—¡Vaya, Carmen! —exclamó Lucía, la vecina del piso de arriba, mientras colgaba su abrigo sobre la silla. —¿Te has puesto a pasear con la cabeza en las nubes? ¿Te has cansado en el curro o qué?
—Ay, Lucía, ni me había dado cuenta de que estabas aquí —repuso Marta, perdida en sus pensamientos. —Este mes el dinero se nos ha esfumado como humo. A Eulogio le han hecho una fiesta de fin de curso, a Julieta le han comprado unas cosillas. Antonio ha transferido la pensión, han pagado la hipoteca y ¡listo! —se quejó Marta.
—¿Ya os habéis gastado todo el aguinaldo? —preguntó Lucía con una sonrisa.
—¿Qué aguinaldo? —se sorprendió Marta.
—Te han enviado el certificado del despacho central, y con él la bonificación. A mí me llegó el año pasado, igualito. —dijo Lucía.
—¿En serio? —murmuró Marta, desconcertada.
—Seguro que se te olvidó decirlo, hombre tan discreto, no se vanagloria. ¿Has visto cómo ha subido el azúcar? ¡Qué locura, van al alza los precios! Ni salario ni bonificación van a alcanzar —cambió de tema Lucía, sospechando que algo no cuadraba.
Las dos siguieron charlando un rato junto al portal y, finalmente, se despidieron. Marta volvió a su piso con una mezcla de dudas y sospechas. Siempre le había parecido que ella y su marido no tenían secretos. Pero ahora se daba cuenta de que Antonio no había mencionado ni el certificado ni la bonificación. Lo que más le dolía era la sospecha de que lo había hecho a propósito, como si tuviera algo que ocultar…
Todo el día Marta se sumergió en conjeturas. La hipótesis más viable, a su parecer, era que su marido tendría una amante. Decidió, sin embargo, no alimentar más su imaginación y preguntar directamente a Antonio al caer la noche, preparada para lo peor.
Cuando Antonio llegó del trabajo, Marta le sirvió la cena y, sin rodeos, le lanzó la pregunta:
—¿Y la bonificación?
—Sí, Marta, la bonificación existió —murmuró Antonio, inclinando levemente la cabeza.
—¿No vas a contarme nada más? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
—No la gasté en mí, no lo malinterpretes. Simplemente Lucía quiso este verano una bicicleta nueva. No pude negarme. Apenas la vemos, y yo tengo que compensarlo… —explicó Antonio.
—¿Así que mi presencia en tu vida es tan insignificante que ni siquiera consideras mi opinión? —exclamó Marta, sintiendo cómo la ira le sacudía la garganta.
En realidad lo que más le dolía no era ella, sino sus hijos…
Cuando Marta conoció a Antonio, él llevaba ya un año de divorcio. De su primer matrimonio le quedó una hija, Lucía. Al principio Marta nunca se opuso a que su marido mantuviera contacto con la niña. Lucía venía a casa, pasaban vacaciones juntos, Antonio pagaba la pensión y, de vez en cuando, le compraba alguna cosilla que ella solicitaba.
La niña creció consentida y exigente, pero Marta nunca se metía en su educación. “Los padres saben lo que hacen”, solía decir. Si Antonio pedía consejo, ella lo ofrecía; si él elegía otro camino, ella aceptaba sin resentimientos.
Marta ya tenía suficiente con sus dos hijos nacidos dentro del matrimonio. Eulogio, de once años, había terminado la primaria ese mismo año; la pequeña Nerea, de siete, se preparaba para entrar en primero en otoño.
Los gastos del verano se volvieron colosales. Además de la compra habitual de alimentos, hubo que pagar la hipoteca, el regalo de fin de curso para Eulogio, y el frigorífico se averió. Intentaron repararlo, pero el presupuesto de la reparación era casi el mismo que el de uno nuevo.
Marta apretó cada céntimo. Pidió prestado un poco a su hermana para aguantar hasta el próximo sueldo. La bonificación habría cubierto todo sin que tuviera que recurrir a deudas.
Y entonces, en el pico de la temporada, Lucía exigió una bicicleta de gama alta, el modelo que había visto en el vlog de su youtuber favorito. Los precios estaban por las nubes.
—Mira, Marta, no podía negarme —intentó justificarse Antonio.
—Nadie dice que debas decir sí a todo. Podrías haber esperado, buscado una alternativa más barata, pedir ayuda a la familia de Lucía… Podríamos haberlo hablado juntos —sugirió Marta, bajando la voz para no despertar a los niños.
—Si no lo compraba, Lucía se habría enfadado —repuso Antonio.
—¿Entonces su amor depende de que le compres todo sin preguntar? Es manipulación, Antonio.
El silencio se posó sobre la cocina como una niebla. Después de meditar un momento, Antonio añadió:
—Pero también le compramos una bicicleta a Nerea, y a Eulogio le dimos patines.
—Sí, la bicicleta la conseguimos de segunda mano por una pezada. La mayor parte del dinero para los patines lo aportaron mis padres; nosotros sólo pagamos el casco y las rodilleras —explicó Marta.
—¡Vamos a contar! —exclamó Antonio, irritado.
—No se trata de cuentas, sino de que has adquirido una bicicleta cara sin mencionar la bonificación. Nuestros hijos saben ceder, no alzar sus “quiero”. Nerea pidió una muñeca Barbie y yo no la compré; ella no se enfadó, ya es mayor y comprende. Lucía, con quince años, también debería entender que la confianza no se basa en compras impulsivas que perjudiquen a los demás —replicó Marta, levantándose de la mesa, sin fuerzas para seguir discutiendo.
Cayó sobre el sofá del cuarto de los niños, verificó que Eulogio y Lucía dormían, y se dejó caer a su vez. El sueño no llegaba, pero escuchaba a Antonio preparando café en la cocina, tosiendo, suspirando, y subiendo al balcón a fumar un cigarrillo.
A la mañana siguiente Antonio ya estaba en el baño. Marta no sabía si había dormido o no. El desayuno se consumó en un silencio inusual; Antonio no inició conversación y Marta no encontró tema del que hablar. Los niños también estaban callados. De repente, la atmósfera del piso le pareció extraña, incómoda. Antonio desayunó y, sin decir palabra, salió al trabajo.
Al atardecer se repitió la escena. La familia cenó en silencio; los niños apenas murmuraban entre ellos. Cuando Marta lavaba los platos, Antonio se acercó y, en voz baja, dijo:
—Marta, mañana trabajo. No estaré. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió ella, intentando no agudizar la tensión.
Marta había pensado en ir al bosque a buscar setas el fin de semana, pero los planes se desvanecieron y tendría que pasar los días en casa. El sábado, mientras Antonio ya había salido, Marta se reprochó a sí misma el haber aceptado esa situación. Sentía que la confianza en su familia se había roto para siempre.
—Mamá, ¿dónde está papá? —preguntó Nerea, con sus ojos grandes y curiosos.
—En el trabajo —respondió Marta.
—¿Os habéis peleado? —indagó la niña.
—No, nada —dijo Marta, intentando sonar natural—. Sólo discutimos sobre lo que comprar y lo que no. A veces los adultos se ponen de acuerdo, pero papá sigue siendo el mejor, lo sabes.
El día transcurrió con una tensión palpable. Marta intentó actuar con normalidad, ocupándose de las tareas domésticas, mientras una corriente de ansiedad recorría la casa y se filtraba hasta los niños.
Eulogio se entretenía con su móvil, Nerea dibujaba. A las siete, Antonio todavía no había llegado, así que la cena quedó incompleta, con sólo los tres presentes.
Cuando la puerta principal se abrió de golpe, la primera en reaccionar fue Nerea:
—¡Papá, ya estás! —gritó, corriendo a recibirlo.
—¡Hola, hija! —dijo Antonio, entregándole un paquete.
—¡Qué bien! ¡Gracias! —exclamó Nerea, revelando la muñeca Barbie que había pedido.
Marta se levantó, miró a su marido y respondió:
—Hola.
—Hola —replicó Antonio, con la voz seca.
—Mira, hijo, esto es para ti —le entregó una pelota de fútbol a Eulogio.
—¡Gracias, papá! —gritó el chico—. ¿Mamá, mañana jugamos en el patio con los amigos?
—Claro que sí —asintió Marta.
Al quedar solos, Antonio se sentó junto a ella y dijo:
—Marta, me han propuesto trabajos extra los fines de semana. ¿Te parece si desaparezco algunos sábados? El ingreso no estaría de más.
—Siempre que no perjudique tu salud ni a la familia, está bien —contestó ella, suavizando la voz.
—Perdóname, he sido torpe. Debería haberte consultado antes. Quiero que nosotros, Eulogio, Nerea y Lucía, seamos felices todos por igual.
—Yo también quiero esa felicidad, Antonio, pero, por favor, hablemos antes de decidir qué comprar y a quién, ¿de acuerdo? —pidió Marta.
—De acuerdo —asintió él, abrazándola.
El peso de la desconfianza siguió presente, pero Marta sabía que la reconciliación no sería inmediata. Lucía, con sus quince años, aún tendría que aprender a moderar sus caprichos. Antonio, sin embargo, había dado el primer paso hacia el cambio, y eso era lo más importante.







