Ese Marzo Tan Especial

Aquel marzo
Marzo nunca fue un simple mes; era más bien una prueba anual de paciencia y cordura para todos los habitantes de Madrid.
Especialmente para quienes se enamoraban de manera extraña, igual de imprevisible que el clima: una mezcla de primavera, apocalipsis, o simplemente la sensación de que alguien había decidido cubrir la ciudad con pintura gris por puro capricho.
El amor de Tomás y Jimena comenzó en aquel marzo, y eso explicaba todas sus rarezas.
Otras parejas se conocían bajo una lluvia de pétalos de almendro, pero estos dos se cruzaron cuando Tomás, sin querer, salpicó a Jimena al pasar junto a un charco, y ella, lejos de hundirse en lágrimas, le lanzó con destreza una bola de nieve medio derretida al parabrisas del coche, con tal fuerza que Tomás juraba que llevaba dentro un adoquín.
Fue amor a primer rebote.
En Madrid, marzo era el mes donde la ilusión salía a la calle en botas de goma.
¿Salimos a pasear?
susurraba Tomás al teléfono, casi como implorando.
No tengo barco, contestaba Jimena siempre lógica.
Te llevo a cuestas, resolvía él sin dudar.
Así, sus citas parecían ejercicios de entrenamiento militar en ciénagas.
Tomás transportaba a Jimena heroicamente por lagos de agua mezclada con barro, mientras ella sujetaba con fuerza un paraguas que parecía querer marcharse hacia Valencia junto a sus expectativas de tener los pies secos.
Sabes, reflexionaba Tomás entre chapoteos y con la bota derecha empapada, aquí está la profundidad de los sentimientos.
Somos como los dos patos del Retiro.
Los patos emigraron en octubre, Tomás.
Ahora somos dos pingüinos despistados lejos de la Antártida, replicaba Jimena ajustándose el pañuelo, tan rodeando su cabeza que parecía un turbante improvisado.
Esa peculiaridad del amor se hacía notar en los detalles: la verdadera profundidad no era el anillo en una copa de cava (que igual tendría un trozo de hielo flotando), sino la última pastilla de Paracetamol, dividida a la mitad.
Esto es para ti, proclamaba Tomás, entregándole un fragmento de polvo amarillo. Te lo regalo desde el corazón.
¿Por qué tiene pelusas del gato?
Es aderezo, para inmunidad, respondía él sin vacilar.
Jimena lo miraba: con su gorro ridículo de pompón, nariz roja y brillo loco en los ojos, y comprendía que allí estaba el error genial del universo, el famoso “código del mundo” que había fallado para unir a dos personas capaces de reír con fiebre alta (lo cual, como sabemos, para el hombre es casi una experiencia a punto de expirar).
El momento más romántico llegó al final del mes.
Por fin el sol asomó y mostró todo lo que el invierno había escondido bajo la nieve.
La ciudad parecía una escenografía de película sobre la rebelión de los operarios municipales.
Estaban en el puente de Segovia.
El viento soplaba a treinta metros por segundo, intentando arrancar la chaqueta de Tomás.
Jimena, empezó él, gritando sobre el rugido de la primavera, quería decirte Eres para mí como como el primer narciso.
¿Tan pálida y entre la basura?
bromeaba Jimena, ajustándose el la bufanda que ya había rodeado su cabeza tres veces.
Tomás dudó.
No, tan fuerte.
Pese a este maldito marzo, estás aquí, conmigo.
Incluso después de que echara tu móvil en un montón de nieve que era solo una charca.
Jimena lo miró, estornudó al unísono con el tranvía que pasaba y se echó a reír.
Venga, héroe-narciso.
Vámonos.
He comprado un kilo de limones y he encontrado receta para vino caliente.
Si sobrevivimos este domingo, te declaro oficialmente patrimonio histórico de mi corazón.
Cruzaron la calle esquivando icebergs en las aceras.
Era un amor muy profundo, justo hasta las rodillas, que era el nivel de agua en su portal.
Les daba igual.
Porque en aquel marzo, lo importante no era cómo de limpios estaban los zapatos, sino a quién apretabas la mano mientras resbalabas juntos hacia el inevitable abril
Pasó otro año.
Llegó un nuevo marzo.
Madrid se transformó en una escena de “Mundo acuático” rodado con el presupuesto de tres céntimos.
Tomás y Jimena estaban ante una gran charca que se adueñó del patio durante la noche.
Los vecinos se pegaban a las vallas, intentando caminar por el borde de hielo, mientras un jubilado miraba al cielo, esperando rescate, o al menos una paloma con rama de olivo.
Tomás, Jimena miraba sus nuevas zapatillas blancas, compradas en un ataque de optimismo. Ya somos adultos.
Hipoteca, trabajo, y el informe anual.
No podemos simplemente
Sí que podemos, la interrumpió Tomás, sacando de la espalda dos botas de goma amarillas con patitos sonrientes.
Las compré ayer.
Tu talla.
Jimena suspiró.
Era la verdadera “profundidad”, cuando tu pareja sabe no solo tu número de pie, sino además tu nivel de disposición al ridículo.
Cinco minutos después estaban en el centro de la charca.
El agua chapoteaba alegre, el sol se reflejaba en los trozos de hielo sucios, y los peatones los miraban como escapados de un sanatorio muy benévolo y muy cerrado.
¿Sabes?
Jimena saltó, levantando un chorro de agua que bañó al vecino con gorro de visón. Es el mejor lanzamiento de la primavera.
Es el código Patito Amarillo, respondió Tomás en tono solemne. El universo quiso ahogarnos en depresión, pero tenemos talones impermeables.
Permanecieron allí, entre el absurdo y la humedad, absolutamente sincronizados.
Era un amor extraño, solo comprensible por quienes saben encontrar fondo donde otros solo ven mugre.
Tomás la abrazó, y el sol calentó tanto que sus chaquetas empezaron a humear levemente.
Nos estamos quemando, advirtió Jimena.
No, sonrió Tomás. Simplemente por fin alcanzamos la temperatura adecuada.
Aquel marzo ambas comprendieron lo principal: cuando la vida te pone charcos delante, compra las botas más brillantes y aprende a bailar en ellos.

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Ese Marzo Tan Especial
La suegra Ana Petrovna estaba sentada en la cocina observando cómo la leche hervía suavemente en el fogón. Se había olvidado de removerla tres veces, y siempre reaccionaba tarde: la leche hacía espuma, se desbordaba, y ella limpiaba la vitrocerámica con fastidio. En esos momentos sentía con especial claridad que el problema no era la leche. Tras el nacimiento del segundo nieto, todo en la familia parecía haberse descarrilado. Su hija estaba agotada, más delgada, hablaba menos. El yerno llegaba tarde, comía en silencio y a veces se iba directo al salón. Ana Petrovna veía esto y pensaba: “¿Cómo es posible? ¿Se puede dejar sola a una mujer así?” Ella hablaba. Primero con cuidado, luego más brusca. Primero a su hija, después al yerno. Pero notó algo extraño: sus palabras no aliviaban el ambiente, sino que lo hacían más tenso. Su hija defendía al marido, su yerno se oscurecía, y ella volvía a casa con la sensación de haber hecho otra vez algo mal. Aquel día fue a ver al párroco, no en busca de consejo, sino porque ya no sabía qué hacer con ese sentimiento. —Creo que soy mala persona —le confesó, sin mirarle—. No hago nada bien. El sacerdote escribía en la mesa, dejó el bolígrafo y preguntó: —¿Por qué dices eso? Ana Petrovna se encogió de hombros. —Solo quería ayudar. Pero parece que solo les enfado. Él la observó, sin dureza. —No eres mala. Estás agotada. Y muy preocupada. Ella suspiró. Aquello se acercaba mucho a la verdad. —Me da miedo por mi hija —confesó—. Desde que nació el bebé, ella ya no es la misma. Y él… —hizo un gesto con la mano—. Como si no lo viera. —¿Y ves tú lo que él hace? —preguntó el cura. Ana Petrovna se quedó pensando. Recordó cómo, la semana pasada, él fregó los platos tarde, creyendo que nadie lo veía. Cómo el domingo salió a pasear con la sillita, aunque se notaba que estaba muerto de cansancio. —Hace cosas… supongo —respondió insegura—. Pero no como debería. —¿Y cómo debería? —volvió a preguntar, sereno, el sacerdote. Ana Petrovna quiso responder al instante, pero se dio cuenta de que no lo sabía. Solo tenía en la cabeza: más, mejor, con más atención. Pero qué exactamente, le resultaba difícil de decir. —Solo quiero que a ella le sea más llevadero —murmuró. —Pues dilo así —susurró el párroco—. Pero no a él, sino a ti misma. Ella le miró sorprendida. —¿Cómo dices? —Que ahora no luchas por tu hija, sino luchas contra tu yerno. Luchar es vivir en tensión. Todos acaban agotados. Tú y ellos. Ana Petrovna calló mucho rato. Al final preguntó: —¿Y qué hago entonces? ¿Hago como que todo va bien? —No —dijo él—. Haz lo que ayude. No palabras, sino acciones. Y no contra nadie, sino por alguien. Volviendo a casa, pensó en ello. Recordó cómo, cuando su hija era pequeña, no daba sermones, solo se sentaba junto a ella si lloraba. ¿Por qué ahora todo era diferente? Al día siguiente, fue a su casa sin avisar. Llevó sopa. Su hija se sorprendió, su yerno se incomodó. —Solo voy a estar un rato —dijo Ana Petrovna—. Vengo a ayudar. Se quedó con los niños mientras su hija dormía. Se marchó sin decir palabra de lo difícil que era todo ni de cómo debían vivir. Volvió a la semana siguiente. Y la otra también. Seguía viendo que el yerno no era perfecto. Pero empezó a notar otra cosa: cómo cogía al pequeño con cuidado, cómo por las noches arropaba a su hija creyendo que nadie lo miraba. Un día, sin contenerse, le preguntó a él en la cocina: —¿Lo estás pasando mal? Él se sorprendió, como si nadie jamás le hubiera hecho esa pregunta. —Mal, sí —respondió tras una pausa—. Mucho. No añadió nada más. Pero aquello disipó la tensión que flotaba entre ambos. Ana Petrovna comprendió que esperaba una sola cosa de él: que cambiara. Tenía que empezar por sí misma. Dejó de hablar mal de su yerno con la hija. Cuando ella se quejaba, ya no le decía “te lo advertí”. Solo escuchaba. A veces se llevaba a los niños para que la hija descansara. A veces llamaba al yerno para preguntarle cómo estaba. Le costaba. Era más fácil enfadarse. Pero poco a poco la casa fue más tranquila. No mejor, no perfecta, pero tranquila. Sin esa tensión permanente. Un día, su hija le dijo: —Mamá, gracias por estar ahora con nosotros, no contra nosotros. Ana Petrovna pensó mucho en esas palabras. Entendió una cosa sencilla: la reconciliación no es cuando alguien reconoce su culpa. Es cuando alguien, primero, deja de luchar. Sigue queriendo que su yerno sea más detallista. Ese deseo no desaparece. Pero junto a él vive algo más importante: el deseo de que en la familia reine la paz. Y cada vez que vuelve lo antiguo —la indignación, el rencor, las ganas de reprochar—, se preguntaba: ¿Quiero tener razón o quiero que ellos estén mejor? La respuesta casi siempre le indicaba qué hacer después.