PECADORA (o UNA FAMILIA MUY NUESTRA) —¡Es la hija de tu antiguo amante! ¡Jamás la aceptaré! ¿Me oy…

Diario de Elena García

No voy a reconocerla jamás, ¡jamás! ¿Me oyes? ¡Es la hija de tu antiguo amante! Eso era lo que me repetía constantemente mi marido cada vez que yo pedía algo para Ariadna. La niña se refugiaba en mis brazos, sollozando con amargura. Los niños, desde tan pequeños, perciben perfectamente la actitud de los adultos. Ariadna solo tenía seis años. Comenzó a tartamudear. Y lo entendía perfectamente. ¿Cómo no iba a hacerlo?

Conocí a Lorenzo cuando él tenía treinta y yo apenas dieciséis. Durante un año entero estuvo cortejándome, siempre celoso de cualquiera que se me acercara. Un día, sin darme cuenta, me vi casada con él. ¿Y qué otra cosa podía hacer? Mejor casarme, aunque fuera con un hombre mayor, que quedarme soltera para siempre. Mi madre era una verdadera dictadora. Mi padre nos abandonó para empezar una nueva vida con otra mujer.

Durante mucho tiempo, mi madre esperó su regreso. Pero cuando aquella mujer le dio hijos, las esperanzas se evaporaron y se entregó a maldecir a mi padre con todas sus fuerzas. Lo ponía de vuelta y media frente a todos, deseándole lo peor. Así vivía yo, adolescente, entre las paredes de una casa llena de resentimiento. Solo quería taparme los oídos y desaparecer, escapar de aquel veneno diario.

Entonces apareció Lorenzo, y fue mi salvavidas. De verdad creí que lo amaba de forma absoluta, que sería un amor eterno como el mundo. Su familia también estaba destrozada; su padre lo educó solo. A su madre no la recordaba; había escuchado que desapareció tras el parto.

Lorenzo siempre esquivaba el tema cuando le preguntaban dónde estaba su madre. Al final, dejó de obsesionarse con el tema.

Tuvimos a nuestra primera hija, Catalina, y éramos tremendamente felices. Todo lo hacíamos por ella, nada era suficiente. Sentía que había conseguido por fin una familia normal. Lorenzo se desvivía por nosotras.

Cinco años después alguien llamó insistentemente a la puerta de nuestro piso. Era una joven y una niña de unos siete años. La mujer intentaba que la niña se adelantara.

-¿A quién buscáis? -pregunté, sin entender.

-A Lorenzo, -respondió la mujer, insistente.

-No está. ¿Deseas dejarle algún mensaje? -ya comenzaba a sentirme inquieta.

-Dile a ese sinvergüenza que la manutención no se ha anulado por arte de magia. ¡Le voy a denunciar! -explotó ella.

-¿Quién eres tú? -quise saber, furiosa.

-Esta es su hija. Prometió ayudar, pero no ha dado un euro, ¡mentiroso! lloró.

Fue solo entonces cuando observé que la niña, con gesto serio, tenía los mismos ojos verdes de Lorenzo.

¡Increíble! ¿Cuándo había tenido tiempo Lorenzo? Me enfurecí, aunque aquel pasado fuera previo a conocerme. Al menos podía haberlo contado… Pero bueno, un hijo ilegítimo no se cuenta así como así.

Por supuesto, no las dejé entrar. Les dije que volviesen al mes siguiente; Lorenzo estaba de viaje por trabajo, como tantas veces había pasado. Aquella escena minó peligrosamente mi confianza en Lorenzo. ¿Qué otras cosas ocultaría? Me corroía la duda.

La cabeza me llenaba de imágenes horribles cuando él no estaba. Cuando regresó de ese viaje largo, estaba decidida a pedirle el divorcio en ese mismo instante. No se puede construir una vida sobre una mentira.

Lorenzo supo convencerme. ¿A dónde vas a ir con una niña? me dijo. Aquella mujer, según él, solo quería hundirle. Que la niña se le parecía por casualidad: Hay muchas niñas de ojos verdes, Elena. No digas tonterías.

Me lo quise creer. Quizá fue un error, quizá se había equivocado de persona. Pero la duda quedó instalada.

Lorenzo seguía viajando. Yo estaba siempre con Catalina.

Un día, una amiga me invitó a su taller, donde trabajaba su hermano. Ella tenía que devolverle una suma de dinero. Al ver a su hermano, me quedé atónita. ¡Eso sí era amor! Yo, con veinticinco años y él, Ignacio, con veinte.

Lo nuestro era puro fuego. Era imposible describir lo que sentía. Volábamos juntos, el cielo bajaba a la tierra para nosotros. La vida era un torbellino.

Finalmente, me fui de casa. Catalina eligió quedarse con Lorenzo.

La locura con Ignacio duró poco más de seis meses. Un día, le conté que estaba embarazada y, para mi asombro, me pidió que volviera con mi familia. No quiero cargar con esta culpa, Elena, dijo, con fingida ternura, y me devolvió a Lorenzo como quien devuelve un objeto perdido.

Volví y pedí perdón a Lorenzo. Nuestro matrimonio era una ruina, y recoger los restos costó mucho.

A los nueve meses nació Ariadna. Lorenzo la ignoró desde el primer momento. Supo enseguida que la niña no era suya.

Catalina se fue distanciando poco a poco. Rehuía ayudar en casa, cualquier excusa era buena para marcharse en cuanto podía. Me pareció que la historia se repetía igual que con mi propia madre. Un muro, ladrillo a ladrillo.

Nunca supe si Lorenzo me amó de verdad o simplemente le repugnaba la idea de un escándalo. Jamás propuso separarnos. A veces llegaba incluso a maltratarme, pero yo siempre perdonaba pensando que, en el fondo, la culpable era yo.

Toda mi ternura era para Ariadna, la niña despreciada y ajena en nuestra casa. Catalina nunca aceptó a Ariadna como hermana, y Lorenzo se encargó bien de alimentar ese rechazo.

El día que Catalina cumplió dieciocho, se fue a vivir a una residencia de estudiantes. Antes de irse, dijo:

-Haced lo que queráis. No volveré a poner el pie en esta casa.

Aquellas palabras me marcaron, ardían como ortigas. Anhelaba recuperar el cariño de mi hija; me sentía atrapada en una telaraña de la que no sabía salir.

Tiempo después, tuve un hijo con Lorenzo. Sentía una necesidad urgente de enmendar mis errores, de calmar mis culpas aunque fuera un poco. Con treinta y seis años, el embarazo y el parto fueron terriblemente difíciles; creí realmente que iba a morir.

Esto te pasa por tus pecados, Elena. ¿Te gusta? Quizá muerte arregle todo esto. Quizá Catalina volvería, tu marido te lloraría, te perdonarían, pensaba con amargura en el hospital.

Lorenzo se alegró mucho cuando nació nuestro hijo, aunque con su toque venenoso de siempre preguntó:

-¿Seguro que es mío?

Catalina me llamó para felicitarme: Ya tenéis diversiones de sobra sin mí. Dale un beso a mi hermano por mí. Y, mamá, no trates a Ariadna como me trataste a mí. Cuídala.

Desde entonces, Catalina no volvió a pisar esta casa. Está a punto de casarse.

Lorenzo, a su manera, sigue despreciando a Ariadna: su sola mirada parece amargar la leche. No es de mi sangre, me dice con frialdad.

Al final, descubrí que aquella niña de ojos verdes, la hija extramatrimonial, era realmente hija de Lorenzo. Fui a reprocharle su infidelidad y él, tan cínico, respondió con un refrán: A puerta abierta, cualquiera entra.

Curiosamente, esa niña Marina se hizo amiga de Catalina.

Respiro hondo y sigo adelante, sobreviviendo un día más enredada en las consecuencias de la vida y mis decisiones.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one + 6 =

PECADORA (o UNA FAMILIA MUY NUESTRA) —¡Es la hija de tu antiguo amante! ¡Jamás la aceptaré! ¿Me oy…
El destino no permitió el engaño