¡No quiero una hija paralítica! exclamó la nuera, y salió sin mirar atrás… Jamás habría imaginado lo que podría suceder después.
En un pequeño pueblo de Castilla vivía un anciano llamado Don Raimundo, un hombre sencillo que, los fines de semana, se permitía beberse un vasito de orujo blanco. Siempre había tenido un sueño: tener un perro, pero no cualquiera, sino un mastín español de pura raza. Incluso estaba dispuesto a irse hasta Andalucía, solo por conseguir el perro y llevárselo a casa.
Todo el mundo lo llamaba Don Raimundo, aunque nadie sabía seguro si era su nombre o su apellido, y a él le daba igual cómo le llamaran. Tras trabajar el huerto, Don Raimundo solía sentarse en su banco de madera a recordar tiempos pasados. A veces, los jóvenes del pueblo se acercaban a escucharle hablar de cómo era la vida en los viejos tiempos.
Había enviudado hacía ya muchos años. Su esposa, Eulalia, tenía el corazón débil. Los médicos le prohibieron tener hijos, pero ella deseaba tanto uno que se arriesgó. Cuando le dio a Don Raimundo su hijo, su salud empeoró irremediablemente. Don Raimundo la cuidó con dedicación y cariño. No le dejaba ni cargar la bolsa de leche del colmado. ¡No, mujer! le decía, ¡te lo prohibieron los médicos!
Él mismo cuidaba del niño, cocinaba y hacía todas las tareas del hogar. Eulalia se lamentaba a veces:
¡Raimundo, me dejas en vergüenza! ¡Mira que las vecinas se van a reír de esta mujer que no mueve ni un dedo en casa y tiene al marido de recadera!
Las vecinas, sin embargo, no se reían. Al contrario, le decían:
Anda, Eulalia, ¡déjanos a Don Raimundo una semanita, aunque sea, para saber lo que es ser feliz!
Eulalia solo respondía con una sonrisa. Así, con esa sonrisa, se despidió de la vida. Don Raimundo la encontró fría una mañana. Lloró desconsoladamente durante tres días, pero enseguida se volcó en su hijo.
El muchacho, justo entonces, entraba en la adolescencia, tenía catorce años. Tras pasar por la mili, se casó joven y se fue a vivir donde estaba destinado. Así fue como Don Raimundo se quedó completamente solo. No obstante, no se dejó vencer por la soledad y le gustaba conversar con los chavales en el banco frente a su casa.
Su hijo tuvo una hija, y Don Raimundo siempre estaba esperando que fueran a visitarle, pero nunca encontraban el momento: el trabajo, la distancia, cualquier excusa. Solo conocía a su nieta por fotografías.
Un día, los vecinos notaron que Don Raimundo andaba más mustio que nunca, como si le hubieran apagado la vida. Ya no se sentaba en el banco a contar chascarrillos. Al fin, descubrieron la razón: había recibido un telegrama de su nuera, informándole de que habían tenido un accidente de tráfico. Su nieta estaba grave en el hospital y su hijo había muerto.
¡Vaya desgracia, pobre hombre! decía toda la aldea. Pero, ¿qué palabras pueden consolar en semejante dolor?
Todos daban el pésame a Don Raimundo, y aunque agradecía el gesto, la pena no disminuía. Sentía un vacío tremendo, pero sobre todo por su nieta, una muchacha casi niña de quince años, que yacía en estado de coma. Toda el alma de Don Raimundo sufría por ella.
Lo que más le inquietaba era que no recibía noticias de su nuera. No respondía a cartas, ni telegramas, ni llamadas. Don Raimundo nunca había visto a su nieta en persona, pero la quería de corazón. En las fotos, la chiquilla recordaba mucho a su querida Eulalia de joven.
Cuando ya se había decidido a ir a la ciudad donde vivía su hijo, justo el día anterior a su partida, apareció un coche frente a su casa. Bajaron una camilla y, tras ellos, una mujer irrumpió en casa sin casi llamar. Al principio, Don Raimundo no reconoció a su nuera. La siguieron y dejaron a la nieta sobre el sofá, sin más miramientos.
Está paralítica de pies a cabeza. No quiero una hija así. Yo aún puedo rehacer mi vida y tener un hijo sano dijo la nuera, sin un ápice de remordimiento.
Pero yo no soy médico alcanzó a decir Don Raimundo.
No hace falta médico. Los médicos no pueden hacer nada. Solo necesita que la cuiden. Si no quiere encargarse usted, entiérrela viva, pero yo no voy a sacrificar mi vida por ella. Yo no soy su cuidadora añadió antes de marcharse, dando un portazo.
¡Ni madre eres tú! gritó Don Raimundo a su espalda.
De pronto comprendió por qué nunca venían a verle. Una mujer así solo sirve para andar de bronca en el mercado, no para compartir la vida. ¿Cómo acabó su hijo con semejante arpía? Pero ya no podía preguntárselo. Si hubiera sabido que la madre renunciaría a su hija, seguro se hubiese removido en su tumba.
Quedaron solos: Don Raimundo y la nieta. La niña, efectivamente, estaba completamente paralizada, pero Don Raimundo, acostumbrado como estaba a ocuparse de los suyos, se marcó una nueva meta: devolverle la salud.
Los médicos le dieron el alta, alegando que ya no había nada que hacer; ni entendían cómo había sobrevivido al accidente, pues sus heridas eran prácticamente incompatibles con la vida. Solo quedaban remedios de la abuela y curanderos. La curandera más cercana vivía muy lejos, imposible llevar hasta allí a una niña inmóvil, ni la mujer podía ir a casa, de tan anciana que era.
Así, Don Raimundo cogía el tren casi cada semana para traerle tisanas y ungüentos a su nieta. Pasó más de un año, y ella seguía inmóvil bajo la manta, incapaz de mover ni un dedo ni articular palabra, solo balbuceos. En ocasiones, Don Raimundo le veía la lágrima corrérsele por la mejilla, y sentía cómo se le rompía el corazón. Imaginaba que la niña añoraba a sus padres. Le leía cuentos, intentaba animarla, pero ella no podía responderle. Los dos sufrían en silencio.
Una noche, ocurrió lo inesperado. Mientras don Raimundo estaba junto a la cama como cada velada, entró en la casa una cuadrilla de jóvenes borrachos. Resulta que el abuelo había olvidado cerrar la puerta de la calle. Volvían de la verbena y, sabiendo que allí vivía una chica impedida, pensaron hacerle una broma pesada, pues, según decían, “ella solo podía alegrarse de verles”.
¡A ver, viejo! ¡Quítale la manta a tu nieta y sepárale bien las piernas! Vamos a echarlo a suerte, a ver quién empieza primero… ordenó el más borracho.
¡Por favor, solo tiene quince años! protestó Don Raimundo.
Entonces tú abre la boca, abuelete, y tómalo por tu nieta. Hoy te vamos a dar de merienda “queso fresco” tal como lo traemos de fábrica rió groseramente el muchacho mientras se desabrochaba los pantalones.
¡Un momento, que me lavo los dientes! dijo Don Raimundo, y corrió a la cocina. Allí abrió de golpe la trampilla del sótano y gritó: ¡A por ellos!
De pronto, salió disparado un gigantesco mastín español. Saltó sobre los cobardes, agarrándolos de los pantalones, a uno casi le arranca la hombría, a otros les dejo los calzones hechos jirones. Tuvieron que huir del pueblo corriendo con el trasero al aire, mientras el perro les ladraba por toda la Plazuela.
Cuando Don Raimundo regresó al cuarto, su nieta estaba sentada en la cama y gritaba por la ventana:
¡Bruno! ¡Bruno! ¡Atrápalos, abuelo, que no se te escape ninguno!
El anciano se echó a llorar de alegría. Desde aquel día, la niña fue mejorando poco a poco. Primero empezó a moverse, luego a caminar, y más tarde hablaba sin parar, compensando tantos meses sin pronunciar palabra. ¿Y de dónde salió aquel perro, os preguntaréis? Muy sencillo: Bruno, el mastín, era del hijo de Don Raimundo. Cuando sucedió la tragedia, la nuera desalmada se deshizo de la hija y también del perro, como quien tira un trasto.
Había dejado a Bruno junto a la niña, pero ni siquiera se lo dijo a Don Raimundo. Cuando la mujer se marchó, el abuelo fue a cerrar la cancela y vio allí al perro, flaco, triste y, parecería, hasta lloroso. Jamás supo que su hijo había tenido un perro. Desde ese día, no fue capaz de dejarle en la calle y lo recogió.
Bruno fue un buen amigo para Don Raimundo y para la nieta. Esa noche, sencillamente estaba en el sótano por el calor de agosto, ya que así el animal estaba más fresco durante las horas de más bochorno. Si hubiera estado fuera, aquellos canallas ni siquiera habrían entrado.
Más tarde, la nieta confesó a su abuelo que aquellas lágrimas no eran solo por echar de menos a sus padres, sino porque extrañaba al perro, que no podía entrar en la habitación. Ya no podía decírselo, pero sentía su ausencia profundamente.
Bruno, después de ahuyentar a los malhechores, volvió y lamió con ternura la cara de su pequeña dueña. También él la había echado muchísimo de menos. Desde entonces, vivieron juntos: Don Raimundo, la nieta y Bruno el mastín. De la madre no volvieron a saber nunca más.
Y así, el destino recompensó la bondad y la lealtad. Porque quienes cuidan de los más débiles, encuentran fuerzas y milagros donde nadie más los espera. El amor y la compasión pueden revivir vidas y encender esperanzas allí donde parecen apagarse.







