más queremos puede ser el peor error de todos. No hay agencia, sorpresa o tarta que arregle el daño causado cuando se pierde la confianza.







