En la familia de Manuel y Carmen viven tres hijos: Joaquín, Lucía y Rodrigo, casi todos seguidos en edad. Residen en un chalé modesto en las afueras de Toledo y, aunque no les falta de nada esencial, a veces cuesta llegar a final de mes.
Cuando eso ocurre, el padre se sube a su viejo SEAT y sale a conducir como taxista por la noche para mejorar la economía familiar. Eso les salva de muchos apuros.
Manuel es un hombre excepcional, muy volcado con sus hijos; siempre está buscando que tengan una infancia feliz y llena de alegría. Lucía es su ojito derecho, aunque nunca deja de cuidar ni prestar atención a los chicos. Cada vez que Carmen se quedaba embarazada, él le decía:
Tú adelante, que los vamos a criar y educar a todos. Imagínate la familia tan grande que tendremos: hijos, nietos, bisnietos Cuando nos juntemos todos aquí, será una maravilla.
Pero Carmen es consciente de lo que cuesta sacar a tantos adelante, y bastante trabajo es ya criar a los que tienen. Manuel siempre la ayuda en lo que puede, cuando vuelve de trabajar lo primero que pregunta es qué hace falta hacer, en qué puede ayudar. Nunca iba a beber con los compañeros al taller tras cobrar la nómina; siempre les decía:
No os enfadéis, chicos, me esperan los peques, prometí volver pronto. Hoy toca montar el nuevo juego de construcción.
Al principio le vacilaban, pero después lo entendieron: para él, lo primero es la familia. Viendo su ejemplo, dos compañeros dejaron la bebida y acabaron siendo padres ejemplares.
Manuel intenta que sus hijos aprendan a ser responsables y buenas personas. Les enseña a defenderse, pero no a buscar pelea. Primero le compró una bicicleta al mayor, y cuando Rodrigo creció, a él también. En el patio tienen un saco de boxeo casero donde se ejercitan juntos. A veces el vecino le soltaba alguna pulla:
Manuel, ¿pretendes que tus hijos sean campeones de España?
Manuel le contestaba:
Quiero que sepan defenderse y que, si ven injusticias, ayuden al débil en vez de mirar para otro lado. Que vayan a la mili y allí demuestren que pueden ser defensores de España, no cobardes mimados a los que los padres sacan de apuros pagando fortunas. Los que crecen así, acaban sin saber buscarse la vida. Yo quiero que mis hijos sean hombres de verdad.
El vecino masculla una queja porque su hijo, al que su suegro libró del ejército, ni estudia ni trabaja, y pasa las noches vagando y llega borracho al amanecer. Aunque, pensándolo bien, Manuel cree que nos equivocamos dando tanta protección; hay que dejar que los chicos asuman responsabilidades desde jóvenes.
Cuando a Joaquín, el hijo mayor, le llega el momento de ir al ejército, Carmen se entera de que está embarazada otra vez y va al médico para pedir hacerse un aborto, pero la doctora se niega porque es demasiado arriesgado y le dice sin remedio: tendrá que tener el bebé.
Pero si ya tengo que despedirme de mi hijo para la mili, ¿ahora otro niño? protesta Carmen.
La doctora se mantiene firme, y Manuel, al recibir la noticia de su mujer entre lágrimas, se alegra como un niño:
Cariño, esto es una bendición para nosotros. No te preocupes, yo te ayudo. Los demás ya se irán y, ¿con quién nos quedamos luego? Hay que tenerlo, y si es una niña, ¿y si se llama Asunción?
Finalmente nació Asunción, alegría de su padre, que no se cansa de mirarla. La pequeña crece vivaracha y simpática, querida por sus hermanos. Pero Manuel, aunque la adora, evita consentirla demasiado.
En el patio tienen un perro viejo grande, llamado Rayo, noble con los suyos y fiero con extraños. Asunción lo quiere mucho; de hecho, le encantan todos los perros y no puede evitar acercarse a acariciarlos allá donde los vea. Lo curioso es que nunca le hacen nada y ella jamás les tiene miedo.
De pequeña, tiraba de las orejas y del rabo de Rayo, pero él lo soportaba con paciencia. Cuando la niña cumplió tres años, el perro enfermó, tal vez por comer algo malo o por un resfriado canino. Asunción fue a la caseta a buscarlo, y al no salir, entró ella, encontrándolo tumbado, moviendo apenas la cola. Lo abrazó y rompió a llorar. Manuel la sacó como pudo y prometió llevar a Rayo al veterinario en la ciudad. Lo hizo, lo medicaron y en dos días, el perro volvió a estar sano. Ella entonces, balbuceando, proclamó:
Voy a ser veterinaria y cuidaré a todos los perros.
¿De verdad, hija? ¿Me lo prometes?
Te lo prometo.
Cuando Rayo murió de viejo mientras Asunción estaba en el colegio, Manuel quería enterrarlo en el monte para que la niña no sufriera, pero Carmen le advirtió que ella no lo perdonaría si no se despide del perro. Asunción lloró desconsolada pero luego pidió escoger el sitio para enterrarlo.
Lo enterraron bajo un gran pino porque, según Asunción, le gustaba olerlo. Tiempo después, vio en internet la foto de un cachorro labrador y decidió que solo quería uno así.
Es caro, tenemos que ahorrar aparte para comprarlo le dijo el padre.
Desde entonces, cada euro que le cae en las manos lo mete en la hucha, ahorrando para el cachorro. Al ver esto, Manuel decide hacer turnos nocturnos de taxi para tener el dinero y regalarle el labrador a Asunción por su octavo cumpleaños. Le promete:
Tendrás tu cachorro, hija, te lo aseguro.
¿Cuándo, papá?
Si lo prometo, lo cumpliré.
Pero la noche siguiente, Manuel es asesinado y robado por unos delincuentes. El dolor en la familia es inmenso. Carmen envejece de golpe. Los hijos están desolados. En el funeral asiste mucha gente, incluso la prima de Manuel, muy unida a él, pregunta a una tía de Carmen si vivían tan apurados, porque parecía que tenían todo. Cuando se entera de que Manuel trabajaba de noche para comprar el cachorro labrador, dice:
Qué amor tan grande tenía por sus hijos. Los ha criado de maravilla: los chicos son fuertes y responsables, las niñas inteligentes y guapas. Qué pena que no pudo verlos siendo padres; él soñaba con una familia grande. Pero de la vida no se escapa nadie, eso está claro.
Al cumplirse los cuarenta días y visitar la tumba de Manuel, encuentran junto a la lápida un cachorro de labrador, alegre y vivaracho, que se pone a saltar y ladrar al verlos.
¡Mamá, mira, papá ha cumplido su promesa, me ha regalado el cachorro! grita Asunción, llorando de emoción mientras abraza y acaricia al perrito.
Entonces, tras la lápida, aparece la prima de Manuel, que hace como que se sorprende al ver al cachorro:
¿De dónde ha salido este milagro?
Tía Clara, ¡es papá quien lo ha mandado! ¿Ves cómo cumple siempre su palabra? Lo ha hecho posible.
Por eso vosotros, por memoria de vuestro padre, jamás le falléis: si alguna vez le habéis prometido algo, cumplidlo siempre.
Y así fue: todos llegaron a ser personas dignas, y la pequeña Asunción ahora estudia veterinaria en la universidad de Salamanca.






