A Través del “No Puedo”: Las Lecciones Inquebrantables de la Abuela en la España de Posguerra – Del …

A través del no puedo, solía decir mi abuela, hay que saber actuar a través del no puedo. Tal era el lema de vida que mi abuela seguía al criar a sus hijos No podía tolerar criar a unas niñas delicadas y consentidas. ¿No puedes? Te enseñaremos. ¿No quieres? Te obligaremos.

Mi abuela era apasionada defensora de aquel lema casi militar.

De no ser por mi madre, tan despreocupada, probablemente habría sido alumna sobresaliente los diez años enteros. Pero sólo lo logré en quinto curso, allá por 1951, cuando mi madre, tras volver a casarse, se marchó durante un año con mi padrastro a Chamberí, dejándome al cuidado exclusivo de mi abuela. Ahí fue cuando, por fin, la abuela se dedicó en cuerpo y alma a mí. Y ahí pudo poner a prueba su método, sin ninguna interferencia.

Varias veces por semana me despertaba a las seis de la mañana y me obligaba a repasar las lecciones orales. Llegó a lograr lo que parecía imposible: yo, siempre despistada en geografía y ciencias naturales, ahora podía sin error señalar en el mapa todos los yacimientos minerales, centros metalúrgicos, identificar cualquier llanura o cordillera, explicar qué mares bañaban cada costa y cómo se producía la polinización y la fecundación en la naturaleza.

La abuela me enseñó a escuchar la Alborada de los Pioneros, a preparar la cartera la noche anterior y a salir al parque sólo cuando todo el trabajo estuviese hecho.

Termina lo que tienes que hacer y entonces disfruta sin miedo, repetía una y otra vez. A cada cosa su tiempo, y a jugar solo una hora.

Desaparecieron las escapadas al teatro con mi madre, ni cine, ni visitas nocturnas de amigos, ni ninguna otra frivolidad perniciosa. La vida perdió sus colores de antes, pero se tiñó de otros nuevos.

Me nació el hambre de superación. De repente, supe que no debía sentirme menos que nadie y podía incluso sobresalir. De ser una estudiante mediocre, pasé a ser notable, y, ¡milagro!, finalmente fui sobresaliente.

Cómo podría explicar lo que sentí al volver a casa con los brazos extendidos, llevando, por primera y última vez en mi vida, un diploma de honor.

No sé cómo hacerlo. No lo entiendo musitaba, agobiada por otro problema de matemáticas. ¡Eso es imposible!, exclamaba la abuela, sentándose a mi lado y leyendo en voz alta el enunciado. Aquella era la escena más dramática de mi vida por entonces, porque mi abuela, con su energía arrolladora, carecía de la más mínima paciencia.

Cuando mi confusión rozaba el límite y la voz de mi abuela despertaba a todo el vecindario, mi bondadoso abuelo salía disparado del salón al grito de: ¡Me tiro al Manzanares!. Yo lloraba en silencio, la vista perdida en el libro, y caía rendida en la cama, empapando las sábanas de lágrimas.

Y por la mañana no, esto merece un nuevo párrafo.

Al despertarme, encontraba sobre la mesa cercada al sofá donde dormía una libreta abierta por la primera página: allí, de puño y letra de mi abuela, se hallaba el enunciado del problema, y luego, como por arte de magia, tres soluciones detalladas paso a paso. La abuela ya no estaba en casa. A su lado una taza de gachas, cuidadosamente envuelta en un paño. Todo aquello parecía un cuento: no sabía si era cosa de la Princesa Rana que tejía alfombras en una noche o de duendecillos serviciales que ayudaban a un zapatero a coser zapatos.

Aquel gesto poco ortodoxo que consistía en que ella resolvía por mí el problema que yo tan sólo tenía que copiar era, en realidad, su gran hazaña educativa. El cuaderno con el problema resuelto era una señal, una prueba de que en la vida no hay situaciones sin salida y que todo se puede resolver, como en los cuentos: acuéstate, que el día siguiente traerá la solución.

El amanecer trae consejos nuevos, decía mi abuela al regresar agotada del trabajo. Me tumbaré un rato. A veces se dormía hasta el alba, sin desvestirse siquiera; y cuando yo abría los ojos, ya se había ido, pero allá, sobre el respaldo de la silla, estaba mi delantal blanco perfectamente planchado y el cuello de encaje cosido a mi uniforme. La abuela no olvidaba mis reuniones escolares y todo lo dejaba preparado.

Eso no sembró en mí ningún sentimiento de dependencia. Al contrario: me inculcó la fe de que al final todo iría bien, y aunque la vida se empeñara en lo contrario, esa fe de la infancia era más fuerte que cualquier realidad.

Por muchos años que pasen, sigo oyendo el enérgico ¡Eso es imposible! de mi abuela. Y cuando me digo: Ya está. No puedo más. Estoy agotada, resuena en mi cabeza su eco de hace décadas: Hazlo a través del no puedo.

Si alguna vez una idea luminosa me visita, es siempre en ese instante entre el sueño y el alba. Porque la mañana es una libreta en blanco con un problema resuelto, por el que la noche anterior yo había llorado a mares.

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