¡Ay, esa abuela!, se casó y dejó heridos a sus hijos. Cada fin de semana, como de costumbre, Ala r…

Ay, esa abuela… ¡se casó y dejó a los hijos ofendidos!
Como todos los fines de semana, Consuelo fue a visitar a su madre. Su madre, Pilar, tiene ya 78 años y vive sola desde hace mucho tiempo.
En dos días Consuelo siempre consigue hacer una buena limpieza en la casa, lavar toda la ropa a mano porque ni lavadora ni agua corriente hay en el pueblo y en verano, además, se encarga del huerto.
Te deberías venir a vivir conmigo, todo sería más fácil, pobre, nunca descansas le aconsejaba Pilar.
Mamá, allí tengo mi trabajo, mi hija, mis nietas suspiraba Consuelo.
Ha vuelto Esteban, ha quitado las tablas de las ventanas de la casa. Lleva cinco años vacía desde que murió Valentina. Dice que ha estado dando vueltas por el mundo y que aquí quiere pasar el resto de su vida. Ha preguntado por ti, seguro que viene a verte le soltó Pilar.

Esteban… Estebita, fue el amor de instituto de Consuelo. Ella lo adoraba y él nunca le hacía caso. En el último curso, Consuelo hizo una locura, tiró un cubo al pozo y corrió a pedirle a Estebita que lo sacara, si no, su madre la iba a reñir.
Esteban cogió la vara y fue al pozo. Se tiró media hora peleando con el hielo, pero al final sacó el cubo.
¿Crees que funcionará la superstición? se rió al irse.
Por allí, decían que a quien te saque el cubo del pozo, será tu futuro esposo.
Pero Esteban tenía razón; la superstición no funcionó.
Se fue a Madrid, terminó la universidad, cambió mil veces de ciudad, recorrió toda España. Se casó, se divorció… y ahora ha vuelto.
Consuelo, después del instituto, estudió contabilidad en un centro cerca del pueblo. Nunca ha dejado de trabajar de contable. Se casó, tuvo una única hija, Nieves. Hace ocho años que es viuda.

Esteban se presentó una tarde. Había cambiado, claro, estaba más mayor, el pelo gris.
Sigues siendo una belleza le dijo al abrazarla.
Vaya, ahora sabes mentir. Igual que tú, paso de los cincuenta, he cambiado y estoy vieja como todos le respondió Consuelo en tono bromista.
Después se sentaron en el porche. Brindaron con un poco de licor casero de madroño. Se pusieron a charlar largo y tendido
Esteban contó que con sus dos ex esposas nunca hubo problemas: jamás se portó mal. Dejó piso y todo lo acumulado a cada una.
Tiene un hijo mayor de la primera mujer, quien ahora vive con ella en Alemania. Ella era de aquellas familias alemanas asentadas en Castilla tras la guerra.
La segunda esposa fue quien pidió el divorcio, se enamoró de otro, más joven. Esteban no quiso retenerla. No tuvieron hijos.
Esteban ya está jubilado, por años de trabajo en obras y fábricas de riesgo. Ahora quiere montar una cuadrilla con gente del pueblo y empezar a construir casas rurales y arreglar jardines, hay demanda y un capital inicial.
¿Y tú, qué tal? He escuchado que estás sola insistió Esteban.

Y Consuelo, sorprendiéndose a sí misma, le soltó todo. Parece que ese era el momento: necesitaba hablar y, tal vez, el licor hizo lo suyo.
Sola no estoy, Esteban. Mi familia es grande, pero yo aquí soy como la criada empezó Consuelo.
Nieves, mi hija, no quiso estudiar después del instituto, se casó enseguida. Trajo al marido a casa. El piso es grande, tres habitaciones, cabemos todos. Luego nació mi nieta, Carmen.
Y no sé cómo fue, pero todas las tareas domésticas se volvieron mi responsabilidad sagrada. Nieves tenía depresión y la niña pequeña.
Mi marido, buenísimo, siempre me ayudó. Nunca se quejaba de la salud, pero una mañana no despertó. Fue un golpe tremendo, pero ni tiempo de llorar tuve.
Seguí trabajando y sosteniendo la casa. Los gastos subieron, mi yerno gana poco. Todo lo que cobro lo meto en el fondo común. Esperé que Carmen creciera, que Nieves la llevara al cole y empezara a trabajar, que todo se aliviara un poco, pero Cuando Carmen tenía cuatro años, Nieves tuvo otra niña, Paula.
La mayor ya va a primaria. La pequeña tiene cinco años. Nieves sigue en casa.
Por las mañanas, desayuno para el yerno y las niñas, preparo a Carmen para el cole. La pequeña se queda con su madre, pero realmente juega sola o ve los dibujos, es una niña tranquila, la madre duerme hasta mediodía.
Yo llevo a la nieta mayor al cole y me voy a trabajar. Por la tarde hago la cena del día siguiente, ayudo con los deberes, la colada y la casa.
Intenté hablar con Nieves, que ya no soy joven y debería ayudar, pero nada, solo se queja de que está cansada con las niñas.
Al yerno le va perfecto: la suegra trabaja, hay dinero suficiente, y ni se esfuerza. El huerto del pueblo da verduras, así que ni eso falta.
Mi yerno podría ayudarme en el campo, pero claro, no tiene coche. Insinúa que le preste dinero para uno. Sabe que tengo ahorros, pero temo dar lo último y quedar sin nada. Además, ni de lejos alcanza para un coche.
Estoy agotada. Sé que soy culpable por criar una hija tan cómoda y desvergonzada. Lo sé, pero no sé cómo salir de este círculo.

Vaya historia No te comas la cabeza, Consuelo. Algo se nos ocurrirá. Venga, vamos que amanece dijo Esteban y se marchó.
El domingo por la tarde él la llevó en su coche a Madrid. Qué alegría daba traer tantos productos de la huerta. Esteban ayudó a meter sacos y bolsas en el piso.
Cuando se fue, Nieves preguntó:
¿Dónde has conocido a ese abuelo?
Consuelo le explicó que era su antiguo compañero del instituto y se puso a colocar las verduras.
Dos semanas después, Esteban volvió a mediodía y empezó a sacar las cosas que Consuelo ya tenía preparadas. Salieron del cuarto su hija y el yerno, aún somnolientos.
¿Qué pasa? ¿Qué es esto? preguntaron al unísono.
Me voy, me caso. Regreso al pueblo, voy a vivir con Esteban y compartir mi vida respondió Consuelo.
¿Pero te has vuelto loca? ¿Casarte a estas alturas? Novia sin hogar, ¡qué disparate! Y encima, ¿has hecho la comida? Tus nietas van a tener hambre, ¿no te importa? gruñó Nieves, incrédula.
A partir de ahora, hija, tus hijas y tu marido los vas a cuidar tú. Diez años viví por ustedes, ahora quiero vivir para mí. Te toca moverte un poco dijo Consuelo.
¡Traidora! Te prohíbo ver a las niñas gritó Nieves.
Por ahora ni pienso verlas, tengo mil cosas que hacer. Además, en estos años las he visto más que tú y Consuelo salió de casa.
Ya en el coche, lloró.
Igual debía haber avisado antes que me marchaba le dijo a Esteban.
Te habrían dicho lo mismo, pero con más gritos y reproches. Estas cosas hay que hacerlas de golpe, sin anestesia. Estaban demasiado pegados a ti, si no, nunca te soltarían contestó Esteban.

Consuelo puso la casa de Esteban bonita. Él le instaló baño caliente y ducha en casa. Hay que traer agua en bidones y vaciar el depósito dos veces al mes, pero ya son detalles menores.
En la escuela del pueblo le ofrecieron el puesto de encargada. Aceptó. El sueldo es menor, pero la vida más tranquila. Esteban se ocupa de la construcción con su cuadrilla, siempre hay faena.
Son felices, viven de lo más armonioso.
Al mes, el yerno llevó a las nietas al pueblo a pasar el fin de semana. Carmen contó a la abuela que sus padres discuten mucho: el papá hace la sopa, pero nada más sabe. Mamá quiere trabajar, pero no sabe dónde buscar.
El domingo el yerno quería que la pequeña se quedara más tiempo.
Consuelo no estaba de acuerdo:
Yo trabajo, Esteban igual. Los niños deben vivir con sus padres. De visita, sí, pero el día a día es cosa vuestra. Tuvieron hijos para ustedes, no para mí.
Se molestaron, pero la semana siguiente las nietas volvieron a casa de la abuela.
Solo para el finde aclaró el yerno, que también se quedó porque extrañaba la comida de la suegra.
Así es la historia.
Algunos dirán que fue dura como madre, otros que fue justo.
Cada uno tiene su opinión, ya sabes…

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¡Ay, esa abuela!, se casó y dejó heridos a sus hijos. Cada fin de semana, como de costumbre, Ala r…
Irina jamás habría esperado semejante sorpresa de su marido. Después de diez años de feliz vida en común, la familia estaba formada por dos encantadoras hijas de cinco y nueve años, que dormían profundamente en su habitación. Nicolás regresó del evento de empresa casi al amanecer. Su esposa fingió estar profundamente dormida, mientras él, al tumbarse a su lado en la cama, enseguida se quedó dormido roncando. Al levantarse por la mañana, Irina descubrió una marca de pintalabios en la camisa de su marido. En ese momento, al móvil de Nicolás llegó un mensaje. Al coger el teléfono, Irina leyó: «Buenos días, cariño». Irina se quedó paralizada de la sorpresa. Jamás habría esperado semejante situación por parte de su marido. Diez años de vida familiar feliz quedaban atrás. Habían formado una familia con dos hijas preciosas, que dormían tranquilas en su dormitorio. Irina quiso recriminarle de inmediato a su marido, pero consiguió contenerse. Fue al cuarto de baño, y mientras lloraba, empezó a arreglarse. «Lo más fácil sería montar una discusión, pensaba Irina, pero cualquier pelea podría abrirle la puerta para marcharse. Y si él se va, ¿cómo voy a criar sola a dos niñas?» Se duchó, se secó el pelo y se hizo un peinado. Después comenzó a preparar el desayuno. Nicolás se despertó casi al mediodía. —Vaya noche, cómo me cuesta levantarme —se quejó él. —Si quieres, te preparo un café —ofreció Irina con una sonrisa. A Irina le costó mucho esfuerzo fingir esa sonrisa. Tras prepararle el café, habló con su marido: —Nicolás, espero que mañana no te quedes hasta tarde en el trabajo, porque yo tengo el turno de tarde y hay que recoger a Vicky del cole. —Por supuesto, claro que sí —respondió su marido. Irina trabajaba como peluquera en uno de los salones del centro. Al día siguiente, después del turno de tarde, volvió a casa con una caja de bombones. —¿Te han dado antojo los dulces? —preguntó Nicolás. —Uno de los clientes, que siempre se corta el pelo conmigo, me ha hecho el regalo. Cestas de regalo Nicolás, al examinar la caja de bombones, comentó: —¡Estos bombones no son baratos! ¿Por qué los has aceptado? —Nicolás, ¿qué tiene de malo? No me ha invitado a salir, solo ha sido un detalle. Y ahí terminó la conversación. Días después, Irina volvió del trabajo con un estupendo ramo de flores. —¿Te los ha regalado el mismo cliente? —preguntó el marido nada más verla entrar. —Irene, ayer llegaste muy tarde del trabajo, y no te pregunté dónde ni con quién estabas. Y esto solo es un ramo de flores. Una tarde, tras acabar el turno, Irina encontró a su marido esperándola en la puerta del salón. —¿Nicolás, has dejado a las niñas solas en casa? —se preocupó Irina. —No pasa nada, ya las he acostado. He venido a recogerte en coche. —Si está aquí al lado, en cinco minutos se llega andando —protestó Irina. De vuelta en casa, Nicolás le planteó: —Irina, ¿puedo recogerte siempre después del turno de tarde? —¿Por qué? ¿Sientes celos? —Sí, lo admito, estoy celoso. Porque los hombres no regalan cosas así porque sí. —Bueno, recógeme cuando quieras. Me encanta que estés pendiente de mí. Y, siendo sincera, yo también tengo celos de tus horas extra. No vaya a ser que hayas conocido a alguien. —¡Anda ya! No necesito a nadie más que a ti. El problema en mi trabajo ya se ha solucionado, nos han puesto programas nuevos en los ordenadores y ahora me da tiempo a terminar todo en horario laboral, así que no habrá más horas extra —le aseguró Nicolás. Muy pronto, la confianza volvió a la familia. Y, aun así, de vez en cuando, al volver del trabajo, Irina dejaba sobre la mesa otra caja de bombones caros. Y cuando él la miraba con reproche, ella le contestaba sonriente: —Mis clientes me regalan estos bombones con toda la buena intención, ¿cómo no voy a aceptarlos?