La madre de Estrella murió hace cinco años. Tenía solo cuarenta y ocho. Su corazón dejó de latir mientras regaba las violetas en la cocina. Su padre, entonces con cincuenta y cinco, no lloró ni gritó. Simplemente se sentó en el sillón de su esposa y miró su fotografía, como si pudiera devolverle la vida solo con la fuerza de su mirada.
Ese día, Estrella perdió algo más que a su madre. En realidad, perdió también a su padre. Seguía en casa, en el mismo piso de siempre, pero era ya una sombra, encerrado en un capullo de dolor. El primer año fue especialmente duro. A sus veintitrés años, Estrella tuvo que ser para su padre hija, cuidadora y psicóloga. Cocinaba cocido madrileño que él no probaba, lavaba las camisas que nunca se ponía, y hablaba, hablaba sin parar, intentando sacarlo del abismo en el que se había hundido.
Pero su padre callaba. De vez en cuando respondía con monosílabos. Cada frase era como una advertencia: no te entrometas, no me toques, déjalo estar.
Entre ambos se fue creando una pared densa, gris e impenetrable…
***
El tiempo fue pasando. Vivían juntos, pero en paralelo.
Por las mañanas se encontraban en la cocina, se marchaban, y al regresar por la noche volvían a coincidir ahí antes de retirarse a sus cuartos. Conversaciones mínimas, ninguna convivencia.
Estrella dejó de insistir en cuidar a su padre. Él, en el fondo, lo agradeció, y poco a poco ambos se acostumbraron a esa nueva realidad.
Sin esposa… Sin madre…
***
Con los meses, el padre comenzó a revivir.
Sonreía a la vecina, que a menudo les traía deliciosas empanadas. Volvía a salir de pesca con algún amigo. Recuperó el portátil y sus películas favoritas.
Estrella dejó de ver en su figura encorvada la desesperación de antes y pensó que lo peor ya había pasado. Incluso se atrevió a irse durante todo el verano, pues le habían ofrecido un trabajo en un balneario.
Cuando regresó, le esperaba una gran sorpresa.
***
Su padre anunció que se casa.
Lo soltó nada más cruzar Estrella el umbral de su casa, con voz firme y tranquila, como si no quedara nada por decidir.
Pasaron a la cocina y él se sentó enfrente.
He conocido a una mujer dijo, sonriendo . Se llama Consuelo. Vamos a casarnos.
A Estrella la invadió un frío repentino. No era porque su padre hubiera encontrado a alguien. Al contrario, incluso le alegraría verle recuperar la alegría. Pero estalló en su cabeza una alerta roja: ¡El piso!
¡Su piso! Donde creció, donde aún permanece la máquina de coser de su madre, y en el armario su taza favorita. No esa otra, que una desconocida dejó sucia en la mesa…
Estrella la miraba con desdén.
Papá comenzó, buscando las palabras , ¿no crees que es demasiado rápido? ¿La conoces bien? ¿Dónde vais a vivir? No me digas que aquí… Este piso no es solo tuyo, también era de mamá…
Su padre alzó la vista despacio. En sus ojos solo había cansancio y un desprecio helado.
Ah, ya veo murmuró. Has empezado pronto. Y eso que sigo vivo… Es algo prematuro para estar repartiéndolo todo.
¡No estoy repartiendo nada! Solo quiero claridad saltó Estrella . Es lógico, ¿no? Tendrás una nueva familia y yo… ¿Qué haré yo si pasa algo?
Ya pensarás qué hacer llegado el momento respondió él, serio, retirándose a su cuarto.
***
Consuelo apareció unos días después. Alta y elegante, sus ojos tristes eran casi transparentes de lo mucho que miraban. Era educada hasta resultar empalagosa.
Estrellita, entiendo tus sentimientos decía . Créeme, no pretendo nada. Tengo mi propia vida, mi propio piso. Simplemente quiero a tu padre.
Consuelo intentaba ser amable, pero… ¡sus preguntas!
¿Vuestra casita está lejos de Madrid? preguntaba con inocente curiosidad ¿Hace mucho que tienes este piso? Los pisos de época suelen revalorizarse mucho…
Además, creía que hablar de herencias antes de tiempo era inapropiado y solo hería al padre, haciéndole sentir que no era necesario.
Tras su visita, las dudas de Estrella se multiplicaron. Estaba segura de que esa mujer era calculadora, que buscaba algo. Las relaciones entre padre e hija, ya complicadas, se rompieron del todo. Estrella veía en él a un anciano susceptible, cegado por la pasión tardía, dispuesto a entregarlo todo a cualquiera. Él, sin duda, la veía como una hija codiciosa y desconfiada, despreocupada por su felicidad.
Cada conversación se convertía en batalla. El padre defendía su derecho a una vida personal. Estrella insistía en su derecho a un futuro tranquilo. Se herían, sin saber que el daño era mutuo.
***
Por fin, Estrella no pudo más y propuso ir juntos a la notaría para zanjar el asunto de la propiedad.
A él le costó aceptar, pero al final, suspirando, cedió.
De acuerdo dijo con tristeza , que sea como tú quieras.
Camino de la oficina notarial ambos guardan silencio. Estrella retuerce el bolso, preparándose para la pelea…
En el despacho reina una calma incómoda. El padre se sienta apartado, las manos en las rodillas, rostro impenetrable.
La notaria, una mujer de pelo blanco y gesto severo, abre la carpeta.
Bien, estamos aquí para… comenzó con tono profesional.
Espere la interrumpe el padre. Su voz es suave, pero tan firme que Estrella se estremece , estoy aquí por otra razón…
Le tiende un documento.
Aquí está.
La notaria se pone las gafas, lo lee, y pregunta sorprendida:
¿Está seguro? Es un contrato de donación. Transfiere toda su propiedad a su hija. Sin compensación alguna.
A Estrella se le corta la respiración. ¿Qué? ¿Le da todo? ¿Así, sin más? ¿Es una trampa? ¿Luego dirá que le obligó?
Busca en la mirada de su padre alguna pista.
Pero él la mira con tal expresión que siente cómo se le hiela el alma. No hay enojo ni resentimiento. Solo un infinito desencanto y… compasión. Compasión por ella. Por Estrella…
Toma le dice suavemente, dejando el documento firmado frente a ella. Lo que tanto querías. El piso. La casa de campo. Todo. Ya puedes estar tranquila de que yo, viejo tronco, no voy a cambiar tu propiedad por una felicidad improbable.
La palabra felicidad la pronunció con amargura, y Estrella tembló.
Papá… Yo… Yo no quería… susurra, notando un llanto humillante correr por sus mejillas.
¿No querías? se ríe, sin alegría. Esa sonrisa es más dura que cualquier grito. Estrella, en estos seis meses no has preguntado por mi salud, si paso frío, si necesito medicinas. Tus preguntas eran solo sobre papeles, solo sobre metros cuadrados. No veías en mí a tu padre, solo a una estorbo entre tú y tu propiedad. ¿Crees que no lo notaba?
Se acerca a la puerta. Mira atrás:
¿Querías esta jaula? La tienes. Es tuya.
El padre sale. Estrella permanece inmóvil, apretando la hoja fría entre sus manos. Ha ganado. Tiene todo. Y, de pronto, comprende que ha perdido…
***
Han pasado muchos años.
El padre y Consuelo siguen juntos. Estrella los ve a veces en el mercado o en el parque. Siempre van cogidos de la mano. Él está más mayor, pero cuando mira a Consuelo, su rostro brilla de felicidad.
Estrella vive sola.
En el piso de tres habitaciones, con reforma de lujo y muebles nuevos.
Los fines de semana va a su casa de campo. Todo allí está en orden.
Solo que la felicidad, en algún lugar, se perdió…
Estrella entiende que su padre le entregó el piso no por rabia ni resentimiento. Le dio aquello que ella eligió: paredes en lugar de persona, papeles en lugar de cariño.
Cambió a su padre por tres habitaciones y una casa de campo. Y ese entendimiento, es la herencia más dolorosa que le tocó recibir.







