Las mejores amantes son esas esposas que todos daban por perdidas Fedor siempre creyó que había te…

Las mejores amantes son aquellas esposas que hace tiempo fueron olvidadas

Cuando pienso en aquellos días, me viene a la mente cómo Álvaro siempre estuvo convencido de que simplemente no tuvo suerte con su esposa. Decía que le había tocado fría. Aunque, para ser sincero, antes era de otra manera. En aquellos años aún corría esa chispa que le hacía volver a casa corriendo, deseando verla.

No es que fuera todo mal: la casa estaba siempre impecable, el cocido nunca faltaba y la hija creció hasta el punto de que se fue sola a la universidad en Salamanca. Pero todo aquello se había convertido en rutina, una vida a base de costumbre y sin el entusiasmo de aquellos tiempos de braguitas de encaje rojo. Su mujer, Carmela, pasó sin ruido de la liga de las mujeres fatales a la liga de los dulces elefantes caseros, y Álvaro lo aceptó sin más.

De celos, ya ni se acordaba. ¿Celos de qué? ¿De compañeras de trabajo? ¿De la cajera del supermercado Día, esos sesenta y cinco kilos de estabilidad? Así que lo que antes hacía de forma discreta y escondida, empezó a hacerlo casi a cara descubierta. En la web de contactos, solo por mirar qué se ofrece, conversaciones para elevar la autoestima, salidas con amigos ya sabes, los hombres también necesitan desconectar.

Carmela alguna que otra vez sospechó algo, alguna discusión hubo, pero después todo quedaba en silencio. Álvaro interpretó aquello como una capitulación: pensó que ella había entendido su lugar.

Por eso, cuando surgió la ocasión ideal de vivir como hombre libre, Álvaro no lo dudó. Carmela tenía que irse de viaje profesional. Álvaro estaba exultante: por fin podía relajarse de verdad. Se adelantó a los acontecimientos, imaginando cómo escribiría mensajes, cómo conocería gente, cómo invitaría a alguien a tomar un café, o quizá algo más. Creía que su vida podría tomar colores nuevos.

La realidad fue mucho más gris de lo esperado. Mandó más de cien mensajes en la web de contactos, diez le contestaron, y solo cuatro conversaciones avanzaron algo. Una sólo quería hablar de criptomonedas y éxito financiero, otra era un robot, y las dos restantes se desvanecieron tras pocas frases. Álvaro se sorprendió al darse cuenta de que un hombre libre, casi divorciado, con piso propio y sueldo estable no era tan codiciado como imaginaba.

Una de aquellas noches, eliminando el historial del navegador para borrar los rastros de su vida virtual, tropezó con algo extraño sobre el viaje de Carmela. Cuanto más indagaba, peor se sentía.

El viaje existía, sí. Pero lo que no sabía era el detalle clave: en ese viaje la acompañaba un joven colega, su amante, de veintisiete años. Y no solo le acompañaba, sino que además iba todo pagado por Carmela: billetes, hotel, cena en restaurante, todo por cuenta de su tranquila, aburrida y fría esposa.

Al principio Álvaro no quiso creerlo. Luego lo aceptó y sintió una rabia enorme. Resulta que mientras él ojeaba perfiles en busca de aventuras, su dulce elefante casero vivía una vida plena, colmada de esos desenfrenos que él mismo solo soñaba.

El escándalo fue, como podéis imaginar, mayúsculo. Hubo reproches, lágrimas y largas conversaciones sobre lo que había estropeado la relación.

Muchos hombres dirán que estas mujeres merecen quedarse en la calle. Pero nadie se fue. Gritaron, lloraron, hablaron y, de repente, se dieron cuenta de que juntos era más cómodo que separados.

Curiosamente, Álvaro empezó a mirar a Carmela de otra manera. Ya no era el mueble habitual, sino una mujer con deseos y fantasías. Y, por cierto, con la habilidad de ser deseadasolo que no por él.

No me atrevería a aconsejar semejantes experimentos como receta para la felicidad matrimonial. Normalmente, acaban en divorcios, lágrimas y nervios rotos. Pero esta historia me gusta por una sencilla idea: esas esposas frías muchas veces no lo son en realidad, sólo están cansadas. Cansadas de la rutina, la indiferencia y de que hace tiempo nadie las mira como mujeres.

A veces, basta un pequeño empujón para descubrir que en casa vive una mujer mucho más ardiente de lo que imaginas. Simplemente, ardiente para alguien que sabe ver ese fuego.

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He vuelto al trabajo y por la tarde recorrí el mismo camino. Sin embargo, no pude encontrar a David.