Una mujer fue de visita a casa de su amiga, que se había casado por segunda vez: el primer matrimoni…

10 de junio

Hoy ha sido un día extraño, uno de esos que dejan un sabor amargo difícil de quitarse.

He ido a casa de mi amiga Lucía. Hace años, cuando su primer matrimonio acabó de forma desastrosa él bebía, era imposible la convivencia y acabó marchándose con otra yo estuve a su lado, sin soltarle la mano, ayudándole en todo, ofreciéndole mi hombro para llorar. De eso va la amistad, ¿no? O eso quiero pensar.

Han pasado diez años desde aquel desastre y ahora Lucía parece feliz, o al menos eso creía, junto a su nuevo esposo, un hombre de mundo, culto, con un buen puesto de trabajo, tan distinto a su primer marido. Me alegraba verla comenzar de nuevo, levantarse y tener, por fin, una casa bonita, luminosa, llena de promesas. Incluso he pasado por la pastelería para llevar una tarta y he escogido un par de detalles para celebrar el hogar que han construido.

Todo era perfecto: la decoración, el ambiente, el olor a café recién hecho hasta que, sentados a la mesa, comiendo el roscón y charlando, comenzó esa especie de juego de ingenio del marido de Lucía. Juan es rápido de palabra, siempre haciendo bromas con dobles sentidos, lanzando pullas mientras sonríe, y hoy, ese ingenio lo ha volcado sobre mí. Ha hecho comentarios sobre lo limitado de mi mundo, sobre las cosas sin importancia que lleno mi cabeza. Hasta se ha reído de que no haya leído a Javier Marías, ni a Cela, ni a tantos otros. Ha soltado que la ciencia ya se encargó de desmontar todos esos cuentos y supersticiones que suelo contar.

No ha parado ahí. Se ha reído de mi forma de vestir, de mi corte de pelo, hasta de cómo llevo las blusas, diciendo que parecen de los años noventa, todo entre risas, claro. Me he sentido paralizada, sin saber por dónde responder, perdiendo fuerzas con cada comentario. Y lo peor: Lucía, mi amiga, no sólo no me ha defendido, sino que se ha reído también, admirando lo ocurrente que es su marido.

Cuando ya no sabía cómo meterme bajo tierra, les he contado de mi gata, Rita, que adopté de la calle. Pensaba que con los animales no habría tanto problema, que así cambiaríamos de tema. Pero Juan no ha perdido la oportunidad: ha soltado que quienes recogen gatos callejeros tienen un desorden psicológico, que los gatos son portadores de enfermedades, que sólo las solteronas acaban rodeadas de gatos.

Y Lucía, riéndose aún más, como si aquello fuese el mejor chiste de la noche.

Y yo, de pronto, me he echado a llorar. Como una cría. Sin saber cómo frenar esas lágrimas humillantes. He pedido perdón, he inventado una jaqueca y me he marchado. La cabeza me palpitaba como si me la hubieran aporreado y sentía una mezcla de vergüenza y tristeza, una irritación conmigo misma por no saber defenderme, por sentirme fuera de lugar, por no haber leído ciertos libros, por mis sueños y mis tonterías de siempre

Pero ahora, escribiendo aquí, me doy cuenta de que la vergüenza no debería ser mía. Es para quien invita a alguien a su casa y permite que lo humillen delante de todos. Para quien no sabe poner límites por amor propio ni por amistad. Para quien permite que se burlen de lo que ama, de quien es. Quien exhibe la confianza de un amigo solo para dejar que otros la destruyan. Eso es una traición silenciosa. Traición es entregar a quien te es cercano al ridículo o al desprecio. Nunca lo había sentido con tanta claridad.

No sé citar a grandes autores ni maravillar con frases ingeniosas, pero sé cuándo alguien me ha fallado. Me he ido deprisa a casa, deseando llegar junto a Rita. Mi gata, que no entiende de lecturas ni de sarcasmos, simplemente se ha tumbado a mi lado en el sofá, ronroneando y así parece que todo duele un poco menos.

Ya no volveré a casa de Lucía. Al poco tiempo me enteré de que ella y Juan comenzaron a discutir y se acabaron separando, peleando por el piso. Tan inteligente y tan sagaz era él, que al final, como suele pasar, quien permite una traición termina traicionado.

Solo hubiera hecho falta cortar las bromas a tiempo, defenderme un poco, demostrar que en su casa no se humilla a la gente. Quizá entonces hasta su marido la habría respetado más

A los traidores nadie los respeta. Y siempre terminan solos.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

thirteen − 6 =

Una mujer fue de visita a casa de su amiga, que se había casado por segunda vez: el primer matrimoni…
La felicidad llama a tu puerta