Tengo 39 años y por primera vez en mi vida admito algo que me cuesta decir en voz alta: lamento no t…

Tengo ya treinta y nueve años y, por primera vez en mi vida, acepto algo que siempre me costó admitir en voz alta: me pesa no haber tenido hijos. No porque no quisiera ser madre, sino porque siempre esperaba el momento adecuado y al hombre correcto. Durante más de quince años construí relaciones con la convicción de que, si ese hombre que tenía a mi lado no era el ideal, no merecía la pena traer un hijo al mundo. Y así, dejaba que el tiempo se escapara entre mis dedos.

Mi primer noviazgo serio comenzó cuando tenía veintidós. Duró casi cinco años. Vivíamos juntos, hablábamos de boda, de familia, del futuro. Pero cada vez que sacaba el tema de tener hijos, él cambiaba de conversación. Decía que quería primero estabilidad, viajes, ahorros, disfrutar un poco más. Yo me adapté. Me convencí de que tenía tiempo. Cuando terminó aquella relación, me repetía a mí misma que era mejor no traer un hijo a una pareja que no funcionaba.

Después, me casé. Tenía veintinueve y pensé que por fin era el momento. Pero ese matrimonio no llegó a los tres años. Descubrí infidelidades, mentiras, deudas ocultas. Salí de allí sin niños, sin responsabilidades, sintiéndome libre, aunque también con un vacío difícil de explicar. De nuevo, me decía, casi a modo de consuelo, que hice bien en no quedarme embarazada de alguien que no lo merecía.

A los treinta y tres tuve otra relación seria. Él quería hijos, pero no compromiso. Esperaba que yo me acomodara a su vida, a su horario, a su manera de ser. Cuando le hablaba de formar una familia de verdad, me respondía que cuando tocara en la relación. Me fui. Y otra vez me quedé sola, convencida de que tomaba las decisiones sensatas.

Hoy, a mis treinta y nueve, no tengo hijos. No tengo pareja estable. Tengo empleo, independencia, mi propio rincón en Madrid. Pero hay noches en las que llego a mi piso, dejo el bolso en el sofá y el silencio pesa demasiado. Veo a mis amigas hablar de colegios, deberes, vacunas, de las complicaciones de la adolescencia, y aunque sé que no es sencillo, percibo algo que yo no tengo: alguien que las llama mamá.

Ahora, pienso en algo que nunca me dejé considerar antes: podría haber sido madre soltera. Podría haber dejado de esperar al hombre perfecto y haber decidido ser madre por mi cuenta. Podría haber formado mi familia de otra manera. Pero me empeñé tanto en hacer todo correcto, que al final no hice nada.

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Tengo 39 años y por primera vez en mi vida admito algo que me cuesta decir en voz alta: lamento no t…
El hombre de mis sueños dejó a su esposa por mí, pero no sabía lo que me esperaba.