¡Tú tienes la culpa! ¡Tú! gritaba Martina, ahogada en lágrimas.
Celia miraba la rabieta de su hermana y en su interior maldecía a su madre, quien la víspera de la boda insistió en invitar a Martina.
¡Menudo disparate! ¿Cómo vas a no invitar a tu hermana a tu boda? decía su madre, Carmen Rodríguez. Eso no se hace, hija. ¿Qué va a pensar la gente?
«Y la gente ya está viendo las consecuencias Más de uno va a tener tema para contarlo, se reirán de mi hermana y de la hija de Carmen Rodríguez», pensaba Celia angustiada, mientras observaba cómo su madre, tomándola con delicadeza del brazo, sacaba a Martina del salón de banquetes, intentando calmarla al fresco.
«¡Es mi día! ¡No voy a permitir que nadie lo arruine!», pensaba Celia con rabia, pero se puso una sonrisa radiante y miró a los invitados.
El maestro de ceremonias, algo desconcertado por el escándalo, volvió a animarse al ver la sonrisa de la novia y anunció con tono solemne que la boda continuaba.
¡Vals! proclamó.
La música empezó, y pronto las parejas se deslizaron por el salón.
Celia seguía bailando y sonriendo, su novio, Álvaro, también sonreía mientras se acercaba a ella para susurrarle al oído cuánto la quería.
La fiesta continuaba, y sólo los pétalos de rosas y lirios esparcidos por el suelo recordaban aquel desafortunado incidente…
* * *
Celia y Martina son hermanas. Martina es tres años mayor. Celia siempre ha sido más serena y reflexiva que su hermana, tranquila y sensata. Martina, en cambio, era un huracán de emociones. Su estado de ánimo cambiaba cada cinco minutos, tomaba decisiones al instante y se arrepentía igual de rápido.
Nadie podía aguantar el carácter imprevisible de Martina más de cinco minutos. No tenía amigas, se peleaba con todos, aunque luego pedía perdón. Pero parecía más bien una gracia concedida, y por eso nadie tenía mucha prisa en perdonarla. Y quien decidía hacerlo, se arrepentía: Martina no cambiaba.
La madre, Carmen Rodríguez, suspiraba y le comentaba a su marido, José María Alonso, que ¿quién iba a aguantar ese carácter? José María respondía que probablemente nadie, porque para tener marido hay que casarse primero y Martina había espantado a todos los pretendientes.
Se ha dejado influenciar por tonterías decía Celia cuando Martina no estaba cerca. ¿Quién se traga esos consejos absurdos de las revistas? ¿Quién? Y ella los cree Te juro, a veces me siento mayor que ella.
¿Qué le vamos a hacer? suspiraba Carmen. Así salió, nuestra princesa. ¿Y qué clase de consejos son esos?
Tonterías respondía Celia con desdén. Consejos estúpidos para poner a prueba la fidelidad de los novios, exigencias extrañas, caprichos, provocaciones para hacerle sentir celos y comprobar su amor ¿Quién aguanta eso? El chico de antes, Rubén, era buenísimo. Ya se acabó, desapareció, le frió el cerebro.
Carmen suspiraba triste. También le había caído bien Rubén, aquel chico que hasta hacía poco salía con Martina. Pero ella se había comportado fatal, y el muchacho se escapó tras aguantar más que los anteriores.
En un momento de mala suerte, Martina llegó a convencerse de que tenía el mal de la soltería, y empezó a dar mucha importancia a supersticiones. Siempre había creído en señales y ahora aún más. La situación se agravó cuando Celia anunció su boda.
¡Es que ella es más joven que yo! sollozaba Martina ante su madre. Y ya se casa. Y todo le sale perfecto. ¡Yo ya tengo veinticinco años, que conste!
Martina mencionaba su edad como si tuviera ochenta. Carmen no pudo evitar reírse y le contestó:
¡Todavía eres joven! Todo llegará, pero tienes que dejar de creer en esas tonterías, horóscopos, adivinaciones
¡No son tonterías! defendía Martina sus rituales y amuletos esotéricos.
No me gustan tus amuletos ni esos rituales se quejaba Carmen. A ver si te va a pasar algo por culpa de ellos.
¿Y si no hay otra alternativa? murmuraba Martina.
La pregunta quedó en el aire.
Pasaba el tiempo y Martina estaba cada vez más obsesionada. Era capaz de pedir a su madre o a su hermana que recogieran un pedido suyo de internet, porque según el horóscopo ese día después de las seis era mejor no salir de casa: mala suerte asegurada.
O, al contrario, suplicaba a Celia que la acompañara a algún sitio porque las cartas del tarot decían que ese día encontraría al amor de su vida. Y debía ir acompañada por una joven. Como no tenía amigas, Celia era la candidata ideal.
Celia miraba los caprichos de su hermana con indulgencia, y en parte sentía lástima por ella.
* * *
¡Ese día no puede ser, Celia! protestaba Martina ¡Volved al registro civil y elegid otra fecha!
Celia se llevó un dedo a la sien en silencio. Ese día ella y Álvaro habían ido al registro y presentado la solicitud, la boda era dentro de un mes. Martina, tras consultar sus horóscopos, aseguró que ese día era lo peor: Júpiter retrógrado entrando en la segunda casa y
Celia dejó de escuchar. Salió de la habitación y dejó sola a su hermana.
Pero no terminó ahí. Martina insistió día tras día, hasta la boda, explicando cómo debía celebrarse según los rituales.
¡No te pongas oro! Te pueden echar mal de ojo advertía Martina a Celia, quien ya estaba con dolor de cabeza de tanto escucharla. La tarta nupcial, imprescindible. Pero cuidado, debe prepararse según el ritual. Y hay que poner una vela encendida en la mesa durante la fiesta.
Celia dejó escapar una risa nerviosa. Se imaginó arrojando sus pendientes y el anillo de boda por la ventana, colocando en la mesa una vela gorda que termina incendiando el vestido de novia, la mantelería y la tarta hecha según el ritual caída al suelo
Sólo falta un incendio murmuró Celia.
¿Qué incendio? ¡No te distraigas! fruncía el ceño Martina y seguía con sus supersticiones. Y lo más importante: el ramo. Tienes que dármelo a mí. Cuando me enteré que te casabas, un poco me molestó y te envidié, pero luego recordé una tradición
Martina había leído en alguna de sus revistas que la mejor manera de casarse era cuando la novia da su ramo a una familiar. Y muy pronto esa familiar se casa también.
¿Qué? preguntó Celia, ya cansada de las conversaciones absurdas. ¡Mi ramo no lo doy a nadie! Álvaro va a encargar un ramo especial en la floristería, ¡cómo voy a regalártelo!
¡Pero si lo vas a lanzar igual! ¿Qué más te da? gritaba Martina desesperada.
¡Pues no lo lanzo!
¡Sí lo vas a lanzar! ¡Es tradición! no cedía Martina.
Carmen Rodríguez, escuchando en la cocina que sus hijas elevaban el tono, salió al pasillo a ver qué ocurría. Pensó que hasta Celia se volvía algo inestable por los nervios de la boda, porque de otro modo no se explicaba ese berrinche por el ramo. Carmen negó con la cabeza y volvió a la cocina.
Nuestras niñas se están volviendo locas bromeó José María mientras bebía su café en la taza con un dibujo de búho.
Carmen removía el caldo que hervía en la olla, sin saber cómo acabaría todo.
Un día, harta de los consejos mágicos de Martina, Celia dijo seriamente que no la invitaría a la boda. Entonces fue Carmen quien empezó a gritar y a discutir; eso no podía consentirlo.
Celia aceptó sólo porque su madre se lo pedia. Con su hermana no quería hablar.
Llegó el día señalado. Celia no hizo caso a los consejos de Martina. Siguió su propio criterio y de Álvaro, sin tener en cuenta las supersticiones de Júpiter retrógrado.
Martina se resignó, pero no perdió la esperanza de recibir el ramo. Cien veces se acercó durante la fiesta para recordar su petición. Celia simplemente la ignoró, hasta que el maestro de ceremonias anunció que la novia iba a lanzar el ramo, y que las interesadas en casarse pronto debían estar listas.
Martina saltó de la mesa, casi volcándola, y corrió hacia Celia. Pero el ramo ya había volado. Martina chilló y sollozó a la vez. Una amiga de Celia, que recogió el ramo, se acercó y le ofreció dárselo con buena intención.
¡Así no vale! pataleó Martina ¡Tenía que darlo voluntariamente! ¡De mano a mano!
Celia cerró los ojos, avergonzada por su hermana ante los invitados.
Carmen Rodríguez salió del salón y se llevó a Martina fuera
Al final me arruinó la boda Menudo espectáculo, suspiró Celia, cuando ella y Álvaro por fin estuvieron solos tras una larga jornada.
No te preocupes la consoló Álvaro. Los invitados se olvidaron enseguida. En las bodas pasan cosas peores.
Mientras ellos conversaban, Martina también encontraba conversación agradable. El barista que le sirvió el café, tras ser sacada del salón por su madre, resultó ser un joven muy interesante.
Justo al lado del salón de banquetes donde celebraban la boda estaba una cafetería, y Martina y Carmen entraron allí. Luego Óscar, el barista, les dijo que era hora de cerrar. Ya eran las diez de la noche.
Martina y Óscar pasearon por la ciudad y no dejaron de hablar.
Carmen volvió a la boda y le dijo a su marido que parece que “Mercurio retrógrado estuvo hoy en el lugar oportuno”, y su hija había conocido a su destino.
¡No se han dado ni cuenta de que he salido! le contó Carmen a José María, con los ojos abiertos y en voz baja. Seguían hablando de sus cosas esotéricas. El cántaro encontró la tapadera.
Carmen, tapándose la boca, se rió. Su marido también sonrió y luego la invitó a bailar, pues la boda seguía.
Una hora después Martina mandó un mensaje, diciendo que todo iba bien y estaban paseando con Óscar por el paseo marítimo. Era muy romántico. Y mañana harían juntos un horóscopo y calcularían las compatibilidades. Carmen no entendió exactamente qué, pero estaba feliz por su hija.
* * *
¿Sabes? le contó Martina a su hermana meses después No quiero lanzar mi ramo en mi boda. Habrá que avisar al maestro de ceremonias para que no haga ese numerito.
Celia se rió recordando cómo le dijo a Álvaro aquellas mismas palabras el día de su boda. Só́lo que quien montó el espectáculo fue Martina, y al final conoció a su destino. Óscar resultó ser estudiante de Física, trabajando en la cafetería por las tardes.
Le apasionaba la astrología, pero no creía en supersticiones; pensaba que eran cuentos para ingenuos. Logró convencer a Martina. Ella se volvió mucho más seria y tranquila.
Ahora Martina ha adquirido gusto por la metafísica y atormenta a todos con debates sobre el origen del ser. Y con Óscar, han encontrado el amor verdadero, y están felices.
Así es Mercurio retrógrado, impredecible bromeaba Celia cuando Martina y Óscar se casaron. Martina decía que ese día no deberíamos casarnos, pero fue entonces cuando conoció a su marido. ¿Lo habría conocido de otro modo, si no fuese por nuestra boda?
Todo según la voluntad de Dios sonreía Carmen Rodríguez.
¡Arruinó la boda! — ¡Tú tienes la culpa! ¡Tú! — gritaba Julia, bañada en lágrimas. Venus contemplaba…







