Bueno, es feo y parecía innecesario. Así que lo tiré. El corazón de la madre casi se detiene. El padre salió a la calle a buscar al niño.

Había una vez una anciana que decidió hacer una buena obra. Se dedicó a recoger todas las cosas que ya no necesitaba y que llevaban demasiado tiempo ocupando espacio en casa, molestando con su presencia. Entre ellas había blusas elegantes, vestidos, sombreros, faldas todo aquello que solo servía para llenar los armarios. Y la mujer pensó: Voy a llevarlo todo a la iglesia, por si a alguien le hiciera falta. Quizás lo recojan personas sin hogar, o algún refugiado.
Colocó todo cuidadosamente en una bolsa y la dejó en un rincón. Se dijo que la sacaría a la mañana siguiente y se fue a dormir.
Aquella noche, creedlo o no, tuvo un sueño muy extraño.
Sintió como si su alma se separara del cuerpo y pudiera observarlo todo desde arriba. Todo resplandecía con una luz especial, y aunque seguía en su piso de Madrid, se sentía llena de felicidad.
En el centro del salón, estaba ella con la bolsa entre las manos, la misma que había preparado con esmero para llevar al día siguiente a la iglesia. Y, frente a ella, apareció una niña pequeña.
¿Qué lleva usted en esa bolsa?
La mujer, esbozando una sonrisa, respondió:
He guardado unas cuantas cosas que ya no me sirven. Solo ocupan espacio aquí. Quiero dárselas a quienes de verdad las necesiten. Mañana las llevaré a la parroquia.
Es usted muy generosa. Pero la bolsa parece bastante sucia. ¿Podría lavarla antes de llevársela, por favor?
Claro, claro que sí.
No se le olvide le dijo la niña, que se despidió con una sonrisa antes de desaparecer.
Entonces la mujer se despertó de golpe. Se levantó de la cama y empezó a recordar todo aquello que había soñado. ¿Sería un ángel, tal vez, lo que había visto?
Miró la bolsa y empezó a sacar todas las prendas. Si hacía falta lavarla, lo haría sin dudar. Todo ello podía sonar absurdo y está claro que algunos pensarán que la anciana era supersticiosa. Yo mismo lo creía en su momento, hasta que sucedió lo que os voy a contar.
En una familia del mismo barrio nació un niño. No era el primogénito, sino el segundo hijo de la casa. Sus padres decidieron invitar a amigos y familiares para compartir su alegría.
Aquella tarde la casa se llenó de invitados. Todos daban la enhorabuena, admiraban al pequeño, ofrecían regalos. Pero nada de halagos exagerados ni muestras excesivas de cariño. ¡Qué precioso, qué pequeño! ¿Quién podría resistirse a no señalarlo así? Sin embargo, los padres gente supersticiosa y de ideas antiguas prohibieron que nadie hablara de la hermosura de su hijo. Decían que era de mala suerte. Los invitados, por respeto, no lo discutieron y empezaron a mirar al bebé con otros ojos, incluso hablando mal de él:
Vaya, qué niño tan feucho. Que Dios nos libre, qué niño tan feo. Ni ganas de mirarlo me dan.
Así, uno tras otro repetían lo mismo, apartando la vista del pequeño. Cuando terminaron, padres e invitados se marcharon todos juntos al otro salón.
El hermano mayor, que todo lo escuchaba, se fijó en lo disgustados que parecían por el nuevo bebé. Reflexionó: si el niño es tan malo, ¿para qué sirve?
No lo pensó mucho: tomó en brazos al bebé y, sin titubear, salió corriendo al balcón. Se asomó, miró a un lado y a otro, y dejó caer al niño como si fuera uno de sus muñecos desechados.
Cuando escuché esto, se me cortó la respiración. Habría sido una tragedia de no ser porque el destino veló por esa criatura.
Porque sucedió que la anciana del sueño vivía justo en el piso de abajo.
Aquella mañana había terminado de lavar la bolsa y la colgó en el tendedero, fuera de la ventana, para que secara al sol.
Al mismo tiempo, desde el piso superior, el niño cayó como si bajara del cielo y aterrizó directamente dentro de la bolsa extendida.
Cuando, al cabo de un rato, los padres se dieron cuenta de que en la habitación reinaba un silencio demasiado extraño, ya era tarde. Entraron, encontraron al hermano mayor en el balcón y al pequeño no había rastro de él. Al preguntar, el mayor contestó:
Pues como era feo y no hacía falta, lo he tirado.
El corazón de la madre casi se detuvo de la impresión. El padre bajó corriendo a la calle en busca del niño. Por suerte, el bebé estaba ileso, sin un rasguño.
¡Qué fortuna! lloraban los padres, abrazando a su hijo.
¿Y a quién dieron las gracias? ¿Adivináis? Naturalmente, a la abuela. Nadie mencionó a Dios, excepto la anciana, que sí supo que aquella suerte no era casualidad. Ni siquiera habría lavado la dichosa bolsa de no ser por el ángel de su sueño.
¿Por qué será que la gente siempre dice que han tenido suerte y no se acuerdan de dar gracias a Dios?
Durante mucho he pensado en ello. He valorado distintas opciones, pero nunca llegué a comprenderlo del todo. Seguramente cada uno tiene su propia explicación. Yo, por mi parte, solo puedo decir una cosa: no creo en las casualidades. Agradezco por ellas únicamente a Dios. Porque, ¿qué milagro ocurre sin que Él ponga su mano?

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