— ¡Abuelo, mira! — Lili se pegó con la nariz al cristal. — ¡Un perrito! Detrás de la verja merodeab…

¡Abuelo, mira! Maruja pega la nariz al cristal de la ventana. ¡Un perrito!

Detrás de la verja merodea un chucho callejero. Negro, sucio, con las costillas sobresaliendo.

Otra vez ese perro refunfuña Fermín Gómez, mientras se calza las botas de goma. Lleva tres días dándose vueltas por aquí. ¡Venga, largo!

Alza el bastón amenazando. El perro retrocede, pero no huye; se sienta a unos cinco metros y mira. Simplemente mira.

¡Abuelo, no le eches! Maruja tira de su manga. Seguro que tiene hambre y está muerto de frío.

¡Ya tengo suficientes problemas! se encoge de hombros el viejo. Solo faltaría que nos traiga pulgas, enfermedades ¡Aléjate!

El chucho agacha la cola y se aparta. Pero cuando Fermín Gómez cierra la puerta, el perro vuelve

Maruja lleva medio año viviendo con su abuelo, desde el accidente en el que sus padres fallecieron. Fermín la acogió, aunque nunca ha tenido paciencia para niños. Estaba acostumbrado a la tranquilidad y a su rutina.

Ahora tiene en casa a una niña que llora por las noches y no deja de preguntar: «¿Abuelo, cuándo vuelven mamá y papá?»

¿Cómo explicarle que nunca volverán? El hombre solo carraspea y aparta la mirada. Les está resultando difícil a los dos, pero no hay otra opción.

Después de comer, mientras el abuelo duerme junto al televisor, Maruja sale sigilosamente al patio. Lleva en las manos un cuenco con restos de cocido.

Ven aquí, Chispa susurra la niña. Así te he llamado. Es un nombre bonito, ¿verdad?

El perro se le acerca despacio. Devora el plato, y luego se tumba, apoyando la cabeza en las patas. Y la mira: con gratitud, con lealtad.

Eres bueno le acaricia la niña. Muy bueno.

Desde aquel día, Chispa no se despega de la casa. Monta guardia junto a la verja, acompaña a Maruja al colegio, la espera a la vuelta. Y cada vez que Fermín sale a la calle, se escucha el mismo grito:

¡Otra vez tú! ¿Hasta cuándo?

Pero Chispa ya sabe que ese hombre ladra, pero no muerde.

El vecino Jacinto Ramírez, cotilla por naturaleza, lo observa todo desde el otro lado de la valla. Un día dice:

Fermín, te equivocas echándole.

¡Y por qué iba a necesitar un perro! Bastante tengo con lo mío.

A lo mejor dice Jacinto Dios te lo ha enviado por algo.

Fermín resopla

Pasa una semana. Chispa sigue junto a la verja haga frío o llueva.

Maruja sigue llevándole comida a escondidas. Fermín hace como que no ve nada.

Abuelo, ¿puede dormir Chispa en el zaguán? suplica Maruja durante la cena. Allí estará más caliente.

¡No y mil veces no! da un golpe en la mesa el abuelo. ¡Los animales no entran en casa!

Pero si solo es

¡Nada de peros! ¡Basta ya de tus manías!

Maruja guarda silencio, ofendida. Pero esa noche Fermín da vueltas y vueltas en la cama, sin poder dormir. Por la mañana, asoma la cabeza por la ventana.

Chispa está encogido sobre la nieve, tiritando. «No va a durar mucho más», piensa Fermín, y una incomodidad le recorre el pecho.

El sábado, Maruja va al río a patinar. Chispa, como siempre, la sigue de cerca. La niña ríe, gira en el hielo, y el perro se queda en la orilla observando.

¡Mira cómo patino! grita Maruja y se lanza hacia el centro.

El hielo suena, después cruje, y de repente Maruja desaparece bajo el agua.

Es negra, está helada. La corriente la arrastra bajo el hielo. Ella lucha, grita, pero apenas se le oye.

Chispa se queda paralizado un segundo. Luego sale corriendo hacia la casa.

Fermín está partiendo leña. Escucha un ladrido desesperado. Mira: el perro da vueltas por el patio, gime, y le muerde el pantalón tirándole hacia la verja.

¿Estás loco? gruñe el abuelo.

Pero Chispa no se detiene. Ladra, tira de su ropa, salta desesperado, con los ojos llenos de angustia Y entonces Fermín entiende.

¡Maruja! chilla y corre tras el perro.

Chispa corre delante, mira atrás para asegurarse de que el hombre le sigue, y vuelve a correr, directo al río.

Fermín ve una mancha oscura en el hielo. Escucha chapoteos.

¡Aguanta, aguanta! grita, agarrando una larga vara. ¡Aguanta, pequeña!

Se arrastra sobre el hielo, que cruje bajo su peso, pero resiste. Agarra la chaqueta de Maruja y la arrastra hasta la orilla. Chispa no se aparta, ladra, anima a la niña.

Cuando la sacan, Maruja está azul. Fermín la frota con nieve, le sopla en el rostro y reza a todos los santos.

Abuelo murmura al fin Maruja. ¿Dónde está Chispa?

El perro está al lado, tiritando, quizá de frío, quizá de miedo.

Aquí está dice Fermín, ronco. Aquí está.

Desde ese día, todo cambia. Fermín no vuelve a gritar al perro. Pero aún no lo deja entrar en la casa.

Abuelo, ¿por qué no? insiste Maruja. ¡Si me ha salvado la vida!

Sí, sí pero sitio no hay.

¿Por qué no?

¡Porque en mi casa las cosas se hacen así! responde serio.

Está enfadado consigo mismo. ¿Por qué? No lo sabe. El orden es el orden, pero siente un pinchazo en el pecho.

Jacinto se pasa una tarde para tomar un café. Se sientan en la cocina, saboreando rosquillas.

¿Has oído lo que pasó? pregunta con cautela el vecino.

Me he enterado responde Fermín, seca y brevemente.

Buen perro, ese.

Hay de todo.

Es de los que hay que cuidar.

Fermín se encoge de hombros.

Cuidamos. No le echamos.

Eso era antes Pero ¿dónde duerme cuando hiela?

Donde debe, en la calle. Un perro es un perro.

Jacinto niega con la cabeza:

Qué raro eres, Fermín. Te salva la niña y aún así eso es ingratitud.

¡Yo no le debo nada a ese animal! explota el abuelo. Le damos de comer, no le pegamos, suficiente.

Debas o no debas, ¿y el corazón?

¡El corazón es para las personas, no para los perros!

Jacinto no responde. Sabe que discutir es inútil, pero le mira con lástima.

Febrero llega con un frío brutal. Una ventisca tras otra, la nieve se amontona hasta las ventanas.

Fermín pasa los días limpiando caminos, pero siempre amanece todo cubierto. Y Chispa sigue allí, escuálido, con los ojos apagados, pero fiel como el primer día.

Abuelo Maruja le tira de la manga , mírale. Está medio muerto.

Ha elegido quedarse responde el viejo . Nadie se lo pidió.

Pero

¡Basta ya! ¡Siempre la misma historia! ¡Déjame tranquilo con el perro!

Maruja se ofende y se calla. Por la noche, mientras el abuelo lee el periódico, cuchichea:

Hoy no he visto a Chispa.

¿Y? masculla Fermín, sin levantar la vista.

Ni rastro en todo el día. ¿Estará enfermo?

Ojalá se haya ido al fin.

¡Abuelo! ¿Cómo puedes decir eso?

¿Y qué? suspira. ¡No es nuestro! ¿Lo entiendes? ¡Es de la calle! ¡No le debemos nada!

Sí, abuelo, sí le debemos dice Maruja muy bajito. Me salvó la vida. Y no hemos sido capaces ni de darle calor.

¡No hay sitio! golpea con rabia la mesa. ¡Esta no es una perrera!

Maruja solloza y se encierra en su cuarto. Fermín se queda a solas. De pronto, el periódico ya no le interesa.

Esa noche hay tal ventisca que la casa tiembla. El viento aúlla en la chimenea, las ventanas crujen, la nieve golpea los cristales. Fermín da vueltas sin poder dormir.

«Tiempo de perros», piensa. Y al instante se reprocha: «¿Y a mí qué me importa?». Pero sí le importa, y lo sabe.

Al amanecer, el viento cesa. Fermín prepara té, mira por la ventana; el patio ha desaparecido bajo la nieve, solo se ve el respaldo del banco. Y junto a la verja algo negro sobre el montón de nieve. «Basura», piensa. Pero el corazón le da un vuelco.

Se abriga, se calza las botas, cruza el patio hundiéndose hasta las rodillas en la nieve. Cuando llega a la verja, se detiene en seco.

Chispa yace allí, casi cubierto por la ventisca, solo asoman las orejas y la punta del rabo.

«Se acabó», piensa Fermín; y siente que se le parte algo por dentro.

Se inclina y le sacude la nieve de encima. El perro respira débilmente, casi no se mueve, los ojos cerrados.

Tonto ¿por qué no te fuiste? susurra.

Chispa reconoce su voz, intenta levantar la cabeza pero no puede.

Fermín duda un segundo. «Y al diablo», se dice. Lo toma en brazos.

El perro pesa apenas nada, solo huesos y pelo, pero aún sigue caliente. Aún vive.

Aguanta murmura, caminando hacia la casa. Aguanta, pobre tonto.

Lo mete primero en el zaguán, luego en la cocina. Lo recuesta sobre una manta vieja, junto a la cocina de leña.

¿Abuelo? asoma Maruja, en pijama, medio dormida. ¿Qué pasa?

Nada, hija carraspea Fermín. Estaba congelado. Que se caliente un poco.

Maruja corre hacia Chispa:

¿Está vivo? ¡Dime que está vivo!

Vivo, sí. Saca un poco de leche caliente y dásela.

¡Ahora mismo!

El abuelo se arrodilla junto al perro y le acaricia la cabeza. Piensa: «Vaya tipo que soy Casi lo mato. Y aun así se ha quedado. Confiaba en mí, el muy bruto».

Chispa abre un poco los ojos, mira a Fermín, agradecido. Y al abuelo se le hace un nudo en la garganta.

¡La leche está lista! Maruja deja un cuenco al lado del animal.

Chispa, temblando, logra acercar el hocico y bebe. Y luego otra vez. Abuelo y nieta miran, felices, como si estuvieran presenciando un milagro.

Al mediodía, Chispa ya se sostiene sentado. Por la tarde, da vueltas por la cocina con pasos inseguros. Fermín lo mira de reojo mientras refunfuña:

Esto es temporal, ¿eh? En cuanto te repongas a la calle.

Pero Maruja sonríe. Sabe que su abuelo, a escondidas, le guarda los mejores trozos de carne, le cubre bien y le acaricia cuando cree que no le ve.

«Ya no lo echará piensa la niña. Ya no».

A la mañana siguiente, Fermín se levanta temprano. Chispa está acurrucado sobre la alfombra, vigilándole, pendiente de su reacción.

Qué, ¿ya te animas? murmura el viejo poniéndose los pantalones. Eso veo.

El perro mueve la cola, tímido, como esperando confirmación: ¿me volverás a echar?

Tras desayunar, Fermín se calza el abrigo y sale al patio. Observa la vieja caseta junto al cobertizo; lleva años vacía, casi podrida.

¡Maruja! llama. Ven aquí un momento.

Sale la niña, y detrás, Chispa. El chucho se pega a ella, pero ya no teme al abuelo.

Mira señala Fermín la caseta . El techo está roto, las tablas podridas Habrá que arreglarla.

¿Para qué, abuelo? pregunta Maruja, intrigada.

¿Cómo que para qué? refunfuña él. No me gusta ver las cosas abandonadas.

Trae tablas, martillo y clavos del cobertizo. Empieza a reparar el tejado, maldiciendo cada dos minutos porque nada encaja.

Chispa observa atento. Parece entender que trabajan para él.

Al mediodía la caseta luce tejado nuevo. Fermín mete una manta vieja, coloca allí unos cuencos para agua y comida.

Ya está dice, sudando. Acabado.

Abuelo ¿para Chispa? pregunta Maruja, casi en un susurro.

¿Y para quién si no? responde él, desganado . No puede estar en casa, pero tampoco merece estar en la calle.

Maruja lo abraza con fuerza.

¡Gracias, abuelo! ¡Gracias!

Bah, bah, no me hagas la pelota. Y recuerda: ¡es provisional! Hasta que alguien quiera adoptarlo.

Pero él sabe bien que nadie vendrá. Y también que Chispa ya es uno de los suyos.

En ese momento se acerca Jacinto, el vecino. Mira la caseta renovada, al perro, la alegría de Maruja y sonríe con picardía.

¿Ves, Fermín? Ya te dije que nada es por casualidad.

Déjate de cuentos, Jacinto resopla Fermín . Solo es compasión, nada más.

Claro, tú sabrás Pero en el fondo tienes buen corazón.

Fermín quiere rebatirle, pero se calla. Observa a Chispa olfateando la caseta, a Maruja acariciándole la cabeza. Y sabe en ese instante que ahora, al fin, ya son una familia. Incompleta quizá, peculiar, pero familia.

Bueno, Chispa dice el abuelo en voz baja . Esta es tu casa también.

El perro le mira largo rato y se tumba junto a la caseta, desde donde puede vigilar la puerta: la entrada de la casa donde viven sus personas.

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