A Quemarropa

A través del tiempo, recuerdo la historia de Lorenzo y Estrella, que se encontraron una noche en un elegante salón de la Gran Vía de Madrid, durante una gala benéfica.
Ambos tenían vidas que parecían completas: Lorenzo, un arquitecto respetado, casado con Isabel y padre de dos hijas, y Estrella, esposa de un inversor llamado Rodrigo, envuelta en un matrimonio de doce años tan preciso como el mecanismo de un reloj suizo.
No fue un arrebato instantáneo; más bien, un silencioso reconocimiento.
Como si fueran hechos del mismo material inflamable, que hubiese permanecido helado en una nevera durante años.
Cuando nuestras manos se rozaron al pasar una copa de vino, me di cuenta de que todo lo que había levantado casas, planos, mi vida era apenas un castillo de naipes, confesaría Lorenzo tiempo después.
La pasión creció sin pedir permiso, brotando en mensajes de madrugada y convirtiéndose en fiebre.
Comenzaron a verse en hostales baratos cerca del extrarradio, en coches, en oficinas vacías.
La traición se volvió su aire común.
La mentira, la única lengua que hablaban con sus seres queridos.
Lorenzo miraba a Isabel durante la cena y sentía que era un fantasma.
Mientras ella le hablaba de notas escolares de sus hijas, él sólo veía el perfil de los labios de Estrella.
Por su parte, Estrella dejó de dormir; se sobresaltaba ante cada llamada de Rodrigo, odiándolo porque era bueno, porque no había nada que reprocharle.
El amor que compartieron era como una anestesia sin operación: glorioso en el momento, pero cuando pasaba el efecto, la realidad cortaba sin piedad.
Lo oculto se hace visible, pero en este caso no sólo salió a la luz, explotó.
La familia de Lorenzo:
Una foto accidental en el móvil.
El grito de Isabel, grabado para siempre en la memoria.
Hijas que dejaron de buscarle la mirada.
Se marchó con una maleta, abandonando detrás los escombros de lo que parecía una fortaleza.
La familia de Estrella:
Ella confesó.
No pudo seguir fingiendo.
Rodrigo no alzó la voz.
Simplemente puso sus pertenencias fuera y cambió las cerraduras esa misma noche.
Un final frío, calculado.
Obtuvieron lo que querían: estar juntos.
Sin esconderse, sin mentiras.
Pero pronto descubrieron que su pasión vivía del secreto.
Cuando las paredes desaparecieron, desapareció también el deseo.
Permanecían en un piso alquilado, vacíos, dos personas que habían perdido todo: reputación, la confianza de los hijos, el respeto de los viejos amigos.
Se amaron a través.
La bala pasó por sus antiguas vidas y salió al otro lado, dejando sólo un soplo de aire.
Sentados en la semioscura del piso de alquiler, cajas sin abrir en el suelo, una sola taza compartida y un cenicero rebosante de colillas, fuera la lluvia lavaba el brillo de Madrid, ese decorado que antes fue el escenario de su gran drama.
Lorenzo miraba a Estrella.
Sin el cosmético profesional, sin la luz de los restaurantes caros, parecía frágil y translúcida.
¿Te arrepientes?
preguntó ella a media vuelta, con voz seca como papel viejo.
Lorenzo guardó silencio, sólo escuchando el zumbido del frigorífico.
No sé cómo se llama lo que siento, Estrella.
No es arrepentimiento.
Es como si me hubieran amputado las piernas y me dijeran que puedo correr donde quiera.
¿Te ha llamado Isabel?
se giró finalmente, abrazándose a sí misma.
No.
Me llamó el abogado.
Me dijo que Alicia no quiere que vaya al cumpleaños de la pequeña.
Dicen que mi presencia traumatiza el ambiente.
¿Te imaginas?
Definen mi vida como un entorno traumático…
Estrella soltó una risa amarga y se acercó a él, apoyando la frente sobre su hombro.
Rodrigo ayer transfirió el resto de mi dinero a una cuenta aparte.
Lo llamó indemnización por doce años de lealtad.
Ni siquiera está enfadado, Lorenzo.
Me borró como una errata del contrato.
¿Esto es lo que queríamos?
Lorenzo le sostuvo el mentón, obligándola a mirarle a los ojos.
¿Esta libertad?
Queríamos estar juntos susurró ella.
Pero olvidamos que ese nosotros sólo existía en los huecos de nuestras vidas verdaderas.
Ahora…
sólo tenemos eso, y es tan frágil, Lorenzo.
No sostiene paredes.
Antes, tu voz me hacía perder el aire le rozó la mejilla.
Ahora, oigo en ella el llanto de tus hijos.
Y cuando te miro, veo el silencio de tu casa vacía.
Se quedaron callados.
La pasión que antes arrasaba todo, ahora no calentaba más que una brasa casi extinguida.
Habían atravesado sus vidas y el viento frío de la realidad silbaba por las grietas.
¿Podremos soportarlo?
preguntó ella en voz baja.
Habrá que hacerlo respondió Lorenzo, mirando el vacío del pasillo.
Pagamos demasiado caro para admitir que no se puede sembrar jardines en el humo.
…Un año después, su vida era una rehabilitación tras un accidente grave, no un triunfo del amor.
La pasión que fue su combustible se había consumido, dejando sólo la ceniza rutinaria.
Seguían juntos, en el mismo piso.
Pero ahora había cortinas, alfombra y olor a guiso corriente; detalles que intentaban disfrazar la vacuidad.
Lorenzo, encanecido, se ataba la corbata ante el espejo.
Trabajaba en un pequeño despacho (sus antiguos socios le pidieron discretamente que se marchara tras el escándalo), ganando lo justo, pero sin entusiasmo.
Estrella, en bata, entraba a la cocina.
Ya no era aquella mujer misteriosa de la gala.
Era más silenciosa, una sombra de quien fue.
¿Hoy llegarás tarde?
le preguntó sirviendo café.
Sí, tengo que ir a una obra en Alcalá de Henares.
Y…
Lorenzo dudó prometí entregar la manutención en persona.
Isabel me dejó estar con la pequeña en una cafetería, media hora.
Estrella se detuvo con la tetera en mano.
Era el momento invisible, aquel que nunca mencionaban pero siempre estaba entre los dos, separando sus existencias.
Está bien dijo únicamente.
Salúdala…
no, mejor no digas nada.
Al volver, Lorenzo encontró el piso a oscuras, solo el televisor encendido sin sonido.
Estrella estaba en el sofá mirando las luces de Madrid por la ventana.
¿Cómo ha ido?
preguntó sin mirar atrás.
Ha crecido la voz de Lorenzo se quebró.
Lleva nuevas horquillas.
Me llamó papá, pero me miraba como a un conocido del portal.
Educada.
Lejana.
Se sentó frente a Estrella.
¿Sabes qué es lo más duro?
Me he sorprendido deseando regresar.
No a Isabel, no.
Sino a cuando era entero, cuando no era este hombre que destruyó dos hogares por…
No le salieron las palabras.
Por ti flotó, agudo y duro.
Estrella se levantó despacio, apoyó las manos en sus hombros.
No era el abrazo de una pasión, sino el de dos náufragos.
Nos hemos convertido en monumentos de nosotros mismos, Lorenzo dijo en voz baja.
No podemos separarnos, porque entonces todo esto la traición, el dolor de los hijos, el nombre perdido sería en vano.
Estamos condenados a ser felices.
Es nuestra cadena perpetua.
Lorenzo cubrió su mano.
A través susurró.
La bala se fue, pero la herida nunca cicatrizó.
Solo hemos aprendido a caminar con ella.
Se quedaron juntos en la penumbra, aferrados no por amor sino por miedo; miedo a que, si soltaban, se desintegrarían en polvo sin camino de regreso.
…Pasaron cinco años.
Un encuentro casual ocurrió en el vestíbulo del nuevo centro teatral en Salamanca, proyecto que Lorenzo inició en su anterior vida y otros terminaron.
Lorenzo y Estrella estaban junto a la ventana panorámica, con copas de vino barato.
Parecían una pareja de mediana edad, respetable pero cansada.
Y entonces, se abrieron las puertas del ascensor.
Salieron ellos…
Isabel, la ex esposa de Lorenzo.
No parecía derrotada.
Al contrario, irradiaba una seguridad nueva, casi acerada.
A su lado, un hombre robusto y calmado, la sujetaba del brazo como si fuese su mayor tesoro.
Rodrigo, el ex marido de Estrella.
Caminaba un paso adelante, discutiendo con la hija de Lorenzo la pequeña, ya convertida en una adolescente guapa y desgarbada.
El mundo se cerró de golpe.
Cuatro destinos, congelados en el mismo punto.
Lorenzo bajó la mirada primero.
Vio a su hija reír con Rodrigo, aquel rival convertido, por lo visto, en alguien en su casa.
Fue un golpe silencioso, devastador.
Estrella palideció.
Miraba a Rodrigo, que parecía más jóven que cuando se despidieron.
Sus ojos no tenían rastros de aquel dolor que le dejó.
Solo olvido, la ofensa más brutal para quien creyó que su infidelidad era destino.
Ellos no solo sobrevivieron sin nosotros pensó Estrella.
Se volvieron mejores.
Isabel vio a Lorenzo y Estrella, y no apartó la mirada.
Asintió apenas, ese gesto distante que se hace a conocidos cuyo nombre cuesta recordar.
No era perdón; era algo más frío: indiferencia.
¿Papá?
la joven se detuvo al ver a Lorenzo.
La alegría de su cara se transformó en una máscara cortés.
Hola.
Hola, cielo la voz de Lorenzo se quebró.
¿Tú…
tú aquí?
Sí, Rodrigo nos invitó.
Mamá quería ver la obra dio un paso atrás, acercándose a Isabel y Rodrigo.
Más cerca de su verdadera familia.
Rodrigo miró a Estrella un instante, dos.
Sin rastro de aquella pasión devastadora.
Buenas noches dijo seco, y al tomar el hombro de Isabel añadió.
Vamos, que empieza la función.
Pasaron junto a ellos.
El perfume caro de Isabel flotó un segundo, luego fue reemplazado por el olor a polvo y maquillaje del teatro.
Lorenzo y Estrella permanecieron junto al ventanal.
Son felices dijo Estrella, con voz muerta.
Sin nosotros.
Construyeron algo real sobre nuestras ruinas.
No, Estrella Lorenzo dejó la copa en el alféizar.
Le temblaba la mano.
Los que estamos en las ruinas somos nosotros.
Ellos simplemente se mudaron a otra construcción.
Miró sus manos.
Las mismas con que alguna vez dibujó grandes edificios, y con las que destruyó la vida de la mujer que tenía al lado.
Comprendieron lo esencial: ese amor a través no fue el inicio de una nueva vida, sino la operación quirúrgica por la que fueron extirpados de las vidas de quienes en otro tiempo amaron.
Los pacientes sanaron y siguieron adelante.
Y los cirujanos quedaron en el quirófano, sin saber qué hacer con sus manos ensangrentadas.

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