En una de las habitaciones de una enorme corrala vivían dos brujillas. Eran hermanas de sangre, y si…

En una de las habitaciones de un antiguo piso compartido madrileño vivían dos solteronas. Eran hermanas de sangre, y si no fuera por la diferencia de edad, cualquiera diría que eran gemelas. Flacas, secas, siempre con los labios apretados y recogidas en moñetes idénticos. Vestían trajes grises, igual de sosos y discretos, uno para cada una, que parecían sacados del mismo armario. Nadie en la corrala las soportaba: despertaban temor, rechazo y un poco de desprecio en todo el vecindario.

La juventud las detestaba especialmente porque jamás dejaban de hacer comentarios y reproches, siempre encontrando motivo para el descontento. Se molestaban si poníamos música alta, si hacíamos fiestas o llegábamos tarde. Los niños les huían, temerosos de sus quejas continuas a los padres por cualquier travesura mínima, desde dejar las luces del baño encendidas hasta tirar papelitos en el portal.

La amable y bonachona Encarnación las despreciaba por todo: por haber estudiado carreras universitarias, cosa que ella no tenía; por no tener familia ni hijos; y por esa costumbre tan fea de ir enmendando la plana a todos. Ella, en cambio, nunca se metía en nada, no iba con cuentos de nadie y ni siquiera se inmutaba por las diabluras de los críos o las llegadas tardías de Tomás y Sergio. Pero esas dos tenían siempre algo en lo que meter mano. Eran las cotillas de la casa, eso estaba claro.

Los pequeños adoraban a Encarnación, que jamás soltaba una palabra a los mayores aunque hicieran lo que fuera delante de ella. Siempre les dedicaba una sonrisa cómplice, un guiño travieso, y callaba discretamente. Y como niños había muchos, el bullicio era constante en aquella vieja vivienda.

Muchas veces, Alejandra Fernández, la mayor de las hermanas, salía al pasillo, apretando los labios, y regañaba:

¡No se puede gritar así, hombre! ¿No veis que alguien puede necesitar descansar? El tío Paco acaba de salir de turno, y quizá haya quien escriba un libro. ¡Como mi hermana Victoria!

Mientras señalaba la puerta tras la cual la otra solterona, su hermana, de verdad intentaba escribir un libro. En toda la corrala se reían de aquello, y Encarnación era la primera en pitorrearse.

Vicky, ¿pero cuándo vas a terminar esa novela? ¡Estoy que no aguanto más las ganas de leerla! decía la buena mujer entre carcajadas, a la que inmediatamente se sumaba toda la casa.

Victoria se encogía aún más sobre sí misma y no respondía, pero al entrar en la habitación rompía a llorar sobre el hombro de su hermana:

Ale, ¿por qué les cuentas lo del libro? Se ríen de nosotras…

Déjalos, mujer, que se rían. No lo hacen con maldad. Son nuestros vecinos, casi familia. No te ofendas, Vicky, y no llores.

En 1936 estalló la guerra civil, y en noviembre empezó el asedio a Madrid. Al principio el hambre no apretó tanto y, pese a todo, el clima se mantenía templado. La vida en el piso cambió poco a poco: nos acostumbramos a las cartillas de racionamiento, a los cuartos vacíos de quienes se marchaban, a las cartas negras, a la sirena, al silencio en las cocinas, a los rostros pálidos y a la calma sombría. Los jóvenes ya no cantaban con la guitarra y los críos dejaron de jugar a escondidas. Reinaba un silencio que pesaba más que todo el ruido de antes.

Alejandra y Victoria se volvieron más delgadas todavía, pero de todas formas seguían poniéndose sus trajes grises, ahora colgando de sus huesos como perchas, y seguían imponiendo orden, aunque ya sobre otras cosas. Encarnación cada vez salía menos, hasta que un día desapareció. Se fue y no volvió. Alejandra y Victoria la buscaron varios días sin resultado. Como si no hubiese existido nunca.

En la primavera del 37, algo inevitable ocurrió en la corrala: la primera muerte. Falleció la madre de Julián, que se quedó completamente solo a sus once años. Al principio todos lamentamos la tragedia, pero pronto la vida siguió por donde pudo y nos olvidamos del chaval. Todos menos las solteronas, que lo tomaron bajo su ala. Lo cuidaban, lo alimentaban como podían.

Después le tocó a los hermanos Mateo y Eugenia: también perdieron a su madre, y su padre llevaba meses sin dar señales desde el frente. Otra vez las hermanas tendieron la mano a los huérfanos. Y no sólo a ellos; pronto acogieron a todos los chavales huérfanos del piso, que eran muchos.

Se turnaban para preparar una vez al día una sopa, removiendo mucho rato y sazonando quién sabe con qué. Era un misterio de dónde sacaban los ingredientes porque ya no había nada que echarse a la boca, pero aquella sopa estaba deliciosa y alimentaba a todos. Cada día, a la misma hora, la repartían en tazas. Y por supuesto, le pusieron nombre: “el zascandil”.

Abuela Ale, ¿y por qué la llamas zascandil? Así le decías tú a Tomás, me acuerdo preguntó Julián, intrigado por aquel nombre raro.

Al oír mencionar a Tomás, a Alejandra se le escapó una lágrima: hacía medio año que el muchacho había muerto. Pero respondió tranquilamente:

Julián, ¡esta sopa la hacemos de cualquier manera, como los zascandiles! Así se llama y así se quedará.

¿De cualquier manera? insistió el niño.

¿No ves? Le echamos de todo: arroz, garbanzos, un poco de patata… y si tienes suerte, hasta cae una cucharada de chorizo. ¡Y a veces le damos cuerpo con un poquito de engrudo! Alejandra le revolvía el pelo y sacaba un cubito diminuto de azúcar de su bolsillo, lo partía en dos y se lo metía en la boca para no perder ni una miga.

Julián, ve a ver si la abuela Vicky ha conseguido más engrudo. Hay que rematar bien la sopa.

Al poco, acabaron acogiéndolos a todos los huérfanos en su habitación y se quedaron a vivir juntos. Era más cálido así y los niños no estaban tan asustados. Se apretaban como polluelos una contra otra antes de dormir, y la abuela Vicky les contaba un cuento inventado de su libro, el que ya nunca terminaría. La novela sirvió para encender la estufa, pero los cuentos los guardaba todos en la memoria y se inventaba otros nuevos. Los niños no podían dormir si no escuchaban una historia suya.

Abuela Vicky, ¿hoy nos cuentas la de la Princesa de las Sierras Nevadas? le pedían cada noche.

Claro, allá va… y empezaba su relato.

Todos tenían tareas: la abuela Ale era muy estricta con eso. Julián calentaba la lumbre, Mateo recogía leña, las niñas traían agua, canjeaban los vales y ayudaban en la cocina. Solían cantar todos al amanecer, con Eugenia de solista. Aunque te diera vergüenza, tenías que cantar.

Un día, Alejandra trajo una niña de la calle al borde de la muerte y la cuidaron entre todos. Después, Victoria trajo a otro chaval, y luego otro más… Al llegar el final de la guerra había doce niños viviendo con ellas. Todos sobrevivieron. ¿Cómo? Es difícil de describir; fue un milagro, sin duda.

Aquel caldo “zascandil” se siguió preparando muchos años después. Los chavales crecieron, se marcharon cada uno por su lado, pero jamás se olvidaron de las dos abuelas. Alejandra y Victoria siguieron viviendo bajo aquel mismo techo, y recibían visitas constantes de todos sus hijos adoptivos, ya hombres y mujeres hechos y derechos que no dejaban de ayudar a las abuelas por nada del mundo. Ambas llegaron casi a los cien años. Y el libro de cuentos de Vicky se publicó por fin. Escribió un montón más y tituló el primero como tenía que ser: Mi querida corrala.

Cada año, el 9 de abril, nos reuníamos todos en su casa, mientras vivieron, rodeados de nietos y hasta bisnietos. La familia crecía y siempre mantenía el mismo corazón.

¿Y saben cuál era el plato estrella de esas reuniones? Exacto: la sopa “zascandil” de la guerra. Nada, jamás, me supo tan bien como aquel caldo pobre pero milagroso. Condimentado a base de cariño y coraje, fue lo que verdaderamente nos salvó el alma.

Hoy, al recordarlo, he aprendido que en tiempos oscuros, la solidaridad y la humanidad de quienes nos rodean es lo que hace soportable cualquier adversidad y lo que da sabor de verdad a la vida.

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