La Hechicera

LA HECHICERA
Una muchacha, de unos 17-18 años, encogida por el frío, daba vueltas frente a una casita diminuta, apartada a las afueras de Segovia. Frotándose las manos con el aliento para entrar en calor, miraba nerviosa a los lados, dudando si entrar o no. Por ese barrio jamás hubo farolas; las casas parecían tragadas por la oscuridad de la noche. A lo lejos ladraba un perro, y las ramas de los almendros crujían bajo el viento. Vaya miedo que daba el sitio.
¡Entra ya, si es que has venido! una anciana de cuerpo menudo miraba fijamente a la joven, que se llamaba Marisa. ¿De dónde habrá salido esta? Vienes a saber tu porvenir, ¿verdad? Negó con la cabeza desaprobando A enamorar al muchacho quieres estás esperando ay, hija, demasiado pronto.
¿Cómo lo sabe usted? preguntó Marisa entrecortada, tragando el nudo que tenía en la garganta.
La anciana dibujó una mueca torcida y la hizo pasar con un gesto. ¿Cómo no voy a saber yo para qué venís a verme? Ay, juventud ingenuidad y ganas de soñar.
Coge ahí unas astillas, que ya no estoy para cargar mucho y límpiate bien los pies antes de entrar ordenó la abuela, y Marisa obedeció, siguiéndola.
Por dentro, la casa era más amplia de lo que parecía. Las paredes de la entrada estaban repletas de manojos de hierbas secas; un olor amargo llenaba el aire y Marisa tapó la boca con la mano.
Bueno, hija, dime resopló la vieja sentándose en un banco de madera.
Un hechizo bajó la mirada Marisa me ha dejado sollozaba se ha ido con Lucía
Venga ya, no llores, me vas a estropear las hierbas susurraba la abuela mientras recogía un puñado de plantas secas . Si hago el hechizo, irá detrás de ti como corderillo, hasta las sandalias te besará la joven esbozó una sonrisa . Te celará de cualquiera, olvidará los estudios, no querrá que trabajes. Cada dos años niño nuevo, todos guapísimos. ¿Sabes eso, verdad?
Los ojos de la muchacha se movieron inquietos, pero asintió.
Luego te empezará a pegar. Porque eso, hija, llena el corazón de amargura. Te dará cada vez más fuerte, beberá, se largará por ahí ¿eso también lo sabes?
Seguía callada, arrimada a la puerta, las manos temblándole.
La felicidad, la tuya, se irá de largo. Y el hombre de tu vida, ese sí que te habría llevado en volandas. ¿Empezamos o qué? frotó las manos la anciana.
Espere, espere ¿y mi felicidad? ¿Cómo sería?
¿Cómo? Alto, de hombros anchos, valiente, leal. Pero ya no es para ti ¿empezamos?
Espere ¿puedo pensarlo?
¡Ay niña! gruñó Si has venido, ya lo tenías decidido
No, me voy volveré sí, eso, ya vendré
La puerta sonó de golpe. La abuela sonrió. Juventud, tontería, ingenuidad A ver quién le ponía la cabeza en su sitio cuando ella era así Ay otra vez llaman ¿qué será ahora…?
Pasa ¿lo has pensado?
No perdone ¿y el niño?¿Qué hago mis padres no me van a dejar?
¿Qué no van a dejar? con la mirada fija notó que el abrigo era bueno, los zapatos de moda Te quieren, hija Marisa asintió te cuidan pues así querrán a tu niño te echarán la bronca, pero nada más
¿Y cómo será? ¿Mi niño? se llevó la mano al vientre, bajando otra vez la mirada.
¿Cómo va a ser? El mejor, precioso, listo tu alegría, cielo.
¿Y los estudios?¿Cómo sigo ahora?
Este curso lo terminas bien pide la baja, ¿cómo es que le llamáis ahora?
Excedencia susurró Marisa.
Eso, eso todo se arreglará. Anda, corre.
Gracias, ¡de verdad es usted una bruja buena! gritó la joven, cerrando la puerta.
Que Dios te guarde santiguó la anciana la puerta con la mano huesuda.
* * * *
¡Hechicera! ¡Eso sí que es bueno! se reía la señora Remedios para sus adentros. ¿Hechicera? Si yo de eso nada preparaba un té, murmurando. El té, delicioso y de hierbas. Menta, tomillo, manzanilla. Amargo, pero sanísimo. Hechicera ¡lo que inventan! Con el corazón roto ¿dónde va a ir una joven? ¿Y el niño? Pues a cada madre el suyo es el mejor y estudiará y se casará todo irá bien.
Remedios dio un sorbo al té y se rió para sí: ¡Hechicera! Ay, cabeza loca. Todo se lo inventan, se lo creen y las hierbas, cualquiera las puede coger y tomarlas, que para algo están, cuidan la salud y los sueños.

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La Hechicera
Cada martes Liana corría hacia el metro, apretando en la mano una bolsa de plástico vacía. Era el símbolo de su fracaso de hoy: dos horas deambulando por centros comerciales, sin ni una sola idea decente para regalarle a su ahijada, la hija de su mejor amiga. Masha, con sus diez años, ya no sentía pasión por los ponis y se había aficionado a la astronomía, pero encontrar un telescopio bueno a un precio razonable se había revelado un reto de escala galáctica. Caía la tarde y, bajo tierra, se respiraba ese cansancio especial del final de la jornada. Liana, dejando pasar la corriente de gente que salía, logró acomodarse en el escalador. Entonces, entre el alboroto, le sobresaltó una conversación claramente marcada por la emoción. —…de verdad, no pensaba que llegaría a verlo otra vez, te lo juro —sonaba detrás una voz joven, algo trémula—. Pero ahora, cada martes, va a buscarla a la salida de la guardería. Él mismo. Llega con su coche y juntos se van al parque con los caballitos… Liana se quedó quieta en el escalador en movimiento, girándose por un instante al identificar a la chica de voz vivaz, con un abrigo rojo y rostro ilusionado, acompañada de una amiga que asentía con atención. “Cada martes”. También ella tuvo uno de esos días. Hace tres años. Ni el lunes pesado, ni el viernes con ansias de fin de semana: el martes era el eje sobre el que giraba su mundo. Cada martes, a las cinco en punto, salía disparada del instituto donde enseñaba Lengua y Literatura y cruzaba la ciudad a toda prisa. Su destino era el Conservatorio Municipal Glinka, en un caserón antiguo de suelos que crujían. Iba a recoger a Mark, su sobrino de siete años y aire serio, con un violín casi tan alto como él. No era su hijo, sino el de su hermano Antón, fallecido trágicamente en un accidente tres años atrás. Durante los primeros meses después del funeral, aquellos martes fueron puro instinto de supervivencia. Para Mark, que se había vuelto silencioso. Para su madre, Olga, que apenas se levantaba de la cama. Y para la propia Liana, que trataba de recomponer los trozos de sus vidas, siendo el ancla, el apoyo y el referente adulto en mitad de su desgracia compartida. Recordaba cada detalle. Cómo Mark salía de clase cabizbajo, cómo ella se ofrecía a llevar el pesado estuche de violín, cómo bajaban juntos al metro mientras le narraba alguna anécdota —un error gracioso de dictado, una urraca que robó el bocadillo de un niño—. Una tarde de noviembre, Mark le preguntó de repente: “Tía Liana, ¿a papá también le disgustaba la lluvia?” Y ella, con un nudo en la garganta, le respondió: “La odiaba. Siempre corría a refugiarse bajo el primer soportal.” En ese momento, Mark la cogió de la mano con fuerza, no buscando que le guiara, sino intentando retener algo que se le escapaba. No era su mano lo que sujetaba, sino la imagen de su padre, tan real en ese apretón, en el aire húmedo de noviembre, en esa calle y ese instante. Durante tres años, su vida estuvo partida en un “antes” y un “después”. El martes era el verdadero día de vivir, aunque costara. Los demás sólo eran fondo, espera. Se preparaba con esmero: el zumo favorito de Mark, dibujos animados listos en el móvil para el metro, temas de conversación pensados… Luego, Olga fue recuperándose poco a poco. Consiguió trabajo. Más tarde, un nuevo amor. Decidió empezar de cero en otra ciudad, lejos de los recuerdos. Liana las ayudó a hacer la mudanza y, en el andén, abrazó fuerte a Mark con su estuche de violín. “Llámame, escríbeme —le rogó entre lágrimas—. Aquí estoy siempre”. Al principio, él llamaba cada martes, justo a las seis. Unos minutos en los que Liana volvía a ser tía Liana y preguntaba deprisa por todo: el cole, el violín, los amigos. Aquella voz era su cordón umbilical, cruzando cientos de kilómetros. Luego las llamadas fueron cada dos martes. Él crecía, tenía más actividades, más deberes, videojuegos con amigos. “Tía, perdona que no llamé el martes pasado, tenía examen”, le escribía. Y ella contestaba: “No pasa nada, cielo. ¿Cómo fue el examen?” Sus martes ya no eran la llamada, sino la espera de un mensaje que a veces no llegaba. Nunca se molestaba; entonces era ella quien escribía. Al final —sólo en grandes ocasiones. Cumpleaños, Navidad. Su voz sonaba ya segura. Hablaba no de sí, sino con frases generales: “Todo bien”, “Bien en clase”, “Aprendiendo”. Su padrastro, Sergio, resultó ser un buen hombre, tranquilo, que no quiso ocupar el sitio de su padre sino simplemente estar presente. Eso era lo principal. Hace poco nació una hermanita, Alina. En su foto, Mark sostenía al bebé con torpeza y ternura. La vida, cruel y generosa, seguía adelante. Construía sobre heridas cicatrizadas con rutinas, cuidados, nuevas ilusiones. A Liana le quedaba, en todo aquello, el papel discreto de la “tía del pasado”. Y ahora, en el ruido sordo del metro, esas palabras casuales —“cada martes”— no sonaban a reproche, sino como un eco cálido. Un saludo de aquella Liana que, durante tres años, sostuvo un amor y una responsabilidad tan enormes y dolorosas como luminosas. Aquella Liana sabía quién era en el mundo: un puerto, un faro, el pilar indispensable en la vida de un niño. Era necesaria. La mujer del abrigo rojo tenía su propio drama, su difícil equilibrio entre el dolor del pasado y lo que exigía el presente. Pero ese ritmo, ese ritual férreo —“cada martes”— era un idioma universal. El idioma de la presencia que afirma: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Eres importante para mí, justo este día, a esta hora.” Un idioma que Liana antes hablaba con fluidez, y casi había olvidado. El tren arrancó. Liana erguió la espalda y se contempló en la vidriera oscura del túnel. Bajó en su parada, ya sabiendo que mañana encargaría dos telescopios iguales —buenos, sin excederse en el precio. Uno para Masha. El otro para Mark, con envío a su nueva casa. Cuando llegara le escribiría: “Markito, este es para que podamos mirar el mismo cielo aunque estemos en ciudades distintas. ¿Te parece que el próximo martes, a las seis, si está despejado, busquemos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos los relojes. Un beso, tía Liana.” Salió hacia la calle, al frío aire vespertino de la ciudad. El próximo martes ya no era un hueco en blanco. Era, otra vez, una cita. No por obligación, sino por un pacto amable entre dos personas ligadas por la memoria, la gratitud y el lazo callado e inquebrantable del cariño. La vida continuaba. Y su calendario seguía teniendo días que no solo se vivían, sino que se reservaban. Se reservaban para el milagro callado de mirar juntos al cielo a cientos de kilómetros. Para una memoria que ya no duele, sino que reconforta. Para un amor que aprendió el idioma de la distancia y es, por ello, todavía más sereno, sabio y firme.