He leído la historia de una madre soltera aquí, que decía que no sabía qué hacer y que no veía salida. Y he sentido la necesidad de contar la mía. No para juzgar a nadie, sino porque cuando tienes hijos y necesidad, no puedes quedarte sentada esperando a que el dinero caiga del cielo. A mí nadie me dio nada. Todo lo que tengo, lo he peleado yo sola.
Salí de casa con tan solo 16 años. Por cabezonería, por ingenuidad, porque pensaba que ya era mayor y que con mi novio viviríamos mejor. Nos fuimos a un pequeño estudio en Vallecas, Madrid: la cocina pegada al salón, la única habitación separada por un tabique fino y el baño, fuera, en un patiecito al fondo. No era lujoso, pero era nuestro. Dos años después, justo al cumplir los 18, me quedé embarazada de mi primer hijo. Al principio todo era normal. Él conducía un taxi, llevaba algo de dinero a casa, podíamos pagar el alquiler. No sobraba nada, pero tampoco pasábamos hambre.
Cuando mi hijo tenía casi un año, empecé a notar que traía menos dinero cada vez. Siempre tenía una excusa: temporada floja, demasiada competencia, problemas con el coche. Yo le creía. Poco después volví a quedarme embarazada esta vez de mi hija. Con apenas cuatro meses de embarazo, él simplemente se marchó. Sin avisar. Un día vino, recogió algo de ropa y se fue con otra mujer.
Lo más doloroso no fue sólo que me abandonara. Fue escuchar después a todo el mundo vecinas, familiares, gente del barrio decirme que lo veían con ella desde hacía meses, que ella lo esperaba por las esquinas, que se quedaba a dormir en su casa. Nadie me había dicho nada mientras yo estaba con él. Lo supe todo cuando ya estaba sola, embarazada y con un niño pequeño.
Él desapareció por completo. No preguntó nunca por sus hijos. No dejó ni un euro, ni para un paquete de pañales. Me senté en el suelo y lloré todo el día. Miraba la nevera casi vacía, la leche a punto de terminarse, otro bebé en camino, el alquiler tocando la puerta, sin ropa suficiente ni cuna. Lloré. Pero al día siguiente me levanté y me dije: así no puedo quedarme.
Empecé desde ese mismo piso. Pedí productos fiados en la tienda. Preparaba gelatinas, postres en vasitos, magdalenas. Los fotografiaba con el móvil y los subía a mis estados de WhatsApp y a Instagram. No mentía. Escribía la verdad: Vendo postres para poder comprar pañales y leche. La gente empezó a comprar. Algunos por pena, otros porque realmente les gustaban. Con ese dinero hacía la compra, ahorraba para el alquiler, compraba lo imprescindible.
Luego empecé también a preparar comidas por encargo: arroz, lentejas, guisos de pollo, albóndigas. Un vecino me ayudaba con las entregas en su moto y yo le pagaba cada viaje. Me levantaba a las cinco de la mañana para cocinar, con la barriga enorme y mi hijo pequeño conmigo. Hubo días tan duros que me sentaba en una silla y lloraba en silencio de puro cansancio. Pero al día siguiente volvía a encender los fogones.
Ahorraba euro a euro. Cuando ya estaba por dar a luz, mi madre me llamó y me pidió que me fuera a su casa. Que no estuviera sola. Mi hija nació allí, en el piso de mis padres en Alcorcón. Desde entonces mis padres son mi sostén. No me mantienen, pero me mantienen en pie: me ayudan con los niños para que yo pueda hacer los encargos.
Hoy mi hijo tiene 6 años. Mi hija crece deprisa. Con mi madre hemos montado un pequeño obrador de repostería. No es una gran empresa, pero tenemos un localcito, hacemos tartas de cumpleaños, mesas dulces, encargos para eventos. No somos ricas, pero no me acuesto con hambre ni me voy a dormir con la preocupación de que mañana no tendré nada que darles a mis hijos.
Sé bien lo que duele que un hombre abandone a una mujer con niños. No es justo. Pero también sé otra cosa: una no puede esperar a que venga alguien a salvarla. Nadie vino a salvarme a mí. Cuando tienes hijos, no tienes el lujo de rendirte.






