Marina escuchó el aullido por primera vez un sábado, al regresar de su turno de noche. Largo, melanc…

María escuchó el aullido por primera vez un sábado, volviendo de su turno de noche. Largo, triste, de esos que te ponen los pelos de punta. Aparcó el coche junto a la puerta y se quedó quieta, escuchando. El lamento venía del fondo del terreno, justo donde crece el viejo almendro.

Salió del coche y lo vio. Junto a la valla, bajo la copa del árbol, estaba sentado un perro. Pequeñito, canela y tan flaco que se le marcaban las costillas. Miraba al cielo y aullaba, aullaba…

¡Eh, tú! le gritó María. ¡Fuera de aquí! ¡No despiertes a todo el vecindario!

El perro se calló, bajó la cabeza y la miró. En sus ojos había algo que hizo que María retrocediera sin querer.

Bueno, ya está dijo María, agitando la mano. No tengo tiempo para líos.

Se fue a dormir casi al amanecer, y el aullido seguía dándole vueltas en la cabeza.

¿Oíste el perro anoche? le preguntó la suegra, Carmen Fernández, cuando María entró a la cocina. Toda la noche aullando, ¡qué cruz! Yo ya pensaba que era el Toby de los vecinos, que por los muertos siempre hace lo mismo.

No era Toby respondió María. Era uno callejero. Lo vi junto a la valla.

¡Ay, por favor! se alarmó Carmen. Eso trae desgracias, dicen. Cuando un perro extraño aúlla en casa… Voy a echar sal en el patio, a ver si se va.

María no respondió. Nunca creyó en supersticiones, aunque su madre que ya no estaba en este mundo siempre le decía: Un perro no aúlla porque sí. O presiente la muerte, o la pena.

Por la noche, su marido Alberto volvió de trabajar más tarde que de costumbre, de mal humor.

Otra vez recortes dijo soltando la mochila en el suelo. Tercer despido en seis meses. Al final echamos la mitad del taller a la calle.

Seguro que no es para tanto intentó animarle María. Si eres el mejor de todos.

¡Sí, el mejor! bufó Alberto. Todos somos los mejores, y al jefe le da igual. Lo único que le preocupa es tener los papeles bonitos y su paga extra.

Cenaron en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Borja, el niño de seis años, casi se quedaba dormido sobre el plato; había corrido demasiado en el cole. Carmen tejía, con la boca apretada ya, señal de que mejor no hablar.

De nuevo, a madrugada, empezó el aullido. Largo, profundo. María se levantó y fue a la ventana. El perro seguía allí, bajo el almendro. Alberto se despertó y, medio dormido, refunfuñó:

¡Pero qué diablos! ¡Hay que echar a ese chucho!

Salió al patio en calzoncillos y zapatillas, gritando y agitando los brazos. El perro retrocedió unos metros, se sentó. Alberto le lanzó un palo que fue a caer lejos. Volvió a casa, dando un portazo que hizo temblar los cristales.

Mañana le pongo veneno, ¡se acabó! prometió.

Alberto, eso no se puede hacer… intentó María.

¡Claro que sí! le cortó él. ¡Por culpa de un perro no va a sufrir toda la casa!

María intentó dormir, pero nada. En la cabeza sólo el aullido, girando y girando. ¿Y si al final su madre tenía razón? ¿Y si viene desgracia?

Por la mañana fue a la valla. El perro dormía acurrucado bajo el almendro. Levantó la cabeza y la miró. No huía ni gruñía; sólo miraba.

¿Qué haces aquí, chico? preguntó en voz baja María. ¿Tienes casa? ¿Dueño?

El perro gimió bajito, se acercó a la valla y empezó a escarbar tierra con las patas. María se agachó y vio la pequeña excavación, señal de que llevaba rato tentando abrirse camino.

¿Y por qué quieres entrar aquí? murmuró. ¿Qué te pasa?

El perro dejó de excavar y la miró fijamente.

Vale dijo María finalmente. Espérate un momento.

Volvió con un bol de agua y los restos del guiso de la víspera. Los metió bajo la valla.

Aquí tienes. Y no aulles más, que si no Alberto seguro que cumple lo del veneno.

Así pasó una semana. Cada noche se repetía el aullido. Alberto se ponía más furioso, Carmen lamentaba los malos presagios; pero María seguía llevándole algo al perro. Aunque el animal, lejos de engordar, cada día estaba más flaco.

Oye, María le llamó la vecina Julia desde la valla. ¿Sabes de quién es ese perro?

Será callejero.

¡Claro, callejero! rió Julia. Pues hablé ayer con Sofía, la del tercer portal. Dice que ese perro vivió antes con los Gómez ¿te acuerdas de ellos?

María sí se acordaba. Un matrimonio mayor, muy educado, que hacía tiempo se había marchado; vendieron la casa a una pareja joven.

¿Y qué?

Pues que tenían un hijo. Sergio o Luis, no estoy segura. Hace un año murió, accidente de coche, atropellado por un borracho.

Un escalofrío recorrió la espalda de María.

¿Y?

Y dicen que ese perro era suyo. Se escapó después del entierro, estuvieron buscándolo semanas y nunca más lo encontraron. Ahora ha vuelto, pero la casa ya no es de ellos. Vive gente distinta, y el perro aúlla, porque echa de menos al dueño.

Patrañas de abuelita resopló María, aunque el corazón le tembló.

Por la noche María contó la historia a la familia. Alberto resopló:

¡Tonterías! Los perros no recuerdan tanto tiempo.

¿Que no? saltó Carmen. En mi pueblo hubo una vecina que tenía un perro que durante cuatro años aguardó a su hijo en la carretera. Cuando supieron que había muerto, aulló una semana hasta que se murió en el porche.

Un silencio incómodo. Borja miró a la abuela con miedo.

¿Mamá, nuestro perro también se va a morir? susurró el niño.

No es nuestro gruñó Alberto. ¡Y basta del tema!

Esa noche, María no pudo aguantar más. Cuando empezó el aullido, se puso el batín y salió al patio. El perro, bajo el almendro, aullaba como si se le fuera la vida.

¿Qué quieres? susurró María. ¿Por qué a nosotros?

El perro se calló y miró hacia la casa de los Gómez mejor dicho, al sitio donde estuvo. Gimió, como llamando a alguien.

Tu dueño no está dijo María suavemente. Ya no está. Hace tiempo.

Le acarició la cabeza. El perro permaneció quieto, cerrando los ojos… Así estuvieron mujer y perro, bajo las estrellas, en el silencio del pueblo.

Ven dijo María. Ven conmigo. Él no volverá, pero tú puedes vivir aquí, si quieres.

El perro abrió los ojos y la miró largo rato, como pensando si debía fiarse.

Ven insistió. Te prometo que nadie te hará daño.

María se levantó y caminó hacia casa. El perro fue tras ella, paso a paso, cansado. María miró por encima del hombro: ahí estaba.

Abrió la puerta.

Adelante.

El perro vaciló, cruzó el umbral.

Esa noche no hubo ningún aullido.

Por la mañana, Alberto bajó a la cocina y se quedó pasmado. En la alfombrilla, junto a la estufa, dormía el perro canela. María preparaba el desayuno.

¿Pero tú has metido ese chucho en casa? estalló Alberto.

¡Shh! le ordenó María. Vas a despertar a Borja.

He dicho que ningún perro en casa.

Y yo he dicho que se queda respondió María con calma. Y punto.

Alberto se la quedó mirando ella no era de llevar la contraria.

María, tú…

Ya lo he decidido, Alberto. El perro se queda. Si no te gusta, la puerta está ahí.

Silencio. El perro levantó la cabeza y los miró, tranquilo.

Pues que se quede se rindió Alberto, dando media vuelta para irse. Carmen, testigo desde el pasillo, negaba con la cabeza.

Ay, María, a ver, ¡por un perro!

No es un perro, mamá susurró María. No es un perro.

Le pusieron de nombre Chispa, por el color de su pelo. Borja fue el primero en hacerse amigo: resultó que Chispa sabía trucos, traía la pelota, no ladraba sin motivo. Bien educado, vaya.

El perro se adaptó rápido. Dormía en el recibidor, comía poco, pedía salir. Era el ideal. Pero tenía algo raro, como esperando algo. Se levantaba algunas noches y se quedaba oliendo la puerta.

A las dos semanas sucedió.

Alberto llegó de trabajar como una nube negra.

Nada dijo sentado en la mesa. Me han echado. Desde mañana, en paro.

A María se le heló el ánimo.

¿Pero cómo?

Recortes, eso es. Mitad del taller fuera. Y yo en la lista.

Pero si tú…

¿Yo qué? tronó Alberto. ¿El bueno? ¿El de experiencia? Les da igual. Quieren gente joven para pagarles una miseria.

Golpeó la mesa, Borja se asustó y se abrazó a María. Chispa, dormido en la esquina, levantó la cabeza.

¿Y ahora qué? susurró María. Con mi sueldo no llegamos ni a fin de semana…

Y encima la hipoteca y el coche que está a punto de romperse. El niño, la comida. No tengo trabajo ni ninguna opción.

Ya encontrarás algo intentó animarle, aunque sabía que en el pueblo eso era complicado.

¿Algo? Si tengo cuarenta y cinco. ¿Quién me va a contratar?

Unos días de pesadilla siguieron. Alberto bebía, no mucho pero sí a menudo. Se irritaba por cualquier cosa. Se peleaba con Carmen y regañaba a Borja. María iba a trabajar como si fuera un castigo, y al volver, más discusiones.

Chispa se volvió raro: seguía a Alberto por toda la casa, sin perderle de vista. Cuando Alberto bebía, Chispa se tumbaba a sus pies, gimoteando.

¡Quítame a ese perro! gritaba Alberto. No lo quiero ver.

Pero Chispa persistía.

Un jueves, María se quedó trabajando hasta tarde por el inventario. Llegó a casa a las once. Silencio absoluto; raro, porque Alberto solía ver la tele hasta tarde.

Abrió la puerta y lo vio.

Alberto estaba tirado en el recibidor, inconsciente. Una botella vacía junto a él. Chispa de pie, ladrando, arañando con las patas y tirando de la manga.

¡Alberto! corrió María.

Buscó el pulso: débil, pero estaba. Respiraba con dificultad. El olor a alcohol era insoportable.

¡Mamá! gritó. ¡Llama a urgencias!

Carmen apareció corriendo.

¡Dios mío, qué ha pasado!

¡No lo sé! ¡Corre, llama al hospital!

Chispa no se movía del lado de Alberto, gimiendo y lamiéndole la cara. María entendió que, sin el perro, quizá habría sido demasiado tarde. Los médicos luego confirmaron: intoxicación etílica. Un poco más y no lo habrían salvado.

Alberto pasó tres días en el hospital. Volvió a casa demacrado y hundido.

Perdona le dijo a María cuando estuvieron solos. No sé qué me pasó.

No digas nada le puso la mano en el hombro. Lo importante es que estás aquí.

¿Me salvó el perro? miró a Chispa, tumbado en la puerta. Recuerdo vagamente que no me dejó dormir. Quise echarlo y él arañaba, aullaba…

María asintió, no se fiaba de su voz.

Es raro siguió Alberto. Es como si supiera. Como si lo hiciera a propósito.

Tal vez sabía.

Alberto calló, luego llamó:

Chispa, ven.

El perro se acercó despacio. Alberto le acarició la cabeza.

Chispa le lamió la mano, y en sus ojos había algo nuevo.

Pasaron seis meses.

Alberto encontró trabajo, no tan bueno como el anterior, pero suficiente. Dejó de beber, se volvió más suave. Chispa pasó a ser uno más de la familia: Carmen le daba caprichos y hasta Alberto paseaba con él por las tardes.

María miraba desde la ventana cómo su marido y el perro volvían de la calle. Alberto le contaba cosas a Chispa, y el perro escuchaba en silencio.

Mamá, ¿de dónde salió Chispa? le preguntó Borja una tarde.

No lo sé, hijo respondió María sinceramente. Llegó. Se apareció cuando más necesitábamos ayuda.

¿Y ayudó?

Ayudó.

Seguro que es un mago bueno decidió el niño. Disfrazado de perro.

María sonrió. Quizá tenía razón Borja. Quién sabe…

Aquella noche María soñó: un chico joven, junto a la carretera, acariciando a Chispa. El perro gimoteaba y le rodeaba con el hocico.

Ve le decía el chico. No te preocupes por mí.

Y se disolvía en la niebla de la mañana.

María despertó con lágrimas. Fue al recibidor. Chispa dormía tranquilo, respirando despacio.

El perro abrió un ojo, la miró y volvió a dormirse.

Al desayuno, Borja soltó de repente:

Mamá, ¡Chispa se está riendo! Mira.

De verdad, la cara del perro era de satisfacción total. Como quien ha cumplido su misión.

María se agachó, le abrazó. El perro apoyó la cabeza en sus rodillas.

Te queremos mucho susurró.

Chispa suspiró, cerró los ojos, confiado.

Muy lejos, más allá de este mundo, un chico sonriente esperaba junto a un río resplandeciente. Su amigo por fin tenía un nuevo hogar y una nueva familia. Todo, al fin y al cabo, como debía ser.

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Marina escuchó el aullido por primera vez un sábado, al regresar de su turno de noche. Largo, melanc…
¡Ya eres una vieja, nuestro hijo necesita una madre joven, no una abuela! Me voy y me llevo al niño” – espetó el marido con rabia.