¿Para qué casarse un chico tan apuesto y exitoso como yo? piensa Diego mientras conduce por las calles de Madrid, dejando a su amiga en casa antes de regresar a su piso.
Prepara unos huevos con jamón ibérico y, al sentarse a la mesa, enciende el móvil, apagado toda la noche, y comienza a revisar las llamadas perdidas.
Mamá ha llamado musita Diego. Seguro que vuelve a regañarme porque sigo sin sentar cabeza…
No es cierto que Diego sea un inútil. Tiene un buen trabajo, su propio piso de dos habitaciones y un coche nuevo. Pero eso sí, a sus veinticinco años aún no se ha casado.
¿Para qué necesito casarme un chico como yo? se repite.
¿Cuándo nos dará nietos? se pregunta su madre, Carmen, desde Salamanca.
Diego marca el número de su madre.
¡Hola, mamá! ¿Cómo estás de salud?
Bien, hijo. Todo normal.
¿Y papá?
También bien, pero podrías venir a vernos. Solo tardas media hora en coche y hace meses que no apareces. Tu padre tiene que preparar la huerta, que ya toca plantar patatas.
Ay, mamá, hoy imposible. El fin de semana que viene sin falta voy.
¿Y vendrás con tu novia? Siempre lo dices y nunca la traes.
Sí, mamá, te lo prometo, el próximo sábado vengo con mi novia le sale sin pensarlo.
¿De verdad con tu prometida?
Todavía no es prometida.
¡Ay, hijo, qué alegría! Te espero y te haré cocido y croquetas, que sé que te encantan.
Al colgar, Diego se queda pensativo.
¿Para qué he dicho eso? ¿Y a quién llevaré? ¿A Inés? Bueno… después de dormir un poco la llamo. Aunque seguro que a mis padres no les hará mucha gracia. Y ella no va a soportar la vida de pueblo, pero bueno, para una visita
Deja la sartén en la mesa y se va a dormir.
Al despertar, se acuerda de su promesa y llama a su amiga.
Hola, guapa saluda al móvil.
Hola, Diego le contesta Inés, algo fría.
¿Inés, has dormido mal? Voy ahora a verte.
Mira, Diego, mejor no quedamos más. He decidido seguir otro rumbo.
¿Qué rumbo?
Me caso.
Ahora voy y se lo cuento a tu prometido…
Pero la llamada se corta de golpe.
Diego tira el móvil al sofá, molesto. Él suele dejar a las chicas, y esta vez lo han dejado a él.
Va al baño, luego a la cocina, se hace un café y reflexiona:
¿Y ahora de dónde saco una novia para presentar a mis padres? Lo mismo si llamo a alguna de mis ex se creen que busco algo serio…
No le da tiempo a terminar el café: suena la alarma del coche. Diego sale corriendo. Hay un hombre, de unos cincuenta, mirando hacia su ventana.
¿Se puede saber qué hace aquí? pregunta Diego.
Escucha, chaval dice el hombre con una arrogancia. Como te vea de nuevo cerca de Inés, atente a las consecuencias.
Anda ya
En ese momento aparece otro tipo corpulento. Diego intenta decir algo, pero se le nubla la vista…
¡Diego, Diego!
Sobre él se inclina una chica de aspecto corriente. Le suena su cara.
¿Estás bien? ¿Llamo al 112?
No hace falta, tengo un botiquín en el coche sonríe, intentando levantarse.
Tranquilo, soy enfermera.
Diego la observa y se da cuenta de que vive en el portal de al lado. A menudo se saludan y él siempre había pensado que aún era estudiante. Ella parece adivinar su confusión.
Me llamo Lucía. Vivo en el cuatro, puerta B.
Siéntate, Lucía, la caja de primeros auxilios está ahí atrás.
Mientras él se sienta delante, ella limpia la herida con destreza.
No es nada serio informa.
¡Gracias!
Desde el retrovisor la mira a los ojos, que parecen preguntarle si ya puede irse.
Ven, ¿te tomas un café conmigo? No he desayunado aún.
¿Ahora mismo? Lucía mira su camiseta y sus mallas deportivas.
Yo voy igual, ¿qué más da?
No sé… Prefiero cambiarme.
Pues te espero. Nos arreglamos un poco y vamos juntos.
Media hora después, Lucía sale con un vestido sencillo y un poco de maquillaje. A Diego de repente le apetece pasear sin coche.
Lucía, ¿te apetece ir andando?
Claro responde ella, sujetándolo del brazo.
Durante el paseo Lucía le cuenta mil cosas. Entran en una cafetería acogedora y ella fija la mirada en los precios más que en lo que ofrecen. Diego se da cuenta de que no suele ir a estos sitios y llama al camarero.
Trae lo más rico que tengáis y un café para los dos, por favor.
¿Y para usted?
Solo café.
Tenemos una tarta de queso muy buena.
Perfecto, tráela.
Después regresan juntos hasta la casa de ella y se despiden en el portal.
Pasa la semana laboral y llega el viernes. Al volver del trabajo, Diego se acuerda de lo prometido a su madre.
Dije que mañana iría a Salamanca con una chica Ahora qué hago piensa, mientras prepara unos bocadillos y pone a hervir agua para el té.
De pronto se le ocurre: ¿Y si le pido a Lucía que venga conmigo? Aunque desde el domingo no la he visto diré que he estado liado con el trabajo.
Se arregla y sale decidido al portal de Lucía. Conoce el edificio, pero hay quince pisos y solo recuerda que se llama Lucía.
Cuando duda qué hacer, de repente ve salir a la joven con la misma camiseta deportiva.
Lucía al verle, se para en seco.
Hola, Lucía.
¡Hola, Diego! responde ella, visiblemente ilusionada.
¿Te apetece dar un paseo?
No estoy arreglada…
Te espero, tranquila. ¿Media hora vale?
Sí y corre escaleras arriba.
¿Qué pasa, hija? le pregunta su madre, Mercedes.
Mamá, salgo a pasear.
Pero, ¿tan deprisa?
No responde; rebusca buscando ropa. Mercedes la observa desde la ventana y entiende rápidamente.
¿Vas a salir con Diego?
Sí…
¿Para qué quieres a ese guaperas?
Pues mamá, ya tengo veinte años
¿No ves las bellezas que salen con él?
¡Anda, mamá, no empieces!
Pero Lucía ya se encierra en su habitación. Sabe que todo el vecindario se enterará y las abuelas del banco tendrán mucho que comentar. Pero ya le da igual.
Baja a la calle, sabiendo que su madre la observa. Se agarra decidida al brazo de Diego.
¿A dónde vamos?
A dar una vuelta por el Retiro, o sentarnos en una terracita bajo la luna…
Así lo hacen: pasean por el parque, se sientan a tomar algo y luego, bajo el cielo de Madrid, él la acompaña a casa.
Entonces suena el móvil: es Mercedes.
Lucía, ¡es la una de la mañana!
Voy ahora, mamá responde ella apurada. Diego, me tengo que ir.
Te acompaño…
En el portal él la abraza. Después le propone, con tono firme y sin opción a réplica:
Mañana ven conmigo a ver a mis padres al pueblo.
Al día siguiente…
¡Luis! grita Carmen al ver el coche de Diego desde la ventana de la casa familiar. ¡Llega Diego!
¿Por fin se acuerda de sus padres?
¡Y viene con una chica! exclama Carmen corriendo al patio.
Carmen recibe a Diego sin despegar la mirada de Lucía.
¿Cómo te llamas, hija?
Lucía contesta la chica, tímida.
Yo soy Carmen, pero dime tía Carmen, pasa, pasa.
Gracias.
Sale Luis, el padre, que saluda a Lucía con calidez.
Por fin nuestro hijo nos presenta una chica tan maja. ¿Cómo te llamas, guapa?
Lucía.
Yo soy Luis, puedes decirme tío Luis.
Lucía queda desconcertada por tan cálido recibimiento. Imaginaba caras serias, y en cambio siente el cariño sincero de una familia sencilla, igual que la suya.
Entran en la casa, y Lucía se queda sin palabras: la mesa está puesta como en días de fiesta.
Empiezan las preguntas. Lucía, hija de una familia humilde, se sorprende de lo normales y afables que son los padres de Diego. Le alegra aún más ver lo felices que están de que sea una muchacha sencilla, como ella.
Después del almuerzo, Diego y Luis se van al huerto a labrar la tierra. Lucía se ofrece para recoger la mesa y fregar los platos.
Vamos juntas dice Carmen, sonriendo ampliamente.
Terminado el trabajo del campo, todos plantan patatas.
Cuando terminan, Lucía dice apenada:
Me tengo que volver, mi madre se preocupará.
¡Quédate a cenar y duerme aquí! le insiste Carmen. Mañana os vais ya.
No sé… bueno, llamaré a mi madre.
Marca el número:
Mamá, ¿puedo dormir aquí?
Hija, ¿eres consciente de lo que dices? Dijiste que volverías antes de cenar.
¿Cómo se llama tu madre? pregunta Carmen, tomando el teléfono.
Mercedes.
Hola, Mercedes, soy Carmen, la madre de Diego.
¡Hola!
Que Lucía se quede tranquila, está bajo mi cuidado. Aquí hay espacio de sobra. Les ponemos en habitaciones distintas.
Bueno… no sé qué decir.
Mercedes, tienes una hija buenísima…
La conversación se alarga un buen rato. Cuando finalmente preparan la vuelta a Madrid, ya cae la tarde del domingo.
Carmen les llena bolsas de embutidos, queso y productos del pueblo, dirigiéndose sobre todo a Lucía:
Este para Diego y estos dos para vosotros.
Tía Carmen, ¡es demasiado!
En Madrid no coméis nada decente. Por eso estás tan flaquita…
Luego Carmen se acerca a su hijo, que charla animadamente con Luis.
¿Habéis pedido ya cita en el Registro Civil?
¡Mamá! Ni hemos hablado de eso
Pues ¡hablad! No vayas a perder una chica tan buena le dice meneando el dedo. ¡Y otras no me traigas!
Apenas arranca el coche, Carmen llama a Mercedes:
Ya van para allá. Todo bien. Te he mandado productos caseros con Lucía.
¡Ay, Carmen, qué apañada eres!
Dios quiera que pronto seamos consuegras.
¡Tú sí que vas rápido! pero en la voz de Mercedes se adivina el orgullo.
Diego tiene veinticinco, piso propio, buen trabajo, coche… ¿qué más se puede pedir?
A Lucía últimamente la tengo ensimismada de tanto soñar…
Ya los enseñaremos nosotras, que para eso están las madres.
Tu Diego es un partidazo…
Y tu Lucía es un sol, muy trabajadora.
Eso sí, lleva la casa tan bien…
De camino a Madrid, Diego sonríe sin razón aparente. Lucía no resiste preguntar:
¿De qué te ríes, Diego?
Le has caído bien a mis padres.
¡Vaya cosa!
Pues mi madre me ha dicho que no deje escapar a una chica tan estupenda.
¿Y tú qué piensas…?
Que no te pienso dejar escapar.
Y se miran con los ojos chispeando amor en pleno atardecer castellano…







