Una mosca zumbaba en la ventana, fina y aguda. Iván abrió los ojos. Un rayo de sol se deslizaba cariñoso por la almohada y le acariciaba la nariz. Sonrió y se estiró con gusto. Bajo la manta estaba tan cálido y acogedor. Había que levantarse, pero no tenía ninguna gana.
¡Mamá! llamó primero tímido. Y luego, más fuerte: ¡Mamááá!
Su madre entró en la habitación, retirándose las manos en el delantal.
¿Ya estás despierto? ¿Por qué llamas tanto? Se acercó a la cama, se inclinó y le dio un beso en la nariz chata. ¡Buenos días, hijo! ¡Arriba, dormilón!
Iván abrazó a su madre por el cuello. Olía a leche, a pan y a algo bueno y familiar. Antes, cuando vivían en la gran ciudad, quien lo despertaba por las mañanas para ir al colegio era su padre. Hacían juntos unos ejercicios, se lavaban los dientes, se salpicaban agua y reían, mientras mamá, refunfuñando, los apuraba. Pero todo cambió.
Un día, su padre no fue a recogerlo a la escuela, y tuvo que quedarse con el conserje casi hasta la medianoche. Su madre llegó muy tarde, con la cara roja e hinchada de llorar, y le dijo que papá ya no estaba, que ahora él era el hombre de la familia. Iván no entendía entonces qué había pasado, pero después, al oír hablar a los adultos, supo que su padre se había matado con un coche prestado. Por culpa de esa deuda, unos hombres se llevaron el piso. Pronto, Iván y su madre se mudaron al pueblo, con la abuela.
Era un pueblo grande, que seguía el cauce de un río y acababa en el bosque. Junto al bosque vivía la abuela Carmen, y ahora también ellos. No tenía abuelo, pues este murió cuando Iván era muy pequeño, así que el único hombre de la casa era él.
La abuela y mamá trabajaban en la granja. Iván había aprendido que allí, en una nave enorme, vivían cerdos, vacas y hasta caballos. Un día lo llevaron para enseñarle a los animales, pero a Iván la granja no le gustó nada: ¡cómo olía allí! Se tapaba la nariz, mientras mamá y la abuela reían.
Se puso las frías zapatillas y salió corriendo en pijama al patio, donde tenía la letrina. La mañana de aquel domingo de agosto envolvía su cuerpecito de siete años en una brisa fresca. Se estremeció. Por aquí y por allí los gallos cantaban a pleno pulmón. Se oía a los perros ladrar y chillar en la distancia. La abuela salió del cobertizo, refunfuñando:
Otra vez alguien ha intentado hacer un agujero a las gallinas. ¿Será esto cosa del sacamantecas?
“Pronto llegará el otoño”, pensó Iván, con una nostalgia de adulto; “¡qué ganas de empezar la escuela!” Su corazón latió alegre al recordarlo. Ya lo tenían todo preparado, y su nueva mochila era una maravilla. Había aprendido a leer ese verano, aunque escribir aún no se le daba tan bien.
Desayunaron gachas y tortitas.
Iván, la abuela y yo hemos pensado ir hoy a por setasdijo mamá, guiñando a la abuela, ¿vienes con nosotras, o eres demasiado pequeño?
¡Con vosotras, claro! protestó Iván, la boca llena de tortita caliente y leche fresca.
Salieron hacia el bosque casi al mediodía. El frescor entre los árboles les recibió de golpe. Eran los últimos días de agosto, aunque el bosque seguía verde. Iván veía setas por todas partes, pero mamá le explicó que no todas eran iguales, y le mostraba cuáles se podían comer y cuáles no.
Anduvieron durante mucho rato. La abuela se alejó buscándolas y no respondía a los gritos de mamá. Al caer el sol, mamá decidió volver. Llevaban la cesta y una bolsa llenas de tesoros del bosque. El cubo de Iván, repleto de setas, le pesaba tanto en las manos, pero él no se quejaba. Era un hombrecito.
Pero empezaron a buscar la salida y… nada. Mamá se puso nerviosa. Iban en una dirección y acababan en un barrizal, en otra, se encontraban un montón de arbustos caídos. El bosque les daba vueltas y vueltas. Gritaron a la abuela, pero solo se oían las hojas susurrar muy alto. La abuela no aparecía. Mamá se sentó en la hierba, indecisa. Pasaron cinco minutos largos. Y entonces, detrás de ellos, crujieron unas ramas secas y los matorrales se apartaron: apareció… ¡una bruja de verdad!
Mamá se puso de pie de un salto. Iván se quedó de piedra. La anciana, tan encorvada que casi tocaba el suelo, dejó caer el haz de ramas secas que traía al hombro y se acercó más.
¿Os habéis asustado?graznó, guiñando a mamá un ojo vivaracho. No temáis, que hace años que no como niños chicos… y soltó una carcajada chillona, mostrando la boca desdentada y moviendo su nariz larga y verrugosa.
¿Os habéis perdido? ¿De qué casa sois, de las de la Carmen? preguntó sin esperar respuesta, volvió a cargar con el haz de leña y echó a andar delante. ¿Qué hacéis ahí con la boca abierta? ¡Venga, seguidme!
Mamá e Iván la siguieron, recogiendo sus setas. La vieja iba tan segura, apartando la hierba alta, que enseguida salieron a una explanada desde donde se divisaba el pueblo entero. Por el otro lado del claro, apareció la abuela Carmen.
La bruja rió su feo chillido, saludó con la mano y se marchó, encorvada bajo su peso, hacia el pueblo.
Gracias… dijo mamá, casi en un susurro, pero la anciana ni se volvió, solo agitó la mano otra vez, despidiéndose.
La abuela se les acercó.
¡Mamá! ¡Pero, ¿dónde estabas?! reprochó mamá a la abuela Carmen. Nos hemos perdido, menos mal que esa vieja nos ha sacado del bosque.
¡Ay, Natalia! ¡Mira que perderte en este bosquecillo donde de niña jugabas! respondió la abuela, negando con la cabeza.
Abuela, ¿de verdad era una bruja? preguntó Iván, alucinando aún.
No, hijo, es la Pascuala. Pero tiene malas pulgas, es peor que una bruja.
Esa noche, durante la cena, Iván preguntó de repente:
Abuela, ¿y por qué esa señora se llama Pascuala?
No sé, hijo, ya de joven la llamaban así. Dicen que de niña era muy gorda y que sus padres tenían un cortijo próspero. Se sentaba en el banco de la puerta, comiendo pan con manteca, mientras los críos la miraban. Ella nunca compartía nada, y por eso no tenía amigos. Los chicos la llamaban de todo, y se burlaban:
“¡Mira, que el ombligo se te va a reventar de tanto comer!” A mí me tocó conocerla ya de adulta, tendría yo diez años y ella pasaba de los treinta. Salía con un tractorista, el Germán, más joven que ella. Se casaron. Tuvieron un niño.
Aquel año el muchacho tendría ocho años. Fue primavera, el río bajaba crecido. Los hombres bajaban la madera en balsas. Los chicos saltando de tronco en tronco, y el crío de la Pascuala era enclenque; resbaló y cayó al agua, y se lo llevó la corriente bajo la madera. Lo buscaron tres días. Lo encontraron mucho más abajo.
Pascuala perdió la cabeza. Germán se dio a la bebida. En invierno lo hallaron muerto, helado cerca del monte. Pascuala salió del manicomio y se quedó sola, ya más de cincuenta años vive así, sin hablar con nadie. Solo una cabra, y recogiendo hierbas medicinales. Si la buscas para un remedio, ahí está.
La abuela calló. Mamá empezó a recoger la mesa.
Pocas veces la vida da tregua dijo mamá, pensativa. Y hasta Iván sintió compasión por Pascuala.
Llegó septiembre con un sol limpio, el ambiente fresco por las mañanas y cálido a medio día, como en verano, y el bosque se vestía de colores fuego y púrpura. Las patatas ya estaban recogidas. Iván llevaba dos semanas en el colegio. Jamás olvidaría aquel primer día: la maestra, doña Pilar, tan buena y tan estricta, lo tomó de la mano para entrar en clase porque era el más bajito de todos.
A los de primero no se les ponían notas, pero la seño Pilar siempre lo elogiaba, decía que trabajaba mucho, aunque tenía que practicar la letra. Hizo amistad con dos vecinos del pueblo, Pablo y Lucas, que iban a segundo. Cruzaban juntos el descampado para ir a casa, acortando camino por la huerta de Pascuala. Algunas veces lo recogían mamá o la abuela.
Un día, Iván tuvo suerte: la maestra le puso dos estrellas rojas en el cuaderno y lo inscribió en la biblioteca. Le prestaron un libro titulado La palabra mágica. Estaba exultante cuando salió de la escuela. Pablo y Lucas tenían otra clase y fueron juntos, Iván volvió solo, por el solar lleno de chatarra y basura. Tenía que escoger bien el paso.
De repente oyó un ruido extraño. Miró al frente, y se quedó paralizado. Una manada de perros estaba ante él, muchos. Iván dio un paso atrás y quiso huir, pero ya le habían rodeado. El más grande se acercó, enseñando los dientes. Iván gritó, sin oír su propia voz. El perro se lanzó. Se protegió con la mochila, pero el animal la arrancó, la destrozó. El niño cayó y se tapó la cabeza con los brazos, pero unos dientes se le hincaron en el hombro y perdió el sentido.
Iván no vio cómo una figura encorvada y con una pala cruzaba corriendo el huerto: era Pascuala, que saltó la valla como pudo y empezó a azuzar a los perros a palazos. Los perros, sorprendidos, dudaron un instante, pero eran muchos y ya habían olido sangre. Rodearon a la vieja y al niño. Pascuala se volvió fiera, gritándoles con voz áspera y blandiendo la pala, hasta que el jefe saltó sobre su espalda y la mordió en el cuello. Ella, perdiendo la conciencia, se derrumbó sobre el niño, cubriéndole con su cuerpo y su falda larga.
A esas horas el pueblo estaba vacío; la gente joven en la escuela, los adultos en el campo o la granja. Pero justo entonces pasaban por allí el veterinario y su ayudante, volviendo de la capital. Al acercarse por un camino notaron movimientos extraños en el solar de Pascuala.
Rubén, para junto al huerto de la Pascuala, ¿qué pasa ahí?
Rubén giró el coche y se acercaron. Al bajarse, la escena era espantosa: la manada ante ellos, todo ensangrentado. Cuadernos y libros, desparramados. Pascuala yacía boca abajo, el brazo reducido a hueso; el perro mayor le mordía el cuello.
Los hombres, aterrados, se lanzaron a ahuyentar a los perros a golpes, agitando palos. Las bestias se revolvían, atacaban; Rubén, con la pala ensangrentada, repartía golpes a diestro y siniestro. De repente, el macho alfa, herido, aulló y escapó hacia el bosque; la manada lo siguió.
Y entonces los hombres vieron, bajo el cuerpo de la vieja, la figura de un niño pequeño, apenas consciente.
¡Rubén, llama a una ambulancia, la vieja aguanta!
Levantaron a Pascuala y la tumbaron en la hierba. A Iván lo encontraron desmayado, blanco como la cera.
Un rayo dorado de otoño acariciaba la almohada y la naricilla de Iván cuando este abrió los ojos. Las paredes blancas del hospital imponían su seriedad.
¿Dónde estoy? pensó, mientras recobraba poco a poco la memoria. Se movió.
Su madre, sentada junto a él, se alegró muchísimo.
¡Iván, hijo, has despertado! y rompió a llorar de alivio.
Le dolía mucho el brazo y el hombro vendados. Recordó todo.
Mamá, ¿es verdad que los perros me arrancaron la mano y no podré escribir más?
No, cariño, solo la destrozaron un poco. Te han operado. Te curarás antes de casarte bromeó mamá. Dale las gracias a Pascuala. Te cubrió con su propio cuerpo. Ahora duerme…
A Pascuala la enterraron todos los vecinos. Los perros le destrozaron ambos brazos y una pierna. Su corazón de anciana no aguantó la operación.
Al día siguiente, los hombres del pueblo, airados y a escondidas de la guardia civil, mataron a toda la manada, más de cuarenta animales, que enterraron en una fosa junto al bosque. Las madrigueras con cachorros se repartieron entre las casas.
Iván solo faltó al colegio un trimestre. Su brazo respondía mal todavía, pero se esforzaba cada día. La seño Pilar lo elogiaba. Los chicos lo consideraban un héroe.
Él y su madre llevaron un gran ramo de flores al cementerio de Pascuala.
En la tablilla de la cruz se leía: Pascuala Jiménez López, que la tierra le sea leve; el día de su muerte cumplía noventa años. Mamá lloró.
¡Qué cosas tiene la vida! Gracias, Pascuala. Por el bosque, y sobre todo, por mi hijo. Que descanses.
En Navidades, durante la función escolar, cuando salió una bruja bailando alrededor del árbol, Iván se echó a llorar y se marchó del salón. Le dolía terriblemente la mano. Había recordado a Pascuala.






