No es de la familia
Ladró el perro. Se abrió la verja. El hijo entraba en el patio acompañado de una chica; había traído a su prometida para presentarla oficialmente.
La madre, al verla, se llevó las manos a la cabeza.
¡Virgen santa, pero a quién nos trae este muchacho a casa! Padre, mírala bien. ¡Es más flaca que una sardina! Vaya tragedia. ¿Cómo va esta a darle nietos? ¿Y ahora qué hacemos?
El padre se fijó en la joven, pero a diferencia de su mujer, de constitución generosa y movimientos difíciles, que hacía años que había dado por perdida la batalla de la coquetería, él vio belleza, elegancia y mucha gracia en la muchacha. Se le iluminó la cara con una gran sonrisa y se acarició el bigotazo poblado, emitiendo un sonoro carraspeo de satisfacción.
La madre, por su parte, adoptó el look de abuela desde los cuarenta: ropa holgada que añadía años, blusas sin forma confeccionadas a mano con retales y faldas tan anchas que parecía un tonel. ¿Para qué complicarse? Lo justo para ponerse el pañuelo en la cabeza y lista para el día.
Aquello era lo que pensaba cada mañana, resignada. ¡Con tanto trabajo en el campo, ir de aquí para allá ordeñando la vaca, alimentando los cerdos y luego corriendo a las tierras del pueblo, picando bajo el sol con la azada, no quedaba tiempo para trivialidades estéticas! Había criado a tres hijos, y los dos mayores ya hacía mucho que habían volado del nido y ahora apenas mandaban postales de nietos ni hablar. Solo le quedaba en casa el pequeño, Andrés.
Por eso esperaba, o más bien ansiaba, una nuera de buena fuerza. Ya había echado el ojo en la calle de al lado a una chica robusta, sana, con mofletes que parecían tomates maduros. Capaz de manejar la vaca y de cargar un saco ella sola sin llamar al marido. Y a Andrés se lo decía cada dos por tres:
Anda ve y conoce a esa chica buena, ¡menuda moza! Además, ya está en edad, y te daría hijos fuertes, ¡ya lo verás!
Pero el hijo, cabezota:
Yo ya me buscaré esposa cuando toque, madre se negaba, inamovible.
Pues menuda sorpresa, traer ahora ¡esto! ¡Una delicada flor urbana! Una escoba con piernas. ¿Dónde había encontrado semejante criatura delgada?
Lo que la buena madre no sabía era que esta chica no era ninguna inútil. Detrás de su apariencia frágil había una joven fuerte de espíritu, que no se asustaba ante el trabajo duro, conocía el campo, la cocina y la escoba. Esas manos delicadas habían hecho más faena que sus trapos de cocina. Cuando Valentina tenía doce años, su madre cayó enferma de gravedad y la niña tomó el mando: ordeñar la vaca, poner la olla, limpiar El padre, al principio, ni sabía para dónde tirar, pero pronto espabiló y se puso al lado de su hija. Dos meses después, la madre empezó a recuperarse, y se encontró a una hija tan hábil y risueña que parecía que en la casa brillaba el sol solo con verla.
Pero había que salir a recibir: los invitados ya estaban en el patio, no podía esconderse detrás del corral. Saludó seca, midiendo a la nuera de arriba abajo. Mientras tanto, del otro lado de la tapia, ya asomaban los vecinos, con los ojos abiertos como platos y las lenguas preparadas para cuchichear.
Valentina se sentía fuera de lugar. Todo le resultaba tan extraño Ella se había criado en una casa grande y luminosa donde el sol entraba a raudales. Aquello, en cambio, era una casita tan minúscula que para pasar la puerta había que encogerse, de ventanucos minúsculos y tan solo una habitación para las visitas, con la cama engalanada y cojines amontonados bajo una colcha de encaje; los padres, en cambio, compartían el recibidor, que servía de dormitorio, comedor y guardarropa. Aquello no le gustaba mucho; olía a algo raro, un tufillo dulzón, seguramente de los jabones de lavanda y fresas que la dueña escondía entre las sábanas y hasta en los calcetines. Se calló, observando muda aquel microcosmos y la repentina calma.
La prueba del té fue escasa y torpe. En la mesa, la nuera no probó bocado, todo parecía disgustarle. El cocido tenía tropezones (bien de grasa), la ensalada amarga, los buñuelos fritos de más. Solo mordisqueó pan y repetía: No, gracias, estoy llena.
¡La madre estaba que echaba chispas! Por dentro hervía, las ganas de bronca solo paradas por la mirada severa de su marido.
Mira la princesita, será que quiere menú de carta Pues aquí se come lo que hay; si no, puerta, no le quites el hambre a los demás refunfuñaba en voz baja, quejándose al padre. Ya verá, ya aprenderá lo que es comer aquí.
Calla, mujer, que todo es acostumbrarse le replicaba él.
Después de comer, los hombres se fueron al prado, y la madre aprovechó para mandar a Valentina a cortar eneldo en el huerto, a ver si la animalito reventaba.
Ahora sí que esta pavita se va a enterar A trabajar sin rechistar pensaba, regodeándose maliciosa.
Valentina entró en la cocina.
¿Se le ha olvidado algo? O le duele la espalda, ¿quizás? la madre, mordaz, esperando pillarla.
He terminado, ¿quiere que le ayude en otra cosa?
¿Cómo que has terminado? salió corriendo al patio. En la mesa, un barreño hasta arriba de eneldo recién cortado y, además, un hermoso montón a un lado. ¿Pero cómo? Si hacía solo cinco minutos que la había mandado. Los ojos de la madre eran un interrogatorio mudo.
Ahora haz manojitos, toma las cuerdas, que mañana el padre lo lleva al mercado ordenó la madre, y se marchó a echarse la siesta, a ver si olvidaba de vista a la dichosa muchacha.
Horas después, despertó sobresaltada.
¡Madre mía, las cuatro y pico! ¡Y todo sin hacer! Ahora verás, a pelar patatas la pongo, a ver cuánto aguanta antes de huir. ¡No va a poder conmigo, no señor!
Se ató el pañuelo y salió renqueando. Ni las zapatillas le encajaban, y cuando por fin entró en la cocina, lo flipó: la mesa estaba puesta, ensalada lista, pan cortado, tortitas de patata, guiso con carne. Y el olorcito ¡De rechupete!
¿Y tú cuándo, cómo has hecho esto? preguntó la madre descolocada.
Ahora pongo la nata, y a comer replicó pícara Valentina.
Valentina salió con una sonrisa y un trapo en la mano, saludó a los hombres que regresaban:
¡A lavaros, que os he preparado agua y toalla! le plantó un beso a Andrés y le colgó la toalla del hombro riendo.
Chiquilla, hijo, tienes una joya. ¡Vas a vivir alegre! dijo José Antonio. ¡Bien elegida, muchacho!
En la mesa, todos comieron y repitieron, maravillados. Solo la madre seguía sin probar bocado; los halagos le llegaban como cuchillos. Estoy llena, con el cocido de mediodía tengo, gracias, respondía, poniendo cara agria.
Por la noche decidió jugar su último as: mandar a Valentina a ordeñar la vaca. Ahora sí que se la ve.
En esas, entró la vaca, directa a su sitio.
Aquí tienes el cubo, no vuelvas sin leche le dijo, frotándose las manos con malicia.
Valentina cogió el cubo con una sonrisa y salió tan contenta.
Verás qué risa cuando la vaca la tumbe de una coz, pensaba la madre.
Aguardaba, sentada al fresco, cuando la vecina asomó la cabeza por la tapia:
¿Qué tal la nueva, Mari Carmen? ¿La pavita de ciudad?
Pues oro puro, Manoli, te digo. Hace de todo, es lista, guapa y cocina que ni en la feria. ¡Menuda joya!
Eso sí, poca chicha le veo.
¿Pero qué, la quieres para meter en el cocido, o qué? No es jamón serrano, mujer.
A mí me parece para tu Andrés, ni fu ni fa.
A mi hijo no le hace falta tu consejo, bastante tienes tú con lo tuyo. Ella lo hace todo, ¿sabes? Ahora mismo, está ordeñando, y yo, tan tranquila descansando. ¿Tienes tú una así?
Ay, ya, ya, será verdad la vecina se retiró, decepcionada.
Ahí tienes, vieja chismosa. Mi hijo está bien servido sentenció para sí misma.
Valentina, mientras tanto, acariciaba a la vaca y le daba pan con sal, murmurándole cosas bonitas:
Anda, bonita, come y descansa, te lo has ganado hoy. Eres la reina, sí que sí.
La vaca, Zalea, la miraba como diciendo más como tú, por favor y le daba toda la leche del mundo. Valentina la ordeñó con mimo, limpió y regresó tan contenta con el cubo lleno y una sonrisa de oreja a oreja.
Mira, madre, qué chica más apañada tenemos. Todo se le da bien: listo, graciosa, buena moza ¡Vaya suerte que ha tenido nuestro Andrés! decía el padre, con una ternura nostálgica, pensando que si en su tiempo hubiera conocido a una así, la habría raptado sin dudarlo.
La madre, mordiendo el labio, no entendía nada. Por más pruebas que le ponía a la ciudadana, más demostraba la chica que sabía hacer de todo. ¡Y el marido encima la aplaudía! Podría, al menos, haberse puesto de mi parte El corazón le pesaba como un saco de garbanzos, pero no pensaba rendirse y aceptarla. Tomó una tila por los nervios y decidió: mañana más. Aquella noche soñó que una bruja le chupaba la sangre del corazón, toda ensangrentada, y se despertó hecha un mar de sudor, con ganas de llorar.
Al entrar en la habitación vio a su hijo durmiendo abrazado a Valentina, piel con piel, bajo la primera luz del alba. Tan dulce, tan niña, con la naricita respingona y la cara como la leche.
Se miró las propias manos, duras y ajadas, miró su reflejo y pensó: Cómo me he avejentado. No me he dado ni cuenta, ni fuera ni por dentro.
Valentina, abriendo un ojo, murmuró:
¿Es hora de ordeñar la vaca?
No, no, sigue durmiendo. He venido por la medicina, nada más.
¿Se encuentra mal?
Tranquila, cariño, todo bien. Duerme, que es muy temprano.
Cerró la puerta y sintió una vergüenza inmensa. Ella, mujer de tantas batallas, poniéndose mezquina con una chiquilla que solo daba cariño y ayuda. Ella se preocupaba por su bienestar, preguntaba ¿Y quién se lo agradecía? Nadie. Y su hijo, un chico estupendo, trabajador, sin vicios, honrado habían sabido criarlo, sí señor. ¿Y la chica? Vale oro. Cocinera, hacendosa, amable ¿Qué más podía pedir? Sonrió: ¿Y por qué no puedo yo ser también una buena suegra? Mejor, ser como una madre. No tuve hijas, pero ahora puedo disfrutar de una.
Rumiando estas ideas, el alma se le calmó; empujó la medicación a un lado y se arrimó a su marido, quien, sintiéndola, le rodeó con su brazo pesado y curtido.
Un reloj daba las horas despacito, marcando ahora otro tiempo: uno repleto de amor sin condiciones, que abrazaba toda la casa con fuerza nueva. Desde aquel día, supo que todo iría bien.






