Para evitar la vergüenza, aceptó convivir con un hombre jorobado… Pero cuando él le susurró su des…

Para evitar la vergüenza, aceptó vivir con un hombre jorobado… Pero cuando él le susurró su petición al oído, ella se arrodilló…

¿Isidro, eres tú, hijo?

Sí, madre, soy yo. Perdona que llegue tan tarde…

La voz de su madre, quebrada de preocupación y cansancio, se perdió en el zaguán oscuro. Ella estaba allí, vestida con una bata muy usada, sujetando una vela como si le hubiese esperado la vida entera.

Isidrito, mi corazón, ¿dónde te has metido hasta estas horas? El cielo está negro como la pez, las estrellas brillan como ojos de lobos…

Mamá, hemos estado repasando con Jaime. Los deberes, la preparación… Perdí la noción del tiempo. Perdona que no avisé. Ya sabes que duermes tan poco…

¿O has ido a ver a alguna muchacha? preguntó de pronto, entornando los ojos con viveza. ¿O te has enamorado, quizás?

¡Ay, mamá, no digas disparates! rió Isidro, quitándose las botas. Yo no soy de esos que esperan las chicas bajo el balcón. ¿Quién se fijaría en mí? Jorobado, con brazos como de orangután y cabeza llena de rizos como malas hierbas…

Pero en los ojos de su madre se asomó el dolor. Ella no dijo nada, aunque veía en él no a un engendro, sino a un hijo criado entre penurias, con frío y en soledad.

Tal vez Isidro nunca fue apuesto. Apenas sobrepasaba el metro sesenta, encorvado, con brazos largos y huesudos que le llegaban casi a las rodillas. La cabeza, grande y repleta de rizos rebeldes. De niño le decían monito, duende del bosque, maravilla de la naturaleza. Pero él creció y se hizo mucho más que un hombre.

Llegaron al pueblo, él y su madre, Antonia Salgado, con solo diez años. Habían huido de Madrid de la miseria y vergüenza: el padre preso, la madre abandonada. Solo quedaban ellos dos. Solares frente a todo el mundo.

Ese Isidrillo no dura ni un invierno murmuraba la abuela Rosario mirando al chiquillo enfermizo. Se lo va a tragar la tierra sin dejar huella.

Pero Isidro no se hundió. Se aferró a la vida como raíz a la roca. Crecía, respiraba, trabajaba. Antonia mujer de corazón de hierro y manos destrozadas de amasar pan horneaba para el pueblo entero. Diez horas al día, año tras año, hasta que ella también se quebró.

Cuando quedó postrada, sin poder levantarse, Isidro fue hijo, hija, médico y niñera. Fregaba suelos, cocía gachas, leía en voz alta viejas revistas. Y cuando ella se fue callada, como viento de campo él acompañó el féretro, apretando los puños, mudo. Ya no quedaban lágrimas.

Pero la gente no le olvidó. Los vecinos trajeron comida, prestaron ropa de abrigo. Luego, inesperadamente, empezaron a visitarle. Primero los muchachos, fascinados por la radio. Isidro trabajaba en la emisora local arreglando transistores, orientando antenas, soldando cables. Tenía manos de oro, aunque no lo aparentase.

Después vinieron las muchachas. Primero a tomar un té y mermelada. Luego, a quedarse un rato más. A reír. A conversar.

Y entonces notó que una de ellas, Laura, siempre era la última en marcharse.

¿No tienes prisa? le preguntó, cuando ya todos se habían ido.

No tengo adónde ir respondió en voz baja, con la mirada hacia el suelo. Mi madrastra no me soporta. Mis tres hermanos, siempre duros y crueles. Mi padre, bebiendo; yo, de sobra. Vivo en casa de una amiga, pero tampoco será por siempre… Contigo hay silencio. Paz. Aquí no me siento tan sola.

Isidro la miró y comprendió por primera vez que podía ser necesario para alguien.

Quédate dijo simplemente. El cuarto de mi madre está vacío. Haz de él tu casa. No te pediré nada. Ni palabra, ni mirada. Solo quédate.

La gente murmuraba. Chismorreaban a espaldas:

¿Eso qué es? ¿Un jorobado y una belleza? ¡Ridículo!

Pero el tiempo fue pasando. Laura limpiaba, cocinaba pucheros, sonreía. Isidro trabajaba, callaba, cuidaba.

Y cuando nació el niño, el mundo entero cambió de sitio.

¿A quién se parece? preguntaban en la villa. ¿A quién?

El pequeño, Diego, miraba a Isidro y decía: «¡Papá!».

E Isidro, que nunca imaginó ser padre, sintió de golpe algo cálido abrirse dentro como un sol diminuto.

Le enseñaba a Diego a arreglar enchufes, pescar en el río, leer sílabas. Laura, mirándoles, decía:

Deberías buscar esposa, Isidro. No estás solo.

Eres como una hermana para mí respondía él. Primero buscaré un buen marido para ti. Luego ya veremos.

Y apareció un hombre así. Joven, del pueblo vecino. Honesto, trabajador.

Hubo boda. Laura se marchó.

Un día, Isidro la encontró por el camino y le dijo:

Quiero pedirte algo… Déjame a Diego.

¿Qué? se sorprendió ella. ¿Para qué?…

Lo sé, Laura. Tener un hijo te cambia por dentro. Pero Diego… no es de tu sangre. Pronto le olvidarás. Yo no podré.

¡No pienso dártelo!

No te lo quito, susurró Isidro. Ven a verle siempre que quieras. Solo déjale vivir conmigo.

Laura dudó, luego llamó al hijo:

¡Dieguito! Ven le dijo. ¿Con quién quieres vivir, conmigo o con papá?

El niño corrió, los ojos brillantes:

¿No podemos como antes? ¡Con los dos!

No, suspiró Laura.

¡Entonces me quedo con papá! gritó Diego. ¡Tú ven a vernos, mamá!

Y así fue.

Diego se quedó. E Isidro, por primera vez, fue realmente padre.

Pero un día Laura volvió:

Nos mudamos a la ciudad. Me llevo a Diego.

El niño lloró como cachorrito herido, abrazándose a Isidro:

¡No me voy! ¡Papá, contigo!

Isidro… susurró Laura, bajando la vista. Él… no es tu hijo.

Lo sé respondió Isidro. Siempre lo he sabido.

¡Me escaparé y volveré con papá! gritaba Diego, entre lágrimas.

Y escapó de verdad. Una vez tras otra.

Se lo llevaban, él regresaba.

Al final Laura cedió.

Que así sea dijo. Ha elegido su camino.

Y empezó otra historia.

El marido de la vecina Carmen se ahogó. Un borracho, tirano, hombre funesto. Dios no les dio hijos porque en aquella casa no había amor.

Isidro pasó a comprar leche. Luego, a arreglar la verja, el tejado. Más tarde, solo a tomar té. Charlar.

Fueron acercándose despacio, con cuidado. De adultos.

Laura escribía cartas. Contó que Diego tenía una hermanita Diana.

Tráela escribió Isidro. La familia debe estar unida.

Un año después llegaron.

Diego no se separaba de Diana. La sostenía en brazos, cantaba nanas, la enseñaba a caminar.

Hijo, le rogaba Laura, ven con nosotros. En la ciudad hay teatro, colegio, futuro…

No, negaba Diego. No dejo a papá. Y Carmen ya es como mamá para mí.

Luego vino la escuela.

Cuando los otros alardeaban de padres camioneros, guardias, ingenieros, Diego nunca se avergonzó.

¿Mi padre? decía orgulloso. Él lo puede arreglar todo. Sabe cómo funciona el mundo. Me ha salvado. Él es mi héroe.

Pasaron los años.

Carmen e Isidro se sentaban junto al fuego con Diego.

Vamos a tener un bebé, dijo Carmen. Uno pequeño.

¿No me echaréis de casa, verdad? susurró Diego.

Pero, cariño saltó Carmen abrazándole. Para mí eres como un hijo propio. ¡Siempre lo he soñado!

Hijo, dijo Isidro, mirando las llamas, ¿cómo te imaginas algo así? Eres mi vida.

Meses después nació Alfonso.

Diego le sostenía como su mayor tesoro.

Ahora tengo hermana, susurraba. Y un hermano. Y papá. Y Carmen.

Laura seguía llamando.

Pero Diego siempre contestaba:

Ya he vuelto, estoy en casa.

El tiempo pasó. Pronto nadie recordó que Diego no era de la sangre. Terminaron los susurros.

Y cuando Diego fue padre, contaba la historia del mejor papá a sus hijos y nietos.

No fue un hombre guapo decía Diego, pero en su pecho cabía más amor que en todo el mundo.

Y cada año, en el aniversario, en aquella casa se reunían todos los hijos de Carmen, los de Laura, los nietos, los bisnietos.

Tomaban té, reían, recordaban.

¡El mejor padre del mundo! brindaban los mayores, alzando las tazas. Ojalá haya más como él.

Y siempre algún dedo, apuntando al cielo, a las estrellas, al recuerdo de quien, pase lo que pase, supo ser un verdadero padre.

El único.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three × 3 =

Para evitar la vergüenza, aceptó convivir con un hombre jorobado… Pero cuando él le susurró su des…
La Tía