Las mejores amantes son esas esposas a las que ya nadie presta atención Fedor siempre creyó que sim…

Las mejores amantes son esas esposas que, mucho tiempo atrás, se dieron por perdidas.

Recuerdo a Javier, convencido de que lo suyo con su esposa era simplemente cuestión de mala suerte. Le había tocado una mujer fría, decía. Aunque, para ser honesto, antes era una mujer normal; pero con los años, algo cambió. Ya no brillaba esa chispa que, en otros tiempos, le hacía correr a casa antes de la hora.

En general, la vida era correcta: el piso relucía, la sopa madrileña estaba en su punto, y el hijo había crecido hasta el punto de entrar solo en la universidad y mudarse a Salamanca. Todo transcurría por inercia, sin la emoción de la época de las braguitas rojas de tul. Su esposa pasó casi desapercibida de la liga de mujer fatal a la liga de encantadora hipopótama casera, y Javier, resignado, aceptó ese cambio.

Ya no la celaba. ¿Celos de quién exactamente? ¿De las colegas del despacho? ¿De la dependienta de la esquina? ¿Celos ante esos setenta y cinco kilos de estabilidad? Por tanto, lo que antes se hacía con cautela y discreción, empezó a hacerse casi a plena luz. Visitas al portal de citas solo para ojear qué se respira, mensajes para levantar el ánimo, y salidas con amigos porque los hombres también necesitamos desconectar.

La esposa, a veces, notaba algo raro, alguna sospecha. Se enfadaba, discutía, pero al final callaba. Javier lo interpretó como una rendición: asumía su papel.

Y justo entonces, se presentó la oportunidad perfecta para vivir como un hombre libre. Su esposa recibió una propuesta de trabajo fuera: una estancia breve en Barcelona. Javier celebró por adelantado: por fin podría relajarse de verdad.

Imaginaba largas conversaciones, nuevas amistades, invitaciones a tomar un café con suspicacias, y tal vez algo más. La vida parecía llenarse de colores.

Pero la realidad fue mucho más modesta. Envió centenares de mensajes en el portal de citas, recibió diez respuestas, y de esas, sólo cuatro conversaciones prosperaron. Una le habló inmediatamente de inversiones en criptomonedas, otra era claramente un bot, y las otras dos se evaporaron al poco de intercambiar palabras. Javier descubrió, con desconcierto, que aquel hombre maduro, con piso individual y nómina estable, no era la joya que imaginaba.

Una noche, mientras limpiaba el historial del navegador, tropezó accidentalmente con algo extraño sobre la estancia de su esposa. Cuanto más indagaba, peor se sentía.

La estancia laboral sí existía. Pero había un pequeño detalle: acompañaba a su esposa un joven compañero de viaje, 27 años, amante, y no sólo viajaba con ella, sino que ella pagaba todo: billetes, hotel, y cenas en el restaurante. Todo costeado por esa esposa tranquila, aburrida y fría.

Javier primero no daba crédito. Luego, cuando aceptó la realidad, su ira fue brutal. Resultó que mientras él hojeara perfiles a la espera de aventuras, su encantadora hipopótama casera vivía una vida plena, con locuras de las que él sólo soñaba.

El escándalo, como podréis imaginar, fue de proporciones considerables. Hubo gritos, reproches y semanas de conversación amarga.

Hoy muchos hombres dirían que una mujer así hay que mandarla al fresco, pero no fue así. Gritaron, lloraron, hablaron; y de pronto descubrieron que juntos, en casa, era más fácil que estar solos.

Javier, por cierto, empezó a mirar a su esposa con ojos distintos. Por primera vez, no como el tapiz habitual de su hogar, sino como una mujer con deseos y fantasías, capaz de ser deseadaaunque no por él.

Jamás recomendaría estos experimentos como receta de felicidad conyugal. Normalmente terminan en divorcios, lágrimas y nervios destrozados. Pero esta historia me gusta por una sencilla razón: muchas veces, esas esposas frías, en realidad, no lo son tanto. Solo están cansadas: del día a día, de la indiferencia, de que hace mucho nadie las mira como mujeres.

A veces basta un empujoncito, y se descubre que en casa no vive ningún hipopótamo, sino una mujer ardiente. Solo que arde para quien sabe encender ese fuego.

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