Entonces, ¿el libro de familia sigue valiendo más que vivir juntos? – Los hombres se burlaban de Nadia

¿Entonces el libro de familia es más fuerte que la convivencia, verdad?
se burlaban de Inés los hombres.
Yo a la reunión de los treinta años desde que terminamos la universidad no voy, luego me pasa factura y me entra la depre.
Que vayan los que iban cada año, esos ni notan cómo han cambiado le gritó Inés por teléfono a su única amiga, Clara, cuando esta le llamó.
Pero mujer, ¿cómo estás ahora, que tanto te asustas?
se extrañó Clara Si nos vimos hace cinco años y estabas estupenda, normal ¿Has engordado tanto o qué?
Pero qué dices, no es eso, simplemente no quiero, ¡no insistas, Clara!
Inés ya quería terminar la conversación, esperando que Clara lo entendiera y siguiera llamando a los demás de la lista.
Pero esta vez, su amiga no la soltó:
Inés, que ya casi no quedamos.
¿Qué dices?
¿Alguien ha fallecido?
Inés se sobresaltó sin querer; no se sentía ya especialmente joven, pero tampoco vieja como para que sus coetáneos empezaran a irse de este mundo.
No, mujer, que va, algunos se han largado del país.
El único que se nos fue es Andrés Calvo, hace veinticinco años ya, y eso siendo jovencísimo.
Ya te lo conté.
Así que ni lo pienses, viene toda nuestra promoción, cuatro grupos, pero al final seremos treinta.
Y tú, ¿no casaste a tu hijo al fin?
Pues ya puedes distraerte un poco.
Clara seguía diciendo cosas, pero Inés volvió a acordarse de Andrés Calvo.
Siempre tenía ojeras y una mirada triste, los chicos del grupo le tenían por blando.
Y mira por dónde, lo que Andrés tenía era un problema de corazón.
Estudió bien, soñaba con construir un puente colgante en su ciudad, pero no llegó a nada de eso.
¿Y ella, Inés, a qué ha llegado?
Se enamoró de Daniel, jefe de obra, el mismo sector al que fue a trabajar tras terminar la carrera.
Él venía algunos meses, pues vivía en el sur, y luego regresaba a su pueblo.
Estuvieron juntos mucho tiempo, Daniel la presentaba como su mujer delante de todos, decía que el amor verdadero era convivir sin papeles, que el matrimonio no hace el amor, solo se vive por amor…
Cuando Inés descubrió que estaba embarazada, coincidió que Daniel ya no volvió, no vino a la obra.
Descubrió que tenía tres hijos y una esposa enferma.
Daniel renunció por motivos personales, ni se despidió.
Inés entendió entonces que no puede exigirle nada a un hombre con tres hijos y una esposa enferma.
Así que ella también se marchó de la obra antes de que nadie sospechara nada.
Eso sí, algunos hombres se despidieron con alguna broma:
Pues sí que el libro de familia aguanta más que vivir juntos
Inés ya lo tenía asumido; se fue a trabajar a un colmado cerca de casa, la metió una vecina del edificio.
Acordaron que, incluso cuando naciera el niño, trabajaría dos días por semana.
Su madre aceptó quedarse con Diego, que así se llamó su hijo, porque, según ella, era una inútil y había perdido un buen trabajo.
¡Si así me has criado tú!
llegó a gritarle Inés cuando su madre la tenía harta.
Yo esperaba que tú fueras decente, tiré de tu carrera yo sola y mira, Inés, qué decepción le gritaba la madre.
Pues, de aquellos barros, estos lodos.
¿Qué esperabas?
contestó Inés, y después se arrepintió por su madre…
Luego se abrazaban y lloraban juntas, aunque ¿de qué servía? Dónde ir ahora.
Así que, cuando Clara la llamaba para la reunión de los cinco años de universidad, Inés tampoco fue.
Allí solo hablarían de familia, de sus trabajos, se enseñarían las fotos, mientras ella limpiaba suelos en tres sitios distintos: en el portal de su bloque, en un colegio y en una guardería.
¿De qué iba a hablar con ellas?
O más bien, ¿de qué iban a hablar ellas con ella?
Por Diego haría lo que hiciera falta, era su consuelo.
Más aún cuando su madre, al ir Diego a la guardería, decidió que ya había cumplido: se fue con la hermana al pueblo, diciendo que en Madrid se asfixiaba y necesitaba aire puro.
A Inés, al cabo de unos años, le sonrió la suerte; la llamaron de medio turno para trabajar de lo suyo.
Justo Diego empezó el cole, y ella llegaba ahora a todo: incluso podía recogerle tras el comedor, y muchas madres le tenían envidia.
Luego empezó a cortejarla un compañero, pero Inés le frenó de inmediato: su hijo no necesitaba un extraño en casa, un padrastro no iba a ser su padre y solo traería líos.
En el trabajo, Inés demostró su valía y, cuando Diego creció un poco, empezaron a pagarle mejor y la cogieron de técnico a jornada completa.
Pero nunca dejó de sentirse inferior, incluso en su aspecto: vestía sencillo, sin teñirse el pelo, y a los cuarenta ya se le notaban muchas canas.
Siempre pensó que no merecía ser feliz, después de haber vivido con alguien casado, de casi quitarle el padre a tres niños.
No se vestía llamativamente, ni se maquillaba, ni se dejaba ver demasiado.
Temía que si destacaba otra vez, alguien pudiera fijarse en ella.
Ya no creía en finales felices.
Y, a su alrededor, tantas divorciadas no era mejor que ninguna, si acaso peor…
Diego, para su sorpresa, salió de lo más agradecido, la entrega de su madre no le hizo daño.
Iba los veranos al pueblo con la abuela Isabel y su tía Lucía, y les ayudaba en todo.
Cavaba las huertas, plantaba patatas, zanahorias y remolacha con las dos abuelas, desherbaba y regaba, y en otoño recogía la cosecha y ayudaba a poner conservas.
Desde niño fue fuerte, partía leña, ordenaba los troncos en la leñera.
Y hasta la madre de Inés admitió que tener un hijo así era una bendición, igual que para ella y su hermana Lucía, tener un nieto tan querido…
¿Y qué pintaba ahora Inés en una cafetería con sus compañeros de universidad después de treinta años?
Todos estos pensamientos cruzaron por la cabeza de Inés en apenas segundos.
Oyó insistente a Clara:
¿Te has enterado?
En la cafetería frente a la residencia, el viernes que viene a las tres de la tarde.
Ven, que así al menos no estoy sola, ¿a que sí, vienes?
La voz de Clara de pronto tembló, e Inés, sin saber bien por qué, aceptó:
Vale iré.
Cuando colgó sintió arrepentimiento.
Se miró en el espejo, y volvió a coger el móvil con la intención de cancelar.
Pero el teléfono de la delegada comunicaba, y a Inés, de pronto, le dio vergüenza…
Ya por la noche abrió el armario y sacó el vestido azul que su hijo le compró para su boda.
Diego y Natalia casi la tuvieron que arrastrar por las tiendas, su nuera la ayudó a probarse mil vestidos.
Al final, el azul gustó a todos, incluso a Inés.
Allí mismo le compraron los zapatos y luego Natalia le llevó al salón de belleza donde le hicieron peinado y le tiñeron las canas.
Fue hace un año; Diego y Natalia viven felices aparte.
Las canas han vuelto, y ya no siente ganas de arreglarse, no ve motivo para adornarse.
Aun así, peinó su melena y se puso el vestido azul, aunque seguía colgado del armario.
Se pintó los labios, pero luego se lo quitó de golpe le parecía demasiado atrevido.
Había mucho ruido en la cafetería cuando llegó puntualmente.
Clara enseguida la vio y corrió a abrazarla ¡Inés, pero si estás guapísima, qué alegría verte!
La propia Clara había engordado algo, pero le sentaba bien, la hacía parecer más joven.
Se sentaron y charlaron.
Luego llamaron a Clara y se quedó sola; Inés bebía zumo, miraba alrededor y escuchaba la música.
Sobre todo porque alguien había preparado una selección de canciones de sus años de universidad, cuando eran jóvenes y soñaban con un futuro brillante.
¿Te puedo invitar a bailar?
le llegó una voz entre la música.
Levantó la mirada y lo reconoció.
Era Luis Ramos, de la otra clase.
Se casó en tercero, y a Inés le gustaba entonces, pero nunca se atrevió a decirlo.
Inés, estás guapísima, es la primera vez que vengo a una de estas reuniones y no reconozco a casi nadie, solo a ti.
Luis le tendió la mano y ella no se negó, se levantó y fue a bailar; atrapó la mirada asombrada de Clara a su regreso a la mesa.
Bailaron varios bailes seguidos, en silencio.
Luego Luis le preguntó:
Inés, ¿puedo acompañarte a casa?
Te aviso que estoy divorciado desde hace tiempo, pero si te espera alguien en casa te acompaño solo porque ya es tarde.
Luis acompañó a Inés a casa, y al día siguiente se volvieron a ver y ya no se separaron.
Para elegir vestido y zapatos para la boda de Inés, Natalia la ayudó.
Ya tenía barriguita, pronto Inés sería abuela.
Y sentía pudor de ser la novia.
Inés se permitió ser feliz.
Y Natalia le susurró:
Inés, ¡qué guapa es usted!
Diego y yo nos alegramos tantísimo.
Y la felicidad vale para cualquier edad, ¡que no está prohibido!
Es verdad pensó Inés sentada ya en la mesa nupcial, mirando iluminada a su marido Luis Ahora, quizás sí, ya puedo permitírmelo.
Por fin, Inés se perdonó a sí misma y se permitió ser felizY mientras alzaba la copa y se reía, sintió dentro de sí una paz que hacía años no conocía.
Vio a Diego abrazando a Natalia, a sus amigas bailando, y oyó a Luis, su Luis, recitarle al oído, casi en secreto, una tontería de juventud que la hizo sonreír hasta con los ojos.
Supo, entonces, que no importaban los caminos ni las caídas, que la vida no esperaba a que una estuviera lista para regalarle una segunda oportunidad.
Bailó, por fin sin miedo, y al girar en brazos de Luis, se permitió imaginar todas las nuevas historias que la esperaban: paseos de la mano, veranos serenos en el pueblo, nietos risueños llamándola abuela, y tardes de domingo en familia, sentada al sol, con la certeza serena de que nadie definiría más su valor.
Y cuando, al final de la fiesta, Clara le apretó la mano diciendo simplemente: Sabía que lo lograrías, Inés se rió de sí misma y de todos los fantasmas que alguna vez le dijeron que estaba mejor oculta.
Porque el verdadero libro de familia, comprendió, es el que escribimos cuando dejamos de escondernos y salimos a bailar.

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