Una mosca zumbaba finamente en la ventana. Iván abrió los ojos despacio. Un rayo de sol se deslizaba cariñoso por la almohada y sobre su nariz chata. Sonrió y se estiró con ese gusto dulce de los despertares de la infancia. Bajo la manta, la calidez era reconfortante. No quería levantarse por nada del mundo.
¡Mamá! llamó con timidez. Y luego, más fuerte: ¡Mamááá!
Su madre entró en la habitación secándose las manos en el delantal.
¿Ya estás despierto? ¿Por qué tanto grito?
Se acercó a la cama y le dio un suave beso en la nariz respingona.
¡Buenos días, hijo! ¡Arriba, granujilla!
Iván rodeó a su madre con los brazos por el cuello. Ella olía a leche, pan tierno y algo más, algo casero y seguro. Antes, cuando vivían en Madrid, era el padre quien lo despertaba a diario para ir al colegio. Hacían juntos unos ejercicios gimnásticos, se lavaban los dientes, se salpicaban agua y reían, mientras mamá refunfuñaba y los apuraba. Pero la vida cambió.
Una vez, el padre no fue a buscarle al colegio y se quedó esperando con el conserje hasta que cayó la noche. Su madre llegó muy tarde, con la cara hinchada y roja de llorar. Esa noche le dijo que papá ya no volvería, que ahora él era el hombre de la casa. No comprendía bien lo sucedido, pero después, por lo que oyó a los mayores, dedujo que su padre murió en un accidente de coche. Por esa desgracia unos tipos se quedaron con su piso. Pronto se mudaron al pueblo, a casa de la abuela.
El pueblo era largo, se extendía junto al río, y acababa en el bosque. Allí, cerca de la espesura, vivía la abuela Asunción; y ahora también ellos. Su abuelo había muerto cuando Iván era un crío apenas, así que él era ahora el único hombre del hogar.
Su madre y su abuela trabajaban en una granja. Iván ya sabía que era una gran casa con vacas, cerdos y hasta caballos, todo junto. Su madre le enseñó un día a los animales cuando lo llevó a su trabajo. A Iván no le gustó: el olor era insoportable. Se tapó la nariz, mientras su madre y su abuela reían divertidas.
Saltó con premura a sus zapatillas frías y corrió en pijama al patio para hacer pis. Era una mañana de domingo de agosto y el aire fresco le abrazó con su escalofrío de niñez. Aquí y allá los gallos daban la diana, y a lo lejos ladraban y aullaban los perros callejeros del caserío.
La abuela apareció saliendo del cobertizo y farfulló:
Otra vez alguien ha intentado entrar al corral de las gallinas ¿Tendremos ya algún duende por aquí?
«Pronto llegará el otoño», pensó Iván con un agridulce sentir; y deseó, de pronto, que volviese el colegio. Todo estaba listo: el estuche, los cuadernos, la mochila nueva de cuero que le parecía lo más bonito del mundo. Había aprendido a leer ese verano, escribir aún no tan bien
Desayunaron gachas y tortitas.
Iván, la abuela y yo hemos decidido ir hoy a recoger setas. ¿Vienes o aún eres muy pequeño? preguntó su madre, guiñando un ojo a la abuela.
¡Claro que voy! protestó Iván, con la boca llena de tortita y leche fría.
Salieron hacia el bosque a media mañana. La espesura, verde y frondosa aún a finales de agosto, les acogió en su fresco abrazo. Iván encontraba setas por todos lados, pero su madre le advertía: no todas son iguales; le mostraba las buenas y las venenosas. Anduvieron mucho rato. La abuela se adentró tanto que ya no contestaba a los llamados de su hija.
El sol comenzaba a caer cuando su madre dijo que debían volver. Tenían las cestas y un saco llenos de los dones del bosque. La cubeta de Iván pesaba y le hacía daño en las manos, pero no se quejó: él era el hombre de la casa. Avanzaron, pero pronto la madre dudó por dónde salir. Tomaron un camino y salieron a una zona pantanosa; volvieron y se toparon con un matorral infranqueable. El bosque los había desorientado.
¡Iván, no te quedes atrás!
Intentaron gritar a la abuela, pero el viento entre los álamos ahogaba sus voces todo el rato. La madre se sentó en la hierba, sin saber qué hacer. Pasaron unos minutos. De repente, tras de ellos, se oyó el crujir de ramas secas. Se apartaron los arbustos y apareció como surgida de su propio mito, la bruja del bosque. Una vieja encorvada, con brazos llenos de leña seca. Iván se quedó de piedra.
¿Acaso me tenéis miedo? gruñó la anciana, guiñando el ojo y enseñando la boca sin dientes. ¡Hace tiempo que ya no como niños pequeños!
Sin prestar atención al susto de madre e hijo continuó:
¿Os habéis perdido entonces? ¿Sois los de Asunción acaso? preguntó, y sin esperar respuesta, volvió a cargar la leña y caminó adelante. Desde debajo de sus pobladas cejas relució su mirada enérgica y marcó:
¿A qué esperáis con la boca abierta? ¡Seguidme de una vez!
Madre e hijo, resignados, recogieron sus cosas y siguieron a la vieja. Pronto vieron la luz: salieron a un claro desde el que se divisaba el pueblo. Allá, a la otra punta, la abuela Asunción emergía también del bosque. La bruja bufó divertida, saludó con la mano y se alejó, encorvada, hacia el caserío.
Gracias murmuró la madre, pero la vieja volvió a hacer un gesto de desprecio y desapareció deprisa, arrastrando su leña.
Se acercó la abuela.
¡Mamá, por favor, dónde estabas! reprendía la madre. Nos habíamos perdido. Menos mal que esa anciana nos sacó del bosque.
¡Ay, Natalia! ¿Perderse en este bosque? Si de niña ya lo recorrías entero
Abuela, ¿era de verdad una bruja? preguntó Iván, aún impresionado.
No, hijo, esa es la Pili la Ruda Bueno, mala leche sí tiene, como una bruja.
Por la noche, al cenar, Iván preguntó de pronto:
Abuela, ¿por qué a esa señora la llaman la Ruda?
No lo sé a ciencia cierta, pero incluso de joven la llamaban así. Dicen que de chiquilla era redondita y muy suya. Sus padres tenían tierras y ganado; ella salía con un trozo de pan untado en manteca, sentada en el banco. Los muchachos la rodeaban muertos de hambre, pero ni por asomo les ofrecía. Por eso tenía pocos amigos. Los chicos se burlaban: ¡Cuidado que esa tripa te va a estallar! ¡Se te separará el ombligo!. Yo la recuerdo ya mayor; ella rondando los treinta y pico, yo con diez. Salía con un tal Gregorio, que era tractorista, algo más joven que ella. Se casaron, tuvieron un hijo.
El niño tendría unos ocho años aquel año. En primavera, la crecida del río fue tremenda. Los hombres transportaban los troncos por el agua, y los críos correteaban saltando de uno en otro. Resbaló el hijo de Pili, cayó, y un tronco le golpeó en la cabeza. Desapareció bajo el amasijo de madera y agua. Tardaron días en encontrarlo. Pili perdió la cabeza de pena. Gregorio se echó al vino y un invierno amaneció muerto, congelado, cerca del pinar. Ella nunca volvió a ser la misma: sola, extraña, recogiendo hierbas, cuidando su cabra, apenas trataba con nadie.
La abuela calló. La madre recogió los platos en silencio.
Ay la vida nunca es generosa con todos, dijo pensativa la madre. A Iván le dio una pena honda por la Pili la Ruda.
Septiembre amanecía cada día con ese clima límpido y aire fresco: a veces escarchaba por la mañana, pero al mediodía relucía como si fuera verano. El bosque se tornaba ocre y púrpura. Ya habían recogido las patatas. Iván iba a la escuela desde hacía dos semanas. Aquella primera mañana de cole no la olvidaría jamás. La maestra le tomó de la mano para llevarle a la clase, pues era el más pequeño de los de primero.
No ponían notas aún, pero doña Carmen le felicitaba a menudo, recordándole que debía esforzarse más con la caligrafía. Se hizo amigo de dos chicos de su calle, Luis y Tomás, quienes iban a segundo. Volvían juntos siempre que coincidían los horarios; la escuela quedaba en la otra punta del pueblo y ellos le mostraron un atajo por el terreno baldío y la huerta de la Ruda. A veces, al salir de clase, le recogía la abuela o la madre.
Aquel día Iván tuvo suerte: la maestra le puso dos estrellitas rojas en su cuaderno y le dieron su carné de la biblioteca, de donde salió feliz con La Palabra Mágica bajo el brazo. Luis y Tomás aún tenían clase, así que fue solo por el descampado, sorteando montones de trastos viejos, latas y cristales. Tenía que elegir bien cada paso.
De pronto, escuchó un extraño gruñido. Al alzar la vista, vio una jauría de perros. Se echó atrás, pero ya era tarde: lo habían rodeado. Uno grande se le acercó, bajando el hocico y mostrando los colmillos. Iván gritó, sin escuchar su propia voz; el can saltó, él trató de defenderse con la mochila, pero el animal la arrancó y la hizo trizas por el suelo.
Cayó cubriéndose la cabeza, pero unos dientes afilados hundieron su hombro y perdió el conocimiento. No pudo ver cómo por la huerta iba corriendo encorvada la Pili la Ruda blandiendo una azada. De un salto salvó la valla y comenzó a golpear sin miedo a la jauría. Los perros dudaron, pero eran muchos y ya saboreaban la sangre. La rodearon, avanzaron sobre ella y el niño caído. La anciana gritaba, bramando con su voz áspera. El perro jefe saltó a la espalda curva de la vieja y le mordió el cuello. Pili, desvanecida por el dolor, calló sobre el niño, cubriéndolo con su cuerpo y su falda larga de campesina
A esas horas el pueblo quedaba casi vacío. Los jóvenes en el colegio, los mayores en la granja o en el campo. El veterinario y su ayudante volvían del ayuntamiento, trayendo noticias de un nuevo pienso y vacunas para el ganado. Al pasar por el camino vieron movimientos entre la maleza del huerto y oyeron ladridos.
¡Julián, da la vuelta a la huerta de la Ruda! ¿Qué demonios será eso?
Llegaron a la escena y quedaron helados. Los perros, al oír el motor, se tensaron. Todo estaba salpicado de sangre, cuadernos y libros destrozados. La anciana yacía de bruces, un brazo apenas un hueso. Encima de ella un perro seguía tirando de su cuello. Los hombres bajaron corriendo, dando golpes a la jauría; los animales atacaban a las piernas, saltaban al pecho. Julián cogió la azada ensangrentada y se defendió como pudo. Por el ruido, los vecinos corrían desde el pueblo, armados con horcas y escopetas, disparando al aire. El jefe de los perros huyó hacia el bosque, seguido por su manada.
La anciana se quejaba quedamente. Los hombres vieron entonces que bajo su cuerpo asomaba algo. Al apartarla, hallaron al niño pálido y cubierto de sangre, sin conocimiento
Un rayo de sol otoñal acariciaba la almohada y la nariz chata de Iván. Abrió los ojos poco a poco. Las blancas paredes del hospital impresionaban por su severidad.
¿Dónde estoy?
La mente infantil volvía despacio a la realidad. Intentó moverse.
La madre, sentada junto a él, le sonrió entre lágrimas:
¡Iván, hijo mío, te has despertado! y lloró de alivio.
Le dolía mucho el vendaje del brazo y el hombro. Iván lo recordó todo, de pronto.
Mamá, ¿los perros me han arrancado el brazo? ¿No podré escribir nunca?
No, cielo. Solo está desgarrado, pero no perdido. Te han operado. De aquí a la boda ya ni te acuerdas, bromeó su madre. Da gracias a la Ruda: te cubrió y te salvó con su propio cuerpo. Duerme, mi vida
A Pili la Ruda la despidió todo el pueblo. Los perros le habían destrozado los dos brazos y una pierna, y su corazón no resistió en el quirófano.
Al día siguiente, los hombres del pueblo, encendidos de rabia y sin decir nada a nadie, acabaron con toda la jauría. En un descampado cavaron una gran fosa y enterraron allí cuarenta cuerpos. Cerca del bosque hallaron guaridas con cachorros; los vecinos se los repartieron entre las casas.
Iván sólo faltó una evaluación en la escuela. Seguía con el brazo muy débil, pero lo ejercitaba a diario. Doña Carmen siempre le animaba, y los chicos le consideraban un héroe.
Junto a su madre, Iván llevó flores a la tumba de la Ruda. En la sencilla placa de madera ponía que su nombre real era Pilar Rodríguez García, y el día de su muerte cumplía exactamente noventa años. La madre lloró despacio.
Así juega el destino, Pili Gracias, gracias por sacarnos del bosque y, sobre todo, por salvar a mi hijo. Que la tierra te sea leve.
Llegadas las navidades, en la obra del colegio, cuando salió la bruja junto al árbol, Iván rompió a llorar y salió del salón. De repente le dolía el brazo, y en el fondo de su corazón, recordaba a Pili la RudaIván se refugió entre las sombras del pasillo, apoyado contra la pared, todavía temblando. La maestra lo encontró allí, los ojos enrojecidos, la respiración agitada.
No pasa nada, Iván le susurró. Te esperamos cuando estés listo.
Desde la puerta entreabierta, escuchó la canción lejana del resto de niños y a la bruja de cartón saltando alrededor del decorado. Afuera, el invierno apretaba; pero dentro, la escuela estaba caliente y llena de luz.
Cuando logró calmarse, Iván pensó en Pili la Rudaen sus ojos de fuego bajo las cejas, en sus manos curtidas. Había muerto como vivió: sola, incomprendida, pero valiente hasta el final. Y entonces, algo en su angustia se desató como un nudo, y se sintió menos pequeño, menos asustado.
Volvió a la sala con pasos tímidos. La función casi terminaba; los niños se tomaban de las manos para la ovación. Iván quiso aplaudir también, y entre el bullicio buscó los ojos de su madre, sentada entre el público, esperanzados y orgullosos. Le devolvió una tímida sonrisa.
Esa noche, en la cama, abrazado a su almohada, Iván recordó la huerta, la leña, el crujido de las ramas y la última mirada de la bruja del bosque. Se prometió a sí mismo no olvidar nunca a la Ruda. Cada vez que el miedo asomara, recordaría el coraje de aquella mujer.
Afuera, el frío tejía escarcha en los cristales. Pero en la almohada, sobre su nariz chata, caía otra vez el primer rayo de sol del día siguientey con él, la certeza de que, aun en la mayor soledad y el mayor peligro, podían crecer el valor, y la bondad, y las raíces profundas de la memoria.







